Capítulo dos

Athena y Pegaso

- ¡E-espere, Sh-Shaina!

- ¡No seas un cobarde, maldita sea!

Dentro de la gran maleza, resonaban fuertes impactos, seguidos de gemidos y gritos de dolor. De entre los árboles, un joven sale elevado por los aires, admiró la belleza de la una plena luna, para caer nuevamente contra el suelo.

- ¡¿Cuándo aprenderás, Kouga, cuándo?!

- P-pero… Shaina.

- ¡Pero nada! ¿Qué parte de que debes entrenar para ser Santo no entiendes? ¡Dime!

- ¡Shaina, no lo entiendo, de verdad! ¿Por qué no me explican para qué debo ser Santo? ¿Por qué no sé quién es esa tal Athena?

- ¡No le faltes el respeto, mocoso de mierda!

El joven salió expulsado del frondoso bosque, y cayó en la costa de lo que aparentemente era una isla, esa zona playera era pequeña, y la arboleda crecía por sobre una elevación del terreno no muy lejano a la costa. El joven, llamado Kouga por una voz femenina, se hallaba tendido en la arena, bañado suavemente por el calmo oleaje. Vestido con una ropa similar a los antiguos guerreros griegos, provisto de hombreras y pechera de un metal muy pobre, cubierto hasta los codos por guanteletes, un cinturón de cuero sostenía sus ropajes blancos desgarrados y magullados, también se protegía de la rodilla para abajo, y calzado con zapatos de cuero. Su color de cabello era extrañamente peculiar, parecía vino, muy alborotado, largo hasta la nuca, donde el vino se tornaba ligeramente más claro. Sus ojos, cerrados los abrió con dificultad y mostró sus ojos de miel.

Desde los árboles, una figura femenina emergió, cubierta por una máscara, aunque se le notaba el porte maduro, por detrás de la máscara caía un cabello verde de tonalidad clara. Ella no era otra que una Santo que incluso desde antes a la batalla de Hades ha servido fielmente a Athena, Shaina, de la constelación de Ophiuchus. Se acercó lentamente al joven, se agachó y lo tomó por su pechera, alzándolo.

- ¿Acaso así pretendes vivir? ¿Como un cobarde que huye de su destino?

- ¿Qué destino? ¿De qué vida hablas? ¡Solo hablas de entrenar, entrenar, ser Santo, Athena esto, lo otro! – Reclamaba el muchacho, tratando de zafarse de las manos de Shaina. - ¡Y yo no entiendo ni una mierda de de lo que hablas! ¿Por qué no al menos me dices quién es Athena?

- Kouga… - A través de su máscara, Shaina le daba una mirada de duda. – No es el momento, no aún.

- ¿No es el momento? ¿Cuándo será, eh, cuándo?

- Kouga… Sigamos entrenando. – La Santo lo soltó, Kouga cayó nuevamente en el agua, pero se negó a levantarse.

- ¡No entrenaré, no hasta que me digas siquiera quien es Athena!

- ¡Silencio, ya me tienes harta, deja de ser un niño quejoso! ¡Entrenarás si no quieres que termine matándote, maldita sea!

Llena de furia, Shaina extendió su mano, mostrando unas afiladas uñas púrpuras, de ellas brotaron fuertes descargas eléctricas que direccionó hacia el muchacho, quien rápidamente tomó una pose defensiva. Ophiuchus quedó pasmada con lo que vio en ese momento, su ataque fue detenido por las manos de Kouga, envueltas por un aura celestina, la electricidad que corría las hizo agitarse, pero definitivamente no produjo ningún daño, finalmente la descarga se desvaneció en el aire.

- Kouga… ¿Cómo demonios…? – Se preguntó la mujer, sorprendida por la hazaña del joven.

- N-no tengo idea, fue simplemente reflejo… - Respondió Kouga, ligeramente asustado.- ¿Por qué mis manos brillaban? ¿Y por qué pude detener tu ataque?

- Ese es el Cosmos, niño, el Cosmos que vive dentro de ti, ¿no pudiste sentir el poder que corría a través de tus venas?

- S-sí, de hecho, sentí como una energía increíble en todo mi cuerpo.

- El Cosmos es la energía interna que poseemos los seres humanos, y mira con qué poderoso Cosmos has nacido, Kouga, que pudiste destruir mi técnica.

- ¿Pero cómo lo logré…?

- Es algo increíblemente simple, Kouga, lo que hiciste fuiste destruir los átomos con tu poder.

- ¿Átomos?

- Así es, todo está compuesto por átomos, tú, yo, esta arena, el agua… Incluso las estrellas, las inmensas y brillantes estrellas… El principio básico que debes aplicar es el de enfocarte un punto exacto para destruir, debes enfocarte, debes sentir la energía del Cosmos a través de ti, y liberarla.

