Capítulo 20.
Esa sensación extraña al ver que estás físicamente en casa, tras unos largos y horriblemente tediosos meses, pero que no te sientes como en casa. Sí, es el lugar donde crecí, donde aprendí miles de cosas en mi infancia, donde reí y lloré, donde jugué inocentemente durante mucho, mucho tiempo. Pero ya no es un hogar, está oscuro, sin vida. Muebles polvorientos y envejecidos. No hay electricidad, ni agua corriente. Hace mucho que las cortaron por fallecimiento de los contratantes del servicio.
Lo único que me consolaba era que era un lugar conocido, donde no llueve ni hace viento, y no era un puente o un callejón sucio, frío y húmedo, a la intemperie.
No sabía qué hacer para no consumirme en la miseria, tampoco tenía nada que comer, así que decidí acostarme en la vieja cama en mi antiguo cuarto. Fue difícil conciliar el sueño, pero tras un par de horas caí en la almohada exhausta.
A lo largo de unos tres o cuatro días utilicé los ahorros que conservaba para comprar alimentos. Me recluí como un ermitaño en el único lugar parecido a un hogar que me quedaba. Sola. Total y absolutamente sola.
Tras una larga semana y media, ocurrió algo que no creía que ocurriría. ¿Mi salvación? Puede.
Medianoche. Tumbada en la cama con la misma ropa desde que llegué. Incapaz de dormir, incapaz de leer, incapaz de comer o de caminar. Mi estómago se apreciaba ligeramente reducido, más de lo que lo había hecho durante el curso. Miraba por la ventana cómo la calle se iluminaba con las farolas de luces amarillas. Los escasos viandantes con aspectos de lo más siniestro y misterioso. Lloviznaba. Gotas pequeñas y ligeras hacían carreras de arriba a abajo del cristal. Un inesperado crujido del suelo del apartamento me sobresaltó. Parecía proceder del salón. Decidí no hacer nada, simplemente esperar y dejar que pasase lo que tuviese que pasar.
La sombra se acercó más al marco de mi puerta hasta que descubrió a su dueño.
-"Por fin!" - dijo entre suspiros y respiraciones agitadas por el agotamiento. -" Estaba seguro de que te encontraría aquí."
-"Draco... ¿Qué... qué haces a-aquí?" - tartamudeé.
-"Sabes que había lugares menos evidentes en los que esconderte, ¿verdad?" - dijo con una sonrisa triste - "No me creo que no seas capaz de pensar algo mejor, eres una Ravenclaw, al fin y al cabo..."
-"Pero... ¿Qué..."
-"Puedes volver a casa." - me interrumpió.
-"Estoy en casa."
-"No. A casa. La mansión. Tu casa. Mi casa. ¡Ya sabes!" - dijo algo molesto por tener que repetir algo evidente.
-"No es mi casa." - contesté algo seca y monótona, mirando por la ventana.
-"He hablado con mi padre, le ha costado pero ha rectificado. Ya no hay riesgo, eres... eres nuestro nuevo miembro de la familia. Por favor..."
-"Lo siento." - evité su mirada de súplica.
-"Vamos... Por favor." - susurró al arrodillarse frente a mi -"¿Recuerdas mi promesa? ¿Es que no quieres que te ayude? Vamos, sé que te hacía ilusión. Vi tu cara de felicidad cuando te lo dije." - me cogió de la mano -"Por mí." - suplicó mirándome de una forma que nunca le había visto mirar a nadie. Suplicando de la misma forma que lo haría un inocente a punto de ser degollado por su verdugo. No pude evitar rendirme, es mi debilidad, por las barbas de Merlín!
-"Está bien. Tu ganas." - sonreí al ver que su rostro se llenaba de orgullo y satisfacción con su inconfundible sonrisa de medio lado. Abrió los brazos y yo me abalancé sobre él hundiendo mi cara en el hueco entre su cuello y su hombro. Olía a menta fresca con trazas de manzana y un poco a lluvia. Pero sobre todo, desprendía algo nuevo: cariño y aprecio. Percibí una conexión emocional, de comprensión y apoyo, que en un futuro podría llegar a forjarse en algo mucho más fuerte y duradero.
