Mi Rey.

Capítulo cuatro: La princesa.

Cuando despertó a la mañana siguiente, Rangiku y Kouzu tenían el desayuno listo para ella. El día lo pasó tranquilo con ellos, cuando anocheció tuvo miedo de que su esposo fuera a molestarla otra vez, pero afortunadamente no se apareció en todo el día, ni siquiera para encerrarla.

Pudo dormir tranquila e ir al comedor a desayunar al otro día, aunque su sonrisa se borró al verlo allí comiendo tranquilamente. Se sentó en el otro extremo de la mesa y comió en silencio, mirándolo de reojo aunque él ni una vez pareció fijarse en ella.

Terminó su desayuno y se retiró directo a los establos para ayudar allí y tal vez montar a Mei, pero al llegar se encontró con sorpresa a todos arremolinados alrededor de su querida yegua, que se encontraba postrada y con un aspecto realmente malo.

De inmediato corrió a su lado, absolutamente preocupada.

Al verla le hicieron espacio y se arrodilló junto a ella, acariciando su hocico a lo que relinchó débilmente. Su boca estaba reseca y su respiración acelerada, sus ojos normalmente dulces parecían apagados y lagrimosos. Su corazón se partió por completo al verla así.

La acarició con suavidad y preguntó a los siervos por su estado, a lo que todos contestaron que había amanecido así pero no podían saber qué era lo que tenía. Karin se sentía al borde de las lágrimas con la posibilidad de perder a su amiga equina, y cuando alguien menciono sacrificarla para que dejara de sufrir casi lo ahorca hasta la muerte porque ¿cómo se atreve? Para ella era absolutamente impensable perder a Mei, enloquecería sin Mei.

Se negó a apartarse de su lado en toda la noche, temiendo que no la sobreviviera, por lo que esta vez sí se quedaría a dormir allí solo que voluntariamente y con gruesas mantas que su dama principal había insistido en colocar sobre ella cuando descubrió que no iba a hacerla ceder en su terquedad de no abandonar los establos.

Apenas durmió, cuando finalmente cedía al cansancio y se sumergía en el mundo de los sueños el miedo por Mei la hacía volver a abrir los ojos y despabilarse para cuidar de ella. Su corazón se llenaba de miedo cuando ella se removía inquieta o soltaba un sonido lastimero, si esa yegua moría su corazón moriría con ella, todo el amor que le quedaba moriría, ese ser era el único al que no le importaba si era o no era la reina, porque no entendía de status en lo absoluto, el amor de los animales era el más puro, y ella se había ganado el de Mei, su amor la consoló, y si perdía ese consuelo no lo resistiría.

Cuando amaneció y notó a su amiga seguir respirando, soltó lágrimas del puro alivio, y justo en ese momento alguien ingresó al lugar. Ella le sonrió a ese alguien, pensando que era un sirviente o su dama, lista para dar la noticia de que Mei estaba viva, pero al ver que era Hitsugaya su sonrisa se esfumó como siempre.

-¿Qué haces aquí?- masculló con acidez, secándose las lágrimas. -¿Vienes a encerrarme durante el día también?-

-Cierra la boca.- rodó los ojos con cansancio. -¿Ese es el caballo enfermo que tanto amas? ¿Sobrevivió la noche?- preguntó aunque sin sonar con el mínimo interés.

-Se llama Mei.- frunció el ceño. –Y sí, aunque…- sus ojos se llenaron de lágrimas al volver a ver a su amiga agonizando. –N-no creo que pueda vivir por mucho tiempo más…- cubrió su boca con su mano y cerró los ojos fuertemente, luchando por no llorar.

-Ya veo.- él suspiró brevemente. –Entonces hice bien en enviar una carta a mi hermana la noche anterior. No creí que esa yegua sobreviviera pero ahora que lo hizo supongo que su visita no será en vano.- comentó aun sonando como si no le importara.

-¿De qué demonios estás hablando?- sabía que su tono era demasiado insolente, pero en ese momento no le importaba.

-Mi hermana la princesa está instruida en la doctrina de las ciencias veterinarias. Si lo que tiene tu yegua es curable entonces ella lo curará.- Karin se quedó completamente en blanco mirándolo.

