Siento tardar tanto. La inspiración no tiene ganas de visitarme, por lo que parece... ^^


Capítulo 4.

Un ruido seco indicó que las puertas se volvían a abrir, y nos pasos firmes sonaron por mis espaldas al atravesar la sala y detenerse en uno de los extremos de la mesa, dejándome ver una figura de lo más tenebrosa, porque efectivamente, se trataba del temido Señor Tenebroso, 'aquel que no se debe nombrar', el Señor Oscuro… Lord Voldemort en persona. En la misma sala que yo, a pocos metros de mí. Si no era poco para mí el estar frente a 'mi perdición', ahora también estaba en el mismo salón que el mago más temido de todos, el más peligroso. Tratando de no desmayarme, intenté examinarlo cuanto pude. Era un hombre muy alto, delgado pero con cierta compostura, pálido como un muerto, carecía de nariz y en su lugar tenía algo semejante a unos orificios como los de las serpientes, también tenía unos ojos brillantes y expresivos que aun sabiendo a quién pertenecían, me parecíeron dignos de mirar. Se sentó y nos dirigió a todos una sonrisa que me provocó escalofríos, y justo después, esos ojos claros y brillantes se detuvieron en los míos, volvió a sonreír "Oh, veo que ya ha llegado nuestra nueva integrante… Bien, bien… Todo va como lo previsto"

En ese momento estaba en shock. Que quería decir eso de 'nueva integrante'?

"Acércate, hija mía, déjame examinarte de cerca" dijo dirigiéndose a mi haciendo un gesto con su brazo derecho indicando que me tenía que poner al lado de su sitio. Con las piernas temblorosas allí me quedé de pie, la mente en blanco, y un poco de miedo cubriendo mi cuerpo.

"Ah, más sangre pura joven. Ya no solo tenemos a mi querido Draco." Por primera vez desde que me dirigió la palabra, apartó su mirada para depositarla en un preocupado Draco Malfoy, que le devolvió un gesto de agradecimiento por ser reconocido, y una tímida sonrisa forzada y triste.

"Descubre tu brazo izquierdo, querida Elisabeth" volvió a mi, manteniendo su sonrisa malvada.

Desabroché los dos botones del puño izquierda de mi camisa de uniforme y remangué la manga hasta justo encima de mi codo. Al momento, Voldemort me agarró de la muñeca con fuerza, dándole la vuelta a mi brazo para exponer mi blanca piel del antebrazo. Pasó su mano suavemente a lo largo de esa parte de mi brazo y alzó su mano izquierda con la que sostenía su varita, que directamente apuntó hacia esa parte de mí que tanta importancia estaba adquiriendo en esos momentos. Me asusté al no entender qué intentaba o que quería hacerme. Mis dudas se resolvieron cuando vi que empezó a recitar algo, mientras con su varita apuntaba a la piel de mi antebrazo, que al instante empezó a escocer y a surgir un dolor punzante que me traspasaba hasta dentro de mí. El dolor se intensificaba y no podía resistir retorcerme a causa de ello. Lágrimas estaban a punto de surgir en mis ojos, pero me tragué el llanto para ahogarlo en un quejido sordo y una cara de sufrimiento. En un segundo que abrí los ojos, pude ver a mis padres cabizbajos y dolidos, y seguidamente, mis ojos se posaron en un joven Malfoy con gesto de disgusto, pena, compasión y algo de inconformismo, aunque todavía manteniendo su gesto de rechazo ante mi persona, pese a haberme visto hacía tan solo 10 minutos por primera vez. El sufrimiento cesó en segundos, para dejarme caer involuntariamente en el suelo sobre mis piernas. Ahí comprobé el nuevo estado de mi antebrazo, ahora decorado con un símbolo en tinta negra, compuesto por una calavera y una serpiente entrelazadas en sentido vertical del brazo.

