Ahora sí que sí, el final de Amor en juego. No podíamos acabarlo sin hablar de qué ha pasado unos años después de esa época universitaria: aquí está la respuesta a esas inquietudes.
Muchas gracias por vuestros comentarios y nos alegramos de que hayáis disfrutado del fic como nosotras al escribirlo.
May we meet again.
EPÍLOGO: 8 años después.
El ruido de las impresoras, del fax y de otros aparatos electrónicos se oía por toda la oficina, que no era pequeña precisamente: estaba conformada por hileras de varios escritorios con sus respectivos ordenadores. A un lado había otras habitaciones, pero dos resaltaban más que las demás. Aquellas que tenían una placa en la puerta con los títulos de Jefe ejecutivo y Testeadora/Localizadora.
Dentro de esta última estancia, una chica de pelo castaño oscuro estaba sentada en un sofá con más de un mando a su alrededor y otros dispositivos a distancia junto con consolas de distintos tipos. Frente a ella se encontraba una pantalla del televisor y a la derecha una mesa con monitores, que tenían pestañas abiertas sobre un determinado juego: al que jugaba la chica en ese instante para comprobar que todo estuviese correcto a la hora de lanzarlo al mercado.
Tras un rato, se levantó con una sonrisa en los labios, se subió las gafas por el puente de la nariz y dejó el mando sobre el sofá. Hoy debía salir antes del trabajo ya que tenía un asunto especial que atender. Abrió la puerta de la habitación, encontrándose a otros compañeros que la saludaron al pasar.
-Espero que el juego merezca la pena, llevas toda la mañana liada -le dijo otra chica, que llevaba entre los brazos varios papeles y libretas.
-Sí, va a ser todo un éxito -contestó la chica, de nuevo sonriendo. Era algo que no paraba de hacer últimamente.
Se dirigió al despacho que había al lado del suyo, del que provenía una voz masculina y con un tono bastante entusiasmado.
-Por supuesto que el mercado va a responder al juego: es solo cuestión de tiempo -oyó decir al chico que estaba tras la puerta. La entreabrió, pues podía darse ese lujo con él, y lo vio de pie frente a una ventana, de espaldas a ella, con uno de los trajes de chaqueta que casi siempre llevaba al trabajo. Le chistó y él se giró, diciéndole con la mirada que esperara un segundo pero que podía pasar.
-De acuerdo, no se preocupe -continuó él, ahora cogiendo un trozo de papel de encima del escritorio y un bolígrafo-. En cuanto lo tengamos listo serán los primeros en saberlo. Gracias por patrocinarnos, en serio -la chica puso los ojos en blanco y él le hizo un gesto con el dedo para que se callase.
No soportaba darle las gracias a los clientes tantas veces, pero su amigo era mucho mejor que ella en eso y, en cierto sentido, sabía que era necesario que fuese así.
-Cuídese y hasta pronto -dijo el chico antes de colgar para posar sus ojos en los de ella-. ¿Ya has acabado?
-Sí. El juego está sin errores, tanto en la traducción como en los gráficos. Funciona de maravilla, aunque habrá que pasárselo a Nora para que le eche un segundo vistazo.
El chico asintió, completamente de acuerdo. Se acercó a ella y le dio un abrazo.
-Ay, necesito un poco de amor estos días -ella le correspondió, pasando los brazos por su cintura.
-Lo sé, has estado bastante ocupado. Vete ya, que hoy es un día especial… ¿No te habrás olvidado de que es el cumpleaños de Dina?
La morena le guiñó un ojo y él sonrió.
-No podría hacerlo aunque quisiese y sabes que no faltaré por nada del mundo.
-Más te vale, si no te corto las pelotas.
Él tragó saliva, fingiendo un gesto de horror antes la mención de eso, y la chica tuvo que reírse sin más remedio.
-Me voy ya, tu hermana me espera. A las seis en casa, y no llegues tarde.
-Entendido, capitana.
