Este capítulo es de los mejores, en lo bueno y en lo malo. Espero que os guste ^^


Capítulo 12.

Los días pasaron y todo ese malestar entre nosotros pareció desvanecerse. Ya nos saludábamos e incluso a veces manteníamos alguna conversación que otra. Normalmente eran cosas banales, sin importancia, a veces no duraba ni dos minutos, pero al menos ya no permanecíamos en silencio durante tres horas allí dentro. Una de esas veces que era él quien hablaba primero, fue una de las conversaciones más incómodas y extrañas que he tenido. Estaba leyendo uno de los libros que había tomado prestados de la biblioteca para un trabajo de Pociones que Slughorn nos había mandado hacer, mientras que Draco seguía tratando de arreglar el dichoso armario, el cual ya estaba de una sola pieza comparado con su estado inicial (hecho trizas por culpa de Peeves).

-"Necesito... un alambre o algo como eso." - dijo pensando en voz alta, como hacía alguna vez.

-"¿Que?" - me levanté y me puse al lado para ayudar en lo que pudiese.

-"Alambre. Algo pequeño y lo suficientemente delgado y largo para llegar a esa ranura de ahí" - señaló un agujero minúsculo, parecía ser una especie de cerradura.

-"¿Crees que habrá algo así por aquí, entre toda esta basura y trastos inútiles?" - dije casi en modo de sarcasmo, ya que, tras dedicarme días a investigar todos esos objetos, no recordaba haber encontrado nada parecido. Seguía esperando una respuesta, cuando de repente empecé a sentirme observada.

-"¿Qué pasa?" - dije incómoda por su mirada pensativa en mí.

-"Ya sé de dónde puedo encontrar lo que busco." - dijo con una cara de satisfacción.

-"¿En serio? Ilumíname." - de nuevo sarcástica.

-"Necesito tu... sujetador." - dijo sin ningún tapujo, directamente. Hasta pude apreciar una breve sonrisa pícara en su rostro usualmente serio.

-"Espera... QUE!?" - no pude evitar sonrojarme.

-"Sujetador. Ya." - repitió, esta vez con gesto serio, indicando que no era una broma.

-"Para... Ah. Ya. El aro." - razoné.

-"¿Estás segura de que eres de Ravenclaw? Eres lenta razonando eh..." - frunció el ceño acompañando su tono de pregunta.

-"Pregúntale al Sombrero Seleccionador, no es cosa mía." - utilicé mi tono de fingir haber recibido una ofensa.

-"No tengo todo el día, Hardy." - hizo un gesto hacia mí, requiriendo lo que había pedido.

-"Está bien. Date la vuelta, por favor." - esperé a que se pusiese de espaldas y utilicé esa táctica que todas las mujeres conocemos para lograr sacar el sujetador sin tener que sacar la camisa. -"Ya está."

Se dio la vuelta y se encontró con mi brazo extendido y mi sujetador colgando de mi mano. Puso ese típico gesto pícaro suyo de aprobación mirando a la pieza de ropa frente a sus ojos y enseguida la arrancó de mi mano.

-"Gracias." - dijo mientras buscaba por dónde extraer el improvisado instrumento que se hallaba en el interior de la prenda - "Está caliente" - se rió para sí mismo tras su comentario.

-"Cállate." - dije tratando de ser seria, aunque también se me escapó una risa por la incomodidad de la situación.

Después de eso, la confianza era algo mayor y, aunque ambos estábamos igual de depresivos y apenas cambiábamos nuestros gestos serios y sin rastro de emociones, el hecho de acompañarnos mutuamente era de ayuda.

Muchas veces sufría de unos insoportables dolores de cabeza, la mayoría de ellos causados por no comer. Recuerdo que un día me encontraba muy muy mal, y casi no podía aguantarme en el sitio sin quejarme por el incremento del dolor.

-"Hardy, léeme en voz alta estas dos páginas del libro." - se refería a un libro que yo misma tuve que ir a buscar a la biblioteca, que explicaba cómo reparar daños en un mueble antiguo sin perder sus capacidades mágicas.

-"Un segundo." - dije entre quejidos casi silenciosos mientras alcanzaba el libro.

-"Vamos, Hardy, no puedo perder el tiempo." - dijo impaciente.

-"Ya va, ya va" - dije con voz ronca mientras buscaba un asiento. Comencé a leer pero el tener que concentrarme en las letras aumentaba el grado de dolor. En medio de un párrafo tuve que parar para no marearme.