Era demasiado confortable estar abrazada a el. Aportaba calor, como una estufa, pero no solo calor físico sinó también emocional. Protección, seguridad. No por su físico, (que tampoco es para quejarse...) sinó porque inspira confianza. Daba la sensación de que si estás a su lado, sabes que es lo suficientemente poderoso y posee las capacidades necesarias como para protegerte y defenderte. Sinceramente, no quería separarme de él. Pero al pasar unos diez minutos, tuve que obligarme a hacerlo.
Ambos nos aparecimos en la mansión. Narcissa me abrazó al segundo de verme, me sonrió tiernamente y me dio la bienvenida. Me instalé de nuevo en mi cuarto y respiré hondo al finalizar, echando un vistazo a mi nuevo y definitivo hogar.
El lunes siguiente comenzó mi entrenamiento. Me levanté perezosamente, como siempre, pero la ilusión y la determinación me dieron ese empujón para recobrar la energía. En el desayuno, Narcissa se mostró digamos... sospechosamente curiosa.
-"¿Y que tienes pensado hacer vestida así... con ropa deportiva? Si se me permite saber..."
-"Emmm... pues verás. El otro día... Bueno, en enero, más bien. El caso es que-"
-"Quiere entrenarse y ponerse en forma, y yo soy su entrenador, madre." - interrumpió Draco entrando en el comedor con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de su ya inseparable elegante traje negro.
-"¿Ah si?" - Narcissa nos miró primero a uno y luego a otro con ciertos aires de sospecha, desembocando en una especie de satisfacción, finalizando en una sonrisa pícara volviendo a su taza de té caliente. Daba la impresión de que aquello le complació, como si tuviese un plan que estaba funcionando. Como si supiese algo que veía que se iba a cumplir. Como cuando sabes que dos amigos tuyos se gustan, nunca se hablan y un día entablan una conversación que acaba uniendolos de por vida.
Impresionante. Ese es el correcto adjetivo para describir las extensiones de los alrededores de la mansión. Utilizamos el de la parte trasera, ligeramente pequeño pero suficiente para la tarea a realizar. Frustrante. Esa es la descripción de mi primera experiencia. Realmente era un entrenador muy exigente, pero he de admitir que muy eficaz. Autoritario y con las ideas claras, no hay rodeos que valgan. Las cosas se hacen bien o no se hacen. De esa forma, pasó la primera semana y ya empecé a notar cambios. Increíble.
La segunda fue algo más costosa, pero doblemente eficaz. Además, ese jarabe que me hizo tomar parecía ser bueno. Sabiendo el 'genio' que estaba hecho Draco Malfoy en cuestión de Pociones, él mismo se molestó en crear un líquido fortalecedor y energético que me ayudaría a recuperar fuerzas, a mantenerlas constantes en mi cuerpo y que también me devolvería la vitalidad perdida durante cada sesión.
La tercera fue todavía mejor. Una maňana me desperté curiosa, me levanté de la cama, me miré al espejo y allí estaban las mejorías. Satisfacción y autoestima ligeramente en aumento. ¡Ya casi no tenía nada de aquel desastroso cuerpo de antes! Mi vientre, por primera vez en dos años era casi plano. Lo echaba de menos. Ahora si que se podían ver las tímidas curvas de mi silueta. Me vi a mi misma sonriendo como una tonta. Pero tenía una razón, una buena razón.
Los días pasaron y el ambiente general de la casa se mantuvo en suspenso. Ni feliz ni deprimente. Neutro. Bellatrix se había instalado también aquí. Dado que me daba algo de... mal rollo, e incluso a veces miedo, traté de evitarla siempre que fuese posible. Estaba terriblemente loca. De manicomio.
Un mes entero y los cambios fueron evidentes. Hasta Narcissa me regaló algún que otro cumplido. Por fin me sentía bien conmigo misma. Un problema menos. Tachado de mi lista de desgracias.
