Capítulo 9.

Al día siguiente acordamos incinerar los cuerpos de mis padres, la 'ceremonia' se celebraría esa misma tarde en los jardines traseros de la mansión. Era algo que no quería admitir, pero mi consciencia me decía que era lo correcto y que había que asumir los hechos por muy dolorosos que fuesen. Era casi media tarde y ya casi no había claridad en el cielo, menuda coincidencia para crear ambiente.

Sus pálidas caras ya no expresaban sentimientos ni vida. Si no fuese por la mano firme de Narcissa apretando fuerte la mía como muestra de apoyo, probablemente me hubiese derrumbado en ese mismo momento en que el enviado del Ministerio de Magia envió un hechizo Incendio contra los altares donde reposaban mis padres. Y en cuestión de minutos se desvanecieron, la mayor parte del tiempo no pude ni mirar, era algo que simplemente me destruía por dentro. Mis únicos protectores ya no existían. Quien iba a cuidar de mi? Vale, está Narcissa, quien parecía totalmente dispuesta en convertirse en una maravillosa madre adoptiva, pero después ya no había nadie más. Lucius Malfoy? Ese hombre probablemente ni se había dado cuenta de que todavía estaba en su mansión, está demasiado ocupado con sus trabajos como 'lameculos' de Voldemort. Y no hablemos del heredero de estas tierras, quien practicamente me ignoraría toda su dichosa vida, o peor aún, me guardaría rencor, celos u odio por meterme en su familia como si nada. ¿¡Pero que culpa le tengo yo de que me hayan empujado a este pozo oscuro y deprimente sin siquiera haberme preguntado!? ¿¡Es que cree que por alguna razón en algún momento deseé que mis padres fuesen asesinados cruelmente delante de mis narices!? 'El muy idiota ni siquiera se ha molestado en bajar al maldito jardín para mostrar sus respetos', pensé.

Los siguientes dos días fueron tediosos, aburridos y bastante tristes. Llenos de recuerdos de mi infancia, mis padres... Algunas veces rompía a llorar de repente mientras estaba sentada en la salita con Narcissa al lado leyendo, quien inmediatamente venía a consolarme lo mejor que podía. Empezaba a cogerle mucho cariño a esta mujer, la verdad.

El domingo, mientras desayunaba, me comentó que debía ir a 'nosequé' cosa (no lo dejó muy claro, por lo que deduje que se trataba de algo no muy bueno o algo relacionado con el Señor Oscuro) y que volvería a media tarde. Aproveché ese momento a solar para familiarizarme con mi nueva casa. Visité todas las habitaciones de la planta baja. Luego pasé a la primera, que constaba de cuartos muy grandes y dos enormes estudios, posiblemente uno de ellos era el de Lucius. En la segunda planta recordé que era allí donde mis padres habían sido alojados el día que llegué aquí, el lunes. El peor lunes de mi vida, sin duda. Busqué cual era su cuarto, y cuando entré casi me derrumbo de nuevo. Todavía estaban allí sus maletas. La ropa de mamá, el traje de papá... Decidí que en otro momento sería más apropiado ya que los sentimientos aún estaban muy frescos y no me quería arriesgar a sufrir un ataque de lloros y gritos de dolor ahí mismo. Al ver que era mediodía, decidí dejar el resto para la tarde.

Los elfos domésticos eran muy serviciales pero poco habladores. Más bien, eran unas criaturitas malhumoradas y desconfiadas. Sinceramente, me daban pena, eran esclavos en el más claro sentido de la palabra, y eso nunca me pareció ni me parecerá correcto. Después de agradecerles con todo mi corazón el que hubiesen sido tan serviciales y amables conmigo, como intento de llevarme bien con ellos para un futuro, me fuí a mi cuarto a descansar un poco antes de seguir explorando.

