Perdón por la espera: ¡A leer!
Tragedia.
Hasta cuando amas no quieres herir de más a la persona que amas.
Solo así serás capaz de sacrificarte.
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A los treinta y cinco años…*
—Realmente lo merezco.
Sakuno levantó la mirada de sus manos hacia él. Grandes, con aquella bondad que nunca habían perdido.
—¿Qué dices, papá? — cuestionó con amabilidad—. Nadie merece una enfermedad. Por muy leve que sea.
—No seas benévola conmigo, Sakuno. No lo merezco. La hice sufrir. Tanto…
Cerró los ojos con fuerza y Sakuno comprendió. No hablaba de ella. Ni de Ryoma.
Hablaba de su madre.
—Me odió tanto… con todas sus fuerzas. Que creo que este castigo no es nada comparado a lo que hice en su corazón.
Era tan raro que su padre hablara de esa manera, que Sakuno sintió el pellizco en su corazón. Las lágrimas estaban a punto de escaparse de sus ojos.
—No, papá. Hablas como si mamá te odiara. Mamá no te odiaba. Realmente no— murmuró negando con la cabeza.
Él clavó la mirada en el techo, con el ceño fruncido.
No necesitaba más palabras.
Atrás en el tiempo…
A la vez que Sakuno despertó, a Rinko le diagnosticaron el tumor. Estaba solo con ella en la habitación, mirando sus grandes ojos que buscaban a su alrededor y lentamente, se tornaban fríos. Comprendía por qué su odio, pero ambos, Rinko y él, sabían que no podían continuar teniéndola en ese estado de por vida.
Rinko acudió al médico esa mañana por culpa de la migraña. Al principio, creía que era por el estrés, cuando trajo los resultados, ocultándoselo entre los papeles de su trabajo, dejándolos sobre la mesa de su despacho, el hombre empezó a dudar.
Nanjirou no era de los que investigaban las cosas de su mujer, pero tampoco podía hacer oídos sordos de todo. Dejó a Sakuno con ella con la excusa de ir al dormitorio y él se propuso en su investigación.
Tenía los informes en la mano y aún no podía creérselo.
Un tumor cerebral avanzado.
Esa misma noche, Nanjirou no regresó a su casa hasta la madrugada.
Su mujer pensó que había estado toda la noche con mujeres.
(…)
Escuchó a sus padres discutir abajo, pero aún así, no se movió de la silla. No quería hablar con ellos. Más bien con nadie.
Todavía sentía el cuerpo aletargado de haber dormido tanto. De ser drogada para no despertar. Y cierta picazón furiosa en el pecho.
Su madre se había sentado con ella, explicándole lo que había sucedido, queriendo hacerle preguntas que se negó a responder. Lo primero que le había hecho daño era la respuesta a por qué estaba ahí.
Ryoma te entregó de nuevo a nosotros, Sakuno. Ryoma no te quiere.
No podía creérselo. Era imposible. Pero tan cierto… Ella estaba ahí, en sus raíces… y él continuaba en América. La había devuelto a sus padres. ¿No la amaba de verdad? ¿Todo aquello había sido mentira?
Sentía el corazón como una piedra, pesado y vacío. Helado.
Su mente era un caos total. Como si analizar todo fuera más costoso debido al letargo.
Echó la cabeza hacia atrás, mirando hacia las pocas estrellas que las farolas de la calle le permitían ver. Por la hora, podía imaginarse muchas cosas que estuviera haciendo su hermano.
El llanto resbaló por sus mejillas, salado y doloroso. Pero por más lágrimas que soltara, no aliviaría la pena de su corazón.
Su madre le había hecho saber, bien claro, que fue su hermano quién decidió todo, que ellos no tenían nada que ver. Sakuno dudaba en si creerles o no. Después de cómo la habían tratado, empezaba a pensar que esos ya no eran sus padres. ¿Cómo podían mirarla a la cara después de todo lo que había hecho?
Su cuerpo estaba sucio. Su mente perturbada y su corazón era como el fondo de un agujero negro.
Las voces callaron abajo tras un portazo. Desde que había despertado, notó la tirantez entre ambos progenitores. Había destrozado toda su familia. Su hermano no la amaba y ella destruía el amor que sus padres se profetizaban.
¿Por qué seguía ahí entonces?
Se levantó, sintiendo las piernas todavía cosquillear y la frialdad del suelo penetrar por sus pies. La puerta no crujió cuando la abrió y descendió hasta la puerta trasera, la que daba directamente hacia la calle.
Fue entonces cuando escuchó el grito y el golpe.
Se giró en redondo, buscando la causa, con miles de imaginaciones pululando en su cabeza. Su padre apareció en el pasillo, mirándola con pánico.
