Ok, este es el prólogo dos de la historia, espero que les guste.
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-Entonces dice que ha llegado a las indias ¿no?-preguntó Antonio
-Eso es lo que creo, señor-respondió Diego Velázquez, gobernador de Cuba.
-¿Así que no está seguro?-preguntó el español acariciando el cabello rebelde de un pequeño niño de piel morena que se encontraba dormido en su regazo- ¿Y por qué no lo está? ¿No dice que ha encontrado gente ahí?
-Sí, pero no parecen indios, son muy agresivos para serlo- respondió Diego- Atacaron a Pedro de Alvarado en cuanto tocó tierra
-Ya veo, así que son tierras nuevas ¿eh?-comentó España con la emoción brillando en sus ojos verdes mientras miraba embelesado al pequeño cubano que dormía profundamente- Fusosososososo~ quiero ir cuanto antes.
Y dicho esto se levantó y cargó al pequeño Carlos para acostarlo en su cuna.
-Pero señor, podría ser peligroso-dijo el gobernador preocupado por la salud del mayor
-Jajaja Diego…-rió en voz baja mientras acostaba a Cuba y lo arropaba con cariño- Peligro es mi segundo nombre…
Y de esta manera, España emprendió el viaje desde Cuba hacia Veracruz en el barco de Hernán Cortés.
-Recuerde señor Cortés-dijo Antonio mientras caminaban por la cubierta del barco-Si no son indios, hay que establecer relaciones comerciales cuanto antes.
-Si señor-dijo el hombre robusto dándole una palmada en el hombro a la nación- Confíe en mi
-Vale, bueno…-bostezó ampliamente- me voy a la cama, buenas noches…
El ojiverde lanzó una mirada al oscuro cielo antes de entrar a su camarote.
Cuando los primeros rayos de sol iluminaron el cielo, todos los marineros españoles salieron a cubierta para admirar lo que ellos pensaron que era el paraíso.
-Es hermoso fusososososo~ -murmuró Antonio- Necesito hombres para explorar- anunció mirando a la tripulación- ustedes… ¡vengan conmigo!
Los seleccionados subieron a una barca y se dirigieron a tierra.
-Es increíble-exclamó uno
-No puedo creerlo-comentó otro
-Vamos a explorar -dijo Antonio sacando su espada y adentrándose en la selva, seguido por Cortés y sus hombres- Sigamos la senda, a ver que encontramos.
A varios kilómetros de ahí, en medio de un gran lago conocido como El Lago de Texcoco, se encontraba una ciudad sobre el agua. Era el centro del Imperio Azteca, el imperio más rico y poderoso de la región.
En el centro de esa ciudad se erigía un enorme templo. En él, sentado en un elegante trono de piedra, se encontraba Moctezuma.
-Huey tlatoani-dijo uno de los agricultores entrando al recinto y haciendo una reverencia ante el monarca-Quiero agradecerle al poderoso Tlaloc y a usted por su ayuda, mi chinampa está reparada y las aguas regresaron al río sin problemas.
-Esas son buenas noticias, me alegro que el problema haya sido solucionado-comentó el monarca educadamente-Su chinampa es una de las más importantes de la ciudad y nos apenaría mucho perderla ¿verdad Citlalli?
De pie detrás del trono del monarca se encontraba una mujer esbelta de piel morena y largo cabello negro.
Su bello rostro no mostraba ninguna emoción, se limitaba a mirar al agricultor fijamente. El hombre, nervioso, la miró pero rápidamente bajó su mirada cuando ésta chocó con la mirada escarlata de la mujer.
-Bueno, gra-gracias por su tiempo Huey tlatoani-dijo asustado haciendo una reverencia antes de marcharse.
En cuanto el hombre se fue, el monarca suspiró.
-Citlalli, Citlalli-negó con la cabeza- No mires así a nuestros siervos, querida, los asustas.
El Imperio Azteca sonrió de lado en señal de disculpa cuando de pronto ocurrió algo que nadie había imaginado ni en sus sueños más remotos.
-¡Huey tlatoani! –Entró un aldeano muy asustado-¡Huey Tlatoani!
-¡¿Qué sucede, en el nombre de Huitzilopochtli?!-preguntó Moctezuma
-Señor, acaba de llegar un mensaje de una de las tribus cercanas a la costa-anunció- Acaban de ver a hombres muy extraños llegar en un cerro flotante
Y el alma se le fue a los pies al monarca, sus manos comenzaron a temblar y la sangre huyó de su rostro, solo había una explicación… Quetzalcóatl había vuelto...
Citlalli observó preocupada a su monarca al ver como había ordenado que llevaran presentes de oro a la costa para darle la bienvenida al "dios".
Antonio iba al frente, habían caminado un buen tramo cuando de pronto escucharon un ruido y vieron a un nativo que estaba haciendo una reverencia. Se acercaron a él curiosos. Entonces apareció otro con una bandeja cargada de oro.
A los españoles se les detuvo el corazón al ver semejante tesoro. Estaban a punto de atacar a los nativos para quedarse con el oro cuando ellos dejaron la bandeja en el suelo y dijeron unas palabras: "Es un regalo del Gran Montecozuma"
-Definitivamente… estas no son las indias…- dijo Antonio asombrado.
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