La guerra había terminado. Los estadounidenses entraron triunfantes a la ciudad. Todos de veían muy alegres excepto Alfred. Iba al frente de sus hombres montado en un caballo con la mexicana sentada detrás de él, atada de manos y pies. Ella lo golpeaba en la espalda y en la cabeza sin dejar de patalear.
-Si sigues haciendo eso, te vas a caer y no pienso bajar a recogerte-le dijo molesto y malhumorado cuando de pronto sintió que ella se iba para atrás y, como acto reflejo la sujetó con fuerza y decidió llevarla en su regazo. Ella tenía la boca amordazada pero eso no le impedía producir gruñidos que podían interpretarse como mil groserías en todos los idiomas posibles. Recordaba como ella, desesperada, le había pedido a Inglaterra que fuera el moderador de sus discusiones las cuales no habían concluido en nada.
Una vez que llegaron a la capital, sus hombres se desplegaron y él se dirigió a la casa de la mexicana. Ahí, bajó del caballo y entró a la casa. La sentó en el sofá y la desató.
-¡¿Qué crees que haces aquí?!-exclamó golpeándolo- ¡Sal de mi casa!
-Mary ¡Please calm down!-exclamó protegiéndose de los golpes- Yo gané, por eso me quedaré en tu casa un par de días ¿ok?
-¡Aún no me has vencido!-le espetó tomando una escoba y estaba a punto de golpearlo cuando él sujetó el palo.
-¡La guerra terminó! ¡Entiéndelo!-le dijo molesto quitándole la escoba- Ya no quiero pelear contigo…
-¡Entonces sal de mi casa, maldito gringo!-le dijo enojada
A Alfred le molestaba ese apodo por lo que se cruzó de brazos y se acomodó en el sofá.
-No me iré y hazle como quieras-le gruñó fulminándola con la mirada.
Así comenzó la ocupación estadounidense en México lo cual se convirtió en un calvario para el rubio. Todos los días, la chica lo despertaba tirándolo del sillón donde dormía. Le preparaba el desayuno murmurando maldiciones y siempre se lo daba quemado. Le lavaba la ropa pero del coraje la lavaba toda junta por lo tanto, las camisas blancas terminaban teñidas de otro color. Tan sólo habían pasado dos meses y él estaba cansado, molesto y adolorido.
-Mary, ya pasaron dos meses, ¿no puedes aceptar la derrota y ser más amable?-preguntó comiendo una tortilla quemada
-Seré amable en cuanto te largues de mi casa-le espetó furiosa
-Si me dieran un dólar por cada vez que te he escuchado decir eso- comentó suspirando- sería millonario.
-Pues si no quieres escucharlo- lo fulminó con la mirada- ¡Vete a tu casa!- le abrió la puerta de la casa para que se fuera.
-Ya te dije que no me iré-se cruzó de brazos
Las tensiones iban en aumento hasta que un día, la mexicana desesperada, le puso un poco de veneno en su comida.
En cuanto el americano terminó de comer, un intenso dolor atacó su estomago y, llevándose una mano a la boca, salió corriendo de la casa para vomitar.
La morena lo veía con una sonrisa de malicia mientras, en la noche, el rubio no podía dormir por la fiebre que tenía. Estuvo así por tres días, todo lo que comía, aunque no estuviera envenenado, le hacía daño y vomitaba mínimo tres veces al día. Cuando pasaron los tres días, estaba completamente furioso y cansado por el infierno que había pasado por culpa de la mexicana.
-¿Qué pasa gringuito?-preguntó ella con una sonrisa burlona cuando terminó de comer luego de haberla obligado a probar la comida primero- ¿Te sientes mal?
-No, de hecho me siento muy bien- dijo con una sonrisa y la miró- Y ahora vas a pagar por lo que me hiciste…
Se levantó de la mesa y la sujetó de la muñeca. Ella gritó y trató de soltarse pero el rubio era muchísimo más fuerte. Alfred la arrastró hacía la habitación de la chica y la lanzó sobre la cama sin ningún cuidado.
-¡¿Qué vas a hacer?!-exclamó asustada
-Te voy a dar una lección-le gruñó y se quitó la corbata para atarle las muñecas
-¡No, por favor no!-suplicó al entender lo que iba a hacerle
-He aguantado tus maltratos por cinco meses y ya estoy harto-le espetó atándola a la cama
-¡No! ¡NO!-chillaba fuera de sí mientras se movía en la cama
El estadounidense la calló con un beso. A pesar de estar furioso, sus labios se movían suavemente sobre los de ella. Invadió la boca ajena con su lengua mientras su mano recorría la pierna de la mexicana levantando su vestido levemente. Ella estaba en shock por lo que no reaccionó cuando le quitó el vestido. A los pocos minutos, la casa se llenó de jadeos y gemidos.
Alfred siempre había querido estar así con la mexicana por lo que no perdió el tiempo. Pronto esto se volvió una rutina semanal. La mexicana estaba agotada y adolorida pero, aunque no quisiera aceptarlo, estaba impresionada. Creyó que él se cansaría de eso pero cuando pasaron dos meses, descubrió que no y cada vez que lo hacían, su cama corría el peligro de romperse en dos por la vitalidad del ojiazul.
-¿Estás de buen humor, verdad?-dijo ella molesta una mañana mientras le servía su desayuno quemado como siempre
-Yes, of course-dijo alegremente. La noche anterior habían cuarteado levemente la cabecera de madera después de golpearla tantas veces contra la pared.
La mexicana se sentó frente a él quejándose levemente por el dolor en la cadera. Debía deshacerse de él de alguna manera pero sus malos tratos ya no funcionaban, sus golpes tampoco. Sólo le quedaba una cosa.
Una noche, mientras él dormía, María se acercó lentamente a donde se encontraba y con mucho cuidado, vertió un par de gotas de veneno en la boca semiabierta del ojiazul. Se fue a acostar convencida de que si eso no hacía que él regresara a su casa, nada lo haría.
Una sonrisa apareció en el rostro de la chica al día siguiente cuando despertó escuchando las arcadas del rubio en el patio. En esa ocasión, si tuvo que regresar a su casa para recibir atención médica.
María estaba felicitándose por haber expulsado a los estadounidenses de su casa cuando de pronto, recibió un mensaje de su presidente la semana siguiente
-Estados Unidos quiere firmar un tratado para terminar la guerra formalmente-dijo el gobernante mirando a su nación cuando la vio entrar y ella preguntó qué pasaba
-Excelente-dijo con una sonrisa y recibió el documento- ¿"Tratado de Guadalupe-Hidalgo"? Qué nombre más curioso y ¿Cuáles son sus exigencias?
-Quiero la mitad de tu territorio-dijo una voz fría detrás de ella- Para que pienses dos veces en envenenar a alguien- el color desapareció de las mejillas de la mexicana que se vio forzada a firmar, llorando amargamente.
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