—Amor prohibido—
Traición
Si no fuera por el peso de las mantas sobre sus piernas y cintura podría pensar que seguía soñando. Los cristales de su vieja habitación estaban impregnados por el helado frio. La cortina rosada colgaba de un lado para dejar pasar la luz. La habitación continuaba oliendo a flor primaveral, su ambientador preferido. En la pared todavía colgaban algunos viejos posters sobre cantantes o actores, un cartel que anunciaba una película ya pasada de moda y calendario con fechas tachadas.
Había algo de ropa doblada sobre su butaca preferida, la que había utilizado tantas veces para descansar mientras leía algo o simplemente, mirar por la ventana en las noches estrelladas.
Aquella era su vieja habitación. Con el armario blanco y la cómoda que sostenía el viejo espejo donde pasó tantas horas mirándose mientras imaginaba que era más alta, más grande y tenía un cuerpo interesante para su hermano.
Y aquello era Japón. Estaba de regreso.
Su habitación era como un terrible recuerdo, una pesadilla de su agonía recluida de sus sentimientos. Ahora que había aprendido a poder expresarlos libremente hacia él y no vivir tan ahogada, volvía a estar encerrada en el pasado.
Antes de perder la consciencia, ¿qué era lo que había sucedido? Recordaba las lágrimas, el llanto que provocaba que le doliera el cuello y la garganta. El arrastre de sus pies hasta la cama, las mantas que la habían cubierto. Una taza de leche caliente y unas palmaditas suaves en sus caderas. La leche acariciarle la dolida garganta y después… todo fue lapsus.
Cuando despertó la primera vez estaba sentada en un coche, con el sonido de una puerta cerrarse y un aroma familiar. Le había parecido escuchar la voz de su padre al responder su interés sobre dónde se encontraba. Pero no estaba segura. Sin embargo, el pánico no había bastado para que continuara despierta.
Pero aquello no había sido una pesadilla. Ni tenía fiebre. Era la realidad. Su pura realidad.
Se quitó las mantas de encima y movió las piernas hasta que sus pies tocaron la fría madera. La reacción de su cuerpo fue retirarlos, pero estaba frustrantemente débil como para sentir siquiera esa necesidad. Se preguntó si sería capaz de ponerse en pie. Claramente había sido drogada. Si no, su cuerpo no habría estado tan aletargado. Ni su mente sería un caos.
¿Ryoma realmente la había drogado? ¿La había enviado a Japón mientras dormía como si de un perro se tratara? ¿Su hermano se había deshecho de ella?
Sintió una punzada en el corazón más dolorosa que cuando sus pies dormidos no la sostuvieron y dio de bruces contra el suelo. El ruido fue sordo y doloroso. Se movió como un pez cuando intentó levantarse. La madera permitió que el sonido de pasos apresurados llegara hasta sus oídos. Cuando la puerta se abrió y dos pares de pies se dejaron ver, las lágrimas ya eran incontenibles.
—¡Diablos, te dije que pasaría algo así! — una voz distorsionada exclama palabrotas al lado de la que parecía ser femenina.
Alguien le agarró de los brazos y con ojos nublados, visualizó dos rostros que no deseaba ver. Su padre la cargó fácilmente en brazos y la depositó con suavidad sobre la cama. Su madre se afanó en cubrirle el cuerpo con las mantas. Aturdida, levantó las manos, queriendo deshacerse de ellos y abrió la boca, gritando.
—Ya. Shuu, shuu, tranquila hija. No te preocupes. Somos nosotros— murmuró su madre con amables palabras distorsionadas.
—Dale otra dosis, Rinko.
Su madre asintió y se giró hacia la mesita de noche. Sakuno agrandó los ojos cuando le vio la jeringuilla expulsara liquido en un vaso de agua.
—¡No! — gritó— ¡Basta! ¡No quiero!
Forcejó contra su padre, sintiendo como su garganta ardía de dolor por los gritos. Su madre se acercó e intentó hacerla beber el líquido. Lo escupió y de nuevo volvieron a echarle en la boca. A riesgo de ahogarse, solo pudo tragar.
