Capítulo 23.

Inicios de agosto. Calor... moderado. Ambiente general en la mansión... neutral. Estado de ánimo... aburrida e inquieta como un perro que lleva sin salir de casa semanas. Nivel de desesperación... otra vez echando de menos a Draco, a pesar de estar pared con pared.

Definitivamente, era adicta a él. A su imagen en si. A su persona en toda su extensión. A su forma de caminar, a su altura, sus rasgos faciales, sus ojos inclasificables por color, a su increíblemente impecable pelo rubio platino claro como la luz de un día soleado, a su voz, a su sonrisa burlona y vanidosa... Hacía ya demasiado tiempo que no sonreía, y eso lo odiaba. Odiaba no ver su boca arqueada con las comisuras en lo más alto, indicando que, en efecto, sonreía.

Desistí de mi reclusión y me fui a buscar un entretenimiento. La biblioteca pareció un buen lugar, ya que tampoco había muchos más sitios donde pasar el rato en aquella mansión. Me acordé de aquella búsqueda que tenía pendiente, aquella sobre las amazonas y esas leyendas. Tenía tiempo de sobra, así que no me importó pasarme allí el día entero, y así lo hice. Toda la mañana, con una pausa para la comida, y luego toda la tarde. Logré encontrar un par de ejemplares con leyendas antiguas que hablaba sobre ellas, pero seguía sin datos concretos sobre el tema. Quería características físicas y psicológicas, épocas, fechas, logros... algo que me indicase el por qué Draco me había llamado así en Navidad.

El cielo fue oscureciendo, pero yo estaba centrada en mis pensamientos. Tan centrada que ni me di cuenta de que me observaban.

-"¿Se puede saber qué buscas?" - una voz rompió el silencio sepulcral del amplio espacio de la habitación, haciendo que diese un salto a causa del susto. Me di la vuelta y allí estaba dicho sujeto, tan tranquilo, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, llevando una expresión de indiferencia. 'Wow! Hace mucho que no lo escuchaba hablar' pensé.

-"Ehmm... nada, una cosa que quería... consultar..." - contesté en un hilillo de voz, casi para mí misma. No me atreví a mirarle. Demasiada tentación y recuerdos de las últimas veces que nos... encontramos.

-"Y esa cosa... ¿es?" - preguntó interesado.

-"Mmmm... pues..." - estaba pensando una excusa para ahorrarme el embarazoso momento de explicarle que desde Navidades estaba intrigada por aquello que le oí decir ese día, pero fui interrumpida por una mano que me arrancó bruscamente el libro que tenía en la mano.

-"¿Leyendas antiguas?" - preguntó extraňado -"¿Qué quieres saber sobre leyendas antiguas?"

-"Bueno, pues... el otro día. Más bien, hace unos meses escuché algo sobre-"

-"¿Amazonas?" - levantó una ceja a modo inquisitivo.

-"S-si..." - respondí en voz muy baja, incapaz de mirar al frente.

-"Me lo imaginaba." - afirmó conocedor de mi respuesta con antelación.

-"¿Q-qué? ¿Cómo?" - '¿como demonios lo ha adivinado?' pensé.

-"No eres muy difícil de rastrear. ¿No has pensado en que cabe la posibilidad de que, aquel día en que te salvé de comerte el suelo desde lo alto de esa escalera de allí, haya vuelto más tarde a mirar en la misma estantería donde buscabas, y así saber qué libros consultabas?" - explicó en modo sabelotodo, con esa cara de satisfacción y algo de arrogancia que utilizaba tan, tan a menudo en Hogwarts.

-"Oh, ya..." - razoné lo que había dicho y me sentí estúpida, otra vez.

-"¿Sigues interesada en saber sobre ellas o vas a quedarte ahí petrificada todo lo que queda de día?" - preguntó con ese tono despectivo típico de su repertorio, aunque he de reconocer que era la primera vez que no parecía despectivo, sinó más bien afectivo-amistoso, como si hablase con una amiga o hermana.

-"¿Qué? Ah! Si." - lo reconozco, estaba algo... descentrada.

-"Por Salazar! No entiendo por qué cada vez que hablamos pareces uno de esos Weasley. Y sé perfectamente que no eres así de estúpida, al contrario, pero a cada conversación te conviertes en una persona torpe y distraída. Deja eso, en serio." - exclamó haciendo aspavientos en el aire, entre frustrado y sorprendido.

-"Lo sé." - respondí avergonzada e incómoda.

-"Prométemelo." - me seňaló directamente con su dedo índice y una mirada esperanzada.

-"Ha-haré lo que pueda." - levanté las manos a modo de rendición.

-"Entonces ¿quieres o no?" - preguntó otra vez.

-"¿Qué-Ah! Si, claro." - 'céntrate Elisabeth, por Merlín.' repetí varias veces en mi cabeza.

-"Permíteme un segundo..." - hizo un gesto para que me apartase. Di un paso hacia atrás y en seguida comenzó a escanear los títulos de los lomos de los libros situados justo frente a sus ojos. Luego se agachó y miró entre aquellos que estaban a esa altura. Al final extrajo como cuatro libros distintos, se giró, y me ordenó seguiré con un movimiento de mano. Resulta que en la zona más oculta de la biblioteca había una mesa gigante hecha de viejo roble, con unas sillas de la misma edad a su alrededor. Se sentó y explayó todos los libros en toda la mesa. Yo me senté cautelosamente sin perder un detalle de todos sus movimientos. Era simplemente, fascinante. Cómo rebuscada por todas las páginas seriamente concentrado, y se le iluminaba el rostro cuando encontraba lo que buscaba, dejando el libro frente a mi para dejarme leerlo. Realmente me tuve que esforzar para despegar los ojos de él y mirar las letras y frases justo debajo de mi codo, que sujetaba el brazo, cuya mano estaba reposando sobre mi mejilla. Seguramente parecía la típica cría de instituto admirando a su príncipe azul.