Me recompuse lo más pronto posible para, al menos, lograr volver a mi asiento. Allí permanecí el resto de la reunión. El Señor Oscuro se dirigió varias veces hacia mis padres, agradeciéndoles su colaboración y sobre todo, que no se habían negado a hacerlo bajo su amenaza de muerte. Eso fue lo que deduje. Mis padres tenían cierto status social, no éramos de la clase alta, pero tampoco éramos unos parias. Lo que no entendí fue la razón por la que los escogió a ellos entre tantos candidatos posibles. Por alguna razón, Lord Voldemort sabía de su existencia, le interesaron y mientras yo acudía a mis clases en Hogwarts tan tranquilamente, él amenazó con matarlos si no cumplían sus deseos. E incluso pudo haber hecho algo peor, amenazarlos con matarme a mí en vez de a ellos, para provocar una reacción inmediata de sumisión. Personalmente, en ese mismo momento no había nadie en la sala que me importase. Solo me interesaba saber por qué estaba allí y qué quería de nosotros, los Hardy.

A medida que la conversación (o casi soliloquio de Voldemort) iba avanzando, todas esas lagunas que se habían formado en mi cabeza se estaban aclarando. Resulta que mi familia era perfecta por el hecho de ser tan normales que nadie podría sospechar nada de nosotros y con ello, la gran capacidad de no aparentar en absoluto que en realidad nos habíamos convertido en Mortífagos, seguidores del Señor Tenebroso, que hacían los trabajos sucios que éste nos mandaba. Pero hubo un momento en que yo misma fui el tema clave. Si. Yo, Elisabeth Hardy, una chica normal de 17 años, estudiante de Hogwarts y perteneciente a la casa de Ravenclaw, era el tema de conversación de la reunión entre el mago más temido de nuestros tiempos, y sus seguidores y siervos.

"Elisabeth, es verdad que tu interior es tan oscuro como parece?" dijo el Señor Oscuro mirándome fijamente.

"No… No entiendo… No entiendo a qué se refiere, Señor"

"No lo niegues, hija mía. He tenido la oportunidad de meterme en tus pensamientos, en tus sueños, incluso. He visto tu interior, y es justo lo que yo buscaba."

"Pe-Pero cómo… Cuando?"

"Recuerdas esos extraños sueños que empezaron hace dos años? Y aquella vez que te desmayaste en clase de Adivinación el año pasado? Y esos horribles dolores de cabeza que sufres tan a menudo, sabes a que se deben? Los provocaba yo, Elisabeth. Conseguí meterme en tu mente y pasear por ella sin que te dieses cuenta. Parte de mí, eras tú, y parte de ti, era yo."

"Entiendo, señor." Dije casi sin poder articular palabra. Paralizada por lo que acababa de escuchar.

"Puedo decirte que incluso sé tus debilidades. Mejor dicho… Tu debilidad. Tu único punto débil. No quiero que te sientas presionada, pero si en algún momento decides desobedecerme, ten por seguro que conozco la única forma de hacerte volver a tu sitio." Me dirigió una mirada siniestra, respiró hondo… "Y recuerda que puedo llegar a extremos que no imaginas. Y con esto quiero decir que no tendré reparo en hacer lo que sea necesario para hacerte recapacitar."

Ahí fue cuando mi consciencia empezó a tambalearse. No sólo se había metido en mi cabeza y había visualizado todos y cada uno de mis pensamientos, sino que conocía de un punto débil con el que podía controlarme como a una marioneta. Tendría que estar muy paralizada como para no darme cuenta de que sólo algo, o mejor dicho, alguien, podía ser mi única debilidad. Hasta me aventuraría a decir que se encontraba en esa misma sala. E incluso que en ese momento podría estar mirándome de frente, de no ser porque yo me negaba a alzar la cabeza y dejar de mirarme las manos apoyadas en mi regazo. Esto ya sobrepasaba lo increíble. No cabía en mi estupefacción ante aquel intenso diálogo que no paraba de resonar en mi cabeza. La reunión acabó diez minutos después, con Lord Voldemort saliendo primero, y los demás dirigiéndose cada uno a su correspondiente lugar de residencia o de alojamiento, como era nuestro caso. Ya no podía tener más mala suerte que tener que pasar estos días alojada en la misma mansión de los Malfoy, donde tuvo lugar la reunión de la que acababa de salir todavía en estado de incredulidad, semi-consciente y con ganas de que me tragase la tierra en ese mismo momento. Esto significaba tener que convivir forzosamente con el que, desde hacía unos meses, se había convertido en 'ese maldito y odioso Draco Malfoy' que estaba tratando de eliminar de mi vida, en el lugar donde vivía la familia del mismo.

