Llegamos a la recta final de Amor prohibido. Este fic da su adios finalmente y estoy feliz. Porque he contado todo lo que quería.

Como recordatorio, les digo que este fic siempre fue basado en Nanjirou. Si recuerdan el primer capítulo, podrán entender todo =D


Finis enim viae

Aunque estas alas se rompan, intentaré seguir volando hacia ti.

Aunque el muro que nos separa exista, otro día no estará ahi.


Las campanas resonaban en la lejanía. Los murmullos de un pésame. Y nada parecía importar. Vacías, como cascaras. Sin sentido. El vacio de una sutil existencia clavada en el anhelo de la desesperación.

Cuando sus pies le llevaron hasta el lugar, apenas si era consciente de las miradas sobre su persona. No le importaban. Ni las miradas, ni los llamados, ni sus gritos entre dientes. Sus ojos fijos en el ataúd dentro del cristal.

Golpeó la cabeza contra el vidrio. Una y otra vez. Pero esto no iba a cambiar el pasado, ni el hecho y mucho menos, el motivo.

Rechinó los dientes. Las lágrimas surcaron sus mejillas. Se hundió en el dolor. Golpeó el cristal con el puño. Una alarma resonó y alguien gritó en su oído. Tiraron de él bruscamente y cuando le golpearon, ni siquiera sintió dolor.

¿Qué otro dolor podía sentir cuando le habían arrancado la mitad de su corazón? Su madre le dio la vida. Él la había perdido para siempre. Ya no podrían haber más palabras de disculpas. Jamás podría perdonarle. Ya no sonreiría dulcemente cuando le mirase, ni se sentiría orgulloso de sus actos.

Se terminó. Y con cada golpe entendió que aquella era la realidad. Una realidad que golpeaba con toda su crudeza.

—¡Basta!

Palabras borrosas. Una sombra frente a él protegiéndolo de su agresor. Olía a mar, a sal y a incienso.

Ese olor que jamás olvidaría…

Sakuno se apretó las manos, nerviosa, mientras veía a su padre sacudirse del agarre de Inui y de su tío.

—Por favor, papá. Tiene su derecho. ¡Era su madre también!

—¡Es un…!

—¡Lo que él sea, también lo soy yo! Deja de pensar que todo es culpa de Ryoma.

Su nombre expuesto por sus labios pareció hacer reaccionar al chico. Levantó la cabeza hacia ella, guiño los ojos y se puso en pie de un salto, retrocediendo. Sakuno levantó las manos lentamente.

—Está bien —susurró—. Todo está bien, Ryoma-kun.

—Olvídalo.

Apretando los puños, Ryoma abandonó el recinto. Finalmente, cuando lo soltaron, Nanjirou maldijo entre dientes, acercándose hasta la vidriera y en completo silencio, se entretuvo en susurrar diferentes frases al cuerpo fallecido de su esposa.

Sakuno se debatía entre uno y otro.

Tenía demasiadas preguntas que hacerle a Ryoma. Encarar todo lo que había pasado. Consolarse mutuamente como hermanos. Pero ellos ya habían sobrepasado la barrera de unos hermanos normales y corrientes.

Y su padre… el hombre que había gritado como loco cuando su mujer murió. El hombre que no quería despegarse ni de su cuerpo y no cesaba de echarse las culpas de su muerte.

Aturdida, sin saber qué hacer, se llevó las manos al rostro y gimió en su propio dolor.

—Sakuno.

Levantó los ojos hacia Inui. Este se inclinó para tomar una de sus manos entre las suyas, grandes y fuertes.

—No te agobies demasiado con ellos. Necesitas descansar y superar tu propio dolor. No puedes ayudar a nadie sin curarte a ti misma antes.

—Tienes razón, pero…

Miró hacia su padre, que se había sentado en el suelo, encendido un cigarro y cubría sus ojos con el pulgar y el índice de la mano libre.

—Él también necesita expulsar todos sus demonios —indicó Inui—. Hasta mañana no la enterrarán. Ven. Te llevaré a casa.

Sabía que no podía hacer nada por su padre y tampoco se sentía con fuerzas para enfrentarse con Ryoma. Y desde luego, su madre tampoco querría que ella estuviera llorando por los rincones. Ni siquiera disfrutaría con la enemistada relación de padre e hijo.

Agotada, se dejó llevar por las cálidas palabras de Sadaharu.


La mañana del entierro llegó con un sentimiento de tristeza superior. Su padre había pasado toda la noche velando a su madre y en esos momentos, detenido frente al ataúd y la puerta trasera del coche, se negaba a permitir que su hijo avanzara.

—No voy a permitírtelo, chico.

—Nanjirou, por favor —demandó su cuñado—. Necesitamos que Ryoma ayude, además, es su madre, tiene todo el derecho.

—No te metas en esto, Yuusuke —advirtió Nanjirou sin dejar de mirar hacia su vástago.

Pero el hermano de su mujer avanzó hasta quedar frente a él. Pese a que su padre era grande y el tiempo hacía ya mecha en él, su tío era lo suficientemente alto y grande como para intimidar.