Clavó la mirada en el techo, porque sabía que si les miraba, lloraría todavía más y perdonarles sería terriblemente imposible.
(…)
La pesada aguja del reloj repiqueteaba. El sonido se le clavaba en las sienes como fuego y le provocaba el doble de dolor de cabeza. Las cortinas estaban cerradas pero aun así permitían que algo de luz entrara en la habitación. Estaba todo revuelto. Las ropas tiradas descuidadamente por cualquier lado. Las sabanas a medio caerse por el lado contrario, una de las telas todavía se sujetaba sobre su pie y la apartó de un simple empujón.
No quería que nada le tocara. Solo sentir el frio que se merecía sobre su desnudo cuerpo. Porque era una mal nacido. Nada en él era bueno. Y morir de una pulmonía quizás no fuera suficiente para pagar sus pecados. Era la oveja negra de todo aquel mundo. El pecador más puñetero de todo un burdel, solo que ahora era incapaz de tener una simple erección matutina.
¿Y para qué la quería? Se había desecho de lo único que podría aliviarle. De lo único que realmente deseaba.
Mierda. Eso es lo que era. Un mierda cobarde que tan solo había escapado.
Desde que ideó ese estúpido plan hasta ahora se sentía peor que la basura. No solo había abusado de la confianza de su hermana, si no que la había drogado como si fuera un simple Yonki de la calle a base de sedantes y la había entregado al lugar donde, para él, debería de haber estado desde el principio.
Gracias a un contacto se aseguró de que Sakuno llegara sana y salva. Pero nadie le había preparado para la conversación que tuvo con tuvo con su padre.
(Flashback)
—Bonito atrevimiento el tuyo de llamarme, Shonen— la voz le llegó cortándote desde el otro lado del teléfono. Desde luego, su padre no iba a perdonarle. Especialmente, si su madre regresó a casa— voy a colgar.
—Espera— detuvo en un gruñido—. No es para mí, viejo.
Nanjirou tardó en responder pero Ryoma comprendió que pese a todo, Sakuno continuaba siendo su niña preciada. Por la única que escucharía cualquier noticia aunque fingiera desinterés. Estaba seguro de que si le decía que la ciudad estaba sitiada por una horda de Zombies, el llegaría para salvarla tipo kamikaze.
Era su niña.
—Voy a devolverla— susurró.
Hubo un ruido sordo, como si algo hubiera golpeado otro objeto. Escuchó el chirrido de sus dientes y luego, su voz.
—¿Qué la vas a devolver? Mi hija nunca fue tuya, Shonen. Te la llevaste con engaños, con falsas esperanzas que nunca podrías darle. Seguramente la has… la has…
—Sí— no mintió. Se terminó. Que toda las maldiciones cayeran sobre él.
Escuchó un rebaño de palabras llegar contra su oído. Lo mantuvo ahí, soportando el grito y los indecentes insultos que le profería aquel hombre. Años atrás, este mismo había puesto una semilla para crearle. Lo que no sabía es que esa semilla estaría corrompida. Y corrompería a su siguiente semilla.
—¿Lo sabe ella? — cuestionó finalmente su padre tras una pausa.
—No. Te la enviaré.
—¿Cómo que me la enviarás? — ladró. Un pitido estalló en su oreja cuando la batería empezó a demandar por comida.
—El viernes. Un avión. Llega a las doce de la noche a Japón. 7421.
Y la batería murió. Miró el teléfono como si fuera a responderle. Esperaba que su padre hubiera tomado las señas a tiempo, porque ese sería el último día de aquella tarjeta con vida.
(fin)
No tenía ningún nuevo móvil. El teléfono de la casa estaba desconectado y estaba seguro de que el correo se acumulaba tras la puerta. Ahora se arrepentía de no tener medio de comunicación para saber si ella había llegado bien, pero estaba seguro de que aunque su línea de teléfono volviera a funcionar, su padre no le habría llamado para indicarle que su hermana estaba sana y salva en sus brazos.
