In The Ruins por The Fox Lady

In The Ruins por The Fox Lady

Notas del autor:

Mas leyenda arturica, y el comienzo de una steamy scene...

Las ruinas del antiguo castillo eran negras contra el cielo cargado de nieve, y el césped alto y resistente se abría como un mar de verde oscuro ante el flanco del caballo, mientras Harry galopaba a toda velocidad con Gareth, Hughes y Richard pegados a los costados. El viento frío hacía doler la cara, y Harry, envuelto en un jubón negro muy ajustado y una capote de lana que habían pertenecido a Godric galopaba rumbo a las ruinas con todas sus fuerzas. Tenían a una brigada completa de normandos detrás, a la que se esforzaban por distraer del avance de una pequeña caravana de druidas sureños en camino a Hogwarths: pero no esperaban encontrarse con un grupo tan grande, y no habían tenido más opción que huir a todo galope, sirviendo de señuelo para alejarlos de la caravana a pie.

- Podemos escondernos en el castillo de Uther, es un laberinto.- dijo Richard por sobre su hombro, acelerando, su largo cabello agitándose como un banderín en el viento.

- Pero el foso no tiene puente!- exclamó Harry, que lo seguía.

- Yo me encargo.- dijo Hughes, antes de mirar a Gareth que iba el último.- Apúrate, tortuga!- agregó antes de volverse a Harry en medio del galope.- Y tú como sabes que no hay puente en el foso? Nunca habíamos venido…-

Harry no contestó, cuidando no mirar a Richard. Hacía ya dos semanas que cada noche Richard cruzaba Hogwarths descalzo para llegar a la habitación de Harry, y los dos se sentaban en camisón a leer el diario de Godric, ya fuera tendidos en la enorme cama o estirados frente a la rugiente chimenea, turnándose para leer en voz alta, sonrojándose en las partes más apasionadas. Godric había tenido una ortografía horrorosa y una redacción tan mala que a veces tenían que leer varias veces sus enunciados: pero era una historia de ternura tan atrayente que no podían parar de leer. Richard, que se acomodaba en ocho cojines y se cruzaba de piernas de un modo que a Harry le recordaba a la entrañable oruga de Alicia, podía leer por horas sin parar, su voz siempre suave e uniforme, reviviendo la vida de los fundadores con un detalle tan íntimo que a veces Harry sentía que conocía a Godric como a un amigo, un jovencito apasionado, vivaz, porfiado y dulce, que era rápido en el amor y en la risa, lento en la cólera y el odio. Godric los hacía reír a veces; otras, los traspasaba de ternura. Y de las páginas emergía una leyenda que Harry estaba seguro no estaba en Historia de Hogwarths ni en libro alguno en su tiempo: era una historia real y conmovedora de dos huérfanos de la guerra siempre juntos, siempre unidos, compartiendo sus migajas de pan, el frío, el hambre y la lluvia en una tierra inclemente y desgarrada por conflictos internos, y de un atroz, desesperado viaje por llegar a Camelot, al reino bendecido con el eterno verano en el sur. De cómo recogieron a una bebé abandonada en un pozo: de cómo una niñita muda y herida se unió a ellos, y los cuatro llegaron deshechos a ese reino, justo a tiempo para ser salvados.

De años creciendo bajo los estandartes rojos y azules de Arturo y verdes y amarillos de Guinevere: de la caída de un reino inolvidable cuando el abandono, la cristiandad y la sucesión desgarraron lo que había sido la época de oro de Inglaterra. Harry sonreía ante los vívidos, amoroso recuerdos de Godric, primero paje y luego escudero de Arturo, de un hombre valiente y honesto, al que defendía patéticamente en su diario, porque era obvio que lo amaba.

