- Bueno estamos aquí para que lean unos libros que hablan sobre su futuro y asi puedan cambiar algunas cosas, les avisamos ya de que hablan sobre la guerra y habrá cosas que no serán agradables de leer para algunos de ustedes. – Explicó Alex mirándolos a todos.

- En teoría ibais a leer a partir del quinto libro, que corresponde a su quinto año – continuó Orion señalando a los del futuro cercano – pero Alex y yo pensamos que sería más interesante leer los otros antes para introducirnos un poco en la historia, también será más divertido, por eso Alex y yo hemos venido antes de tiempo en vez de comunicarnos por cartas como quería hacer su hermano, aunque cuando ellos vengan van a estar muy enfadados – todos estaban desde perplejos hasta divertidos por la actitud del chico pero prefirieron no preguntar nada – así que leeremos algunas partes de los primeros libros.

Dicho esto los famosos libros aparecieron, el profesor Dumbledore cogió el primero y miró el titulo para después sonreírle a Harry.

- El libro se llama Harry Potter y la piedra filosofal.

- Buff, genial! – Exclamó Harry resignado – ¿un libro sobre mí?

Ron y Hermione también suspiraron y se preguntaron cuanto aguantarían sus padres antes de sufrir un ataque. Sin embargo los que conocían al trió dorado estaba expectantes deseando escuchar la verdad de su aventura durante el primer año.

- De acuerdo si no les importa empezaré a leer – el director abrió el libro – el primer capítulo se llama El niño que vivió, vaya que curioso…

- ¿Qué es tan curioso profesor?

- Tal como han explicado los jóvenes el libro solo nos mostrara las partes relevantes del libro y lo que se salte nos lo dará resumido aquí dice que este capítulo empieza mostrando lo horribles que son los Dursley, que si no me equivoco es la hermana de nuestra querida Lily – esta asintió un poco confundida por que aparecieran su hermana y su cuñado – también dice que odian todo lo mágico y dicen cosas crueles de los Potter… Y aquí empieza

Los Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente, pero el señor Dursley perma neció despierto, con todo aquello dando vueltas por su mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dor mido fue que, aunque los Potter estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a él y a la se ñora Dursley.

- ¿por qué hablan tanto de esa gente? pensé que el prota iba a ser mi ahijado.

- Sr. Black cállese no se ha leído ni el primer párrafo y ya está interrumpiendo – le regañó McGonagall.

Los Potter sabían muy bien lo que él y Petunia pensaban de ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia podrían mezclarlos en algo que tuviera que ver (bos tezó y se dio la vuelta)... No, no podría afectarlos a ellos...

¡Qué equivocado estaba!

- No debe ser raro que se equivoque, parece realmente idiota

- ¡Sr. Black!

Sin embargo Lily tenía un mal presentimiento, parecía que los Dursley iban a ser importantes en la historia y por otro lado su hijo al verlos había reaccionado como si hiciera mucho que no los veía…

El señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse.

- ¿Un gato?

Esta vez McGonagall le ignoro, aunque por su cara parecía que iba a estallar en cualquier momento, Dumbledore al verlo decidió seguir con la lectura antes de que mataran al joven Black.

Estaba tan inmóvil como una esta tua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet Drive. Apenas tembló cuando se cerró la puertezuela de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato no se movió hasta la medianoche.

- Ese gato está demasiado tieso ¿no? – esta vez el que preguntó fue Frank, varios en la sala lo estaban pensando, mientras que los merodeadores sonreían como si conocieran un secreto.

Un hombre apareció en la esquina que el gato había es tado observando, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron.

En Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba pla teados, tan largos que podría sujetarlos con el cinturón. Lle vaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cris tales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez.

- ¡Dumbledore! – gritaron todos, el aludido sonrió.

El nombre de aquel hombre era Albus Dumbledore.

- Ya lo sabemos.

- Canuto estás hablando con un libro – rió James.

Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido. Estaba muy ocupado revol viendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rió en tre dientes y murmuró:

Debería haberlo sabido.