Se despidió del chico y salió del despacho, caminando hacia las escaleras hasta llegar a la bicicleta que casi todos los días traía al trabajo. Se subió en ella, cargando con una pequeña mochila en la espalda y cambiándose las gafas por unas de sol, y emprendió el camino de vuelta a casa.
Solo podía pensar en cómo de perfecta tenía que ser la tarde de ese día.
Lo primero que la recibió nada más abrir la puerta fue un pequeño cachorro de dogo de burdeos, un perro que deseaba Octavia con todas sus fuerzas y que nadie le negó adoptar. Lo saludó, agachándose y dejando que le diese un lametón en la cara mientras le tocaba la cabeza abrazándolo. Debía confesar que ella también se estaba enamorando de él.
-Hola, Chewy, ¿cómo estás? ¿Cómo se han portado hoy mis chicas? -le preguntó, haciendo que el perro jadease mientras correteaba feliz de un lado a otro por el pasillo.
Acabó incorporándose de nuevo, seguida por un Chewy emocionado, y sonrió cuando llegó al salón y vio a Octavia profundamente dormida, sujetando con ambas manos a la pequeña Dina, que reposaba sobre su pecho. Dejó su maletín sobre la mesa y se arrodilló frente a ellas para observarlas. Miró a su hija con emoción; no se podía creer que ya hubiese pasado un año desde que vino al mundo, haciéndole la persona más feliz del mundo. Paseó sus dedos con cuidado por sus suaves mejillas y le dio un beso sobre su cabecita; cuando observó a Octavia y sonrió al verla durmiendo con los labios separados: estaría agotada. Estaba trabajando duro y cuidando de Dina. Acarició su cabello negro, peinándola, y observando cómo abría los ojos con cuidado, sonriendo casi automáticamente cuando la enfocó.
-Has vuelto… -susurró con voz ronca.
-Sí, tenemos que preparar una fiesta, ¿recuerdas? -se inclinó para besar su frente- ¿Bañamos a la bebé y luego me ducho yo antes de ponernos con las cosas?
Cogió en brazos a su hija, que llevaba un rato con los ojitos abiertos y observándola mientras hacía distintos ruidos vocales.
-Hola, mi vida -le habló, poniéndole caras y acariciando su mejilla-. ¿Tienes ganas de darte un baño? -le olisqueó mientras le hacía pedorretas haciéndola reír- Uy, esta niña huele muy mal -y volvió a imitar el gesto anterior mientras Octavia se enternecía con la imagen.
Llenaron la bañera de la niña antes de que O empezara a desnudarla mientras Lexa comprobaba una y otra vez si el agua estaba en la temperatura correcta antes de introducirla en ella. La bañaron, como siempre, entre bromas para que Dina disfrutase de los baños, salpicando agua con ella y haciéndola reír con un patito de goma que la de pelo negro le regaló hace un par de semanas.
-¿Sabes a quién vi ayer? -habló de repente mientras volvían a vestirla, y Lexa negó- A Lincoln.
-¿Sí? -se sorprendió. El novio profesor de Octavia en la universidad, fue en el último año de la chica cuando decidieron tener caminos diferentes por claras diferencias entre los dos, y como decía siempre ella: el amor al principio es maravilloso, pero después conoces a la verdadera persona y, en su caso, salieron demasiados fallos, llegando incluso a pelearse entre ellos varias veces.
-Sí, ahí seguía, en la universidad. Ya estaba contratado y con una nueva chica...
-¿Estás bien? -acarició su mejilla.
-Oh, sí -se abrazó a la morena y habló contra su cuello-. El cambio que he hecho ha sido para bien, Lex -se sonrieron cuando el abrazo se terminó.
Octavia se encargó de la niña mientras Lexa se duchaba. Estaba enjabonándose el cabello cuando alguien abrió la cortina entrando con ella dentro y rodeando su cintura desde atrás, besando sus labios.
-¿Y Dina? -fue lo primero que preguntó.
