Necesito saber qué os parece la historia últimamente porque noto que estáis algo desanimados y no me siento totalmente realizada al ver que no engancha el fic, sé que ha perdido mucha esencia y que ya me enrollo demasiado sin juntar de una maldita vez a Draco y a Elisabeth, pero creo que es lo que debo hacer para que parezca realista y fiel a los hechos y sobre todo a los personajes, en concreto Draco, porque es en el que más me esfuerzo al desarrollarlo correctamente en personalidad y sentimientos. Espero vuestras respuestas... Disfrutad ;")

(y sabed que ya falta menos para que la pareja se dé cuenta de los sentimientos que tienen el uno por el otro, que ya es hora de que se lancen y se conozcan! XD)


Capítulo 19.

Tras tres o cuatro días, ya estaba recuperado. Realmente me tiene maravillada su fuerza sobrehumana, que no tengo ni la menor idea de dónde, en ese perfectamente esculpido y delgado cuerpo, la esconde. El caso es que nos adentramos en el mes de mayo, y eso significaba que el momento se acercaba. El armario evanescente estaba en perfectas condiciones y en funcionamiento al igual que su gemelo en Borgin & Burkes. Draco estaba desquiciado, de los nervios, se mordía las uňas (de hecho, ya casi no le quedaban), seguía pálido y con un tono enfermizo en su cara. Apenas sonreía. Ni siquiera una sonrisa triste de medio lado cuando le decía algo para animarlo. Si, dejé de lado mi vida escolar y me acoplé a él como una lapa a una roca en medio del mar. Llegué a temer por si me encontraba alguno de mis compañeros o profesores, o peor, Dumbledore. Cada vez que me acordaba de él, en mi estómago se hacía un nudo. Pasamos un par de días en la dichosa Sala de los Menesteres, tratando de buscar soluciones para ese maldito plan.

-"¡¿Es que no te has enterado aún, Elisabeth?!" - gritó enfadado.

-"¡Claro que me he enterado! ¡Como para no hacerlo teniéndote a ti todo el año de aquí para allá como un loco! Por momentos siento como si hubiese sido un fantasma todo el tiempo aquí encerrada." - exclamé al principio, dejando en voz baja la última frase.

-"Tengo que hacerlo." - se repitió a sí mismo una y otra vez mientras caminaba de un lado al otro con esa cara de preocupación y miedo que llevaba desde hacía unos meses.

-"Está bien." - murmuré molesta.

-"Y si que me daba cuenta de que estabas aquí, por si te interesa." - dijo en un tono casi inaudible.

-"Menos mal, empezaba a preocuparme." - contesté sarcástica. Me miró con aires de 'cállate de una vez o te tiro por la ventana'.

El "día D" llegó antes de lo esperado, no sé si porque había perdido la noción del tiempo o porque simplemente no estaba centrada. Había recibido una carta de Narcissa que decía lo que tenía que hacer. Obviamente, no podía quedarme en Hogwarts, así que tenía que volver a la mansión en el preciso momento en que Draco comenzase a desarrollar su horrible e inmunda tarea.

Tenía las maletas más que hechas, y solo estaba allí sentada esperando a que llegase la hora definitiva. Y con Draco caminando de un lado a otro de la Sala, resoplando, bufando, jurando y maldiciendo, con cara más que de preocupación y nervios, de terror y desolación, como si se encontrase en el mismísimo 'corredor de la muerte'. El hecho de verlo así, me estaba poniendo igual de nerviosa. Pero también preocupada. Tenía mis dudas sobre si el pobre chico seria capaz de conseguir su objetivo. No es que pensase que no tenía capacidades como para ello, sinó porque estaba tan confuso como yo. Él no quería hacerlo, pero tenía que hacerlo. Nunca me dijo porqué se veía tan obligado a hacerlo, pero yo me supuse que Voldemort le había amenazado con matarlos a los tres. La familia Malfoy al completo. Y sabiendo el eterno e infinito respeto, cariño, la lealtad y el sentido del deber que Draco tenía con respecto a hacer a sus padres orgullosos de él, no encontró ningún tipo de excusa o salvación que le librase de cometer ese premeditado asesinato a sangre fría.

Debían de ser sobre las siete de la tarde, una tarde oscura y nublada, como si ya supiese lo que iba a acontecer en breves, cuando Draco volvió de su vigilia buscando el momento preciso en que Dumbledore se encontrase solo y desvalido. Volvió apresurado y con la expresión más descorazonadora y triste que jamás le había visto llevar, me miró y asintió a modo de aviso para mi partida. Cuando me levanté, no pude evitar darle un breve abrazo, que él no correspondió. Antes de desaparecer, vi como se ponía frente al armario y se disponía a abrir sus puertas. Respiré hondo y cerré los ojos. A los pocos segundos aparecí en la entrada de la Mansión. Solté mi maleta de mano y suspiré aliviada.