En mi camino por el tercer piso, sentí una ráfaga de aire frío, como si hubiese una ventana abierta. Me detuve frente a dos grandes puertas de madera, pensé que se trataba de la biblioteca de la mansión, así que la curiosidad me empujó a entrar, dejándome fascinada ante semejante espacio repleto de libros ordenados en estanterías tan altas como el techo, de ahí la existencia de unas escaleras de caracol a un lado de la sala. No pude evitar dejar que mi alma de Ravenclaw me guiase, así que decidí ir primero a la zona superior de la biblioteca. Estuve un rato muy largo escaneando los títulos de todos los ejemplares que me alcanzaban a la vista. Me sorprendió encontrar algún libro muggle, sabiendo que se trataba de los Malfoy, ni se me hubiese pasado por la cabeza que tuviesen algo muggle en su posesión, pero allí estaban, dándome alguna esperanza de que el cabeza de familia hubiese recapacitado sobre sus prejuicios sobre la pureza de sangre.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por lo que parecía alguien... llorando? Pero... si aún no era hora, Narcissa no podía ser... Así que solo quedaba cierta persona a quien no quería nombrar. Pero volver a oir un segundo llanto angustioso, se hizo un nudo en mi estómago. No puedo dejarlo solo mientras llora, mi naturaleza me estaba pidiendo a gritos bajar a consolarlo, pero mi cabeza me decía 'lo odias, se lo merece, sea lo que sea'. Un tercer llanto no me dejó otra opción que acudir al menos por curiosidad. Sin hacer ningún ruído, bajé las escaleras y busqué con la mirada por los pasillos que formaban las estanterías de la planta baja, situadas como piezas de dominó. Un precioso cabello rubio platino detuvo mi búsqueda con la mirada. Allí estaba. El famoso y reconocido 'Príncipe de Slytherin' llorando como un niño de diez años. Sentado en el suelo con la espalda contra una estantería, con las rodillas casi rozando su frente. 'Menuda escena', pensé. Aunque no pude controlar mis pensamientos, quienes se estaban volviendo locos al ver a 'mi debilidad' tan indefenso y hasta infantil. La verdad, era adorable, y me estaba dando mucha pena verlo así de mal.

Empujé mi odio hasta lo más fondo de mi ser y decidí ir a consolarlo. Todos necesitamos desahogarnos de nuestros miedos y nuestras penas, y lo mejor es saber que hay alguien que quiere ayudarte. Un poco sobrecogida por la situación, me acerqué sigilosamente y, para ser sincera, tenía un poco de miedo por cómo iba a reaccionar. Seguramente se pondría histérico y me gritaría como si fuese la culpable de todo. Estaba a un metro de él cuando se percató de mi presencia. De repente dejó de sollozar y alzó su cabeza para ver quien osaba molestarlo. Su mirada de enfado era considerable, si las miradas matasen, probablemente estaría siendo apuñalada veinte millones de veces en todo mi cuerpo. Pero esto no me echó para atrás y me agaché para estar a su altura, no mantuve el contacto visual, por si acaso. Sorprendentemente, no dijo nada hiriente, ni menos se levantó efusivamente y huyó dando zancadas como hizo la otra vez. Simplemente se quedó extrañado al ver que no me iba.

-"Qué demonios quieres" -dijo con voz llorosa, aunque trató de disimularla aclarando la garganta.

-"Nada. Estaba aquí descubriendo esta gran biblioteca cuando te oí desde allí arriba" -señalé mi anterior posición a lo alto de las escaleras de caracol.

-"Y por qué vienes aquí?" -su tono ofensivo reapareció.

-"No me gusta ver a alguien llorar, y decidí tratar de ser útil"

-"Debo decir gracias o algo así?" -dijo en modo sarcástico.

-"No. Creo. Pero si te ayuda... puedes contarme lo que te pasa. Pero solo si quieres, yo no obligo a nadie." -definitivamente, le tenía miedo. No quería arriesgarme a recibir un hechizo por su parte.

-"Es que te importa algo lo que me pase?" -pausó - " y a todo esto... no recuerdas lo del otro día?" -esta vez su tono era más bien de extrañeza.

-"Pues claro que lo recuerdo, gracias por recordar lo desagradable que fuiste." -me sorprendí a mi misma soltándole esa frase en tono sarcástico y sin pensar siquiera en las consecuencias de ser tan directa.