Arturo sólo está muy triste por la muerte de su hijo, y como Merlín se niega a intentar nada esos sacerdotes cristianos le han metido cosas en la cabeza… Arturo no pretende nada malo, no es que vayan a hacerle nada a los druidas, el sólo quiere que vivamos en paz…

Lo defendía incluso ante Salazar, que era paje y caballero de la reina druida, y que parecía odiar francamente a los sacerdotes romanos. Godric narraba la gesta artúrica en primera persona, y tanto Richard como Harry estaba fascinados leyendo, aunque un particular encuentro de Godric y Salazar con Morgan Le Fay en el castillo de Uther los había hecho sonrojar la noche anterior. No era sólo que supieran porqué el castillo de Uther no tenía puente: también podrían haber detallado los diseños en el suelo de mármol antiguo en las habitaciones de Morgan… you evil sexy sorceress you…

Godric lo había descrito como un castillo envejecido pero hermoso: lo que ahora, treinta años después tenían enfrente era un despojo, sus agujas como garras de una vieja bruja al cielo, ennegrecido y desgastado por el tiempo inclemente de Escocia. Cuando los cuatro se acercaron, se dieron cuenta que no sólo no había puente, sino que el foso medía diez metros de ancho y era un auténtico río. El castillo no era de esos juguetitos franceses de cuento de hadas: había sido una fortaleza y aún era temible.

- No tengan miedo, adelante!- gritó Hughes alegremente, aunque miró atrás: los normandos los seguían a menos de cien pasos. Harry se paralizó, porque iba contra todos sus instintos empujar su caballo contra esa caída, que acababa en un río revuelto y turbio, y la orilla lejana parecía muy, muy, MUY lejos: pero Richard aferró sus riendas, Gareth clavó espuelas tras él, y hop, los cuatro saltaron al vacío, y los caballos siguieron galopando en el vacío, en algo que parecía un poco un puente arco, y un poco…

SPLOCH hicieron los normandos tras ellos cuando los primeros no pudieron frenar. El resto les disparó flechas, pero estaban fuera de alcance: y Hughes rió cuando llegaron al otro lado y caracoleó su caballo en saludo, antes de que galoparan hacia el interior del castillo.

- Seguro que construyen un puente… estamos encerrados…- musitó Gareth en voz baja, mientras se ocultaban tras los arcos de piedra desgastada.- Hughes, eso fue un puente de arcoiris?-

- Me gustan los arcoiris. Mucho.- Hughes se hamacó en la silla de montar.- No me molestes, Gar.-

- Solipsismo secundario de Leomundo, nivel 8.- dijo Richard ausentemente.

- Ah, sí?-

- Hughes, con toda la magia que tienes, lo menos que podrías hacer es saber lo que estás haciendo.-

- Me gusta no saber. Eso hace lo imposible posible.- dijo Hughes, cerrándole un ojo a Harry mientras avanzaban por el derruido castillo y desmontaban al llegar a lo que había sido un patio, ahora lleno de escombros.

- Un día serás mi muerte, Hughes.- dijo Gareth con un suspiro, lanzando las riendas anudadas a un arbusto y subiendo por una destartalada, desconchada escalinata de piedra gris.- Sugiero que nos separemos y tratemos de atacar a discreción. Así los asustaremos, bajaremos su número, y podremos enfrentarlos luego de uno.-

- Pero con cuidado, este lugar es un laberinto.- dijo Hughes con una sonrisa.- Yo voy con Gareth!-

- Ni hablar. Al único que atacarás será a él si van juntos y nos dejarán todo el trabajo a mí y a Harry. Yo voy contigo, que Gareth vaya con Harry, así andamos parejos de potencia de fuego…-

- Ni hablar! Richard, suéltame o te frío! POTTER, las manos donde las vea y silbando! Gareth, me raptan!-

Gareth movió la cabeza mientras Richard arrastraba al mucho-mas-grande-Hughes por una escalera que descendía dentro del derruido castillo, los brazos cruzados, antes de desenvainar su guadaña y volverse a Harry, que tenía la espada lista cruzada a la espalda.- Vamos antes de que lo convierta en un pollo y le retuerza el pescuezo…-