- Hm… Creo que lo entiendo, Shaina, aunque parece difícil… - Dijo algo desanimado.

- ¿Difícil? Esa palabra no existe para los Santos, Kouga. – Replicó Shaina. – Los Santos son capaces de realizar los milagros más impresionantes, así lo hizo Seiya… - Cierta angustia se apoderó de su voz.

- Seiya, Seiya… - A su mente venía una borrosa imagen de alas doradas, algo no le quedaba claro del todo.

- Con el Cosmos de tu corazón, nada existe, Kouga, recuerda, nada existe que no puedas enfrentar y superar, recuérdalo… Brilla, brilla como una gran estrella…

[…]

- Tatsumi, ¿aún Kouga está entrenando?

- Así es, señorita Saori.

- Ya veo.

- Parece que algo lo ha motivado entrenar más tiempo de lo normal, para esta hora…

- Para esta hora, ya estaría aquí con flores para mí… Ah, me alegra que madure y crezca, sin embargo, también me preocupa.

- ¿A qué se refiere?

- Temo que la batalla lo tome por desprevenido y…

- Seiya también fue tomado desprevenido, y sin embargo, se convirtió en todo un hombre a los puros golpes.

- Verdad, pero sin embargo, no me gustaría que le pasase lo mismo, no es necesario.

Saori, la diosa Athena, se hallaba recostada en una cama de lujo, al igual que la habitación entera. A su lado, acomodando algunas tazas en una bandeja de plata, se hallaba Tatsumi, su mayordomo de toda la vida, calvo, con bigotes ya canosos, alto, vestido con un traje violeta. Mientras tanto, oyen el caer de un árbol.

Fuera de una gigantesca mansión, Shaina y Kouga entrenaban a plena luz del día, sin embargo, el muchacho no estaba haciendo progreso alguno.

- ¡Kouga, vamos! ¿Qué sucede? - Le decía la mujer, impaciente.

- N-no lo entiendo… ¡Ayer pude!

Se encontraban en un pequeño claro del bosque, Kouga se levantaba del suelo, preparado para el próximo ataque de su maestra.

- Sabes, Kouga, creo que tengo una pequeña idea…

- ¿Ah? ¿Cuál…? – Mientras balbuceaba las palabras, lo tomaron por sorpresa y exclamó: ¡La puta…!

Shaina velozmente se acercaba con sus garras en alto, desprendiendo chispas eléctricas de ellas, ante lo que Kouga reaccionó casi por acto reflejo lanzando un puñetazo para contrarrestarlo, sus manos fueron atrapadas por las de Shaina, comenzaron un pequeño forcejeo, hasta que el muchacho empuja un poco hacia delante, sorprendiendo a su maestra, acto seguido, lanzó un golpe hacia el estómago liberando energía cósmica, Shaina salió despedida un poco hacia atrás, pero ya Kouga estaba preparado para su siguiente ataque, repitió un nuevo puñetazo hacia delante que soltó un gran rayo de energía, Shaina lo esquivó por los pelos, mientras veía como destrozaba unos cuántos árboles.

- Sh-Shaina… ¡¿Viste eso?! ¡Lo logré, lo logré! – Decía Kouga muy entusiasmado, con los brazos hacia arriba.

- Parece que bajo la correcta presión, logras liberar más de tu poder… - Comentó Shaina, jadeando un poco, parecía algo asustada por el ataque que Kouga había lanzado.

- ¡Genial, sigamos entrenando, Shaina!

- No, es suficiente por hoy, es bueno que te entusiasmes con el entrenamiento, sin embargo, es malo exigirte de más, ¿comprendes? – Corregía la Santo mientras se reincorporaba, con una voz más clara y seria que antes.

- Hm… Ya veo. – Dijo el chico, algo desanimado. – Bueno, en fin, creo que ya casi es hora del almuerzo, iré a buscar flores para la señorita Saori, ¡nos vemos, Shaina!

Partió entonces el joven, animado, perdiéndose entre la maleza, mientras tanto, Shaina esperó a que este se alejase lo suficiente, para caer con rodilla en tierra, tomándose el estómago con sensación de dolor.

- Ese golpe… Fue muy fuerte, ese pendejo tiene un Cosmos impresionante, sin embargo… -Recordó cuando Kouga lanzó su segundo golpe. – Puede convertirse en una bestia que Athena se ha esforzado por adormecer…

[…]

- ¡Sí, son para usted, Señorita Saori!

- Oh, Kouga, qué dulce, no estás obligado a ir a buscar flores para mí todos los días…

- No es una obligación, me gusta verla sonreír cuando se las doy.