- Lo sabía es Minny – gritaron los merodeadores

- ¿Minny?

- Es como llamamos a McGonagall la primera vez que la vimos transformarse en gato y desde entonces se quedó con el mote

La profesora estaba roja, aunque no sabían si era furia o vergüenza, quizá una mezcla de las dos.

Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata. Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente lám para quedó a oscuras. Doce veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fue ron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba.

- ¡Eso ha sido genial! – chillaron los merodeadores, los niños y Ron.

Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra.

Me alegro de verla aquí, profesora McGonagall.

- Veis, es Minny

- Black, no me llame así.

Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato. La mujer tam bién llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente disgustada.

- Este libro tiene unas descripciones geniales – esta vez fueron los gemelos los que hicieron enfadar a la profesora.

¿Cómo ha sabido que era yo? —preguntó.

Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.

- Ni siquiera un gato de escayola puede estar tan tieso – dijo James

Usted también estaría tieso si llevara todo el día sen tado sobre una pared de ladrillo —respondió la profesora McGonagall.

¿Todo el día? ¿Cuándo podría haber estado de fiesta? Debo de haber pasado por una docena de celebraciones y fies tas en mi camino hasta aquí.

La profesora McGonagall resopló enfadada.

Oh, sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que serían un poquito más pruden tes, pero no... ¡Hasta los muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias. —Terció la cabeza en direc ción a la ventana del oscuro salón de los Dursley—. Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.

- ¡Estrellas fugaces! Querido hermano creo que tenemos que hablar con ese tal Diggle – la Sra. Weasley empezó a regañarles y Dumbledore prosiguió con la lectura.

No puede reprochárselo —dijo Dumbledore con tono afable—. Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años...

Ya lo sé —respondió irritada la profesora McGona gall—. Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los muggles, intercambia rumores...

- ¿Que habrá pasado para que se comporten así? – preguntó Remus.

Lanzó una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que éste le contestara algo. Pero como no lo hizo, continuó hablando.

Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin,

Todos estaban en shock por la sorpresa.

- Profesor podría volver a leer eso, por favor. – Preguntó Lily, Dumbledore lo repitió y al instante siguiente la mitad de la sala estaba gritando y saltando y Sirius, James y los gemelos Prewet estaban bailando, no se fijaron en que los del futuro no festejaban sabiendo lo que vendría ahora.

los muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?

- Que mas da eso, Voldemort se ha ido – gritaron James y Sirius, algunos se estremecieron al oír el nombre.

Es lo que parece —dijo Dumbledore—. Tenemos mu cho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón?

- Esos son mis favoritos – dijo el Sr. Granger, Dumbledore sonrió. – También los mios.

- ¿Qué es un caramelo de limón? – preguntó Sirius

- Un dulce muggle – le respondió Hermione.

¿Un qué?

- Fíjate Sirius piensas como McGonagall – Bromeó James

Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta mucho.

No, muchas gracias —respondió con frialdad la pro fesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos—. Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido...

Mi querida profesora, estoy seguro de que una perso na sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿ver dad? Toda esa tontería de Quien-usted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. —La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.

Sé que usted no tiene ese problema —observó la profe sora McGonagall, entre la exasperación y la admiración—. Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.

- Vaya profesora al final lo dijó

Me está halagando —dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.

- Solo porque usted es demasiado bueno para utilizar esa clase de poderes – dijo Harry

Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.

- Mira Cornamenta tu hijo piensa como McGonagall – sonrió Sirius

Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tan to desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.

- Demasiada información – gritó media sala.

- Nosotros estábamos allí – gritaron Sirius y James – es una historia muy larga – respondieron al ver que todos se volvían hacia ellos.

La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, an tes de hablar.

Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?

- Será muy interesante saber eso para saber cómo detenerle en el futuro – pensó Moody

Albus pensaba igual pero al leer las siguientes frases el brillo de sus ojos despareció.

Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por discutir, la verdadera ra zón por la que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dum bledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento. Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos de cían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.

En la sala la mayoría estaba tan expectante como la profesora en el libro.