—He de meterme porque quiero que mi hermana tenga un descanso en paz y no una familia de locos que se matan por a saber qué. Te llevaste a mi hermana, la enamoraste. Te dije que la cuidaras y me lo prometiste con tu vida. Ahora, no hagas que se vaya tan infeliz como para no permitir que su hijo la cargue.

Sakuno avanzó y aferró las ropas de su padre.

—Por favor, papá.

Nanjirou maldijo entre dientes.

—Es la última vez que tocarás algo de ella —advirtió señalando a Ryoma.

Impertérrito, Ryoma simplemente asintió con la cabeza. A Sakuno se le saltaron las lágrimas al verle subir el ataúd junto a otros hombres de su familia al hombro. Nanjirou encabezaba la fila. Ryoma iba el último, con el rostro serio y los ojos centrados en cualquier parte. Sakuno sospechaba que ni siquiera estaba ahí.

Su mente pareciera fuera de su cuerpo...

Cuando la lápida se colocó, Ryoma ya no estaba entre ellos.


Meses más tarde, Sakuno dejaba que sus pensamientos la sumieran en un silencio completo. Caminando por la playa, ni siquiera el frio en sus pies la hacía salir de ese bucle. Basándose en la realidad que la rodeaba y sumergiéndola en un sinfín de preguntas y respuestas. Necesitaba encaminar su futuro. Su destino.

La muerte de su madre había ocasionado a su padre tal trastorno que el juego, las bebidas y las mujeres eran su pan de cada día. Por más que le regañara era como hablar con la pared. Y aunque nunca las trajera a casa, apestaba a colonia barata, tabaco y alcohol. Si en algún momento hablaba, era para gritar obscenidades y dar portazos.

Llegó al punto de orinarse en la puerta de una vecina que no hacía más que quejarse.

Sakuno solía evadirse del mundo real caminando en la playa. Sadaharu no cesaba de intentar convencerla para que retomara las clases en Japón y buscara un hogar para sí misma. Gracias al apoyo del hombre, realmente podía verse avanzando, pero siempre la atrapa el pasado, las pérdidas y el horror de ver a su padre en tal estado.

—No eres hija única, Sakuno —recordó Inui en una de sus reuniones—. Echizen también tiene un varón, le guste o no.

—Si hiciera que mi padre y Ryoma volvieran a encontrarse a estas alturas, sería peor que una guerra mundial. Mi padre cree que todo es culpa de él y no es cierto.

Inui era el único que sabía de su verdadera relación con Ryoma. Espero que la tachara rápidamente, que la juzgase, y sin embargo, estuvo ahí, apoyándola en esos días, escuchando las cosas que había sentido y experimentado en esa tormenta equivocada de un amor prohibido. Mientras el nudo asfixiante de su sucia realidad la asfixiaba.

Desde entonces, una amistad estrecha los unía y el hombre, se había convertido en un gran apoyo para ella.

—No es la primera vez que sucede. En anteriores tiempos hasta era algo que se hacía para mantener pura la sangre. Pero en estos tiempos… y teniendo en cuenta que tu padre te atesoró demasiado, es complicado.

—Lo es.

—¿Has hablado con él?

—Todavía no. Sé que tengo que hacerlo, pero también me da miedo. No quiero arrastrarlo más hacia el fondo.

Unos días más tarde de esa conversación, Sadaharu llegó con noticias acerca de su hermano. Ryoma había regresado de América. Había alquilado un piso en la ciudad y al parecer, sería poco su estancia.

—Según sé, solo ha venido a arreglar unos papeles y después volverá a marcharse. Quizás deberías de aprovechar la oportunidad. Tengo su dirección.

Llevaba la dirección y el teléfono de Ryoma en un papel en el bolsillo. No se había atrevido a ir. No quería ni pensar en cómo sería el resultado con ellos dos encerrados de nuevo entre cuatro paredes.

Mirando hacia el cielo, escuchó el sonido de los pasos aplastando la tierra tras ella y el aire del mar, trajo consigo su aroma, junto a colonia de hombre. La de un hombre que conocía realmente bien. Tensa, intentó no rememorar más de lo necesario.

Aquello se convertiría en un bucle sin salida de no hacerlo.


Ryoma se detuvo antes de acercarse más. De espaldas a él, mirando hacia el mar como si anhelara que algo maravilloso surgiera de entre las oscuras aguas. El viento helado sacudiendo sus cabellos, tan semejantes a los de su madre, pero largos y trenzados. Él, que conocía bien su forma libre de ataduras. Él, que había enterrado sus dedos entre ellos diversas veces y todavía podía sentir el olor en su nariz de las veces que había enterrado su rostro entre ellos.

Apretó los labios y los puños dentro de los bolsillos. Daría su vida por estrecharla entre sus brazos. Por romperse con ella… Por destruirlos a ambos dentro del pecado…

—Creí que no vendrías, Ryoma-kun. Pensé de verdad que no querías volver a verme.