El Castillo de Uther había sido una vez un nombre de terror para los lugareños: en una época no tan lejana que la memoria no lo alcanzara, Uther Pendragon había secuestrado y asesinado incontables granjeros y se había arrogado con el nombre de rey aunque no le correspondía, forzando incluso a una reina virgen de Irlanda a ser su reluctante amada. Algo de esa vieja crueldad parecía permear los muros, negruzcos de hollín y de tiempo, y Harry se mantuvo pegado a Gareth, sintiendo un temor supersticioso a esa época brutal y salvaje, de la que quedaban tan pocas memorias. Se decía que Uther había llamado a todos los lords de Gran Bretaña para resistir a los romanos, y en una cena, los había emborrachado bien y bien después matado a hachazos, sin preocuparse si quedaban vivos antes de tirarlos al foso. Y se decía que había forzado a su propia hijastra, la sobrina de la reina irlandesa, tras la muerte de esta: Morgana Le Fey.

Y que el atroz odio que había acabado por destruir el sueño de Camelot se había forjado entre estos muros sombríos, en ese páramo abandonado y cruel. Harry se estremeció, y Gareth, que avnazaba con la guadaña balanceada en una mano y el paso ligero e insonoro que era su marca, se volvió.

- Estás bien, Harry?-

- Sí.-

Harry no quería preocuparlo. Ya los había preocupado bastante tras la partida de Draco: tras unas semanas sin querer comer, sin dormir, son hablar, sólo el amor de Helga y la delicada preocupación de Richard habían podido sacarlo de su mutismo. Gareth se había preocupado tanto como Hughes: los dos se habían esforzado por que comiera, por que se recuperase, habían intentado todo para hacerlo olvidar. Eran dulces: Gareth parecía haber florecido como un haya bajo el amor de Hughes, y era más abierto, más honesto, menos atormentado que el triste heredero que había amado a Harry, y a pesardel espanto de las revelaciones de Salazar, se había ocupado de hacerlo sonreír.

Harry los quería tanto. Y cuando Rowena le dijo que si estudiaba la suficiente magia antigua con Richard, podría volver a su tiempo, o podía esperar a que ella pudiera repetir el hechizo, aunque le tomaría meses, Harry asintió, y dijo que tenía tiempo.

Tiempo para pasar con Gareth, Richard, Hughes y la amada Helga: tiempo que estaba dispuesto a pasar, a pesar del peligro, porque tenía que recuperar a Draco. Sin él, no volvería.

Pero era Lawliet quien se había aplicado, y pasaba las tardes tendido en la alfombra de Rowena, estudiando con ella sin parar. Le había prometido a Harry encontrar la forma de regresar, y Harry, que había aprendido a querer al misterioso Ravenclaw, a su intempestivo humor y a sus extrañas travesuras, asintió, lo abrazó, y le dijo que no se exigiera demasiado. A Harry le daba un poco de envidia que mientras que él perseguía patrullas normandas y ayudaba en le castillo Lawliet fuera admitido en las estancias de la más Alta Magia y del más alto conocimiento, aprediendo de la mismísima Rowena, que lo consideraba aparentemente suficientemente listo, pero sabía que Lawliet era, con mucho, el más inteligente de los dos, aunque fuera a su manera retardada y extraña.

Draco habría tenido una pataleta de celos, claro.

- No tengas miedo. Cuando éramos niños, Gabrielle nos desafió varias veces a venir a meternos al castillo de Uther. Poníamos unas ramas de puente y cruzábamos a pie: nunca vimos espíritus o almas en pena, aunque una vez una rata le saltó a Richard a la cabeza y se desmayó.-

- Entonces lo conocen bien, verdad?-

- Ajá. Estamos en el pasillo de las habitaciones principales: no te acerques a los balcones, no son seguros. La sillería la unieron con argamasa vieja, está casi entera convertida en arena.- agregó Gareth, deteniéndose para mirar por una tronera cuya luz, como una cadena de candilejas, iluminaba el pasillo a intervalos, dejando entrar el día helado y blanco a las profundas sombras del castillo. Afuera, el paisaje era imponente y blanco, cielo blanco, pasto gris y plata: y allá lejos podía ver a un segundo grupo de normandos, unos cuarenta, uniéndose al primero, que aserraba árboles para seguirlos.