-"Hardy, ¿qué demonios pasa?" - utilizó su clásico gesto de fruncir el ceño.

-"Nada." - dije con la misma voz ronca, con los ojos cerrados tratando de no marearme más mientras apoyaba mi frente en mi mano.

-"Pues no parece que sea nada, la verdad." - dijo sarcásticamente.

-"Déjame en paz." - dije cansada y con un tono un poco borde.

-"Lo que tú digas. Sigue leyendo entonces." - dijo con un ligero tono desafiante. Continué donde me había quedado, pero a la segunda línea me sentí obligada a parar por mi propio bien. Mi cabeza iba a explotar y la cabeza me daba vueltas.

-"Lo sabía." - sacó su tono victorioso.

-"Cállate." - responderle no hizo más que aumentar mi dolor.

-"Dolor de cabeza, a que sí?" - suavizó su tono de voz . Asentí. - "¿Has comido? - negué con la cabeza. -"¿cuánto tiempo llevas sin comer?" - me encogí de hombros ignorando la respuesta. -"Vete ahora mismo de aquí y baja al Gran Comedor. No quiero que vuelvas hasta que no hayas comido algo." - no respondí - "¿entendido?" - dijo seriamente y yo asentí. Me levanté a duras penas del viejo sillón y al momento perdí fuerzas y casi caigo de espaldas de no ser por unas firmes manos que me agarraron por los hombros para sostenerme de pié, y seguidamente me vi empujada hasta la puerta de la Sala de los Menesteres.

Le hice caso y al ser la hora de la cena, vi mi oportunidad y vencí al hambre. Cuando terminé, pensé que él no había bajado, lo que significaba que no había comido. Decidí coger un par de manzanas verdes y las metí en el bolsillo de mi túnica. Al llegar al séptimo piso, recordé que sólo podía entrar cuando lo hacía Draco, ya que la Sala sólo aparecía cuando él la necesitaba. Empezaba a frustrarme cuando se me ocurrió que si me concentraba y pensaba en lo que sabía sobre la tarea que él tenía que realizar, podría funcionar para abrirla. Sorprendentemente, funcionó.

-"¿Cómo lograste entrar sin mi? Es imposible..."

-"Pues ya ves que no." - dije con un tono algo borde.

-"Deja de hacer eso."

-"¿El qué?" - dije inocentemente.

-"No empecemos." - dijo algo molesto.

-"Está bien, quejica." - esto le hizo darse la vuelta y lanzarme una mirada asesina. - "Cógela!" - cogí una de las manzanas y se la lancé. Como el gran buscador de Quidditch que es, la atrapó con gran destreza y nada de esfuerzo. A mí se me escapó una amplia sonrisa de orgullo al ver de nuevo una demostración de su valía, y de una de las infinitas razones por las que lo adoraba. Él me vio y sonrió orgulloso de sí mismo. Ese fue un momento especial en cierto sentido. Yo me sentí bien al saber que no me había equivocado al elegirlo como mi secreta razón de vivir, y él se sintió bien consigo mismo por primera vez en mucho tiempo.

Faltaban dos semanas para las vacaciones de Navidad cuando todo esto sufrió un cambio repentino. El profesor Slughorn nos había retenido en clase media hora más de lo normal por razones que no vienen al caso. Se suponía que tenía que esperar en el pasillo de la séptima planta antes de que Draco llegase, pero esta vez no pude. En cuanto nos permitió salir, corrí a un lugar seguro de miradas curiosas y me aparecí frente a la enorme pared donde aparecían las grandes puertas de la Sala de Menesteres. Me concentré como la otra vez y entré silenciosamente. Acababa de cerrar la puerta y tras unos cinco pasos vi como un destello de luz venía directo a mí, no fui lo suficientemente rápida para esquivarlo y me dio de lleno en el brazo derecho. Saqué mi varita y lancé un hechizo de contraataque. Otro fue enviado a mí, y yo volví a defenderme con otro hechizo de defensa. Uno más fue dirigido en mi contra y yo respondí. Pero seguidamente, un hechizo mucho más poderoso me atacó y yo no pude defenderme. Sentí un dolor intenso en mis extremidades y en el estómago. Entreabrí los ojos y vi mi camisa rasgada en algunas zonas. Traté de levantarme del suelo pero mis piernas me fallaron.

-"Mierda!" - me quejé furiosa.