Ella se volvió, sujetándose unos mechones rebeldes con una mano derecha y sus ojos se encontraron. Su corazón latió con fuerza en su pecho y su cuerpo luchó contra su mente. Se llevó una mano al rostro y soltó un gruñido de dolor. No era dolor físico, sino algo más dentro de sí mismo, algo que ansiaba enterrar en capas y capas de dolor.

—No… no hagas eso si no, yo…

—Lo sé. Joder si lo sé.

Pero cayó de rodillas, entre sus brazos, enterrando su rostro en su vientre, rompiendo en un llanto silencioso con todo el dolor que sentía. Porque solo ella era siempre capaz de desnudarle hasta su propia alma.

Y cuando el llanto se esfumó, cansados de expresar uno a otro su dolor, se sentaron, con los hombros muy juntos, observando un mar que se llevaba la desesperación y volvía en forma de olas, silenciosas.

—¿Eso es lo que hace el viejo?

—Sí. Intento cada día impedírselo, pero no sirve de nada.

Sakuno le habló de la situación de su padre, la vida que llevaba a lo loco desde la muerte de su madre. De su soledad. De sus pesadillas. De sus noches en el sofá porque jamás volvería a compartir la cama con su esposa. Donde ella jamás regresaría a acostarse y dormir en sus brazos.

Y pensó en las ganas que tenía de darle un puñetazo y por primera vez, abrazarlo. Aunque eso le costara sangrar.

Pero era algo que jamás haría.

Ni él ni su padre podían ceder de ningún modo. No era orgullo ya, era algo superior. Sentimientos desgarrados, traición, culpabilidad. Nada conseguiría calmar esa asfixiante relación.

—No tienes por qué cargar con ello.

—Es papá —reprochó ella mirándole aterrorizada—. Es mi deber como su hija.

Ryoma sacudió la cabeza.

—No es una obligación. Te arrastrará consigo.

—Te recuerdo que tú me enviaste a ese bucle en un avión.

Ryoma rechinó los dientes y apretó los labios. Fue como un derechazo directamente a la parte dolía de su corazón. O peor: Una patada en todas las pelotas.

Cada noche soñaba con la misma pesadilla. Algo que jamás podría cambiar de su pasado. Eran más los tormentos de una decisión ocasionada que las pesadillas por cualquier otra situación. Algo que debía de suceder. Algo que rompió finalmente cortando todas las cadenas.

Y también lo que guió a las catastróficas situaciones y pérdidas. Por más que insistieran los demás en que no era su culpa, era una tontería: Él se llevó a su hermana. La corrompió y hundió en su mundo de oscuridad, obteniendo a cambio tales daños colaterales.

Sakuno, a su lado, suspiró.

—Sabía que no ibas a decir nada acerca de ello. Que desde aquel momento decidiste que yo no estaría más en tu vida.

—Como mujer sabes que no —confesó—. Pero eres mi hermana.

Ella sonrió y sacudió la cabeza en un asentimiento que, lentamente, se convirtió en un llanto silencioso. Si no fuera por sus hombros, nadie podría saberlo. Presionó su mano en su espalda, pero la retiró enseguida.

Aquello había acabado. Consolarla por algo que no podía ser era una estupidez. Alimentar unas esperanzas no era lo correcto. Jamás lo seria.

—Me quedaré a vivir en América para siempre. No volveré a Japón.

—Me lo imaginé —susurró ella—. Es lo que has venido a hacer. ¿Verdad?

—Sí.

Ambos se levantaron a la vez.

Fue Ryoma quien acortó las distancias esa vez. Sus bocas uniéndose en un casto beso.

—Esta es la última vez.

Sakuno asintió y él se volvió.

Fue duró dejar a la mujer que amaba tras de sí. De romper algo que era horrorosamente bello para ellos. Algo que estaba prohibido.

Esa fue… la última vez que se vieron.


A los treinta y cinco años…

—Lo siento mucho, Sakuno.

La mujer negó y apretó la mano de Oishi en agradecimiento. El médico se alejó con los hombros caídos y el puño cerrado dentro de su bata blanca. Sadaharu le puso una mano en el hombro y la estrechó contra sí.

—Creo que él realmente esperaba que Ryoma viniera. Y esperó hasta que su cuerpo no pudo más.

—Al fin y al cabo, era su hijo.

Sakuno asintió, cubriendo su rostro con ambas manos. Las enfermeras se afanaban en regresar a los demás pacientes hasta sus respectivas habitaciones. Un celador abrió la puerta tras ellos y ambos se apartaron.

El cuerpo sin vida de Nanjirou fue llevado hasta la morgue en completo silencio.

—Los excesos lo mataron al parecer —murmuró el celador antes de dejárselo al forense.

Inui y ella intercambiaron una mirada. Sakuno la desvió hasta la sábana que cubría el cuerpo de su progenitor.

—No. Fue nuestro amor prohibido lo que lo mató.

FIN

27 De septiembre del 2016

¡Muchas gracias por haber seguido hasta aqui!

Chia