Del segundo grupo avanzó alguien vestida de blanco, una mujer de pelo largo y dorado, tan alta como cualquiera de los hombres. Llevaba un seno desnudo, y una larga vara de madera verde a la espalda: cuando alzó los brazos e hizo un gesto, pudieron ver que los soldados parecían asustados, y finalmente empujaron a uno a sus pies.

Harry se cubrió la boca cuando la mujer lo degolló con una hoz, y con las manos rojas de sangre tocó los árboles y arbustos más cercanos al foso. Los a´rboles se doblaron y trenzaron solos, formando un puente firmemente encajado en la roca del castillo, destrozando la piedra como si fueran dedos verdes. La mujer empujó el cadáver al foso, y los demás, formando una fila lejos de ella, empezaron a cruzar el puente a pie.

- Madre de… esas son las druidas?- barbotó Harry.

- No son… las nuestras no eran así!- exclamó Gareth, apenado.- Harry, las nuestras extraían su poder de la vida, no de la muerte, esto es monstruoso!-

- O sea se habría follado al soldado en vez de matarlo?-

- Eh….-

- Tenemos que movernos. Trajiste tu arco? Están entrando!-

- Me gustaría tener un arco con el que poder alcanzar a esa… mujer monstruosa. Es una blasfemia para las druidas inglesas lo que hace, es un animal!-

- Tendrás que admitir que tiene poder.-

- Lo dices sólo porque tiene un pecho muy bonito.- Gareth frunció las cejas.- Vamos!-

- Adónde?-

- Hay una torre de observación que domina el patio. Si los agarramos desde ahí, será como flechar aves dentro de un gallinero.- dijo Gareth echando a correr escaleras arriba, aunque algunos escalones faltaban como dientes rotos de piedra.- Vamos, vamos a…-

Harry chocó contra su espalda cuando Gareth se detuvo en seco. Miró por sobre su hombro, y se quedó quieto.

Había una mujer joven es la escalera, con un vestido blanco todo manchado de rojo desde las caderas. Su largo pelo rizado y negro estaba mojado, y su rostro, blanco y tumefacto, como el de un cadáver. Estaba brutalmente delgada, los ojos hundidos en las cuencas: pero debía haber sido hermosa, aunque ahora parecía una extraña anciana de rostro joven aún.

- Lo perdí.- susurró ella, tambaleándose.- Lo he perdido… él me obligó… lo perdí…- gimió, avanzando hacia ellos. Harry hizo un movimiento para ir a tomarla, y Gareth hizo el movimiento para echarse hacia atrás; y entonces la mujer gritó, se deformó y se lanzó hacia ellos con los dedos alargados extendidos como garras, el rostro grotesco. Gareth hizo un floreo con la guadaña y cargó, espantando a Harry: pero entonces oyeron un " Expurgius!" y el espíritu se desvaneció, dejándolos ver a otra mujer en lo alto de la escalera: pero ésta llevaba un vestido negro, y los dos la conocían bien, incluyendo el largo pelo castaño.

- Hermione!-

- El espíritu de la reina Alleysa.- dijo Hermione doctamente.- Un wraith desde que Uther la violó en el octavo mes y la hizo abortar… la historia inglesa es tan alegre… hola, Harry, Gareth. Hughes y Richard están luchando en el patio: porqué no van a ayudar?-

- Qué haces aquí?- soltó Gareth, su rostro tenso de ira.- Y mi padre?-

- Salazar está ocupado. Morgana vino a encargarse de esa druida normanda exhibicionista, y nosotros a ayudarlos… porque por Dios que necesitan ayuda, si fueran ratones se meterían solos la cola en la trampa sin siquiera tocar el queso.-

- Nosotros? Y Draco?- preguntó Harry, trepando la escalera hacia ella.

- Con Anteus, luchando.- dijo Hermione con leve perversidad.- Y Lawliet?-

- Con Rowena.-

- Afortunado bastardo.- suspiró Hermione.