Pero lo que realmente me hizo sentir extremadamente feliz fue lo que sucedió una maňana perezosa de principios de julio. Esa noche no lograba conciliar el sueño por una repentina ola de calor, así que me quedé dormida. Un murmuro me devolvió a la vida real, aunque no llegué a ser consciente del todo, mantenía los ojos cerrados con la esperanza de reiniciar el descanso. Una voz suave y mágicamente dulce, como la de los ángeles, repetía mi nombre en susurros. Fui lo suficientemente consciente cómo para notar como dos manos firmemente sujetas a ambos lados de mi cuerpo, a la altura de las costillas, me levantaban delicadamente de mi estado anterior: tumbada sobre el colchón y la cómoda almohada. Me sostuvo en todo momento en esa posición de inconscientemente sentada. Hasta fui capaz de oír un murmuro de asombro y fascinación: "Por Merlín, eres preciosa..." exclamó en tono bajo, casi inaudible, esa voz hablando para sí mismo. Los rayos de sol me molestaban reflejando justamente en mis ojos, aunque cerrados, incómodos por la extrema luz. Traté de librarme de ellos de una forma estúpida, haciendo aspavientos con las manos, como espantando moscas.
-"¡Ouch!" - se quejó la voz, provocando que mis ojos se abriesen de repente, y despertándome por completo.
Draco se llevó la mano a uno de sus pómulos, con una expresión frustrada y mostrando un ligero quejido. Clásico ceňo fruncido y labios apretados. Me vi a mi misma saliendo de las molestas sábanas y acercándome hasta donde él estaba sentado al borde de mi cama. Me sentía mal por haberle hecho un pequeño araňazo en su celestial rostro de delicado color pálido y suaves rasgos. Para mi era como intocable, sobrehumano, de otro mundo, una criatura cercana a algo parecido a un ángel caído, pero un ángel al fin y al cabo. Extendí mi brazo y aparté su mano que cubría la herida de minúsculas dimensiones. Acaricié la superficie con el mayor cuidado posible y cuando la examiné, me levanté, cogí una toalla, fui a humedecerla al aseo que había mi habitación y volví a sentarme de rodillas en la cama, justo frente a un inquietantemente silencioso y observador Draco. '¿Por qué me mira así?' pensé. 'Nunca estuvo tan callado.' continué. Justo cuando puse la esquina húmeda de dicha toalla en la supuesta herida, hizo un amago de quejarse, y me agarró por la muňeca. Le miré sorprendida y algo asustada, pero lo único que hizo fue acercarme más a él, de modo que, cuando estuve lo suficientemente cerca, se inclinó hacia mí y unió sus labios con los míos. Otra vez con la mente en blanco. No pude hacer otra cosa que hacer caso a mis instintos y dejarme llevar. En dos o tres segundos ya estaba correspondiendo el beso con la misma pasión y necesidad. Su experiencia y talento natural no tardaron en conseguir la perfecta sincronización de nuestros labios. El beso duró más de un minuto, y a ambos nos importaba nada que nos llegasemos a quedar sin aire, porque lo único imprescindible y urgente era juntar lo máximo posible nuestros labios, con miedo a separarlos. Demasiado tiempo esperando este momento. Demasiado tiempo deseando repetir aquel primer beso en la Sala de los Menesteres. Urgencia y necesidad, así describiría las causas por las que ocurrió esto. Urgencia porque ambos pedíamos a gritos volver a tenernos el uno al otro unidos por nuestros labios sedientos y deseosos de amor. Necesidad porque era evidente que los dos precisábamos de esto más que nada, desde hacía mucho, mucho tiempo. Apasionado y furioso, rudo y tierno. Así era su forma de besar. Todavía mejor que aquella primera experiencia de hace meses. Esta vez ya nos conocíamos lo suficiente como para permitirnos una extensión de minuto y medio, diría que dos. Pausamos para recuperar aire, ambos con las respiraciones agitadas, mirándonos a los ojos. Oh seňor, pero que bonitos eran sus ojos. Inclasificables entre el azul cielo y el gris plateado. Brillantes y llenos de vida. Increíblemente expresivos y grandes. Se podía ver su alma a través de ellos. Me eché a reir como una niña pequeña ilusionada y emocionada por un feliz acontecimiento. Debí de contagiarle la risa, porque al momento él también sonreía como un imbécil. Menudo par de tontos.
-"Emm... creo que debería irme." - dijo mientras se pasaba la mano por detrás de su cabeza, síntoma de incomodidad por lo que acababa de ocurrir. Nunca creí que precisamente Malfoy, Draco Malfoy, reaccionase de esta forma tras besar a una chica. Me imaginaba que sería completamente natural y orgulloso, abierto y sin timidez o vergüenza. Pero nada de eso, de hecho, parecía levemente sonrojado. 'Aww... Qué mono", pensé cuando se dirigía a la puerta y desaparecía.