Eso era algo que ya a él no le incumbía. Aunque se muriera de ganas por saber.
(…)
Nanjirou observó el rostro compungido de su hija. Pese a que dormía por el medicamento la expresión de su rostro era un poema. Junto a él, su mujer jadeaba y se llevaba las manos al rostro para estallar en llantos nuevamente. Disculpándose abandonó la habitación.
Él se quedó ahí, cubriendo el pequeño cuerpo de su amada hija. Ya no era niña, desde luego, pero Sakuno no había crecido mucho de altura después de los diecisiete. O quizás es que simplemente él la veía así. Sin embargo, su hijo había corrompido su cuerpo como el degenerado bastardo que era. Si no fuera por Sakuno, desearía haberse cortado lo más importante de su cuerpo antes que engendrarlo.
¿Por qué demonios todo tenía que haber resultado así? Fue demasiado rápido. O quizás no. Para él sí. Hacerse a la idea de que le quitaban a su hija hubiera sido más fácil, tal vez, si se tratara de un joven hecho y derecho y no de su propia sangre. Él había llegado a fantasear alguna vez que juntos, Ryoma y él, podrían echar a correr a sus acosadores o futuros maridos. Pero por supuesto, eso nunca se cumpliría.
Pasó una mano por su suave cabellera y besó su frente. Bajaría a buscar a su mujer y le demandaría que se encargaría de asearla.
Desde que Rinko había regresado de Japón las cosas no estaban demasiado bien entre ellos.
(Flashback)
El aeropuerto siempre le deslumbraba con sus luces y le ensordecía con sus malditos avisos. Tenía buenas vistas, sin embargo. Chicas jóvenes que empezaban su aventura por el mundo viajando algo ligeritas de ropa. Si hubiera sido en otro momento, se habría ido tras ellas con la excusa de tener que hacer algo por ese mismo camino. Sin embargo, el mensaje que había recibido de Rinko unas horas atrás, le concomía la cabeza.
Ya la había advertido muchas veces. Que no fuera. Que se olvidara de que tenía hijos. Que los dejara vivir. Pero ella, como madre preocupada y en su contra, se había subido a un avión con un vuelo directo para encontrarse con el pastel. O eso creía él. Había cesado de preocuparse por ellos. Estaba harto y era suficiente.
Especialmente, de su hijo. Tampoco podía perdonar a su hija, desde luego, pero la amaba incluso más que a su propia mujer.
Rinko siempre alegaba que lo único que sucedía es que él no podía aceptar que lo hubieran dejado atrás. Probablemente, en otra situación, una normal en que sus hijos se escapan con sus respectivas parejas y no entre sí, sí le habría dado la razón. Pero ahora no.
El vuelo llegó con retraso y mientras esperaba apoyado en la barandilla frente a las puertas correderas que dejaban pasar diferentes rostros, sopesó la idea de su herencia. Ryoma había sacado de ella automáticamente. ¿Y qué hacía con Sakuno? Si ella heredaba, enamorada como estaba de Ryoma, no dudaría en entregarle la parte proporcional que le correspondía como heredero.
Y estaba seguro de que Rinko no le permitiría hacer eso. O al menos, eso pensaba.
La puerta se abrió y vislumbró la figura de su mujer. Se acercó rápidamente a ella para recoger su maleta. Sin embargo, no hubo una sonrisa agradable ni si quiera un abrazo. Lo primero que llegó hasta él fue el más fuerte y tremendo tortazo de toda la historia en un aeropuerto. Escuchó a la gente guardar silencio y las miradas puestas sobre ellos.
Rinko estaba a punto de echarse a llorar. Con la oreja y la mejilla palpitándole de dolor alargó la mano para sostener la de ella. Pero Rinko se apartó y le dedicó la mirada más repugnante que podía.
—No te atrevas a tocarme.