-"¿Elisabeth?" - dijo una voz claramente reconocible como la de Draco.

-"Pues claro que soy yo! Maldita sea!" - grité enfadada.

-"Pensaba que era otra persona! ¿¡Qué querías que hiciese!?" - se quejó él también.

-"Venga ya!" - protesté.

-"Esto te pasa por entrar así de silenciosa. Pensé que era un intruso y ataqué."

-"Ya, claro. Ahora la culpa es mía." - dije sarcásticamente.

-"Claro que lo es. Yo hice lo correcto." - dijo poniendo su típico gesto altivo en su cara. - "Además, no esperaba que vinieses, al ver que no estabas esperando como siempre."

-"Me echabas de menos, seguro." - utilicé mi sarcasmo.

-"Cállate." - protestó mientras volvía a su situación frente al armario.

Saqué fuerzas de donde pude y me puse de pié. Una vez que recuperé el equilibrio me dispuse sentarme en el viejo mueble de siempre. Dolorida, trepé con un pequeño impulso de mis fuerzas y me acomodé como pude apoyándome contra la pared. Me puse a mirar mis heridas y al tocar una de ellas solté un quejido. Aunque seguía inspeccionando mis moratones pude ver que Draco notificó mi gesto y después de mirarme unos segundos, dejó lo que estaba haciendo y se acercó a mí.

-"Déjame ver." - dijo seriamente cogiendo mi brazo. Sacó inmediatamente su varita y se puso a curar los cortes y moratones visibles de mis manos, brazos, piernas y luego llegó al cuelo. No fue hasta ese momento cuando me di cuenta de lo cerca que estábamos. El mueble era lo suficientemente alto como para dejar mis rodillas a la altura de su cadera, con lo cual, al acercarse a mi, éstas estaban a ambos lados de su cuerpo. Lo mejor (o lo peor) fue que, cuando alzó la cabeza para visualizar mi cuello, su cara estaba a centímetros de la mía. Sin poder evitarlo di una boqueada que le hizo reaccionar. Sin moverse, sus preciosos ojos grisáceos azulados se encontraron con los míos. Yo estaba atacada de los nervios y a punto de sufrir un ataque al corazón. De repente, todos aquellos pensamientos positivos y todos los sentimientos que tenía hacia él pasaron como diapositivas por mi mente a la velocidad de la luz. Me sonrojé y bajé la cabeza tratando de esconder la evidente señal de atracción hacia la persona frente a mí, que mi rostro dibujaba. Oí cómo aclaraba la garganta e inconscientemente miré. Ésto hizo que de nuevo lo tuviese a escasos centímetros de mí, y cuando me disponía a volver a esconderme, se acercó aún más hasta cerrar ese espacio y finalmente hacer rozar sus labios con los míos. Mi estómago estaba lleno de nudos y mariposas revoloteando. Mi cabeza se bloqueó y me quedé en blanco. Sólo sabía que este momento iba a ser el más importante de mi existencia, porque mi sueño, aquello que tantas veces me había imaginado, aquello que tantas veces había anhelado, estaba a punto de ocurrir. ¡Todo esto era real! Y casi instintivamente y a la misma milésima de segundo, ambos nos permitimos la posesión de los labios del otro. Debido a mi nula experiencia y dada su condición de experto en este ámbito, era él quien dominaba por completo nuestros labios hasta finalmente sincronizarnos. Cuando tuvo la necesidad de respirar, se apartó y yo respiré hondo finalizando en un largo suspiro. En ese momento, su cara se cambió a un gesto serio y casi furioso.

-"Vete." - dijo en un tono seco y demandante.

-"¿Q-Qué?" - logré decir en medio del shock y la confusión ante su reacción.

-"Que te vayas. Ahora." - utilizó el mismo tono secante.

-"P-Pero..." - dudé.

-"Ya!" - gritó enfadado.

Yo me asusté y me apresuré en bajar del mueble. Cuando me acercaba a la puerta le oí decir:

-"Y no vuelvas. Ni mañana, ni pasado mañana, ni nunca. No quiero que vuelvas a aparecer por aquí. Sólo eres un estorbo. Y es lo que menos necesito. Adiós." - sus palabras eran tajantes y su tono era serio y muy claro.

Yo no miré a atrás y no fue hasta que salí de aquella sala cuando unas lágrimas empezaron a salir de mis ojos y recorrían mis mejillas como las gotas de lluvia en la ventana el día que me salvó la vida.