Emoción: Resignación.
Las fuerzas no fueron suficientes para alejarlo. El estado de ebriedad impidió detener el despojo de las ropas y las manos que cual serpientes reptaron al interior de la playera, acariciando con su fría piel centímetros de su espacio personal. Sabía Kanda Yuu que no era bueno aceptar la bebida de un desconocido. Más querer olvidar a la mujer de rubios cabellos emergió como el deseo que prevalecería.
Desgraciado, lo golpearía.
— Las manos hablan de experiencias. — Marian era un maestro del campo en el que se estaba dando aquella batalla, jugando un segundo antes de meter la mano debajo de los pantalones y buscar el miembro que se encontraba dormido. Dejó expuesta la hombría, subió y bajó la mano en lentitud desesperante por el falo y regaló una que otra mordida por el pecho expuesto.
Los hombres no eran tan diferentes de las mujeres, solo se les debía estimular adecuadamente y empezarían a reaccionar como se deseaba, suspirando y gimiendo en la oscura habitación. Las mujeres eran más buenas en ese rubro, ellas una vez que empezaban a dejarse llevar, cooperaban fácilmente. Tendría que resignarse ante la idea, el hombre que ahora estaba encima suyo no era igual.
¿Y cómo se sentiría…? La curiosidad naciente le dio escalofríos, ganas no faltaron para evitar su propia desnudez y hacerse de un espacio donde estimulara el ano. ¿Dolía? Las expresiones no lo parecían, más bien le daba la sensación de que lo disfrutaba.
. . .
No podía dejarlo solo, se repitió. Alguna vez él iba a enterarse de aquel otro oficio que llevaba. Ella necesitaba dinero y la única forma que había encontrado fue la de vender su cuerpo, pagaban bien.
Seguro estaría bebido y con una resaca que no lo dejaría levantarse hasta llegando el atardecer, Anita estaba siendo considerada con el patán que prometió no ver de nuevo. Cogió el autobús más cercano y pagó el importe exacto para que la ruta lo llevara lo más cerca posible del departamento que por meses compartió con él.
No iba a tocar la puerta, pediría la llave al casero y entraría, preparando una sorpresa para Marian. Fue con una sonrisa y varios ingredientes listos para el desayuno.
Entró a la habitación y lo primero que escuchó fueron maldiciones, ronquidos de una persona foránea. ¿Se habría cambiado de departamento? Su curiosidad pudo más y se adentró. — ¿Marian…? — Cubrió la boca, allí había dos hombres desnudos. — ¿Qué te pasó…?— Tragó amargo, golpeada por una realidad que no quería ver.
Es que era simplemente imposible, Marian la amaba. Se sintió traicionada ante el recuerdo y se dirigió a la salida, como un fantasma que solo iba de paso, se fue.
El espectador fingiendo dormir: solo la vio entrar y antes de pronunciar palabra, la dejó marcharse. — Lo siento, Anita. — Ese día Cross descubrió lo prohibido: el sexo con hombres era más placentero que el de las mujeres.
El culpable seguía siendo el mismo: Kanda Yuu, bendita la paga que haría: en su cama solo estaría aquel hombre.
Creo que, al final, no terminó tan explícito. Mejor para mí. Ya solo me queda decir, ¿les agradó? ¿Sigo escribiendo de esta pareja? (?)