-T-tú… ¿Por qué hiciste eso?- murmuró sin comprender.

-Creí habértelo dicho, eres una reina, si tienes caprichos solo debes pedirlos y se te cumplirán…-

-¿No esperarás que con esto acepte pasar la noche contigo, o sí?- entrecerró los ojos.

-No soy tan ingenuo.- bufó. –Además, no creas que mi vida gira alrededor de ti, tengo otras cosas con las que tratar aparte de lidiar con una chiquilla malcriada.- Karin frunció el ceño, si ella tenía dieciocho y él solo veintiuno… -Me iré de viaje por unos días para supervisar algunas cosas de la guerra, y no quiero que hagas alguna tontería por la depresión si ese animal se muere. Aparte, mi hermana deseaba conocerte, así que espero que no muestres tu insolencia ante ella que se quedara contigo durante mi ausencia.-

La pelinegra bajó la cabeza y acarició suavemente a Mei, sintiéndose incapaz de enojarse con su esposo si es que iba a traer a su hermana para que la curara.

-Seré sumamente respetuosa con la princesa, Toshiro-sama. M-muchas g-gracias…- agradeció humildemente, manteniendo la cabeza gacha.

Lo oyó chasquear la lengua.

-¿Realmente aprecias a ese animal, eh? Descuida, mi hermana llegará en un par de horas.- ¿estaba confortándola? Lo miró desconfiada pero asintió a sus palabras. –Y en cuanto ella venga ve a comer algo, por todos los cielos, y también duerme, y dúchate, una reina debe verse digna.- sin más se dio la vuelta comenzando a retirarse.

-Lo haré…- quería replicarle pero decidió que por esa vez se guardaría sus "insolencias". No podía creerlo pero gracias a él tal vez Mei pudiera salvarse. –…Mi rey.- esta vez no hubo goteo de sarcasmo venenoso en sus palabras, solo lo dijo porque… ¿quiso?...

-Eso espero, mi reina.- habló en voz tan baja que apenas lo escucho, antes de por fin desaparecer por la puerta.

Ella suspiró, acariciando a Mei antes de ir por algo de agua para darle en lo que esperaba a la princesa.

Pasó lo que le pareció una eternidad pero en realidad probablemente fue una hora antes de que la princesa llegara en compañía de Rangiku, justo cuando Mei estaba particularmente mal y lanzando alaridos.

-¿P-princesa?- inquirió esperanzada a la dulce mujer de apariencia un poco mayor que ella, que le sonrió con calidez. Su cabello era de un marrón muy oscuro y sus ojos color chocolate, ella era pequeña, aproximadamente de su altura, y parecía ser el auténtico rostro de la inocencia. ¿Cómo podía ese angelito de azúcar ser la hermana del rey monstruo?

-Mi reina.- la princesa se inclinó respetuosamente, antes de soltar una risita y mirarla con ojos brillantes. –Oh, lo siento, realmente no soy buena con las formalidades.- sonrió y ella le devolvió la sonrisa aunque a penas. –Soy Hinamori Momo, ¡tu cuñada!- dio brinquitos hacia ella y la tomó de las manos.

-Soy K… Hitsugaya Karin.- dio una pequeña inclinación de cabeza. –T-tú… ¿puedes ayudar a mi yegua Mei, la de allá? Está muy mal y realmente me preocupa.- su preocupación por ella ofuscaba cualquier alegría por conocer a su cuñada al fin.

-Oh, ¡claro, claro, que tonta, lo siento! Me ocupare de inmediato.- la soltó y se acercó a la equina. –Que chica tan linda tienes aquí… veamos qué pasa…- comenzó a revisarla.

En lo que la princesa revisaba a Mei, Karin decidió acatar las órdenes del rey e ir a ducharse para luego conseguir algo de comer. Estaba muy preocupada por su yegua pero lo había prometido, en cierta forma, aunque sí que no iba a poder dormir nada.

Apenas terminó de realizar los encargos del rey volvió a los establos rogando porque la princesa haya logrado que Mei mejorara.