-Está entretenida con su tía -respondió.
-¿Y te parece bien darle ese cargo mientras te aprovechas de tu mujer? -sonrió, sintiendo las caricias de la chica en su abdomen.
-Aún recuerdo lo preciosa que estabas embarazada. No me puedo creer que nuestra hija cumpla ya un año -Lexa se sintió emocionada por las palabras y se giró para mirar a la bella mujer con la que se casó, observando su rostro cansado por haber estado veinticuatro horas en el trabajo, ya que le tocó hacer guardia.
-Yo tampoco me puedo creer que cumpla ya un año -se acercó para besarla-. Tenía muchas ganas de verte ya, Clarke.
-Y yo a ti -se abrazaron bajo el chorro de ducha, aún desnudas, antes de dejar que la rubia terminase de lavarle el pelo, ayudándola ella también.
Al final se entretuvieron un poco más de la cuenta, solo acariciando trozos de piel con la excusa de limpiarse, sin llegar a nada más profundo. Clarke se puso un albornoz, y aún con los pelos mojados fue a la cama por petición insistente de su mujer, que dijo que Octavia y ella se encargarían de prepararlo todo, pero que ella aprovechase para descansar aunque fuese un par de horas.
Horas después, el moreno fue el último en cerrar con llave la puerta del piso que tenían alquilado para la empresa. Se despidió de los compañeros con un abrazo, ya que era viernes y el fin de semana, por fortuna, lo tenía casi siempre libre.
-A casa, ¿no? -le preguntó una de las traductoras de los videojuegos, Christine, que arrancó el motor del coche y se dispuso a partir con el chico sentado a su lado.
-Sí. Espero no tardar demasiado, porque si no me van a matar.
Christine se rio y continuaron hablando durante todo el camino, que no era especialmente largo. En cuanto el chico se bajó del coche con el maletín agarrado del asa, levantó la mano para saludar a la chica y abrió la puerta de la casa con prisa. Entró y dejó las llaves colgadas en el llavero que había cerca de donde se encontraba.
-¿Cielo? -preguntó en voz alta, esperando una contestación que no llegó. Levantó una ceja, extrañado. Se quitó la chaqueta y caminó hacia el salón, dejándola justo en el respaldo del sofá. Fue hacia la cocina mientras se peleaba con el nudo de su corbata pero tampoco había nadie allí. ¿Dónde se había metido? Siguió buscando por el pequeño despacho que tenían y que decidieron incluir en la casa para poder trabajar desde allí algún que otro día, pero ni rastro. La casa no era demasiado grande, así que finalmente optó por ir al porche trasero, donde la mayor parte del tiempo se relajaban juntos a la vez que contemplaban las estrellas: esa afición de su pareja no había cambiado en todos estos años.
Abrió la puerta corredera que llevaba afuera y vio una silueta sentada en uno de los sillones, con un libro entre las manos y con cara de concentración.
-Ya he llegado -dijo en voz baja, acercándose y provocando que la otra persona se sobresaltase.
-Qué susto me has dado -protestó, pero enseguida alzó las manos para acariciar su rostro y juntar sus labios en un tierno beso-. ¿Qué tal el día?
-Muy bien: ya hemos acordado con los patrocinadores el contrato y la publicidad. Pero estoy cansadísimo… -se sentó sobre sus rodillas- Dame un masaje, anda.
John se rio desde atrás y colocó sus manos en los hombros de Bellamy, haciendo que este último se mordiese el labio por el gusto que sentía al notar cómo los músculos se relajaban ante los cuidados de su pareja.
-No sé qué haría sin tus manos.
-¿Solo sin mis manos?
Bellamy sonrió y se dio la vuelta rápidamente, echando parte de su cuerpo sobre el otro chico. Le acarició el pelo castaño, que ahora estaba más largo que en los tiempos de la universidad, y empezó a pasarle algunos mechones por las mejillas, jugando con él.
-Ya sabía yo que la barba te quedaría bien.