- Tú quisiste con irte con ese bastardo: podrías estar tú allí ahora!-

- Bueno, sí, pero seguro que las lecciones de Salazar son menos académica spero más entretenidas.- Hermione sonrió cuando Harry llegó a su altura.- Me vas a pegar?-

Harry la rodeó con sus brazos, la levantó del suelo y la abrazó contra sí con todas sus fuerzas, besándole el pelo, el cuello, la oreja. Los ojos de Hermione se dilataron, y luego sonrió, hundiendo los dedos en el pelo azabache.

- Gracias a Dios que estás bien… regresa a Hogwarths, he estado tan preocupado por ustedes…- susurró Harry, sin soltarla. Hermione lo miró a los ojos, y fue a decir algo, pero Harry la llenó de besos, meciéndola contra sí, aspirando su olor.- Hermione, por favor, vuelve…-

- No puedo aún… pero muy pronto volveremos, te lo prometo, te lo prometo… dile a Lawliet…- Hermione habló acariciándole la cara con inmensa ternura.- Dile que …-

- Suéltalo. Tú estás con mi padre, y mi padre es nuestro enemigo.- Gareth aferró a Harry del brazo y lo apartó de Hermione, la posesividad tan clara como si hubiera enseñado los colmillos. Hermione lo miró con las cejas alzadas, de nuevo ácida.

- Tus enemigos se están aforrando a Hughes y Richard allá afuera. Vamos a ayudar y seguimos luego escupiéndonos, Gareth?-

El hijo de Slytherin los pasó con un gesto irritable y corrió escakeras arriba, rumbo a la torrecilla. Hermione asintió, y harry iba a decirle algo, cuando vio que Anteus avanzaba por el pasillo, hermoso y oscuro con su melena suelta, y seguía a Hermione obedientemente por otro pasillo. Con el corazón en un puño, lo siguió, pero los perdió misteriosamente, y en cambio se encontró en un balcón bajo que domina ael patio, a no más de dos metro de altura.

En esos minutos, se había desatado una batalla campal: los normandos, al menos cincuenta, luchaban ferozmente contra un grupo de soldados vestidos con armaduras negras, y entre ellos Richard usaba su varita en asombrosos, sanguinarios despligues de magia, Gareth revoleaba su guadaña como la misma muerte, y Hugh combatía con la varita y un mandoble largo como una lanza, su magia dorada y blanca haciendo saltar a los normandos en estallidos.

- METEOROS DIMINUTOS DE MELF!- el ataque de Hermione, con Anteus a su lado, cayó no como la docena descritas en el libro, sino como centenares de pequeñas bola sde fuego, convirtiendo patio en una baraúnda de gritos. Harry disparó un proyectil mágico contra alguien que amenazaba a Gareth, y mientras buscaba ciegamente, demorando su incorporación a la lucha, vio enfrentadas sobre el puente de árboles a las dos druidas, la druida dorada de los normandos y la esbelta Morgana vestida de negro.

La lucha de las dos druidas era espantosa. Luchaban como dos animales, una con una hoz y la otra con un cuchillo de piedra, mordiéndose, arañándose, arrancándose la ropa como dos animales, empapadas en sangre y barro, sin reglas ni más honor que dos panteras que se encuentran en la sabana y combaten a se estremció, incapaz de entender cómo alguien podía haber amado a un druida: eran bestias, inhumanas, más semejantes a la tormenta y a la muerte que a los seres vivos. Eran fieras.

Se había distraído. Se distrajo, y sólo en último segundo vio a un normando con un hacha abalanzándose adonde estaba a tratar de cortarle las piernas. Saltó del balcón al suelo, rodando: pero no tuvo que ponerse de pie, porque alguien hizo un arco imparable con una larga espada y le voló la cabeza a su atacante.

Era Draco, su manto negro flotando en el viento, la sangre salpicándole la cara cuando le sonrió.

- Que no puedas dejar de mirar pechugas ni aún a riesgo de tu vida… eres incorregible, Potter.-