Lo que están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció en el valle de Godric. Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están... es tán... bueno, que están muertos.

- ¡NO! ¡No puede ser! – gritaron Remus y Sirius. El resto parecían estar en una especie de shock. Sirius y Remus se echaron a llorar y abrazaron a su amigo que a su vez estaba abrazado a Lily, mientras que Harry lloraba en silencio mientras sus amigos intentaban consolarle. Las amigas de Lily salieron del shock y fueron a abrazarla al igual que hacían Remus y Sirius, en ese momento Lily salió del shock, la verdad es que había pensado algo así, miro a James y ambos fueron a abrazar a su hijo. El resto también había soltado alguna lagrima o había estado cerca, sobretodo Snape, McGonagall tan triste como Sirius y Remus le pidió a Dumbledore que siguiera leyendo.

Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.

Sirius golpeó la mesa

Lily y James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...

Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.

Eso mismo estaba haciendo en ese momento.

Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.

La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.

Eso no es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry.

- NO - esta vez Sirius y Remus no fueron los únicos que gritaron, también Lily y James

- ¡Ese monstruo no va a acercarse a mi hijo!

Pero no pudo. No pudo matar a ese niño. Na die sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo ma tarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido.

- No pudo matar a un niño de un año…

- Bien, mi ahijado ha derrotado a Voldemort y ha sobrevivido a una maldición asesina…

- …nunca nadie había sobrevivido a eso, ¡mi hijo es genial!

El resto estaban pensando cosas parecidas, mientras Lily abrazada posesivamente a Harry que parecía muy cómodo.

Dumbledore asintió con la cabeza, apesadumbrado.

¿Es... es verdad? —tartamudeó la profesora McGona gall—. Después de todo lo que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre to das las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del cielo?

- Esa es una buena pregunta – dijeron a la vez Dumbledore y Moody.

Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos.

La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo exa minaba.

Hagrid se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?

- Voy a aparecer en la historia – dijo Hagrid mientras se secaba las lagrimas con el mantel.

Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, te nía que venir precisamente aquí.

- Si, ¿por qué están ahí? – preguntó Remus mas para sí mismo que esperando una respuesta.

He venido a entregar a Harry a su tía y su tío. Son la única familia que le queda ahora.

- No puede hacer eso, ellos nos odian trataran fatal a Harry – exclamó Lily

- Es cierto, solo puedo decir que mi futuro yo tendrá razones para dejar ahí a el pequeño Harry.

¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! —Gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera, pidien do caramelos a gritos.

- Que niño tan maleducado – dijo la Sra. Weasley – si alguna vez os portáis así estaréis castigados mucho tiempo. – terminó dirigiéndose a sus hijos tanto los Weasley del pasado como los del futuro temblaron ante el tono de su madre.

¡Harry Potter no puede vivir ahí!

- ¡Nunca!

- No si nosotros podemos evitarlo.

Es el mejor lugar para él —dijo Dumbledore con fir meza—. Sus tíos podrán explicárselo todo cuando sea mayor. Les escribí una carta.

- Con lo horribles que son seguro que no le explicaran nada – se lamentó Lia.

¿Una carta? —repitió la profesora McGonagall, vol viendo a sentarse—. Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprende ría que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry...

- Literalmente, los estamos leyendo ahora mismo

- ¿De verdad George? – Rió Fred – yo creía que eso que tiene en la mano el profesor era una bludger.

Toda la sala estalló en carcajadas por ese intercambio.

todos los niños del mundo conocerán su nombre.

- Cornamenta tu hijo es más famoso que tu

Exactamente —dijo Dumbledore, con mirada muy se ria por encima de sus gafas—. Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar! ¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda! ¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezca lejos de todo, hasta que esté preparado para asimilarlo?

- Tiene un punto.

La profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo:

Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero ¿cómo va a lle gar el niño hasta aquí, Dumbledore? —De pronto observó la capa del profesor, como si pensara que podía tener escondido a Harry.

Hagrid lo traerá.

¿Le parece... sensato... confiar a Hagrid algo tan im portante como eso?