John le apartó la mano, riendo y atrayéndolo hacia sí para unir sus labios.
-Necesito estar contigo, Bell.
El moreno no contestó con palabras, sino con hechos: bajó por la línea de su cuello hasta su hombro, besándolo y lamiéndolo con intensidad, mientras que las manos de John le desabotonaban la camisa y los pantalones con la firme intención de disfrutar de su cuerpos aunque fuese en la intemperie.
Al cabo de media hora llena de pasión, gemidos y jadeos más que ruidosos, comenzaron a besarse con mucho más lentitud y a abrazarse con fuerza tras el momento rápido de placer. No supieron cuánto tiempo estuvieron así, diciéndose cosas al oído del otro, haciéndose ruborizar y reír, hasta que un tenue sonido interrumpió el momento. Un sonido constante, como el de una melodía. La melodía de una alarma. Alarma para un cumpleaños.
-¡Mierda! -exclamó Bellamy, levantándose del regazo de John casi de un salto.
-¿Qué pasa? preguntó este, un poco adormilado después del ejercicio.
-¡La fiesta! ¡Dina! -casi gritó, entrando en la casa después de recoger la ropa tirada por el porche.
-¡¿Pero a qué hora era?! -oyó a John, que iba detrás de él a paso ligero.
Ambos llegaron a la habitación que compartían y sacaron un conjunto mucho más informal que en el que llevaban para sus respectivos trabajos.
-¡Acaba de empezar! -le contestó Bellamy al mismo tiempo que intentaba que una pierna entrase por el pantalón, con la mala suerte de que se cayó de espaldas en la cama por el esfuerzo. John soltó una risa y lo ayudó a levantarse; parecía que estaba mucho más tranquilo que él- ¡Vamos, vamos! ¿Te ha dado tiempo a hacer algo para llevar?
-Sí, canapés. Están en la nevera, cógelos mientras yo bajo.
Bellamy asintió y raudo y veloz fue a por ellos: los envolvió como pudo y buscó en el armario de la entrada una caja de regalo de colores bastante fuertes. Una sonrisa se le formó en el rostro sin darse cuenta al acordarse de Dina.
-¿Lo tienes todo? -John acababa de llegar a donde estaba, peinándose por el camino.
-Creo que sí. ¿Llaves del coche?
-Las tengo yo.
-Perfecto.
Salieron de casa y se dirigieron al garaje colindante que tenían, en el que guardaban el coche para las ocasiones en las que les hacía falta. John se subió en el asiento del conductor y Bellamy a su lado, con el regalo y la comida sobre sus piernas. Rezaba internamente para que ni su hermana, ni Lexa ni Clarke se enfadasen con ellos.
Lexa se extrañó de que Bellamy y John aún no hubiesen llegado. Tenía a Dina en brazos mientras reían todos los ya presentes en el salón: Abby, Marcus, Michelle, Octavia, Raven, Jasper y Monty.
Octavia había terminado su carrera y trabajaba desde casa en una editorial donde estaba bastante contenta y no tenía pensamiento de dejarla porque le daba lo que necesitaba para vivir. Tras Lincoln no había vuelto a tener una pareja seria, y para no gastar en exceso se había ido a vivir con Raven, la cual era ahora más seria, pero sin perder su toque de locura. Y era sagrado para las dos salir a ligar los miércoles por la noche.
Jasper y Monty, a pesar del tiempo de su relación, seguían viviendo por separado; lo intentaron durante unos meses, pero parece que no congeniaron con la vida en pareja, así que volvieron a sus pisos separados y así era como estaban bien.
Michelle venía acompañada de Tom, un hombre que conoció en un viaje de trabajo y, a pesar de que tuvo pudor de contar su experiencia a sus hijos, acabó por decirlo cuando vio que las cosas se volvían más serias con él, tanto en su relación como con sus emociones. Sus hijos, incluida Lexa, se alegraron mucho por ella y la apoyaron en sus decisiones.