Y caminó altivamente hacia la salida, tirando de su pequeña maleta. Si no la hubiera conocido pensaría que estaba entera, que realmente era solo furia hacia él y nada más. Pero sus hombros temblaban y la mano que sujetaba el tirador de la maleta estaba pálida pero magullada en las zonas de presión.
Caminó tras ella ligeramente avergonzado. Los cuchicheos eran grandes a su alrededor y hasta que no llegaron al parking no terminaron. Pero aquello no le importaba. Le dolía el golpe recibido y el orgullo. Subió al coche en el mismo silencio que ella y puso rumbo hasta su casa. Sabía que Rinko estaba esperando llegar a casa para discriminarle. El caos se acercaba.
Cuando la puerta de la casa se cerró comenzó.
—¡Lo sabías! ¡Tú lo sabias!
—… Sí.
Otra bofetada llegó hasta su mejilla, la contraria. El dolor le atravesó. Rinko temblaba. Le golpeó el pecho incesantemente. El llanto corrió por sus mejillas mientras gritaba, le insultaba y se desahogaba. Cada vez que intentaba tocarla retrocedía y la mueca de asco se acentuaba. Los ojos rojos y los labios enrojecidos. La voz casi dejó de salirle, ronca, cuando cayó de rodillas.
—¿Por qué? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué esperaste a que fuera hasta allí?
Nanjirou suspiró y apretó los puños para contenerse.
—Porque si te lo hubiera contado nunca me habrías creído. Te advertí alguna que otra vez pero nunca sospechaste. Siempre decías que era mi imaginación como padre protector. ¿por qué crees que quería que Ryoma se marchara de casa? ¿Por qué cree que impedía que Sakuno se fuera a América con él?
Rinko negó con la cabeza. Los castaños cabellos le caían sobre los hombros, revueltos, impregnados en sudor y lágrimas. Su cuerpo parecía pequeño y desolado.
—Siempre he vivido en una falsa mentira. Sufriendo con vuestros engaños. Ryoma y Sakuno… Hablas de ellos como si fueran alguien que ni nos tocan… ¡Pero son mis hijos! ¡MIS HIJOS!
Hipó y bufó de dolor. Nanjirou no supo que hacer. Deseaba abrazarla pero ella le repudiaba.
—También son…— no consiguió terminar la frase. Por más que pensara en Ryoma no podía terminar esa frase.
—¿Son qué, Nanjirou? — exigió su mujer tirándole de la ropa— ¿¡Son qué!? ¡Siempre hablando a media lengua! Estoy harta… harta de las mentiras que han roto esta familia…
Nanjirou explotó. La aferró de los hombros, ignorando su rebeldía en querer librarse de él.
—¿¡Y qué deseabas que te dijera!? ¡Qué tu hija y tu hijo se acuestan juntos! ¡Qué son unos depravados! ¡Qué son la vergüenza de nuestra familia! Si te hubiera dicho que tu hijo prefería meter su lengua en la boca de mi hija en vez de en chicas sanas de su edad, ¿me habrías creído? ¿Me perdonarías si te dijera que tu hija se ha metido en la cama de tu hijo y ha tocado zonas de su cuerpo que no debería? ¿¡De verdad crees que todo ha sido tan sencillo para mí!?
Rinko gimió desesperada, sus piernas se aflojaron por un instante cuando él la sacudió. Sabía que su rostro daría miedo, que sus palabras le estarían hiriendo, pero no encontraba otro modo de expresar todo el dolor que sentía dentro. Él también era una víctima en todo esto.
La soltó lentamente y giró hacia las escaleras.
—Ojalá nunca los hubiéramos tenido.
(fin del flashback)
Desde entonces Rinko no le hablaba más de lo que fuera necesario y sus palabras hacia ella se habían convertido más en frases autoritarias que de un marido amoroso. Pero Rinko ni siquiera dormía con él. Se había trasladado al dormitorio antiguo de Ryoma, cenaba y comía a solas. Se encerraba en su despacho por días y hasta que Sakuno no regresó no volvieron a intercambiar palabras.