—Ese grito era de tu madre— casi tartamudeó mientras se abría paso hacia el dormitorio que en antaño había pertenecido a Ryoma.
Nanjirou empujó la puerta, mirando a su alrededor. Ella se quedó en la puerta, con el corazón en un puño, sin saber si realmente debería de entrar o no. El simple recuerdo de a quién pertenecía ese lugar, le estrujaba el corazón.
Un segundo después, su padre asomó la cabeza, gritando.
—Sakuno, ¡llama a una ambulancia! ¡Vamos!
Asintió, temblorosa. Su cuerpo, torpe, reaccionaba lento. Momentos antes había pensado en marcharse, en ir a cualquier parte donde pudiera desaparecer y en ese instante, necesitaba encontrar el dichoso teléfono cuanto antes.
La ambulancia llegó seis minutos después. Mientras ella se miraba desesperada las manos en la puerta de la casa, con todo abierto y esperando por ellos. Escuchó a su padre gruñir palabrotas por su falta de rapidez y los miró mientras subían a su madre a la ambulancia, acompañada de su padre.
Estática, se preguntó qué debería de hacer.
Quería ir con ella, acompañándola. Rezar porque todo saliera bien. Pero en ese instante se sentía fría por dentro y por fuera. Se abrazó a sí misma, nerviosa, viendo como la ambulancia desaparecía tras una esquina rumbo al hospital.
—¿Tú no eres la hermana pequeña de Echizen?
Giró la cabeza hacia la figura que descansaba a los pies de la escalera de la entrada. Un hombre de la misma edad que su hermano, cabellos oscuros y ojos semejantes tras unas gafas rectangulares. Iba en traje y corbata y por la cartera que llevaba en su mano derecha, regresaba del trabajo.
Le recordaba a alguien de tiempo atrás, pero su hermano había tenido tantos amigos que estaban descartados para ella, que apenas sí recordaba a alguno.
El hombre subió unos peldaños, extendiendo su mano libre.
—Sadaharu Inui— se presentó—. Fui senpai de tu hermano.
Sakuno le devolvió el apretón, confusa. El hombre miró hacia atrás, por la misma carretera que la ambulancia se marchó.
—¿Ha ocurrido algo?
Sakuno cabeceó afirmativa.
—M-mi madre. Se la han llevado. Yo…— Se cubrió temblorosa el rostro, emitiendo un gemido lastimero—. No sé qué hacer. Me han dejado atrás y…
Sadaharu se subió las gafas, mirándola.
—¿Podría ponerse algo de ropa? Puedo llevarla al hospital.
Sakuno se miró y enrojeció, cubriéndose con las manos y entrando dentro de la casa. Estaba en camisón y ni siquiera se había percatado. Encontró algo de ropa que ponerse y regresó con él. El hombre había detenido un taxi y esperaba por ella. Una vez en el interior, tras darle las señas, se sintió demasiado descarada.
—Le pagaré todo— avanzó antes de que pudiera negarse—. Se lo aseguro.
Sadaharu se subió las gafas con aquel toque de misterio que le dio una pista de quién era. En antaño, su hermano siempre protestaba porque uno de sus amigos era especialmente peligroso en cuanto a salud se trataba. Y este era el hombre que iba sentado a su lado en aquel taxi. Casualidades del destino, pero así era.
Llegaron al hospital y el hombre continuó acompañándola hasta que dieron con el lugar al que habían llevado a su madre. Su padre estaba impaciente, esperando en una sala de espera junto a otro grupo de personas. Al verla, parpadeó como si fuera la primera vez que la viera en mucho tiempo.
Sin embargo, miró hacia el hombre.
—¿Quién es?
—Sadaharu Inui. Un amigo de su hijo, señor Echizen.
Nanjirou gruñó.
—Yo no tengo hijo.
Y ante la mirada atónita de Inui, le dio la espalda. Sakuno hizo una reverencia como disculpa, pero sabía que la curiosidad de su acompañante no cesaría en mucho tiempo hasta averiguar la verdad.
—¿Y mamá? — preguntó apresuradamente.
Él señaló la puerta de emergencias con gesto cansado, sentándose en uno de los sillones y apretando sus manos.
—La han metido ahí y no sueltan prenda todavía. Yo qué sé…
Sakuno estaba igual que antes o quizás más confusa. Sadaharu se aflojó la corbata y la miró.
—Tengo un amigo en este hospital. Deje que averigüe lo que sucede.
Asintió y miró incomoda como salía del lugar mientras rebuscaba en su bolsillo. Su padre no le dirigió una sola vez la mirada. Continuaba con los dedos enterrados en sus cabellos, mientras murmuraba algo que no entendía.
—¿Papá?
Pero este continuó sin levantar la vista del suelo, sin cesar su retahíla, hasta sus rodillas empezaron a moverse inquietas, como si marcaran el paso de la angustia. Sakuno miró inquieta hacia la puerta, preguntándose desde cuando el tiempo pasaba todavía más lento.