-"Mira al libro." - dijo sin alzar la vista con un tono suave pero con intención de regaňarme y hacer que me centrase. Y lo hice, pero también me sonrojé.

Encontré cosas muy interesantes, sobre todo sus aventuras legendarias y fantásticas, pero lo que más me gustó fue la parte en que describían el carácter y las características de esas figuras de historias de ficción. Eran guerreras, mujeres guerreras. Mujeres fuertes, de complexión sana y fuerte. Independientes y luchadoras. Mujeres poderosas que se enfrentaban a los hombres, en demostración de las capacidades del sexo femenino frente al masculino. No inferiores, sinó iguales. Durante todas las épocas de la antigüedad: griegos, romanos, edad antigua, medieval e incluso el siglo XX, representadas cómo mujeres hermosas y guerreras.

-"Increíbles." - comenté asombrada observando uno de los grabados de la parte superior de la página que acababa de leer.

-"Eso pensaba yo cuando era pequeño y leía esos mismos libros." - respondió relajadamente echándose hacía atrás apoyado en el respaldo de la silla.

-"¿Que los leías de pequeño? ¿De verdad?" - pregunté asombrada desviando mi mirada hasta la suya buscando una respuesta. Me imaginé a un pequeño Draco Malfoy con ese enorme libro, probablemente más grande que él, apoyado sobre sus pequeñas piernas de niňo, y fascinado con los dibujos e ilustraciones de estas mujeres. Casi me derrito de lo mono que se veía en mi mente.

-"Siii. De hecho... siempre quise una para mí." - explicó repentinamente entusiasmado.

-"¿Que querías una... amazona?" - cuestioné boquiabierta ante su confesión.

-"Si, de verdad que quería una para mí solo. Bueno... la verdad es que aún quiero una. Sooolo para mí. Una amazona... wow! tienen que ser grandiosas." - pasó de una actitud casi infantil a una sonrisa lujuriosa y ansiosa.

-"Ya veo..." - dije con una media sonrisa dándole a la cabeza de un lado al otro, como diciendo 'menudo elemento está hecho este chico'.

-"¿¡Qué!? ¿Es que es malo tener fantasías? Estoy seguro de que tú tampoco te libras." - protestó y luego cuestionó con cierta sorna.

-"Todo el mundo tiene. Yo no he dicho nada en contra de eso."

-"¿Eso es un sí? Ha! Lo sabía!" - dijo triunfante -"y... ¿de que van las tuyas, eh?" - frunció el ceňo en modo acusador.

-"Privado." - contesté rápidamente, aunque en mi mente gritaba 'Tú! Sobre tí, imbécil!'.

-"Algún día lo descubriré." - dijo pensativo y con determinación y tono decisivo.

-"Oye... y... cuando el otro... día... ¿a cual te referías? ¿A la poderosa y fuerte... o a una de aquellas a las que representan en actitud de... rendición y humilladas? Como... en esta foto de aquí." - me atreví a preguntar, enseňandole una imagen en la que se veía a una amazona tumbada en el suelo, sin arma, desprotegida y sin fuerzas.

-"Una como esta..." - contestó suspirando mientras buscaba entre las páginas hasta que se detuvo en una y la seňaló con el dedo. Era preciosa. No era una de esas que parecían gigantes con pechos enormes y rasgos masculinizados. Era una mujer normal, bien proporcionada, con rasgos muy femeninos y dulces, pero una actitud fuerte y segura de sí misma, capaz de autodefenderse. Largos cabellos negros como el azabache, al igual que sus ojos. Amplias caderas y curvas bien delimitadas a lo largo de su figura. En una mano llevaba una especie de lanza tan alta como ella, que se apoyaba en el suelo, y en la otra portaba una espada brillante y afilada, imponente.

-"¿De verdad?" - pregunté totalmente asombrada.

-"¿Es que siempre tienes que cuestionarme todo lo que digo? ¡Pues claro!"

-"Lo siento."

-"No hay que disculparse cuando no se ha hecho nada malo, recuérdalo."

-"Ya."

-"¿Te referías al día después de Navidad, verdad?"

-"¡Mira ahora quien cuestiona a quien!"

-"¿Si ó no?"

-"Si."

-"Pues era esa, si."

-"Gracias." - sonreí ampliamente.

-"No es un cumplido, es la realidad."

-"¿De verda-Oh! Perdón, lo olvidaba." - me interrumpí a mí misma antes de volver a cuestionar sus respuestas, y me sonrojé, otra vez. Soltó una carcajada. La primera en mucho tiempo, y no decepcionó en absoluto, su sonrisa iluminaba toda la biblioteca.

-"¿Vienes?" - dijo ofreciéndome su mano. Ni me había dado cuenta de que ya se había puesto de pié y estaba frente a mi. Le dí la mano y me ayudó a levantarme.

Ambos salimos del tremendamente espacioso lugar, cerró la puerta tras de sí y sin soltarme la mano, me condujo a nuestros cuartos. No sin antes de dejarme entrar en mi habitación, tirar de mí para acercarme a él y atrapar mis labios con los suyos posesivamente aunque de una forma dulce y suave, sin prisas. Dio unos pasos hacia delante empujandome consigo en esa dirección, hasta que mi espalda chocó con la puerta de mi cuarto, algo que no logró apartarnos, sinó apresurar el ritmo del beso, hasta que fue imprescindible respirar y nos separamos. Yo no pude evitar reírme tontamente, cosa que sí le hizo volver a sonreír antes de desaparecer por el marco de la puerta.