Siento que sea tan corto, estoy tratando de agilizar la historia aprovechando la inspiración. Espero que os guste :_)


Capítulo 16.

Después de aquel fin de semana, parecía que nuestra 'fase de separación' había llegado a su fin. Por eso, el lunes ya estaba esperando sentada contra la pared en el séptimo piso de la escuela, donde se encontraba la entrada secreta a la Sala de los Menesteres. Cuando me encontró allí por sorpresa, al principio pareció algo sobresaltado, luego extraňado, y finalmente tolerante e incluso algo aliviado y relajado, como si se alegrarse de tener de nuevo compañía. Se concentró, cerrando los ojos, y por fin aparecieron las enormes puertas. Me miró de lado, giró la cerradura y me dejó pasar delante. Pasaron los días y, aunque todavía estaba en esa extraña relación con Goyle, nunca faltaba a Draco. Acudía religiosamente sin falta, dejando evidentes mis prioridades. Mejor dicho, mi única prioridad.

El 14 de febrero, el día de San Valentín, me vi en la obligación, no porque no le apreciarse, sino porque no era la persona indicada, de pasar cierto tiempo a solas con Gregory. Todo fue bastante bien, me hizo reír, me abrazaba cada cinco segundos, me besó, y yo le correspondía igualmente. Me sentí protegida y querida en cierto modo. El tema es que, en un momento en que el beso se profundizó, una cosa llevó a la otra y estábamos a punto de dar un paso más, algo para lo que todavía no estaba preparada. El seguía insistiendo pero yo traté de pararlo amablemente sin querer ofenderle. Puede que no le quisiese de la misma forma que el me quería a mi, pero le tenía mucho cariño, mucho aprecio y me preocupaba por él. Al fin y al cabo, era mi primer novio.

-"Gregory." - susurré mientras intentaba separarme de él. De su fuente abrazo. - "¡Gregory!" - alcé la voz.

-"¿Qué pasa?" - protestó algo confuso.

-"No... todavía no estoy... lista para esto." - confesé.

-"¿Qué me estás tratando de decir?"

-"Que prefiero esperar un tiempo antes de hacer esto."

-"¿¡De verdad!?" - dijo algo enfadado.

-"Tienes que entenderlo."

-"No. No lo entiendo. Yo te quiero y yo también a mi, ¿que problema hay?"

-"No estoy segura de esto todavía, eso es todo."

-"¡Genial! ¡Pues como quieras! ¡Pero que sepas que me lo debes!" - gritó enfadado.

-"No te enfades, por favor." - supliqué.

-"¿¡Cómo no me voy a enfadar!?"

-"Mejor me voy. Necesitamos espacio." - dije calmadamente mientras salía de su habitación.

-"¡Si! ¡Vete! ¡Vete a junto de tu príncipe azul!"

Corrí por los pasillos enfadada y dolida. También confusa por las últimas palabras que pronunció. ¿Príncipe azul? Se habrá dado cuenta de lo que sentía por Draco, seguro. Pensaba que no era tan evidente, pero creo que el pasarme todo el día mirándole y acompaňándole en aquella sala no eran buenas formas de disimular mis sentimientos.

Paré frente a la gran pared de piedra, me concentré pensando una única frase: "Encontrar a Draco Malfoy". La repetí varias veces en mi mente y finalmente aparecieron. Dicen que es una habitación que una persona sólo puede entrar cuando tiene una necesidad real, mi necesidad es estar a su lado, porque verlo es mi mejor medicina, mi cura para cualquier mal.

Cerré la puerta con un portazo y me dejé caer en el viejo sillón. Draco me miró extraňado por mi brusquedad, pero hizo un gesto de indiferencia y se volvió para continuar con su tarea. El armario ya estaba casi terminado, y sólo nosotros éramos conscientes del esfuerzo que supuso. Yo lo observé desde una perspectiva exterior, pero él lo padeció en sus propias carnes.