Sadaharu regresó un tiempo después, sentándose a su lado.
—He conseguido hablar con mi contacto. Ha entrado a ver qué logra descubrir.
—Muchas gracias, senpai— agradeció. Su padre ni siquiera se inmutó.
Cada vez más inquieta, miró sus manos. Por un instante, la idea de tener que avisar a Ryoma le cruzó la mente. El simple pensamiento la estremeció. ¿Cómo podía llamarle para contarle algo así? Sería capaz de pensar que le estaba engañando y lo único que quería era terminar de fastidiarle la vida. Si ella era un tipo de estorbo que debía de poner en un avión dormida, estando expuesta a todo, y entregada a sus padres como un correo, mejor no tener nada que ver más con él.
Aunque le partiera el alma.
Finalmente, cuando empezó a pensar que morderse las uñas estaría bien, un enfermero salió y saludó a Sadaharu con la mano. Sakuno no lo recordaba de tiempo atrás, así que imagino que no sería conocido de su hermano. Aunque por supuesto, este podía tener otros amigos varones que ella nunca conociera.
Inui se levantó para acercarse a él y extendió un brazo para presentarla.
—Ella es la hermana de Echizen— presentó—, Echizen Sakuno. Él es Oishi.
El chico la miró con amabilidad, sonriéndole y extendió una mano hacia ella. Antes de que pudiera estrechársela, su padre intervino, aferrándole la muñeca.
—¡Papá! — exclamó.
Pero su padre no se inmutó. Miró febril hacia el joven.
—Mi mujer— gruñó—. Déjate de amables presentaciones. ¿Cómo está ella?
—Señor Echizen, creo que será mejor que se tranquilice— demandó Sadaharu poniendo una mano sobre su hombro—. Sea tan amable de…
—No me digas lo que tengo que hacer, mocoso— rezongó soltándose con brusquedad—. No puedo ser amable cuando mi mujer está en urgencias. Y no sé ni siquiera si se está muriendo o no.
Sakuno se llevó las manos a la cabeza, incrédula. Su padre apestaba a alcohol y probablemente, no dudarían en tomarle por un borracho y expulsarlo del hospital si era necesario. Aquello agravaría la situación.
—Papá, por favor— rogó tomándolo del brazo—. Si no te calmas, no podrán explicarnos nada.
Nanjirou la miró por encima del hombro, soltando al joven y bufando entre dientes.
Oishi la miró en agradecimiento, frotándose disimuladamente la zona de la muñeca que ya comenzaba a presentar rojez.
—Dentro de nada el médico saldrá a informarles— comenzó—. Pero, aunque suene duro, tenéis que haceros muy a la idea de que el lado malo está presente.
—¿Tan grave es? — cuestionó asustada.
Ambos amigos se miraron con duda. Fue su padre, quien entre dientes, vislumbró la verdad.
—Tiene un tumor en la cabeza del tamaño casi de una pelota de tenis, Sakuno. Lo ha mantenido callado durante este tiempo. No lo sabía— aclaró cuando se percató de la mirada atónita de su hija—. No lo sabía…— La voz se le cortó en un sollozo de maldiciones.
Sakuno estaba más confusa que antes. Su madre había ocultado su enfermedad a todos. Quizás, hubiera ido a América con la idea de una confidencia entre ellas y había terminado por destruirlo todo. Pero que no se lo contara a su padre solo podía hacerle pensar que su relación realmente estaba en la cuerda floja. O simplemente, es que su intención siempre había sido ocultárselo, pero, ¿por qué?
Miró hacia su progenitor sin comprenderlo.
La puerta volvió a abrirse y Oishi se hizo un lado para dejar paso al médico. Su padre continuaba de espaldas, temblorosos hombros pero con el oído puesto en la conversación.
—Está grave— informó el médico—. No podemos operarla. Siendo sincero, y desde un punto de vista que seguramente os resultará cruel, estamos en un bucle sin salida. Si la operamos no sobrevivirá. Si la dejamos, tampoco.
Sakuno se llevó las manos a la boca, gimiendo atemorizada. Era como si el frio en su cuerpo estuviera revolviéndose, presionándole el pecho y apretando su corazón. Miró hacia su padre, pero este se había sentado, de espaldas a ellos, con una mano cubriéndole la cara y hombros temblorosos.
Sadaharu le pasó un brazo por encima del hombro, y se preguntó si parecería tan frágil como se sentía.
—¿Podemos verla? ¿Está consciente? — cuestionó el hombre por ella. La voz parecía habérsele encajado en las costillas y que no quería salir.
El médico cabeceó afirmativamente.
