-¿Y a qué debo el hecho de que hayas venido a pasar un tiempo conmigo?-preguntó el inglés una vez que los saludos y los abrazos pasaron y ellos salían del muelle para dirigirse a la casa del inglés en uno de los primeros automóviles con un motor de vapor pues acababa de dar inicio la revolución industrial.

-Yo…-dijo el menor mirando sus manos- quería que me mimaras un rato…

-¿Mimarte?-preguntó el mayor poniendo los ojos en blanco- Alfred, ya no tienes 50 años, se supone que ya eres un…-Pero se detuvo al ver el puchero del estadounidense. Suspiró y lo abrazó, recorriendo sus cabellos con los dedos.

-¿Qué voy a hacer contigo si cada vez que tienes una guerra vienes a que te cuide?-preguntó con un suspiro- pero ya te había advertido de los esclavos, si me hubieras hecho caso, no hubieras tenido…

El americano cerró los ojos dejando que el monologo del inglés lo calmara. No quería pensar en ella, se negaba con todo su ser a pensar en ella. Ordenaría poner un enorme muro entre ambos países cuando regresara de sus vacaciones.

No supo en qué momento se quedó dormido pero Arthur si se dio cuenta cuando la respiración del ojiazul se volvió más lenta y profunda. Una pequeña vena saltó en la sien del europeo pues odiaba que el menor se durmiera a la mitad de un regaño pero lo dejó pasar pues se veía increíblemente tierno así.

Durante el tiempo que estuvo en Inglaterra, el británico notó que el americano parecía haberse vuelto un niño pequeño, vulnerable e influenciable y eso definitivamente no le molestaba en lo absoluto pues por un maravilloso momento pareció que había recuperado a su colonia.

Sin embargo, conocía al ojiazul como la palma de su mano y sabía que algo muy grave le pasaba pues notaba como el menor se ponía melancólico cuando estaba solo y juraba escucharlo sollozar cuando se encontraba en la tina.

-Alfred-lo llamó una mañana mientras desayunaban- ¿Por qué no me quieres decir qué pasó con María? No estás bien y pareces querer hablarlo

-No quiero hablar de eso…-le respondió terminándose su taza de té- ¿Me sirves más? No pasó nada ¿ok?

-For god sake!-exclamó el ojiverde cruzándose de brazos- Dime de una vez que tienes, ¡¿por qué te estás desmoronando?!

El americano se puso de pie rápidamente y rodeando la mesa, encaró al mayor con una mirada retadora

-Es que ya no puedo más…-declaró al borde de las lagrimas- I love you

Y antes de que el europeo pudiera hacer algo que no fuera abrir los ojos desmesuradamente, los labios del menor se posaron sobre los suyos de manera desesperada buscando con suaves movimientos alguna respuesta por parte del mayor. Respuesta que llegó un par de minutos después.

La noticia de que Estados Unidos salía con Inglaterra se extendió como pólvora. Alfred estaba contento por ello, tanto que se involucró en su país olvidándose del mundo que lo rodeaba. El periodo de 1865 a 1890 se vio caracterizado por un alto en las tendencias expansionistas de Estados Unidos.

María había tratado de hablar con el estadounidense por medio de cartas pero al no recibir respuesta, decidió ir a buscarlo personalmente. Grande fue su sorpresa al ver un muro improvisado entre ambas naciones. Pero un simple muro no la detendría por lo que hizo hasta lo imposible por pasarlo.

La parte difícil fue encontrarlo. Se dirigió a su casa en Washington DC pero no lo encontró así que viajó a la otra casa del estadounidense ubicada en Nueva York y lo que encontró fue una fiesta en todo lo alto.

-¡¿Qué está pasando aquí?!-se preguntó confundida al ver banderas por todas partes, personas celebrando y comida en todas partes. De pronto cayó en cuenta de que era el año de 1876. El centenario de la independencia de Estados Unidos. Buscó al rubio entre la multitud hasta que finalmente lo encontró platicando con el francés en Central Park.

-Así que ya cumpliste 100 años –dijo el mayor alborotando los cabellos del americano. El cumpleañero agradeció la felicitación y sonrió ampliamente- Te tengo un regalo por tu Centenario ¿Lo aceptarías?

-¡¿En verdad?!-exclamó el menor con una amplia sonrisa- ¡Eso me haría muy feliz, Francis! ¡Si quiero! ¡Si quiero!

Los vio un momento y decidió que no sería oportuno interrumpir así que se marchó sin que nadie la viera. Pero ella no era la única observando a las dos naciones hablar sobre una estatua. Arthur los observaba escondido tras un árbol.

-A pesar de que estamos juntos… ya pasaron 100 años desde que se independizó-murmuró el inglés- Debo ser un caballero, si, lo felicitaré por su cumple…cofcof-comenzó a toser sangre de solo pensarlo

-¿Se supone que tengo que ensamblarla yo?-preguntó cuando el francés terminó de describir su regalo- ¿No la podías traer ya ensamblada?

-Jajaja eres muy gracioso mon ami-dijo el mayor confundiendo al estadounidense- Vamos a comer algo, he de pensar que tienes hambre.

-Así es, pero estoy esperando a Arthur…-dijo el festejado mirando a su alrededor buscando al inglés

-Ahm… no creo que él venga-le comentó el francés torciendo la boca- mejor vamos a comer, mon petit…

Los dos ojiazules se fueron a uno de los restaurantes cerca al parque mientras el inglés los seguía lentamente apoyándose en un bastón sin dejar de toser sangre. Durante el resto de la tarde trató de tomar valor para entrar y desearle un feliz cumpleaños al menor pero cada que lo pensaba, empezaba a toser de nuevo.

Cuando el francés tomó un taxi rumbo al aeropuerto, el menor comenzó a caminar hacia su casa. El inglés lo estaba esperando ahí pues sabía que tendría que llegar tarde o temprano.

-¡ARTHUR!-exclamó el menor al ver al ojiverde y corrió para abrazarlo- Creí que no habías venido… ¡estás helado! Ven vamos adentro…-lo invitó al interior de la casa- Te ves muy pálido…

-Creo que he perdido mucha sangre-murmuró el mayor mientras el anfitrión preparaba un poco de té, sin embargo cuando regresó, encontró al mayor dormido en el sillón. Suspiró y lo cargó para llevarlo a la habitación de huéspedes.

Habían pasado un par de horas cuando el británico despertó desconcertado en la penumbra. Miró a su alrededor y notó que estaba en la habitación de huéspedes, al parecer se había quedado dormido. Revisó su reloj y vio que faltaban unos minutos para que terminara el día por lo que se apresuró a levantarse y caminó a la habitación del menor.

Alfred dormía profundamente sin percatarse de la lucha interna del mayor. Finalmente reunió valor y lo despertó. El ojiazul despertó confundido y lo miró

-Alfred, Feliz cumpleaños 100cofcofcof-apenas pudo terminar antes de empezar a toser de nuevo cual enfermo terminal. El menor lo abrazó y lo acostó con él

-Gracias Arthur… es el mejor regalo que pudiste haberme dado-dijo besándolo en los labios mientras lo abrazaba. Quizás no necesitaba a la mexicana para ser feliz, tenía al inglés a su lado. Nada podía salir mal.


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