Siento la tardanza, me bloqueé y no sabía como plasmar las ideas en este capítulo, pero aquí está. El anterior me salió horriblemente mal, perdonadme :(
Espero que éste os guste. ^^ y si tenéis alguna sugerencia para que mejore algún aspecto no dudéis en escribirme. Os agradezco un montón el apoyo y la crítica, ya que me ayudan a continuar y a mejorar mi historia.
Capítulo 11.
Los primeros días continuó oponiéndose a que cumpliese mi promesa, pero no tenía otra opción que dejarme entrar en la Sala de Menesteres, porque siempre que él iba, me encontraba allí sentada en mitad del pasillo de la séptima planta. Sí, utilizaba la técnica de aparecerme. En cuanto lo veía desaparecer, no dudaba en ir a aquel lugar, el único al que se dirigía últimamente desde que llegamos aquí.
Al cabo de una semana, se acabó resignando y ya no protestaba en voz baja. Simplemente permanecía callado. El hecho de permanecer como espectadora llegó a aburrirme, así que comencé a inspeccionar casi todos los trastos que había en aquella sala. Un día decidí simplemente sentarme en un mueble viejo y seguir todos los movimientos de Draco. Y por mucho que tratase de evitar ese tipo de observaciones positivas hacia él, no pude evitar pensar que era lo más perfecto que se podía tener frente a tus ojos. Era el mejor modelo que un dibujante podía tener para plasmar en un papel. Por eso, a partir de ese día siempre iba acompañada de mi bloc de dibujo y mis lápices. Tras casi tres semanas, acabé haciendo unos cuantos retratos y dibujos artísticos inspirados en él. La verdad es que no preocupaba por si algún día se molestaba en preguntar, ya que nunca me dirigió una palabra, a veces ni siquiera parecía acordarse de mi presencia allí. Lo confieso, no podía parar de mirarle. Era como un ser mitológico, un precioso y maravilloso ser casi divino. '¿Acaso es legal tener esa apariencia?', me preguntaba miles de veces. Cuanto más observaba más apreciaba los efectos que tenía todo esto por lo que tenía que pasar, el Señor Oscuro, la presión a la que éste le sometía para que finalizase su misión lo antes posible, y sobre todo, el sentimiento de saber que estaba obligado a hacer algo que no quería. Todo eso se plasmaba cada día más en su físico. Estaba notablemente más delgado, muy pálido y con unas ligeramente apreciables ojeras. Cada vez iba menos al Gran Comedor, cada vez comía menos y cada vez iba menos a clase. Sí, al final acabé observando todos y cada uno de sus movimientos sin apartar la vista de él.
Yo? Comencé a pasar por el mismo proceso. No sé si era por mi propia iniciativa, si era por mi excesiva empatía hacia él o si era algo que me ocurría inconscientemente al consumirme en la oscuridad de mi alma. Dejé de comer lo mismo que antes, cada vez se reducía más mi ración alimenticia, lo cual tampoco me preocupó demasiado ya que, influida por mis complejos, pensé que así perdería el peso que me sobraba. Mis dolores de cabeza aparecían casi a menudo, lo cual me impedía estar en mis completas capacidades mentales, psicológicas e incluso físicas. Pesadillas recurrentes cada pocos días, provocadas por el Señor Tenebroso, sin duda. En algunas presenciaba la muerte de gente desconocida, y en otras presenciaba la muerte de mi debilidad. Presenciaba el sufrimiento y la muerte de la persona que observaba minuciosamente durante varias horas todos los días. Estas eran las razones por las que también mis horas de sueño se vieron reducidas, y me empezaban a aparecer las mismas ojeras, aunque las suyas estaban ahora más notables. El pobre parecía un fantasma errante, pero yo todavía lo veía como un ángel caído.
Algunas veces, mientras estaba en la Sala, me acurrucaba en un viejo y desgastado sillón y me quedaba dormida por un breve espacio de tiempo. Puede que tener una agradable vista me ayudaba a conciliar el sueño aunque solo fuese por media hora. El caso es que un día me desperté al notar que algo rozaba mi pierna. Miré al suelo y allí estaba tumbado como un niño pequeño, con los ojos cerrados y una expresión en la cara bastante más distinta a la que siempre tenía. Libre de preocupaciones, solo durmiendo. Eso pasó algunas veces más, lo cual parecía demostrar que con el paso del tiempo, nos fuimos acostumbrando el uno al otro.