—Pueden. Pero solo dos personas, por favor. Además, colóquense el material necesario para entrar.
—Yo se los entregaré— se ofreció Oishi—. ¿Señor Echizen?
Pero Nanjirou no reaccionó. Continuó ahí, en silencio, sin hacer caso alguno. Sakuno les miró con espanto. Sadaharu suspiró.
—Yo entraré con ella.
El médico asintió y tras hacer una leve reverencia, se marchó.
Oishi les entregó los peucos, el gorro y la bata necesaria, además de la mascarilla. Les indicó que se lavaran las manos y que mantuvieran los brazos pegados al cuerpo mientras avanzaban.
Esa parte del hospital era horrible.
Personas en sus camas, dormidas, con aspecto enfermo. Algunas vendadas de una forma grotesca, rodeadas con tubos que claramente eran lo que los mantenían con vida. Otros estaban ya sentados pero parecían tan ausentes que daban miedo.
Su madre estaba en uno de los cubiles, rodeada de tubos y máquinas que eran las que parecían tenerla con vida. Los ojos cerrados y aspecto febril. Cuando se acercaron, Sadaharu le dio privacidad, quedándose a solas con ellas.
Rinko abrió los ojos para mirarla. Brillantes pero cansados. Sakuno le aferró la mano con ternura.
—Mamá… no sé qué hacer. No sé… tengo tantas cosas que querría decirte… implorar tanto tu perdón. Papá está…
La mujer abrió los ojos de par en par y negó con la cabeza. Aún con el dolor, llevó una mano hasta la mascarilla sobre la boca, apartándosela. Sakuno tuvo que inclinarse para lograr escucharla.
—No. Tú padre no puede… no quiero que entre.
Sakuno agrandó los ojos, sorprendida.
—¿Tanto le odias?
Ella negó.
—Le… amo con toda mi alma. No podría amar a nadie más. Quería… evitarle esto. Quería… que fuera feliz… yo… le hice infeliz… tuve en mi vientre a dos hijos… dos hijos que nunca debieron nacer de mi vientre…
Como si de un puñetazo se tratara, las palabras se clavaron su mente. Miró a su madre, pálida y angustiada.
—… por… mi culpa… mis hijos… no podrán ser nunca felices… por mi culpa… mi marido… no es feliz… por mi… por mi…
Rinko nunca terminó aquellas frases.
Y Sakuno nunca se sacaría de la cabeza esas palabras.
(…)
Cuando el timbre de la puerta sonó tan insistentemente deseó estrellar en la cabeza de la persona la botella de licor que sostenía entre sus dedos. Arrastrando los pies, llegó hasta la puerta, dispuesto a mandar a la mierda a quien fuera. Abrió la puerta para quedarse congelado.
—¿Qué demonios…?— masculló entre dientes.
Tenía que tener una borrachera de cojones. Una de esas que te provocaban ver a personas que no veías en mucho tiempo.
—Me imaginé que ibas a estar jodido, pero no tanto.
Bufó y dio un sorbo a la botella, como si eso disipara la situación. Pero ella continuaba ahí, de pie, vestida completamente de negro, con el cabello suelto sobre sus hombros, brillante y un bolso en el brazo derecho. Sus ojos le miraron con regaño.
—Imagino que no has venido para darme un sermón como si nada, ¿no? — gruñó cuando le arrebató la botella.
—No— negó ella y entonces, clavó sus azulados ojos sobre él, mirándole con una ternura triste que no había visto nunca—. He venido a buscarte.
Ryoma enarcó una ceja.
—¿Nanako? — cuestionó.
Era extraño que su prima estuviera ahí. Especialmente desde que tiempo atrás tomara nupcias con uno de sus compañeros mayores. La joven suspiró y sacudió la cabeza.
—No puedo decírtelo de otro modo, Ryoma-kun— murmuró y clavó los ojos en él fijamente—. Rinko ha muerto.
Los oídos le pitaron por un instante. El mundo parecía demasiado ruidoso, de tal forma que no fue capaz de escuchar correctamente lo que le había dicho.
—¿Qué?
Pero su prima continuó ahí, de pie, con la botella de licor sostenida por el cuello. Con su estúpido traje negro de duelo. Con las ojeras bajo los ojos y ese rictus en la boca que marcaba que no mentía. Ella era familia de su madre, no de su padre. No podía mentirle.
—Rinko ha muerto.
Continuará…
n/a
¡Ya tocaba! Actualización de un poquito de incesto. La tragedia que tenía que llegar tarde o temprano. Esto ya se sabía uxu.
*: Si releeis el primer capítulo, recordareis que en este fic se juega mucho con el pasado y el presente y futuro. El futuro de 35 años tiene que ver con la parte final del prólogo.
¡Nos vemos pronto! ¡Mil gracias por el apoyo y la paciencia!