Fue justo el mismo día en que ella le ofreció aquellos papeles cuando Ryoma llamó.
(Flashback)
Los papeles del divorcio estaban tirados de cualquier forma sobre la cama, enredados entre las sabanas, doblándose algunas de las puntas. No le importó. Apoyado contra la ventana dejaba que el viento helada le refrescara el rostro mientras expulsaba el humo del cigarrillo. Abajo escuchaba la tetera silbar su ceremoniosa advertencia de que el agua estaba lo suficientemente caliente. Tampoco le importó.
Toda su condenada vida estaba yéndose a la mierda.
El timbre del teléfono le devolvió momentáneamente a la realidad. Había intentado recordar por qué se había enamorado de Rinko. Por qué decidieron tener hijos. Pero solo podía recordar por qué todo estaba terminando.
Cuando vio el teléfono reflejado de su hijo fue como una patada directamente al estómago. Por un momento estuvo a punto de ignorar la llamada, de mandarlo al cuerno. Pero Sakuno estaba allí y aunque estaba terriblemente furioso con ella, seguía siendo la niña amorosa de siempre. Y si Ryoma se había atrevido a llamarle después de la visita de su madre, era que algo terrible había sucedido.
Finalmente, descolgó.
—Bonito atrevimiento el tuyo de llamarme, Shonen— nadie contestó. El silencio le irritó. No tenía suficiente paciencia para aguantarle— voy a colgar.
—Espera— la voz de su hijo llegó forzada—. No es para mí, viejo.
Como bien había temido se trataba de su niña. De Sakuno. ¿Qué diantres podría ser? Millones de ideas llegaron a su mente. La peor y más terrible se acumuló como un pesado trago de aire en el pecho.
Por favor, que no esté en…
—Voy a devolverla— su pensamiento fue interrumpido.
¿Qué iba a… devolverla? ¿Cómo si de un regalo mal deseado se trataran? ¿De qué mierdas iba todo eso? Furioso, estalló el cigarro contra la pared. Su puño se hirió contra el yeso.
—¿Qué la vas a devolver? Mi hija nunca fue tuya, Shonen. Te la llevaste con engaños, con falsas esperanzas que nunca podrías darle. Seguramente la has… la has…
Tragó. Era incapaz siquiera de poder terminar aquella frase sin que la garganta le doliera.
—Sí.
Nunca. En todo lo que tenía de vida, nunca jamás, había soltado tan terrible lista de insultos. Algunos, ni siquiera capaz de recordar de dónde los había aprendido. Sin embargo, Ryoma se tragó su orgullo, lo soportó y los cargó todos sin responder a uno solo.
Encendió otro cigarro para aplacar su furia y luego habló:
—¿Lo sabe ella?
—No. Te la enviaré.
¿Qué demonios…?
—¿Cómo que me la enviarás? — ladró.
Y luego todo fue muy rápido. Una fecha, un número.
—El viernes. Un avión. Llega a las doce de la noche a Japón. 7421.
Y luego, el silencio.
(fin del flashback)
Y luego había llegado al aeropuerto justo a tiempo para recuperarla en una silla de ruedas, acompañada por un empleado que a saber qué había pensado o echo con ella. Y ahora tenía que tenerla drogada en su cama.
Escuchó la puerta abrirse de nuevo y vio a Rinko entrar con una palangana y dos toallas. Una simple mirada bastó para indicarle que sobraba.
Salió al pasillo y miro hacia su cama. Solo su lado estaba desecho. Aunque Sakuno hubiera regresado su relación sentimental no había mejorado. Los papeles del divorcio continuaban sobre el mueble, donde los había dejado atrás antes.
n/a
Bien, pues hasta aquí esta actualización. A ver si puedo actualizar unos cuantos antes de que termine el año xD.
Pues nada, aquí se contaron muchas cosas. Tristes y más tristes. ¿Qué pasará con Sakuno? ¿Cómo llegará todo al primera capítulo?