Seguía molesta, y mi cara debía ser una clara muestra de ello, porque de nuevo, para mi sorpresa, una mano se extendió frente a mi. Desperté mi mirada perdida para buscar al dueño de esa gentileza. El desconocido Draco se volvía a mostrar y me ofrecía una mano de ayuda. Le dí mi mano y me dejé llevar. Me puso frente a él, mirándome fijamente con sus fríos ojos grisáceos y su gesto neutral en el rostro. Sentí mariposas en mi estómago como cada vez que miraba directamente a aquellos brillantes ojos azul grisáceo. Casi sin haberlo notado, me estaba moviendo, caminaba de frente, todavía de su mano, sin apartar la mirada el uno del otro. ¿Adónde me llevaba?, pensé algo debilitada por el efecto que Draco tenía sobre mí. Se detuvo y esperó a que yo hiciese lo mismo, dando un par de pasos más hasta ponerme justo a su lado. Apartó la mirada de mi, me soltó la mano y se acercó a un objeto alto y ancho tapado con una tela vieja y anticuada. Extendió su mano sobre ella y la recorrió con una caricia de un lado a otro del citado objeto, como tratando de comprobar su buen estado para a continuación tirar de la tela hasta dejarla caer en el suelo, descubriendo un enorme espejo enmarcado. Era precioso.

-"¿Esto es...?" - me atreví a preguntar dubitativa y algo sobrecogido por la dulzura que éste chico estaba mostrando en ese preciso momento.

-"El Espejo de Erised" - contestó en un tono de voz suave y muy, muy agradable, como si se tratase de un ángel cuando habla.

-"Oh, es... increíble!" - dije maravillada mientras me acercaba para inspeccionarlo mejor.

-"Lo vi el otro día y creo que todavía funciona." - comentó desde su posición, a mi lado derecho.

-"¿Podemos?" - pregunté algo dudosa.

-"Claro! ¿Quién va a enterarse de ello? Nadie viene a esta sala a comprobarlo." - dijo sarcásticamente con una sonrisa amable en su rostro. Se acercó algo más a mi y miró al espejo. Allí estábamos, nuestra imagen real reflejada, pero luego ésta cambió, supuestamente para mostrar mi mayor deseo.

Esperaba algo distinto, algo impensable, pero lo que vi allí no era muy distinto a lo que en un principio reflejaba el espejo. Mi mayor deseo era... tener a Draco a mi lado, no como ahora, sinó para toda la vida, como compañero de vida, como amigo, novio, marido. Casi empiezo a llorar al ver la escena ante mis ojos: yo estaba preciosa, muy guapa, más delgada y crecida. Vestía el bonito vestido verde que Draco me había regalado en Navidad, me quedaba justo a la medida. Tenía el pelo recogido en un elegante peinado y el ligero maquillaje que llevaba sólo acentuaba mis facciones llenas de alegría y felicidad. ¿Que por qué estaba feliz? Porque alguien me abrazaba cariñosamente. Draco vestía ese caro traje negro que tan bien le quedaba. Su pelo estaba más rubio y reluciente que nunca. Y su cara ya no mostraba signos de cansancio ni de sufrimiento, sinó felicidad y orgullo. Me rodeaba posesivamente entre sus brazos, sonriente, con esa clásica sonrisa de medio lado que sólo él poseía. Hundía su cabeza en mi hombro, dejando de regalo pequeňos besos en mi cuello. Yo me giré para tenerlo de frente, todavía sonriente, y me lancé sobre él, rodeando con mis brazos su cuello, tratando de acercarlo a mí lo máximo posible. Puso sus manos a ambos lados de mi cadera, tratando de hacer lo mismo que yo, eliminar el poco espacio que quedaba entre ambos. Y justo después, nos sumergimos en un profundo y apasionado beso.

Unas lágrimas se precipitaron por mis mejillas abajo. Sabía que aquello nunca se haría realidad. Era sólo una representación ficticia de tu mayor deseo, normalmente imposible de cumplir. Me aparté del espejo y le di la espalda, no podía soportar un momento más de aquella escena tan bonita que me estaba partiendo el alma.

-"¿Qué ocurre?" - preguntó Draco extraňado.

-"Nada." - contesté llorosa.

-"¿Qué has visto?" - cuestionó preocupado.

-"Si te lo dijese no lo creerías." - contesté algo más calmada.

-"Claro que sí! Vamos, cuéntame." - dijo interesado.

-"Mejor que te lo cuente otro día. Estoy cansada." - traté de librarme de la situación incómoda que supondría explicarle mi mayor deseo - "muchas gracias, de verdad." - confesé sinceramente - "buenas noches." - me despedí mientras caminaba hacia la puerta.

-"Buenas noches, Elisabeth." - contestó dulcemente.