-Sí, Clarke ha tenido hoy guardia, en breve vamos a ir a despertarla -habló con los invitados, aún no había encendido la música siquiera-. ¿Verdad, Dina? -habló con su hija- ¿Vamos a despertar a mami?
-Eso, despertadla, que el bizcocho está mejor caliente -habló Abby.
-Me muero por probar ese bizcocho, mi amor -habló Marcus.
-Yo también quiero comerme ese bizcocho… -sonrió Raven a la mujer.
Lexa rio rodando los ojos por la insinuación de su amiga y sujetó a Dina mejor antes de ir a la habitación caminando por el pasillo de su piso. Abrió la puerta y pasó dentro, sonriendo mientras observaba a la bella durmiente. Colocó a Dina al final de la cama y aguantó la risa viendo cómo se movía ya con rapidez, gateando por el colchón hasta llegar a la cabeza de su mamá.
Clarke hizo un ruidito muy gracioso cuando su hija agarró su nariz y se la metió en la boca, abriendo sus ojos azules para encontrarse con los verdes que había heredado de su mujer, que las miraba con una tierna sonrisa desde un lado de la cama.
-Hola, mi princesa -sonrió a la bebé, abrazándola y dándole besos en la cara mientras la pequeña reía en sus brazos.
-Faltan Bellamy y John por llegar.
-Esos dos estarán f…
-¡Eh! -le regañó Lexa y cogió a su hija- No escuches a tu madre, es una mal hablada -frunció el ceño mirándola y sonriendo de nuevo con la risa que soltó.
-Deja que me vista y salgo -se levantó de la cama, estirándose, y Lexa no pudo evitar recorrer sus piernas desnudas.
-Yo seré una mal hablada, pero tu eres una mal pensada –Clarke levantó una ceja y fue hacia el armario.
-Eres tú la que provoca, cariño -le contestó sin dejar de observarla de arriba a abajo mientras se ponía algo más apropiado para la celebración.
La morena giró la cara para ver a su hija jugando con su pulgar en la boca y, con cuidado, se lo sacó y le dio un beso en la mejilla.
-Venga, vamos -le dijo Clarke, agarrando una de las pequeñas manos de la bebé y haciéndole carantoñas, lo que provocó que una risa contagiosa inundase la habitación.
El timbre de la puerta sonó y lo oyeron, pero quien estaba más cerca para atender a los últimos invitados era Raven. Se acercó al recibidor y abrió, apoyando el brazo en el quicio de la puerta y mirando a quienes acababan de llegar con una sonrisa traviesa.
-Hola, amores -dijo la chica cuando Bellamy y Murphy aparecieron. Ambos se rieron ante el apelativo.
-No llegamos muy tarde, ¿verdad? -intentó excusarse el moreno, extendiendo sus brazos para mostrar la bandeja envuelta de canapés que traía.
-Creo que para las anfitrionas sí que habéis llegado un poquito más tarde…
John suspiró y Bellamy clavó los ojos en él, preocupado: no quería estropear la primera fiesta de cumpleaños de su sobrina.
Decidieron entrar para no perder más tiempo y Raven, a medida que pasaban a su lado, posó las manos en la cara de cada uno y les dio un pequeño beso en los labios que duró unos segundos más de lo común.
Los tres caminaron hasta llegar al jardín de la casa: había guirnaldas, serpentinas, matasuegras y varias mesas repartidas por la terraza en las que se podían ver aperitivos para los invitados, y como toque final una pequeña tarta en la mesa central. A un lado había una pila de regalos y dejaron el suyo allí también. John fue a colocar los canapés en una mesa y Bellamy aprovechó para saludar a su madre, que estaba sentada hablando con Abby y Marcus.
-¡Buenas tardes! -exclamó el chico, sorprendiendo a Michelle por la espalda.
-¡Cariño! Te esperaba antes. ¿Ha pasado algo? -preguntó la mujer con preocupación. Bellamy tuvo que morderse la lengua para no decirle que sí, algo había ocurrido, pero en absoluto era malo.