Unos días después, me encontraba relajadamente retocando mi dibujo cuando oí un leve grito de dolor a escasa distancia de mí. Miré al frente y me encontré con un Draco con una clara expresión de dolor en la cara, soltando repetidamente unos quejidos casi mudos. Inmediatamente solté el bloc y el lápiz y me acerqué preocupada, manteniendo la distancia de seguridad de siempre, por si le da un ataque repentino de ira de los suyos. Sus quejidos aumentaban e incluso se comenzaba a retorcer de dolor, hasta que al final se puso de rodillas agarrándose el antebrazo izquierdo con su mano derecha, lo que me dio una evidente explicación de su sufrimiento: Voldemort presionándolo de nuevo. Olvidé mi odio y mi adoración y no tardé ni dos segundos en agacharme y tratar de ayudarle. Tenía los ojos cerrados no pudiendo soportar ya el intenso dolor por el que estaba siendo sometido. Alcancé con mi mano su hombro, cosa que inmediatamente rechazó con las pocas fuerzas que tenía. Yo me negué a dejarlo así y volví a intentarlo, otra vez apartó mi mano bruscamente. No me iba a rendir, era incapaz de quedarme ahí sentada viendo a alguien sufrir de esa forma tan cruel. Cada vez se retorcía más y sus quejidos aumentaban en intensidad, la cosa estaba siendo seria, y mucho. Finalmente cayó completamente en el suelo llegando al máximo grado de intensidad de dolor que Voldemort decidió utilizar esa vez, y tras unos largos segundos, se desplomó semi-inconsciente en el frío suelo de la Sala de los Menesteres. Instintivamente traté de encontrar signos de vida, de consciencia, comprobé su pulso, extremadamente acelerado, su respiración forzada, tal y como indicaba el movimiento de su pecho inspirando y expirando aire con dificultad. Comprobé, posando la palma de mi mano en su frente, que su temperatura corporal estaba muy por encima de lo normal, su frente ardía. No sabía si estaba más moribundo que inconsciente, lo cual me asustó hasta el punto en que empecé a llorar silenciosamente. Cuidadosamente acariciaba su brazo de arriba a abajo para calmarlo, aunque dudo que se hubiese dado cuenta de ello, mientras con la otra mano apartaba su pelo de la frente y seguidamente con el exterior de la mano acariciar su mejilla, como señal de 'no pasa nada, te vas a curar en un momento'. Sinceramente, pensé que lo había perdido pero enseguida me di cuenta de que solo estaba empezando a relajarse, mis 'cuidados' fueron recompensados al oír por fin como respiraba hondo y se calmaba. Utilicé mi túnica enrollada como almohada para reposar su cabeza de forma un poco más cómoda y digna que el frío y duro suelo. Al final se quedó dormido y yo me limité a permanecer alerta a su lado por si recaía en algún momento.
No sé en que momento de mi vigilia mis ojos me traicionaron dejándome caer en brazos de Morfeo. Pero lo mejor (o lo peor) fue cuando me desperté. Sin abrir los ojos, me percaté de mi fallido intento de permanecer despierta. Entreabrí los párpados para comprobar que, efectivamente, me había acurrucado en el mismo suelo a uno o dos metros de... Había desaparecido! Pero un segundo más tarde mis ojos lo encontraron de espaldas a mí justo donde estaba el mueble en el que me sentaba para mis sesiones de dibujo. Casi me da un infarto al recordar que mi bloc seguía allí, y que sin duda era lo que estaba captando la atención de Draco en ese preciso instante. La vergüenza se apoderó de mí. No podía irme corriendo como si nada. Tampoco podía arrebatarle el bloc de las manos porque lo que no quería que viese ya lo había visto. Así que decidí hacerme la dormida hasta que se apartase de él y dejase de hojearlo.
Dos vergonzosos minutos después se dejó caer en el sillón donde a veces dormía y se acomodó para descansar. Probablemente estaría aún débil por el dolor que pasó. 'Pobre', pensé. Fingí despertarme, me estiré cuando me puse de pié y sobre todo, evité el contacto visual.
-'Gracias' – le escuché decir.
-'¿Por?' - traté de fingir que no sabía de que hablaba.
-'No finjas que no lo sabes, me acuerdo perfectamente de todo.' - utilizó su tono entre sarcástico y engreído.
-'Bien por ti' – dije sin ninguna muestra de ánimo.
-'Deja de hacer eso. Es molesto' – se quejó.
-'¿El qué?' - seguí con mi juego de 'hago como que no me importa en absoluto'.
-'Eso.'
-'Lo que tú digas' – dije sarcásticamente.
-'No, en serio, déjalo ya. Me está empezando a molestar.' - advirtió.
-'Ya, vale.' - mi sarcasmo esta mañana era bastante notable, por lo que parecía.
-'Vale. Se acabó.' - y tras decir esto, se levantó y vino hacia mí a paso ligero. Amenazante, agarró bruscamente mi brazo y me movió adelante y atrás en el mismo sitio donde estaba todavía de pié. -'¿Todavía quieres seguir en ese plan?' - estaba algo enfadado.
-'Yo no he hecho nada malo.' - pausé un instante y continué – 'salvo que tratar de ayudarte mientras gritas de dolor lo consideres como algo malo.'
-'Que sepas que te odio' – dijo con ningún tipo de odio en su cara ni en sus ojos. Es más, una pequeña sonrisa adornó su pálido rostro. Lo consideré como un 'gracias por no abandonarme a pesar de que mi ego había tratado de evitarlo mientras que el resto de mi ser rogaba por una mano de apoyo en mi agonía'.
-'Yo también te odio' – dije con su mismo tono, y con una sonrisa similar.
Y ese fue el momento que dio como finalizada esa fase de rechazo mutuo y de silencio permanente, y dio comienzo a una fase de compañerismo.