-¿Cómo está?- preguntó con urgencia arrodillándose junto a la princesa que estaba revisando algo dentro de la boca de la yegua.

-Sufre de una indigestión grave…- informó seria. –Podría ser mortal, pero creo que aún puedo salvarla.- frunció el ceño, pensativa.

-¿Puedes?- la miró esperanzada.

-Hmm.- la princesa asintió y la reina sintió un poco de paz invadirla. –Afortunadamente, cuando el rey me describió brevemente los síntomas, creí que podría tratarse de algo así, por lo que traje algunas yerbas medicinales conmigo que seguramente la tendrán fuerte y saludable pronto.- le sonrió tranquilizadoramente.

-¡Ahh… menos mal!- tomó una profunda respiración como si no hubiera podido respirar correctamente en mucho tiempo. –Princesa… no sabes cuánto te lo agradezco.- la hubiera abrazado de no ser que no quería distraerla de atender a Mei.

-No es nada, alteza.- rió cantarinamente, poniéndose en pie. –Ahora puedes quedarte con tu chica un tiempo mientras voy por las yerbas, y pediré que le traigan bastante agua. ¡Verás que se pondrá bien!- se fue dejando un rastro de optimismo a su paso.

Karin estaba oficialmente encantada con la princesa, nunca entendería como es que era pariente de Hitsugaya, era una ternura dulce que le recordaba mucho a su propia hermana, y había salvado a su querida Mei.

Con el paso de los días, su yegua fue mejorando y ella fue conociéndose mucho más con su cuñada, y también con su esposo Izuru, a quién había traído con ella.

-¿Eh? ¿Entonces Izuru-kun tomó tu apellido?- preguntó curiosa en una conversación que tenían durante la cena.

-Por supuesto, majestad.- intervino Izuru. –Yo solo era de la nobleza, y mi familia ni en sueños es tan rica como la de Momo-chan, así que claro yo tome su apellido.- dijo tranquilamente, puesto que no era una cosa muy rara que fuera el hombre el que tomará el apellido de la mujer.

-Pero… ¿entonces por qué tu apellido es diferente al del rey?- se extrañó.

-¿Eh? ¿No lo sabes?- la princesa se vio sumamente confundida. -¿Cómo es que no estás enterada, no te lo ha dicho?- ella solo se encogió de hombros tratando de disimular su cara de miseria y probablemente fallando. -… Es que somos adoptados.- dijo finalmente.

-¿Ambos?-

-Nuestros padres, los reyes, no podían tener hijos, y nos adoptaron cuando él era un bebé y yo la niña que lo había encontrado y lo había salvado de morir de hambre indispuesta a alejarse de él.- rió un poco. –Nos criaron con mucho amor… Shiro-chan… perdón, digo… el rey, realmente sufrió mucho cuando murieron. Cambió mucho…- lo último lo murmuró por lo bajo.

Ese comentario hizo a la pelinegra mirar curiosa a la de oscuros cabellos marrones, pero contuvo su impulso de seguir con el tema, diciéndose que no tenía por qué interesarle.

Sin embargo, esa noche, cuando estaba lista para dormir en el cuarto real al que había vuelto simplemente porque ahí tenía todas sus cosas y su marido no le había permitido trasladarlas, escuchó golpes en la puerta, y al abrirla se encontró cara a cara con la princesa.

-¿Momo-san?- alzó una ceja, pero la invitó a pasar. -¿Necesitas algo, pasó algo con Mei?- se preocupó.

-No, no, nada de eso… solo quiero hablar.- se sentó en la cama y la ex Kurosaki tomó asiento a su lado, curiosa.

-¿Sobre qué quieres hablar?-

-Es… sobre el rey, claro.- se frotó las manos con nerviosismo. -¿Él… te ha tratado muy mal?- la miró con llorosos ojos color chocolate.

-¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso alguna vez te ha tratado mal a ti?- se horrorizó, en cierta forma no había creído a su marido bastardo alguien que maltrataría a una mujer de su propia familia… que no fuera ella.

