Otro capítulo corto, pero el siguiente promete, ya veréis.


Capítulo 17.

Los días del mes pasaron como si nada. Todos igual de tediosos, aburridos y depresivos. Las pesadillas creadas por Voldemort continuaban, haciendo de mis noches un suplicio. Las ojeras en mis ojos parecían algo permanente y mi apetito disminuía por días. Goyle y yo estábamos distanciados, pero todavía nos hablábamos. A pesar de los rumores y las habladurías que rondaban desde el primer año de Hogwarts, Gregory Goyle no era un monstruito desalmado, glotón y estúpido. La verdad es que los primeros aňos era, al igual que Vincent Crabbe, un gordito glotón sin cerebro que hacía de guardaespaldas de Draco Malfoy, pero estos dos últimos años se decidió a cambiar y se transformó. Quiso dejar esa imagen y dejó de pensar en comida y empezó a preocuparse por su futuro. Es cierto que no se trata de una eminencia, no es tan inteligente como otros, pero como buen Slytherin, tiene ansias de poder, de ser respetado y de mejorar hasta alcanzar el éxito.

En cuanto a Draco... Oh, mi pobre Draco Malfoy. Su aspecto físico era cada vez más desolador. Blaise Zabini lo había descrito en varias ocasiones como un 'zombie albino'. Ese Zabini era un personaje de mucho cuidado. Pero me caía bien. Os preguntaréis por qué sabía tanto de ellos. Pues resulta que, gracias a mi amistad con Goyle, acabé ganándome cierta simpatía por parte de los Slytherin de su entorno. Zabini, Crabbe, Theodore Nott, Marcus Flint y... Pansy Parkinson. La chica estaba casi tan perdida como yo por Draco. Aunque su actitud era algo fresca y despreocupada, tampoco era tan mala como parecía. Dicen que ha estado con casi todos los chicos de Slytherin y con algunos de Ravenclaw. Yo no le veía nada malo en eso, la verdad.

Todos los días acudía religiosamente sin falta a la Sala de los Menesteres. El Armario Evanescente ya estaba a punto de terminarse y el estado de ánimo de Draco empeoraba. No me sorprendió en absoluto, ya que solo nosotros éramos conscientes del esfuerzo que supuso arreglar el dichoso armario. Yo lo veía desde una perspectiva exterior pero él lo padeció en sus propias carnes. Juraba y maldecía cada cinco minutos.

Un día de mediados de marzo, salí de clase y me fui corriendo escaleras arriba a ver a Draco. Abrí la puerta, me acerqué a mi mueble de siempre, dejé caer mi bolsa cargada de libros y lo busqué con la mirada. Sentado tranquilamente en el viejo sillón con gesto reflexivo, cuando normalmente estaría agobiado y moviéndose de un lado a otro trabajando.

-"¿Qué pasa?" - pregunté extraňada.

-"Está arreglado." - contestó con una sonrisa cansada.

-"¿En serio?" - volví a preguntar mientras se me formaba una enorme sonrisa en la cara.

-"En serio." - dijo aliviado.

No pude evitar el impulso y me fui corriendo a abrazarlo, de hecho, antes de que empezase a correr, el ya se había levantado y me esperaba con los brazos abiertos. Me abracé a él por primera vez, rodeando con mis cortos brazos su cuerpo. Dada la gran diferencia de altura, mi cabeza no llegaba más alta que a su pecho, donde me apoyé. Él hizo lo mismo, y agachó su cabeza posándola delicadamente encima de la mía. Luego de unos segundos nos separamos tímidamente.

Más tarde recordé que tenía que buscar un objeto concreto para la clase de adivinación, fui a cogerlo, me subí a un altillo y lo alcancé. Cuando lo tuve en mis manos, bajé la cabeza para encontrarme de frente a Draco, su cara a escasos centímetros de la mía. Pasaron unos segundos de incertidumbre y cuando nos dimos cuenta, ambos nos acercamos más hasta que nuestros labios estaban casi rozándose. En el último momento, él reaccionó y yo desperté de mi trance y ambos nos separamos tímidamente otra vez.

A finales de ese mismo mes, volví a subir las escaleras lo más rápido que pude. Hice el ritual de siempre: concentración, objetividad y determinación. Entré por la puerta sigilosamente tratando de no molestarlo, y en cuanto di el primer paso adelante escuché un ruido que ya había tenido la desgracia de escuchar. Un llanto. Me acerqué hasta donde se encontraba el dichoso armario y allí encontré a Draco arrodillado frente a él. Se sujetaba con una mano agarrada a una de las puertas abiertas del citado objeto. Di unos cuantos pasos más para observar lo que había en su interior, hasta que vi un pequeño pájaro de colores azulados con todo el aspecto de estar muerto. Después de varios intentos para comprobar si funcionaba el supuesto pasadizo entre este armario y el de Burgin & Burkes, este pareció funcionar, y a qué precio.

Me agaché y acaricié en la espalda suavemente al joven desolado arrodillado a mi izquierda. Sus hombros se agitaban indicando su llanto angustiado. Él me apartó bruscamente. Yo insistí pero volvió a rechazar mi gesto.

-"No necesito consuelos." - dijo toscamente con un tono seco y monótono.

-"Pero..."

-"No. Necesito. Consuelos." - me interrumpió entrecortado las palabras para acentuar cada una de ellas para que se entendiesen claramente.

-"Está bien." - dije en un suspiro. Me levanté, recogí mis cosas y me fui.