Las miradas tanto del europeo como de la americana miraron a lo lejos. Se escuchaban disparos y pasos que se acercaban. La chica, al ser educada en una tribu donde sólo los hombres eran los guerreros, se aferró al brazo del inglés por instinto.
El corazón de Arthur comenzó a latir con fuerza cuando ella se aferró a su brazo. La miró, se veía tan dulce y vulnerable, sin embargo recordó las palabras del capitán.
"Que no quede ninguno vivo"
No. Ella no debía morir. Él la protegería, incluso con su propia vida.
-Listen to me… -dijo tomándola por los hombros. Ella mantenía sus ojos cerrados por el miedo. Le frustraba que ella tuviera sus ojos cerrados pero sabía que no los abriría hasta que se calmara un poco. Con la mano con la que había dirigido tantos barcos, había matado a tanta gente y con la que había sostenido riquezas inmensurables, acarició débilmente la mejilla morena de America Nativa.
Mar temblaba levemente escuchando los estruendos a lo lejos cuando de pronto sintió una suave caricia en su mejilla, una caricia que la tranquilizó. Abrió los ojos y su mirada volvió a fundirse con la mirada esmeralda del capitán. Él señaló las montañas hablando en un idioma muy extraño, sin embargo ella captó la indirecta y, aunque no quería soltarlo, salió corriendo a las montañas a la tribu de los Anasazi.
En cuanto ella se alejó, Arthur corrió al norte, hacía donde se escuchaban los estruendos. Al asomarse tras un árbol se dio cuenta que sus hombres estaban luchando contra otra tribu de indígenas.
Uno de sus compañeros lo vio y lo llamó.
-¡Hey! ¡Arthur!-le gritó el hombre disparando contra los indígenas. Al inglés no le quedó de otra más que dirigirse a donde estaban sus compañeros- ¡Ven, vamos a eliminar a los indios!
Una vez que terminó la batalla, todos los ingleses regresaron al barco, triunfantes, menos uno que no podía olvidar esos ojos color océano…
Mar corrió con una sonrisa en los labios, seguía viva y lo mejor es que había conocido a un hombre con unos hermosos ojos verdes.
Llegó a donde se encontraban los Anasazi un par de minutos después.
-¡Mar!-exclamaron varios de los integrantes de la tribu cuando la vieron llegar. El jefe se acercó a ella muy preocupado ya que había escuchado las explosiones y los estruendos a lo lejos
-Mar ¿Qué ocurrió?-le preguntó ansioso
-Llegaron unos hombres, tienen piel clara y varas muy extrañas-respondió ella- Nosotras dejamos la tribu y nos separamos, no vi a nadie más, temo que las hayan atrapado.
-Esto no es posible-exclamó el jefe y comenzó a mover a sus guerreros para que se prepararan, atacarían a los visitantes al amanecer y hundirían su montaña flotante.
Algunas mujeres de la tribu se acercaron a America Nativa y la guiaron al interior de uno de los tipis.
-¿Tú estás bien, Mar? –preguntaban muy preocupadas mientras le limpiaban las rodillas y las manos- ¿Te hirieron?
-No mucho, estoy bien…-dijo ella pero fue entonces cuando se sintió débil y tuvo que recargarse en el hombro de una de las mujeres- Me siento débil.
-Debes descansar-le dijo una de las ancianas.
Todos se dispusieron a descansar, después de todo, había sido un día muy importante, un día que marcaría a ambas naciones.
America Nativa se recostó pero, a pesar de estar muy cansada y sentirse débil, no podía olvidar a ese joven que hablaba tan raro y a pesar de que no lograba entender nada de lo que él había dicho, eso no le impidió soñar con su voz diciéndole: Te amo…