- ¡A Hagrid le confiaría mi vida!

- Hagrid es el mejor.

El aludido se puso rojo, mientras Dumbledore sonreía.

A Hagrid, le confiaría mi vida—dijo Dumbledore.

No estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar —dijo a regañadientes la profesora McGonagall—. Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de... ¿Qué ha sido eso?

Un ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.

- Guau, eso es genial, yo quiero una de esas – dijo Sirius.

- Yo también – dijo Arthur – aunque quizá un coche fuera mejor…

- ¡Arthur!

- Tranquilo yo te la dejo – le dijo Sirius por lo bajo.

La moto era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía parecía un juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y además, tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín.

- Realmente estas descripciones son geniales – rieron los bromistas.

En sus enormes brazos musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas.

Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por fin. ¿Y dón de conseguiste esa moto?

Me la han prestado; profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras habla ba—. El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor.

- La moto es mía, ¡genial! – Gritó Sirius que empezó a bailar encima de la mesa, Charlie, Bill y Dora al verlo se levantaron y empezaron a bailar también haciendo reír a sus padres.

¿No ha habido problemas por allí?

No, señor. La casa estaba casi destruida, pero lo saqué antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Se quedó dormido mientras volábamos sobre Bristol.

Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas. Entre ellas se veía un niño pequeño, pro fundamente dormido. Bajo una mata de pelo negro azabache,

- ¡Tiene mi pelo!

- Papa estoy aquí

- Ah, es verdad

sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago.

¿Fue allí...? —susurró la profesora McGonagall.

Sí —respondió Dumbledore—. Tendrá esa cicatriz para siempre.

Inconscientemente todos se giraron para mirar a Harry que se estaba esforzando por tapar la cicatriz con su pelo.

¿No puede hacer nada, Dumbledore?

Aunque pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la rodilla izquierda que es un diagra ma perfecto del metro de Londres. Bueno, déjalo aquí, Ha grid, es mejor que terminemos con esto.

Dumbledore se volvió hacia la casa de los Dursley

¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? —preguntó Hagrid.

- Hagrid parece que has hecho buenas migas con el pequeñajo.

Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Harry y le dio un beso, raspándolo con la barba. Entonces, súbitamente, Ha grid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.

¡Shhh! —dijo la profesora McGonagall—. ¡Vas a des pertar a los muggles!

Lo... siento —lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo—. Pero no puedo soportarlo... Lily y Ja mes muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con muggles...

Todos bajaron la mirada tristes por lo que iba a suceder.

Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos —susurró la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que ha bía enfrente. Dejó suavemente a Harry en el umbral, sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas del niño y lue go volvió con los otros dos.

- No puede dejar a un niño pequeño ahí toda la noche – gritó indignada la Sra. Weasley

Dumbledore prefirió continuar leyendo antes de que alguien le atacara por dejar ahí a Harry.

Durante un largo minuto los tres contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La profesora McGonagall parpadeó furiosa mente. La luz titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado.

Bueno —dijo finalmente Dumbledore—, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones.

- Celebraciones… - bufó Sirius – James y Lily están muertos, nadie debería celebrarlo.

Ajá —respondió Hagrid con voz ronca—. Voy a devol ver la moto a Sirius. Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore.

Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con un estrépito se elevó en el aire y de sapareció en la noche.

Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall —dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda res puesta.

En la sala Dumbledore le dio unas palmaditas en la espalda para consolarla.

Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el Apagador de plata. Lo hizo funcio nar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor ana ranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4.

Buena suerte, Harry —murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció.

- La voy a necesitar – pensó Harry.

Una brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La ca lle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo, sin saber que era famoso, sin saber que en unas pocas horas le haría despertar el grito de la señora Dursley, cuando abriera la puerta principal para sacar las botellas de leche. Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchado y pellizcado por su primo Dudley. No podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: « ¡Por Harry Potter... el niño que vivió!».

- Aquí termina el primer capítulo

- Puedo leer el siguiente, profesor – preguntó Remus

Dumbledore le pasó el libro y él se dispuso a leer.