-"Y aún así vienes aquí a... consolarme?" -su tono cada vez mostraba más incredulidad.

-"No todos somos unos insensibles."

-"Vale, lo capto. Acepta mis disculpas por lo del otro día. Contenta?"

-"Sip." -contesté orgullosa de mi logro.

-"Sabes lo de Voldemort... y lo de Dumbledore... verdad?" -esta vez su voz era muy baja.

-"Tengo cierta idea desde la última reunión." -estaba estupefacta al ver que estaba confesando sus penas. O es que tengo pinta de psicóloga o es que inspiro confianza en la gente, sinó no había explicación par a este acontecimiento.

-"Tengo que pasarme todo el curso reparando el Armario Evanescente de la Sala de los Menesteres en el séptimo piso de Hogwarts. Luego los mortífagos utilizarán el otro armario gemelo en Borgin y Burkes para colarse en el colegio en cuanto termine mi... misión." -empezaba a temblarle la voz al pronunciar las dos últimas palabras.

-"Pero eso ya lo sabías, no?"

-"Y qué!?"

-"Nada." -decidí no molestarle más.

-"Crees que de verdad quería todo esto, verdad? Venga, confiesalo, es lo que todos en Hogwarts piensan de mí." -dijo duramente aunque con resignación.

-"Pues... no. La verdad es que no." -decidí ser sincera.

-"Qué!? En serio?" -no se lo podía creer.

-"De verdad."

-"Pero..." -comenzó a decir, pero le interrumpí.

-"Yo tampoco quería. Me obligaron. Supuse que tú también pasaste por lo mismo."

-"Va en serio!?" -más sorprendido imposible.

-"Pues claro! No bromeo con estas cosas."

-"Debes de ser la única en todo ese miserable colegio que piensa que no soy un vil y cruel ser que quiere que reine el mal y esas memeces que dicen por ahí."

-"Supongo."

-"Ya. Pero eso sigue sin ayudarme. Tengo que cargar con toda esa presión todo el maldito curso. " -ahí estaba de nuevo su tono habitual de desprecio. Yo ya empezaba a pensar que este chico era bipolar.

-"Pero... no tienes por qué cargar tu solo. Quiero decir... tienes que arreglar el armario tú solo, pero nadie dijo nada de que tuvieses que estar sólo mientras lo haces." -ni yo podía creer lo que acababa de decirle. Me salió directamente del alma y ni me lo pensé.

-"Estás loca!?"

-"No. Que yo sepa... no."

-"Está bien. Como quieras, pero yo te aviso, este trabajo va a ser muy muy costoso y no puedo fallar. O sinó... habrá consecuencias." -volvió a bajar el tono de voz y agachó la cabeza. No sé todavía en qué momento cogió la suficiente confianza como para, sin previo aviso, echarse a llorar de nuevo. Con la misma intensidad. No se lo qué, pero había algo en esas consecuencias que le afectaba mucho. No lo pensé y me senté a su lado. Olvidando mis sentimientos hacia él, todavía sin desaparecer de mi mente, por desgracia, y no dudé en dejar que mi mano acariciase su brazo de arriba a abajo suavemente tratando de dar algo de tranquilidad y mostrar apoyo. No se inmutó, así que respiré hondo aliviada, sin temer por sus ataques de histeria repentinos. No pasaron muchos minutos cuando, para mi asombro, simplemente se giró hacia mí todavía llorando asustado y cabizbajo, y se abrazó a mí, llorando en mi hombro. Algo me contagió, porque unas lágrimas también cayeron por mis mejillas. Las razones por las que lloraba se dividían en pensamientos sobre mis padres y el dolor que provocaba saber que no los volvería a ver, y la otra razón de mi emoción era que por primera vez, abrazaba al chico de mis sueños, y ese era un sentimiento muy fuerte, ya que llevaba casi seis años esperando este día. Poder abrazar a alguien tan importante me sobrepasaba emocionalmente. Desconozco el tiempo que estuvimos así. Dos almas jóvenes y llenas de vida pero que habían sido empujadas al lado equivocado obligadas a hacer cosas horribles y espantosas en contra de su voluntad.