Por fin! La inspiración me vino gracias a un vídeo precioso Dramione que encontré en youtube. Despues de repetirlo un montón de veces, se me encendió la bombillita y BAM! aquí llegó mi idea. Además, me enganché a la canción, cosa que también me empuja a escribir más.
Espero haber acertado en la forma en que se conocen, y no sea muy utilizada por otros autores de fanfics de este tipo. De todas formas, aquí está ^^
PD: gracias a Zarina Hiddleston por animarme a continuar :D
Capítulo 3.
Un nublado día de febrero, en plena clase de Historia de la Magia, la profesora McGonagall entró en el aula e interrumpió al profesor Binns, con quien comentó algo en voz baja para justo después, escanear con la mirada a todos los alumnos, para ambos detenerse justo en… "Señorita Hardy, por favor, recoja sus pertenencias y váyase con la profesora McGonnagall, ella le explicará todo" dijo el señor Binns. En estado de confusión y sintiéndome un poco incómoda por el hecho de ser el centro de todas las miradas mientras me acercaba hasta la puerta, traté de buscar una razón por la que esto estaba ocurriendo. Mientras caminábamos por los pasillos vacíos que nos conducían hasta el despacho de Dumbledore, McGonagall me explicó que se trataba de una orden de mis padres de ausentarme durante unos días por razones que no conocía pero que el director me aclararía. "Verá, señorita Hardy, esta misma mañana he recibido el aviso que su padre envió, en el que solicita que le permita ausentarse de las clases durante unos días por un asunto familiar bastante importante, y que requiere que dentro de una hora usted esté lista para irse"
"Entiendo, pero no le han comentado nada más? Solo decía eso?"
"Si, siento ser de tan poca ayuda, me temo que tendrá que descubrirlo usted misma, Elisabeth" dijo con una media sonrisa.
"No se preocupe, es solo por curiosidad. Entonces, si no hay nada más, me permite irme ya a mi habitación para hacer la maleta?"
"Por supuesto, puede irse, y buena suerte, espero que no sea nada malo. Buenos días." Volvió a sonreir.
"Buenos días a usted, señor" le devolví la sonrisa y me fui directa a mi cuarto.
Al llegar a los enormes portones que protegían Hogwarts, pude ver un precioso coche negro de los años 50 esperándome. No vi a ninguno de mis padres, sólo un chofer que me comentó que venía en su nombre y que él me llevaría a donde ellos se encontraban. Sin pensármelo dos veces, acepté de buen gusto y me senté en el asiento trasero de aquel cómodo y elegante transporte. El viaje duró dos horas, durante las cuales me sumí en mis pensamientos tratando de descubrir el porqué de esta repentina excursión, disfrutando a su vez de los bonitos paisajes que el trayecto me regalaba.
Finalmente, llegamos a una especie de carretera aparentemente exclusiva para llegar a una propiedad privada, que nos condujo hasta unas altas verjas que protegían unos jardines extensos pero muy bien cuidados tras los cuales se alzaba una enorme mansión dividida en tres secciones, con torres terminadas en forma triangular y ventanales largos y estrechos repartidos por toda la fachada, compuesta por cuatro pisos, a simple vista.
El propio conductor salió del coche, las abrió y llevó el coche hasta la misma entrada de la mansión. Me bajé estupefacta por las dimensiones de aquella edificación y me dirigí hasta un hombre que parecía ser un sirviente, que se ofreció a guiarme hasta el lugar donde se solicitaba mi presencia. Pasillos anchos y largos, adornados en sus paredes con retratos y pinturas de paisajes semejantes a los que pasamos durante nuestro camino, y los suelos cubiertos con alfombras, todo con un estilo antiguo pero con muy buen gusto y una elegancia y presencia que hicieron que me enamorase de aquel lugar al instante. Tras aproximadamente dos minutos de recorrido, llegamos a unas puertas de madera altas y sólidas, anunció mi llegada y me cedió el paso. Lo primero que vi fue una inmensa sala de tonos grises, con más retratos de gente que por alguna razón me resultaban familiares en algún rasgo, hasta que bajé mi vista y reconocí una larga mesa negra en la que mis padres y otras personas por el momento desconocidas estaban sentados a su alrededor. Sin contacto visual, saludé con un seco "Buenos días" y me senté en la silla al lado de mi madre. Lo siguiente que hice fue mirar al frente para encontrarme con esa persona a la que no esperaba ver, la única persona que no esperaba volver a ver nunca, la persona que trataba de eliminar de mi vida, o más bien, de mi mente. Alcé mi cabeza para encontrarme frente a frente con el mismísimo Malfoy, Draco Malfoy.
Mi cabeza casi explota al encontrarme en esa situación. Por primera vez desde hacía seis años, estaba a muy poca distancia de él. Y esta fue la primera vez en la que, por la razón que estoy narrando, recibí el regalo de una mirada suya, una simple pero demasiado ansiada por mi parte, una mirada que provocó que mis pulsaciones se acelerasen, que sintiese mariposas en el estómago y que sonrojó mis mejillas en milésimas de segundo. Una mirada que además estaba única y exclusivamente dirigida a mí. No era la misma mirada que recibían las chicas de Slytherin que le interesaban, ni esa que compartía con sus amigos, ni aquella que fulminaba a sus presas. Era una mirada inocente e infantil, asustada y compasiva, confusa y extrañada. Supuse que no me había reconocido, pero cabía la posibilidad de que casualmente me hubiese visto alguna vez en los espacios comunes de Hogwarts, y por eso aparentaba extrañarle mi presencia allí. Tras cinco largos segundos, aparté la vista hacia abajo para recuperarme, y luego examiné el resto de personas que nos acompañaban. Pude ver a su lado a la que parecía ser Narcissa, su madre, con la misma mirada de temor que su hijo, y justo a su lado al patrón de la casa, su marido y padre de Draco: el inconfundible Lucius Malfoy. Su aspecto era penoso. La imagen que tenía de él, hace unos tres años, era de un hombre bien vestido, de gran porte y con unos aires de nobleza que desprendía con tan solo un movimiento de cabeza como muestra de superioridad. Ahora estaba aún más pálido, tenía ojeras bajo sus ojos, y su cara mostraba cansancio y dejadez. Parecía destrozado físicamente, lo que parecía lógico, sabiendo lo de su estancia en Azkaban. A mi lado mi madre cabizbaja y mi padre manteniendo una fingida compostura de seriedad, con una clara preocupación en sus ojos. Permanecí callada todo el rato, no queriendo atraer la atención de nadie e intentando pasar desapercibida. El resto eran desconocidos con vestimentas oscuras, lo que parecía denominador común en todos los presentes excepto yo, que aún tenía mi uniforme de Ravenclaw, compuesto por mi camisa blanca, mi corbata con los colores y el escudo de la casa, y una falda gris oscuro que me llegaba hasta diez centímetros por encima de las rodillas. Mi estado de shock parecía de lo más razonable, ya que no solo estaba siendo forzada a permanecer frente a Malfoy durante tiempo indefinido, sino que además, no tenía ni la más remota idea de qué estaba ocurriendo, y por qué estaba relacionándonos a ambos en un mismo evento.