Pasé horas tratando de imaginar lo que estaba ocurriendo en Hogwarts en esos momentos. Desde que los Mortifagos hicieron su entrada, hasta las posibles batallas entre estudiantes y profesores contra ellos, incluyendo, por encima de todo, el calvario de un joven Malfoy cometiendo un asesinato involuntario por su parte, premeditado por Lord Voldemort y a sangre fría por el modo de realizarlo.

El infierno que Narcissa y yo pasamos todo ese tiempo, finalizó bien entrada la noche, con la llegada de los Mortifagos, que incluían a Severus Snape, Bellatrix y Draco. Se podría decir que éste último estaba más desorientado y evadido de la realidad que nunca, comprensible dado el posible trauma que pudo haberle producido el quitarle la vida a alguien.

Lord Voldemort, el Seňor Oscuro y Tenebroso, también se encontraba aquí. Recluido en la 'sala de las reuniones' (como yo la había bautizado). Todos, y digo todos porque yo me vi obligada a entrar también, a petición del mismo Lord, nos sentamos alrededor de la larga y ancha mesa a la espera de una gran represalia, una enorme charla o algún sacrificio humano.

Comenzó Bellatrix, como siempre, la única con la seguridad y confianza suficientes como para hablar directamente a Voldemort. Le explicó cómo recorrieron todo Hogwarts enfrentándose a profesores y algunos alumnos de séptimo año. Y también cómo luego subieron a la Torre de Astronomía, dónde encontraron a Draco acorralando a un desarmado y débil Dumbledore. Fue ahí cuando descubrí que no fue él quien mató al anciano mago, sinó que Snape se encargó de ello en su lugar. Por ello fue felicitado por el mismísimo Lord, y por ello fueron castigados verbalmente los Malfoy. De la oscura boca del Seňor Oscuro salían sapos y culebras, todas cubiertas de veneno mortal, odio y repugnancia, dirigidas únicamente a los tres miembros de la noble familia. Yo siendo testigo de lo terrorífico y rencoroso que podía llegar a ser ese ser. Tanto Lucius como Narcissa se mostraban sumisos y decepcionados, así como temerosos y arrepentidos. Draco estaba en otro mundo. Con la mirada perdida, y con un rostro neutral y sin ningún rastro de emoción y vida. Se podría decir que estaba en modo zombie.

Pronto vinieron los castigos físicos. Horror. Uno por uno recibieron maldiciones cruciatus que aunque no llegaron a dejarlos inconscientes, si los dejaron exhaustos y levemente debilitados. A continuación, Lord Voldemort me miró furioso.

-"Elisabeth, querida... acércate..."

Muerta de miedo, hice lo que me ordenó y me puse frente a él.

-"Creo que estos últimos meses no han ido muy bien, ¿no es cierto?" - asentí -"Por tu aspecto se podría deducir que no. Veo que mis intromisiones en tu descontrolada mente han funcionado. Así como mi predicción sobre ciertos aspectos relacionados con tu... debilidad. ¿Me equivoco?"

-"No lo sé, mi seňor."

-"Pronto lo sabrás. De todos modos, creo que necesitas un pequeño... recordatorio." - sonrió para sí mismo, apuntó con su varita en mi dirección y...

Un intenso dolor me recorrió de arriba a abajo. Grité desgarradoramente. Mi cuerpo escocía, ardía... notaba como si un incendio se hubiese formado en mi interior. Cerré los ojos y debilitada caí de rodillas en el frío suelo. Nuevos focos de dolor surgían en mis extremidades, mi pecho, mi estómago... me retorcía de un lado a otro gritando de sufrimiento. Perdí la noción del tiempo, pero pudieron haber sido unos largos veinte minutos, cuando decidió cesar con su 'entretenimiento'. Aunque ya no aumentaba el dolor, permanecía, de modo que fui perdiendo el sentido y mi cabeza se topó con el suelo con un golpe seco y todo se volvió negro.

Ví una luz clara, casi blanca, centelleante y brillante, deslumbrante. Y a partir de ahí, esa oscuridad en la que caí se estaba desvaneciendo. Dolor, mucho dolor en todas las partes de mi cuerpo. No podía moverme, pero sí escuchar...

-"...y... no sé cómo ni por qué... pero... eres como la luz que me ilumina el buen camino. He descubierto que todavía existe el lado bueno de las cosas. Si te vas, no hay razones por las que sonreír en esta maldita casa. Yo no podría..." - y la voz se interrumpió con una risa triste.

-"Te denunciaría por plagio pero... pero... pero... Agh! me rindo... no sé cómo continuar." - dije sarcástica tratando de sonreír con las escasas fuerzas que me quedaban. Escuché una aspiración esperanzada y de sorpresa, y a continuación un par de pasos acercándose a mi. Me esforcé y entreabrí los ojos. Si, era quien me imaginaba. Esa voz es la voz de un ángel, mi ángel.

-"Hola." - me sonrió con la sonrisa más bonita que había visto en el encantador rostro de Draco Malfoy.

-"Hola." - contesté sonriente.

-"¿Cu-cuánto has escuchado de lo que... dije?" - tartamudeó algo avergonzado.

-"Nah... solo el plagio. ¿Por qué? ¿Es que hay más?" - pregunté curiosa.