-Nos hemos entretenido un poco solamente -se dirigió hacia Marcus, al que dio un abrazo más que correspondido por el hombre, y posteriormente a Abby.
-¿Has probado mi bizcocho? -preguntó la mujer con curiosidad.
-No, pero seguro que está delicioso.
Abby sonrió y el chico dejó que siguiesen hablando. Por la puerta que daba al jardín vio a John conversar con Lexa y Clarke al mismo tiempo que jugaba con Dina.
-Mira que os dijimos la hora exacta… -protestó Lexa, aún con la niña en brazos, que de repente giró un poco su cuerpo. La morena se percató de que su hija tenía los brazos alzados hacia el frente; siguió su mirada y se encontró con Bellamy andando hacia ellos sin apartar la vista de Dina.
-¿Dónde está mi chica preferida? -preguntó a la niña, que empezó a moverse nerviosa en los brazos de su madre, esperando a que su tío la cogiese. Bellamy no tardó en hacerlo y la alzó en volandas para luego acercar su carita a la de él y comenzar a darle besos por todos lados, lo que causó que la niña riese en voz alta.
-Quieres a la niña más que a mí -dijo John con una sonrisa mientras miraba la escena con ternura.
-Son amores distintos -contestó Bellamy, con la bebé en su regazo, que tenía la cabeza apoyada en su hombro y jugaba con un mechón de pelo rizado de su tío.
Clarke y Lexa sonrieron con la imagen de su hija y rodaron los ojos al mismo tiempo cuando escucharon la voz de Octavia desde la cocina llamándolas, lo que las hizo reír.
-¿Qué pasa?
-¿Dónde está el queso? -preguntó.
-En serio, háztelo mirar, esa obsesión no puede ser buena -habló Clarke-. Tápales los ojos, Lex.
La morena puso sus manos sobre los ojos de la chica, que suspiraba ansiosa: no podían dejar que viese donde lo escondían, porque las veces que se quedaba allí con su hija se lo acababa comiendo todo.
-Oh, vamos, puedo saber dónde está…
-Ya, ratoncita… -se burló Lexa, y protestó cuando la pequeña le dio un codazo en el estómago.
-Compórtate, O -regañó Clarke y le dio el queso, que lo empezó a partir en dos platos.
-Este para mí, y este para todos vosotros -señaló el que dejó en la mesa para que lo llevasen.
-En serio, tiene un problema -susurró la rubia a su mujer.
-¡Os he escuchado! -gritó, pero siguió con su camino.
Volvieron al lugar de la fiesta y cenaron entre risas y canciones para la pequeña Dina que cumplía un año de vida. Bellamy sacó una cámara y lo grabó todo mientras Octavia se dedicaba a sacar fotografías del acto. La cara de sorpresa de Dina cuando vio las velas frente a ella mientras era sujetada por sus madres, que cantaban junto los demás invitados, fue increíble y nadie iba a olvidar esa ilusión que desprendía su mirada. Las tres se inclinaron sobre la tarta y soplaron para apagar la vela mientras la niña miraba con una sonrisa todo lo que ocurría ante sus ojos.
Al final de la fiesta Dina fue gateando mientras jugaba con todos los invitados, bailaba con ellos, y los que descansaban de aquella niña insaciable hablaban y comentaban cómo había crecido, y que parecía que era ayer cuando Clarke llamó diciendo que Lexa estaba de parto. Vaya día, el más feliz de sus vidas: aún podía recordar la sensación que las invadió al tener, por primera vez, a su hija en brazos; no podían evitar emocionarse al verla tan grande y sana jugando con todos.
-Vamos, mi amor -dijo Clarke manteniendo agarrada su mano mientras Lexa echaba la cabeza hacia atrás y gritaba para dar el último empujón antes de dejarse caer en la almohada, sintiendo la otra mano de su mujer en su frente, limpiando el sudor y apartando algunos mechones de pelo antes de besarla suavemente.