"Ustedes dos, señores Hardy, disponen de una habitación en el segundo piso, tercera puerta a la izquierda, de la cual pueden disfrutar durante su estancia en nuestra mansión." Comentó muy cordial y amablemente Narcissa Malfoy a mis padres, que asintieron con agradecimiento por la acogida.

"Y Elisabeth… tú ya tienes tus maletas en una acogedora habitación junto a la de Draco. Visto que estudiáis en el mismo colegio, podréis charlar cuanto queráis, si es que os conocíais ya. Nunca he oído hablar de ti, por lo que deduzco que no mucho. Pero como ves, siempre hay oportunidades, verdad?" dijo sonriente como una madre orgullosa de su maravilloso y perfecto hijo, a lo que le correspondí con una media sonrisa que escondía todo lo que me estaba callando con respecto al comentario. "Aquí mi querido hijo, te llevará hasta la habitación, no te perderás, tranquila." Cogió del brazo a su abochornado hijo con un gesto de cariño en su rostro dirigiendo la mirada hacia el de él.

"Se lo agradezco, señora Malfoy. Es muy amable."

Sin esperar un segundo, Draco se dio la vuelta y comenzó a andar por el largo pasillo hacia su derecha. Me despedí de mis padres sin decir nada, tan solo asintiendo con la cabeza una sola vez como muestra de comprensión de lo ocurrido, y emprendí mi breve paseo por la laberíntica mansión apurando el paso para alcanzar al joven heredero de la misma. Quise mantener las distancias quedándome a un metro de distancia de él, siguiéndole cada paso e intentando memorizar cuanto me era posible para no perderme en el futuro más inmediato que, recordemos, me había obligado a permanecer allí unos días. En ningún momento me dirigió la palabra, ni yo a él, como cabía esperar. Me limité a dibujar mi mapa mental del recorrido, mientras mi cabeza todavía estaba en shock, alucinando por completo, porque recordemos también que, acababa de tener contacto en primera persona con el mismísimo Lord Voldemort, que había amenazado de muerte a mis padres, obligándonos a los tres a convertirnos en Mortifagos, y que además, esta era la primera vez que el chico de mis sueños desde que tenía 11 años, por primera vez desde que lo vi de lejos hacía seis largos años, por primerísima vez, me había mirado, y ya conocía de mi existencia. Aunque trataba de negar mis sentimientos aun existentes hacia él, no podía evitar sentir cómo un pedacito de mi angustia se desvanecía. También tuve tiempo de examinarlo a él. Cómo caminaba, con elegancia y clase, como probablemente fue educado. Su traje negro de costura de alta calidad, que se acomodaba en su cuerpo a la perfección, como hecho a medida (que era lo que me imaginaba). Su bonito pelo rubio platino, que a medida que iba madurando fue cogiendo forma, ahora estaba bastante más corto que antes, con un flequillo hacia el lado derecho de su frente, le daba puntos extra de sofisticación. Me empezaba a quedar absorta en esos agradables pensamientos, cuando de repente se paró en seco frente a dos puertas casi gemelas, una al lado de otra, las últimas antes de llegar al final del pasillo. Me miró inexpresivamente desde su perspectiva bastante más alta que la mía, ya que me llevaba al menos treinta centímetros.

"La de la izquierda es la tuya, la otra la mía. De acuerdo?"

"S-Si."

"Pues ya está. Ahí la tienes, toda tuya." Dijo mientras abría la puerta de mi nueva habitación, para a continuación cederme el paso con un gesto de su brazo derecho hacia el interior de ella.

"Gracias." No me salían las palabras. Era la primera vez que me hablaba, y no sabía cómo reaccionar.

"Hasta mañana." Se alejó sin más, casi sin darle tiempo a acabar de pronunciar la frase.

"Hasta…" oí que se cerraba la puerta de al lado"… mañana." Dije en un tono más bajo casi para mí. No me había dado tiempo a contestarle. No podía articular una sílaba. Él provocaba un colapso total de mis capacidades sólo con mirarle. Ahora que estaba tan cerca, y me estaba hablando, me reduje a un cuerpo semi-consciente incapaz de reaccionar. Estaba claro que así no iba a avanzar en mi intento de olvidarlo. ¿¡Cómo demonios lo iba a hacer si todos los días, hasta sabe Merlín cuando, tendré que verlo en todas partes!? Esto me estaba sobrepasando, y empezaba a enfadarme con todo.