-No, no.- la tranquilizó negando de inmediato. –Pero es que… él puede ser cruel con extraños, y debo admitir que me sorprendí que aceptara casarse con una chica que no conocía cuando él… realmente odia tener compañía.- suspiró. –Se volvió así cuando nuestros padres murieron, de repente simplemente… alejó a todos los que lo amábamos de sí.- pequeñas lágrimas se escaparon de sus ojos cristalinos. –Hizo que todos lo odiaran, y a las que simplemente no podíamos odiarlo por más que nos hiciera las peores maldades… como yo y Rangiku-san, nos distanció de otras formas. A mí finalmente me dejó casarme con Izuru y que me mudará lejos, y a Rangiku-san la ascendió y le dio más responsabilidades, para que bien cuando estuviera aquí esté demasiado ocupada o que esté tan ocupada que huya de los deberes hacia los bares.- sonrió con amargura.

-Pero…- Karin pestañeó, perpleja. –No entiendo. ¿Por qué?-

-Cuando nuestros padres murieron, él se hizo aficionado a la soledad. Dejó de demostrar el ya de por si escaso cariño que solía irradiar en contadas ocasiones, todo cerca de él realmente comenzó a sentirse como… frialdad pura…- sollozó levemente. –Cambió… de un modo que a Rangiku-san y a mí nos rompió el corazón.- sus sollozos se volvieron más constantes y ella no pudo evitar pasarle un brazo por los hombros para tratar de consolarla.

-Tranquila, princesa.- le frotó la espalda cariñosamente.

-¿Y todavía me consuelas cuando tú eres la que tiene que soportar el monstruo en el que se ha convertido?- sollozó miserablemente. –Él odiaría que lo ames… así que me imaginó lo cruel que ha sido contigo…- se llevó una mano a la boca para tratar de detener sus sollozos. -¿Te ha… lastimado mucho?- preguntó sumamente devastada.

-No me hizo nada muy grave, princesa.- mintió descaradamente sin dificultad alguna, estaba acostumbrada a guardarse el dolor para sí misma así no preocupar a chicas angelicalmente dulces como Momo o Yuzu.

-Me gustaría creer eso…- a pesar de sus palabras, se relajó un poco. –Me alegra ver que eres fuerte, Karin-chan, eso sí me consuela un poco.- cerró fuertemente sus ojos pero las lágrimas siguieron cayendo. –Creo que sé porque él es así, ¿sabes? Aunque no estoy del todo segura… Cuando nuestro padre murió, ellos peleaban juntos en la guerra. Yo pensé que finalmente había aceptado que no fue su culpa después de que lo consolara… Pero entonces mamá se deprimió y él por un tiempo anduvo por los pasillos como niño asustado, con su mirada perdida, a veces se encerraba en su habitación por días y yo me preocupaba mucho… Cuando mamá murió, él fue el único que estuvo a su lado, y después de ese día… Apenas toleraba hablar con cualquiera, todo para él era ser el rey, nada más le importó desde entonces.- soltó un último sollozo antes de secarse las lágrimas. –Pareciera que olvidó lo que es amar… Cuando supe que se casó, no entendí el motivo, pensé que tal vez estaba dispuesto a volver a abrir su corazón pero… no ha mejorado, incluso ha empeorado, si es capaz de ser tan malo contigo…-

-Él solo me quiere como la que algún día le dará un heredero, cuando se le plazca.-

-Oh…- Momo se desanimó visiblemente. –Te pediría que trates de curarlo con tu amor pero… sé que es pedir mucho, probablemente ya hizo que lo odies, ¿verdad?- Karin solo asintió, sin ser capaz de mentir en eso. –Entonces… todo lo que me queda es sentir lástima por él, que nunca experimentara el amor… y rogar a los cielos que tú logres soportar la tortura de ser su reina, y la esposa de un hombre que no quiere ser amado.- se limpió una última lágrima. –Realmente lo siento, Karin-chan.-

Sin otra cosa que poder decir, Momo le dio un pequeño abrazo antes de retirarse cabizbaja de la habitación.

Karin suspiró, frotándose las sienes.

Realmente sentía pena por la princesa pero… odiaba a Hitsugaya, y algún día iba a huir de él.