- Me alegra que seas un chico tan amable, Kouga, me enorgulleces.

En el comedor de la gigantesca mansión, plácidamente, Kouga y Saori tomaban un ligero almuerzo que Tatsumi recién traía en bandeja de plata, mientras se alejaba le dirigió una mirada a Kouga quien interpretó con mal humor.

- ¡Oye, no me vas a privar de jugar mis videojuegos, hoy entrené mucho y muy duro!

- ¡De ninguna manera, chiquillo insolente! Acordamos que solo dos veces a la semana, ¡y ya te encerraste dos días el último fin de semana! – Respondió furioso.

- Pero si me estuve esforzando como un loco… - Replicó el muchacho.

- ¡NO-ME-IMPORTA! Hoy ayudarás con los arreglos del jardín y la limpieza, ¿me oyes?

- Vamos, vamos Tatsumi, no hay necesidad de tanta discusión. – Interrumpió Saori, forzando a Kouga a que empiece a comer, este obedeció mientras observaba de refilón al calvo mayordomo, aunque rápidamente se olvidó de su existencia y comenzó a comer como desesperado.

- Oye, oye, ¡te va a hacer mal! – Se asustó Saori.

En ese preciso momento, un pedazo de carne se le atraganta, debieron sacarle esa porción de un golpazo de la espada de Kendo de Tatsumi, quien respondió oportunamente a la necesidad, en tanto, Kouga no podía parar de toser, hasta que casi se le salió su primer comida.

- ¡Eso te pasa por apresurarte y ser tan atarantado! – Le reprochaba Tatsumi, ante las débiles entre-risas de Saori quien los veía pelear como dos niños, en un momento, ellos también comenzaron a reírse de sí mismos.

[…]

La tarde recaía en la pequeña isla con forma de Luna creciente, rodeada de bosques y con la gran mansión en el medio, con una pequeña playa, por donde Kouga y Saori caminaban. Kouga para este momento se había vestido de manera más casual, calzado blanco y rayas rojas, en la solapa decía "New Star" en brillantes letras rojizas; jeans celestes, y una remera manga corta con motivos color vino en la espalda. En el cuello colgaba un collar que se ocultaba por debajo de la remera.

- Señorita Saori… Sabe, tengo una pregunta que quizás usted me quiera contesar.

- ¿Sí, Kouga, qué es?

- ¿Quién…? ¿Quién es Athena? ¿Por qué no la conozco cuando se supone debo luchar por ella?

- Athena… Pronto lo sabrás, Kouga, en su debido tiempo sabrás quién es Athena.

- Es que no me siento motivado, ¿me entiende, señorita? No comprendo cómo puedo luchar por quien no conozco.

- Complicado, ¿verdad? Mucha gente cree en alguien que no conoce y lucha en la vida gracias a dicho alguien, aunque quizás esa lucha sea en vano, ¿te parece difícil intentarlo?

- Pues… Sí, ¿cómo no? ¿Qué lógica tiene eso?

- Créeme que en ciertas circunstancias, diría lo mismo que tú, pero… Espera.

El clima parecía muy plácido, pero una extraña brisa lo enrareció en un instante, algo definitivamente no estaba bien, miraron hacia las aguas, que comenzaron a agitarse en pequeñas ondas, hasta que estas se tornaron un poco más violentas. Finalmente, como signo de mal augurio, vieron que las nubes se tornaban a un rojizo muy intenso.

- ¡Kouga, huye, huye ahora mismo! – Exclamó Saori mientras intentaba que el joven se alejase, aunque este no podía hacer caso.

- ¡N-No puedo señorita Saori, tengo que quedarme con usted, algo malo podría pasar!

- ¡Nada de eso, huye de aquí ahora mismo, te lo pido por favor! – Tomó las manos de Kouga, y casi al borde de las lágrimas, se arrodilló, rogando que se largara de allí.

Muy tarde, muy tarde hace unos segundos, muy tarde ahora, y definitivamente tarde después, el peligro ya se había desatado, y latía con una increíble fuerza. Sobre el mar, vieron como una gigantesca llama color carmesí, que se desvanecía, develando poco a poco la figura humanoide, compuesta por una extensa armadura negra, unida por un torso que reflejaba el infinito universo.

- Athena… - Dijo, apenas se lo vio claramente, los ojos de la interpelada se asustaron muchísimo al identificar al intruso.

- A-A-A… ¿Athena, dijiste? ¿Acaso Saori, la señorita Saori…? – Balbuceaba Kouga.

- Yo… Kouga…

- ¡Oye, la señorita Saori…! ¡¿Es Athena?!