-"Eeeeh... no. No." - evitó el contacto visual.

-"Aha..." - asentí dudando de su respuesta.

Me incorporé en la cama y un escalofrío me recorrió la espalda y el cuello. Miré hacía abajo y me di cuenta de que... no llevaba la ropa de ayer. No llevaba ropa. Solo la interior. Me sobresalté, me sonrojé, abrí los ojos como platos, miré de reojo a Draco, quien parecía divertido por mi reacción. Me alegro de haberlo hecho reír, aunque fuese a mi costa. Me apresuré a taparme hasta cubrirme completamente.

-"Eh, eh... no te molestes... ya no hay nada que esconder." - dijo pausadamente con su clásica media sonrisa. -"tenias muchos moratones por todas partes y mi madre fue la que te curó." - levantó las manos al aire a modo de rendición -"aunque... yo le ayudé..." - se río.

Me sonrojé aún más.

-"Pero no creas que ha sido una mala experiencia. En serio, tengo que ayudar más a menudo cada vez que te pase algo."

-"Agh! Cállate."

-"No veo eso de lo que tanto te escondes. Quiero decir... el material es de primera, sólo hay que pulirlo." - dijo en voz pasiva y relajada mientras se iba de la habitación con las manos en los bolsillos de su pantalón de carísima confección.

-"¿Gracias?" - dije confusa por el cumplido que acababa de recibir.

Sobre media tarde me levanté, me duché, me cambié, y bajé a encontrarme con los demás en la Sala. 'oh genial! el rey de la casa está aquí!' comenté sarcástica para mí misma mientras me iba a sentar.

-"Seňorita Elisabeth... me alegro de que por fin se haya recuperado." - comentó Lucius Malfoy con uno de sus típicos tonos de superioridad y orgullo.

-"Gracias, seňor." - contesté educadamente.

-"De hecho... me alegro porque ahora ya puedo decirle algo que desearía dejar claro..." - utilizó un tono algo más antipático y hostil. Me limité a asentir. -"Comprendo su situación... y no me importaba dejar que se acomodase en mi casa... pero esto me parece demasiado. No tengo ninguna duda de que usted ha tenido algo que ver con todo esto. Estoy convencido de que tú has metido esas dudas e ideas confusas a mi hijo. Y por tu culpa ha fracasado y hemos sido castigados, humillados. No permitiré que se repita, y por ello te ruego que te vayas cuanto antes posible." - exigió autoritariamente.

Sin decir ni una sola palabra, me levanté silenciosamente y subí las escaleras. Sabía que esto podría ocurrir, no me sorprendió, solo me cogió desprevenida. Un sentimiento de vacío me cubrió. Estaba totalmente sola. Nadie me iba a resguardar, ni acoger, ni alimentar, ni nada de nada. Cuando estaba cerrando mi última maleta, escuché unos pasos que se acercaban. Draco apareció por el marco de la puerta. No dije nada.

-"Hace..." - suspiró cansado y frustrado -"hace frío, no te arriesgues a coger un resfriado." - dijo con una voz suave y algo entristecido mientras se acercaba a mi, sacando su varita del bolsillo interior de su elegante chaqueta que hacía conjunto con el pantalón de ese traje negro que parecía haberse convertido en su uniforme, de tanto que lo ponía. Se puso detrás de mi y cogió delicadamente un mechón de mi pelo mojado de haber salido de la ducha hacía poco más de quince minutos. Repitió la acción unas cuantas veces más, utilizando, cómo no, uno de sus variados hechizos sin palabras, éste en concreto para secar la humedad. Yo me quedé inmóvil, sin saber por qué de repente se comportaba tan bien conmigo, por qué se preocupaba por mi salud y se molestaba en secarme el pelo por miedo a resfriarme. Sólo notaba escalofríos a lo largo de mi espalda. Escalofríos causados por una sensación de bienestar y sensibilidad cada vez que sus dedos rozaban mi cuello al coger un nuevo mechón de mi cabello. Cuando terminó nos quedamos en silencio por unos segundos hasta que hizo algo que pensé que no era capaz de hacer a alguien que no fuese su madre o su futura esposa, o alguien lo suficientemente cercano como para tener la confianza requerida para ello. Reposó sus brazos en mis hombros y poco a poco fueron abarcando más y más hasta rodear con ambos mi cuello. De hecho, también apoyó ligeramente su mentón en mi cabeza, la cual dejé caer hacía atrás hasta descansar en su pecho. Fue el momento más tierno de mi vida.

El momento despedida no fue muy largo, los tres Malfoy me acompaňaron en el descansillo de la entrada principal, esperando. No dije nada. Miré seriamente a un igualmente serio Lucius, dediqué una breve sonrisa a Narcissa y por último miré esperanzada a un cabizbajo Draco. Cerré los ojos, me concentré y desaparecí.

Hogar, dulce hogar. O mejor dicho: Hogar. Oscuro, vacío y silencioso hogar. Si, ese antiguo apartamento en el eternamente elegante y clásico Londres. La única propiedad terrenal de la familia Hardy, cuyo único miembro, era yo.