Con el simple vistazo del oro, se encendió una llama de deseo en la mente de todos los españoles. Y pronto, el deseo de su gente se convirtió en el deseo de España. Comenzaron a recorrer el continente en búsqueda del preciado metal.
Conforme iban avanzando, todas las tribus les señalaban un objetivo: La Gran Tenochtitlán. Al conquistar una de las tribus, les entregaron 20 mujeres, entre ellas se encontraba una mujer a la que llamaron La Malinche.
Antonio la miró, era muy hermosa y bastante inteligente, era muy paciente con él ya que cada vez que la veía, le preguntaba por su infancia, por el oro y por Tenochtitlán.
-¿Y Tenochtitlán es tan grande como dicen? –le preguntó mientras viajaban. El español se encontraba sobre un caballo que caminaba al lado del caballo de Cortés y de la chica.
-No lo sé, señor Antonio-le respondió mirando el suelo sumisamente- Nunca había salido de mi casa, pero escuché historias acerca de ese lugar
-Vale, vale ¿Y cómo es? ¿Está bonito? ¿Es cierto que tienen mucho oro? –Preguntaba emocionado- ¿Cómo es Montecozuma? ¿Es más alto que yo?
La Malinche sonreía débilmente, encontraba muy graciosa a la nación, siempre haciendo preguntas y sonriendo como niño pequeño.
En el Templo Mayor, Moctezuma estaba temblando de miedo, los españoles se acercaban y por más que intentaba hacer que se fueran, no lo lograba.
-Oh Citlalli, está pasando, cómo lo predijeron las leyendas –le dijo una noche de insomnio- Quetzalcóatl ha regresado… ¡¿Qué debemos hacer?! ¡¿Qué haremos?!
La mujer le soltó una rápida pero suave cachetada a su gobernante
-Mantén la calma-dijo ella con su voz grave y suave- Si es verdad que es Quetzalcóatl, lo recibiremos como se merece, con tributos y sacrificios.
Los españoles habían conseguido aliados y habían logrado conquistar pequeñas regiones. Su ejército no solo constaba de hispanohablantes, sino también de guerreros indígenas.
Antonio estaba metido en sus pensamientos mientras cabalgaba hacia la capital del Imperio Azteca. Le agradecía a Dios por la suerte que había tenido al haber encontrado ese nuevo territorio, y repasaba todas las cosas que habían pasado para no olvidarlas y poder plasmarlas en una carta a sus gobernantes.
-Ahí está-dijo la Malinche sacándolo de sus pensamientos- La Gran Tenochtitlán.
Los españoles estaban sorprendidos y atónitos. Un gran templo se erigía en el centro de una ciudad flotante.
-Es increíble-dijo España sin poder creerlo y sin perder tiempo, dio la orden de acercarse-¡Vamos! ¡Andando!
Entraron en la ciudad bajo la mirada sorprendida de los nativos. La nación sólo tenía los ojos en el hombre que se encontraba de pie en el inicio de las escaleras del gran templo. Los españoles estaban deslumbrados por el atuendo del monarca que estaba ricamente ataviado con oro y pedrería.
La Malinche bajó del caballo y se acercó al monarca. Intercambiaron un par de palabras y ella regresó a donde se encontraban los europeos.
-Dice: Bienvenido Señor Malinche-les comentó- Que es un honor tener…
Mientras ella hablaba, Antonio desvió la mirada a lo alto del templo y vio a una mujer de pie en la entrada. Su cabello negro ondeaba con el viento brillando a la luz del sol. Sus finos rasgos y su piel morena hicieron que el corazón de España se detuviera. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida.
Moctezuma los guió escaleras arriba hacia el gran templo. Este era un hecho sin precedentes, dos culturas tan diferentes, se habían encontrado.
Éste era el choque de dos mundos.
-Su visita nos ha tomado por sorpresa-dijo el monarca sentándose en su trono e invitando a los recién llegados a hacer lo mismo. Mientras ellos conversaban con ayuda de la intérprete, la mirada esmeralda de España se cruzó con la mirada escarlata del Imperio Azteca.
Citlalli observaba a los recién llegados con recelo, no le inspiraban confianza y mucho menos ese hombre de ojos color jade por delgado, pálido y odioso.
- Inin tlakatl nesi koamichin-dijo ella sin dejar de mirarlo fijamente.
-¿Qué dijo?-le preguntó Antonio a la Malinche mientras Moctezuma rápidamente la regañaba con la mirada.
-Ella dijo: Éste hombre parece una anguila-murmuró la aludida
Cortés miró con reproche al monarca y le pidió respeto para España. Moctezuma reprendió a Citlalli, la cual se enojó y le dijo un par de cosas al monarca antes de irse molesta no sin antes fulminar con la mirada al ojiverde.
El monarca se apresuró a disculparse por la reacción del Imperio Azteca y les indicó en que aposentos iban a dormir. Antonio aprovechó que los tres volvieron a enfrascarse en su conversación para levantarse y seguir a la extraña y misteriosa mujer.
Estaba caminando por las habitaciones del palacio buscándola cuando de pronto Citlalli lo inmovilizó y le puso un cuchillo de obsidiana en su cuello antes de decirle cosas que él no entendió.
-Uhm… Hola jeje-dijo nervioso- Soy Antonio…-él había estado aprendiendo algo de Náhuatl con la ayuda de su intérprete- ¿Y tú eres?
-¿Eres Quetzalcóatl?-preguntó ella- Porque no pareces serlo, te atrapé muy fácil para que seas un dios…
-Calma, no quiero hacerte daño-dijo el español levantando las manos
Ella lo soltó y lo miró fijamente, algo estaba mal con ese hombre, lo presentía.
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