El llanto de un bebé inundó la sala, y la morena abrió sus ojos para enfocar a la enfermera acercándole a su hija, y soltó la mano de Clarke para poner sus brazos y recibirla. Sonrió mientras soltaba un sollozo al verla en ellos: era preciosa, tremendamente preciosa; y miró a Clarke, observando las lágrimas que escapaban de sus ojos al verla también. Eso sí, no había visto sonrisa más bella en su rostro jamás.
-Hola, Dina… -besó su frente suavemente, sintiendo que temblaba completamente al poder tenerla ya entre sus brazos, y disfrutó de la imagen que le dio Clarke al besarla en el mismo punto que ella, agarrando una de sus pequeñas manos.
-Dina -dijo su nombre en un susurro-, mi niña…
-Te quiero -miró a su mujer, que la enfocó emocionada.
-Y yo a ti -pegó sus labios a los suyos-. Vamos a hacer muy feliz a nuestra hija… Voy a hacerte muy feliz a ti… -pasó los dedos bajo sus ojos verdes, limpiando sus lágrimas.
-No te puedes imaginar lo feliz que soy ya, Clarke.
Ambas miraron a la vez a su primera hija y se abrazaron con sus vistas fijas aún en el fruto de su amor. Estaba deseando entrar en esa nueva aventura junto a ella: ser madres; y sabía que Clarke iba a ser la perfecta para Dina.
La peor parte de las fiestas siempre era recoger y limpiar el lugar de celebración, aunque en ese caso ni Lexa ni Clarke se quejaron de ello porque fue el primer cumpleaños de su hija y ambas aún tenían una gran sonrisa en el rostro. Ya habían puesto un lavavajillas con toda la cubertería y vasos, y ahora recogían los papeles de los regalos y demás basura, introduciéndolos en una bolsa que llevaba cada una. Dina ya estaba acostada y más que dormida: se había quedado sin pilas tras estar tan estimulada con todos los familiares y tanto gatear jugando con uno y con otro.
Lexa miró a Clarke y sonrió cuando sus ojos cruzaron miradas. Llevaban ya tres años casadas y parecía que el siguiente era mejor que el anterior, desde que fueron novias en la universidad. Aún recordaba el día que Clarke le pidió que se casase con ella: llevaban viviendo juntas dos años ya y unirse de esa forma era el sueño de ambas, lo habían estado hablando mucho. Le encantaba mirar aquellas fotos del día de su boda y recordar la ceremonia una y otra vez; es más, igual era hora de recordarla otra vez, ahora con la mujer de su vida.
Conectó los altavoces a su móvil y puso la canción que bailaron juntas ese día, observando la sonrisa de Clarke cuando Lexa estiró una mano hacia ella para que la acompañase. Soltó la bolsa de basura y fue hacia donde estaba, sujetando su mano y haciéndose mutuamente una reverencia antes de unir sus cuerpos y que Clarke pusiese su mano libre en su hombro y Lexa en su cintura.
Empezaron a bailar aquella canción, que no solo fue la de su boda, sino que fue la primera canción que bailaron juntas en aquella fiesta de máscaras en la universidad, la noche en la que se dieron su primer beso. A pesar de todo lo que ocurrió en aquella época ambas lo guardaban con mucho cariño y suspiraban recordando el sabor de aquel beso tan especial para las dos.
-No sé cómo lo haces, pero cada año que pasa estás más preciosa -habló Lexa, mirando con adoración aquellos ojos azules que le robaron el aliento hace nueve años.
-¿Tú te has visto a ti? No puedo creerme lo afortunada que soy de tenerte como compañera de esta aventura que es la vida, Lex.
-Siempre voy a estar a tu lado, siempre te voy a amar, Clarke -ella sonrió, y la morena la imitó.
-Te quiero, Lexa, y siempre lo voy a hacer.