-¿Hablando de mí con mi hermana?- se congeló, volteando hacia la puerta cerrada de la habitación donde su marido estaba apoyado casualmente, mirándola fijamente. –No lo creería de ti, mi reina.-

-¿Escuchando conversaciones a escondidas? Me dejas sin habla, mi rey.- masculló con acidez.

-¿Te daba curiosidad mi pasado?- él se acercó dejando el equipaje con el que había marchado en un rincón. –Simplemente debiste preguntar, te lo habría dicho, ya que eres mi esposa.- pff, si claro, seguramente le habría salido con que no era asunto suyo.

-Tu pasado no podría importarme menos, mi rey.- contestó inexpresiva. –Tu hermana insistió en hablar de eso, y yo solo la consolaba por lo miserable que la habías hecho.- alzó la cabeza, altiva.

-Siempre tan encantadora.- la miró con desprecio evidente. –De todas maneras, Hinamori realmente no conoce la historia como es.- se sentó al otro lado de la cama. –En realidad…-

-No me interesa.- quiso irse pero él la tomó de la muñeca y la arrojó sobre la cama.

Se quitó la parte superior del Kimono y Karin se quedó sin aliento, pensando que iba a forzarla otra vez, pero él solo se dio la vuelta, revelando el gran número de largas y profundas cicatrices deformándole toda la espalda. Evidentemente eran marcas de latigazos.

-Esta,- dijo. –Es la parte de la historia que Hinamori no conoce.- volteó para verla con sus ojos espeluznantes más fríos que de costumbre. –Ella piensa que nuestra madre es una santa, que nos amaba a los dos. Ella pensó que me había convencido de no culparme por la muerte de nuestro padre, y sí, lo hizo, por un momento, pero luego mi madre me abrió los ojos. Mi madre sabía que por culpa de mi ineptitud su esposo murió, y se vengó.- señaló su espalda. –Después de la muerte de mi padre enfermó de tristeza, así que eso también fue mi culpa, por lo que cada día que se sentía con un poco de ánimo ordenaba a un guardia azotarme hasta que callera inconsciente, y si me atrevía a quejarme por el dolor, rociaba agua helada en mis heridas… Yo ya era el rey, podría haberla matado a ella y al guardia que la obedecía, pero mi madre tenía razón, así que la deje hacer. En su lecho de muerte, ella me ordenó ser un rey duro, a ver si llegaba hasta las suelas de mi padre, me dijo que debía honrar su memoria porque por mi culpa, un niño mugriento que rescataron de las calles, él murió. Por eso, mi reina, ni tú ni mi hermana, jamás me verán sentir un sentimiento tan patético y débil como el amor.- concluyó su discurso volviéndose a vestir.

-Wow…- habló Karin, que hasta el momento solo había estado escuchándolo en horrorizado silencio. -¿Sabes? Ya te tenía lastima… Pero ahora realmente me das pena.- él solo se la quedó mirando, perplejo. –Con esto solo logre darme cuenta de que te odias a ti mismo más de lo que odias a cualquier otra persona, y solo buscas más y más razones para odiarte… y has llegado a ser tan egoísta que ya ni siquiera te importan los sentimientos de las pocas personas que aun te aprecian.- lo atacó sin piedad, sin encogerse a su mirada llena de ira. –Eres un infeliz patético y así quieres morir, ¿y sabes qué? Lo lograras.- sonrió con odio.

Hitsugaya apretó la mandíbula.

-Lárgate.- mandó.

-Lo que ordené, mi rey.- comenzó a marcharse de la habitación más que dispuesta, pero se detuvo en la puerta abierta, su cuerpo a medio camino de la salida. –Y… otra cosa más…- se mordió el labio, sin creer buena idea decir lo que iba a decir, pero simplemente necesitaba decirlo, aunque no estaba segura de por qué. –Tu madre no tenía razón.- susurró antes de marcharse, cerrando la puerta tras de sí.

Continuara...

Hola! :D

Esperó que les haya gustado, si les gusto comenten y los personajes de ya saben quien n3n

Dudo poder actualizar la semana que viene :c

CELESTE kaomy fueraaaa!