Lexa se inclinó y la besó suavemente, continuando con el baile mientras sus labios se unían una y otra vez, creando un beso húmedo que habían echado de menos compartir en todo el día. Continuaron bailando hasta que la canción terminó, saliendo automáticamente una más movidita con la que empezaron a reír y a bailar haciendo un rato el tonto mientras terminaban de ordenar el salón.
-Oye, Lex -dijo cuando se sentó a su lado, apoyándose en su hombro mientras la morena la rodeaba con su brazo.
-Dime, mi amor.
-Creo que estoy preparada -Lexa se sorprendió, y ambas se miraron mientras mordían a la vez su labio.
-¿Es lo que pienso? -preguntó ilusionada.
-Sí. Tengamos un hermanito para Dina.
Lexa no pudo aguantar abrazarla con ganas y cayeron ambas en el sofá al mismo tiempo que besaba los labios de la mujer a la que entregó su corazón y su alma. Se moría por verla embarazada y se moría por tener a su segundo hijo en brazos, compartiendo más vínculos con ella.
Bellamy llegó a la oficina con un poco de retraso: John lo había vuelto a entretener con sus deseos matutinos y no había podido evitar la tentación. Así que ahí estaba, media hora tarde con la respiración agitada por subir las escaleras de dos en dos.
-A buenas horas -le dijo Lexa en cuanto lo vio. Acababa de salir de su oficina con unos papeles en la mano.
-Perdona, es que…
-Ya sé, no me lo cuentes -alzó una mano para callarle y se dirigió hacia el mueble de las fotocopias. Tenía que hacer duplicados de todos los acuerdos para el nuevo videojuego.
-¿Qué tal Dina anoche? ¿Le gustaron los regalitos? -le preguntó el moreno con ganas por saber detalles.
-Sí, mucho. Cuando la íbamos a dormir le empezamos a leer el cuento que John y tú le regalasteis -Bellamy se mordió el labio, emocionado-. Le encantaron los dibujos de estrellas y planetas.
El moreno asintió, contento, y le dio un beso en la mejilla a la chica: debía ponerse manos a la obra cuanto antes para que no se le echase el tiempo encima.
-Oye, Bell... -susurró Lexa, agarrando la manga de su chaqueta.
-Dime.
Se giró, acercándose a su amiga de nuevo, y la miró confundido por la expresión que tenía en la cara: era una mezcla entre temor, alegría e ilusión.
-Ayer Clarke y yo estuvimos hablando y me dijo una cosa…
-¿El qué? Espero que no sea que está enamorada de mí -bromeó el chico-. Sé que la camisa que me puse ayer era bastante tentadora, pero…
-Que no -le cortó Lexa, sonriendo-. Te lo voy a decir sin más -el moreno clavó sus ojos en los de ella, atento y expectante-. Clarke y yo queremos darle un hermanito a Dina.
La boca de Bellamy fue abriéndose poco a poco y comenzó a boquear, intentando decir algo pero sin sonidos que saliesen de sus labios.
-¿Otro bebé? -fue capaz de preguntar al fin.
-Sí -le respondió Lexa con las mejillas sonrosadas y abrazando sobre su pecho los papeles que llevaba.
-¿Y se llamará como yo si es niño? -dijo con una sonrisa, con la reacción de Lexa dándole un manotazo en el brazo.
-Más quisieras.
-Jo… -no pudo reprimir las ganas de abrazar a su amiga, rodeándola con sus brazos y sintiendo lo emocionada que estaba- No sabes cuánto me alegro, Lex.
Ella lo miró con los ojos un poco vidriosos, aún sin poder creer lo afortunada que era: había conformado una familia preciosa, tenía a los mejores amigos que podía pedir y a él, que fue y seguía siendo su gran apoyo, su hermano mayor. Se mordió el labio y ambos, después de varios comentarios más, volvieron a trabajar, aunque a la morena no se le quitó la sonrisa de los labios pensando en que Bellamy no sospechaba que, de ser un niño, sí que tenía pensado ponerle su nombre.
