Un elfo domestico les llevó la comida y todos comieron tranquilamente y comentaron lo que habían leído hasta ese momento. Cuando terminaron de comer Lily cogió el libro y se dispuso a leer.

- El callejón Diagon.

Harry se despertó temprano aquella mañana. Aunque sabía que ya era de día, mantenía los ojos muy cerrados.

«Ha sido un sueño —se dijo con firmeza—. Soñé que un gigante llamado Hagrid vino a decirme que voy a ir a un co legio de magos. Cuando abra los ojos estaré en casa, en mi alacena.»

- ¡Jo Harry tan cabezota como tus padres! – dijo Sirius.

- Es peor Canuto, es una mezcla de los dos. – Dijo Remus, ambos sonrieron inocentemente cuando sus dos amigos les lanzaron una mirada asesina.

Se produjo un súbito golpeteo.

«Y ésa es tía Petunia llamando a la puerta», pensó Harry con el corazón abrumado. Pero todavía no abrió los ojos. Ha bía sido un sueño tan bonito...

- No eres pesimista Harry – dijo Ginny – eres lo siguiente

- Tu espera que quedan siete libros – agrego Orión con una sonrisa.

Toc. Toc. Toc.

Está bien —rezongó Harry—. Ya me levanto.

Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo negro de Hagrid. La cabaña estaba iluminada por el sol, la tormenta había pasado, Hagrid estaba dormido en el sofá y había una lechu za golpeando con su pata en la ventana, con un periódico en el pico.

- Ves como no ha sido un sueño – remarcó Sirius lo obvio, Harry pusó los ojos en blanco.

Harry se puso de pie, tan feliz como si un gran globo se expandiera en su interior. Fue directamente a la ventana y la abrió. La lechuza bajó en picado y dejó el periódico sobre Ha grid, que no se despertó. Entonces la lechuza se posó en el suelo y comenzó a atacar el abrigo de Hagrid.

No hagas eso.

Harry trató de apartar a la lechuza, pero ésta cerró el pico amenazadoramente y continuó atacando el abrigo.

¡Hagrid! —dijo Harry en voz alta—. Aquí hay una le chuza...

Págala —gruñó Hagrid desde el sofá.

- No creo que el chico lo entienda – sonrió Frank

¿Qué?

Quiere que le pagues por traer el periódico. Busca en los bolsillos.

El abrigo de Hagrid parecía hecho de bolsillos, con conte nidos de todo tipo: manojos de llaves, proyectiles de metal, bombones de menta, saquitos de té... Finalmente Harry sacó un puñado de monedas de aspecto extraño.

Dale cinco knuts —dijo soñoliento Hagrid.

- Hagrid mejor despiértate ya que el pobre chico no sabe de que le hablas. – Dijo Arthur.

¿Knuts?

Esas pequeñas de bronce.

Harry contó las cinco monedas y la lechuza extendió la pata, para que Harry pudiera meter las monedas en una bol sita de cuero que llevaba atada. Y salió volando por la venta na abierta.

Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se desperezó.

Es mejor que nos demos prisa, Harry. Tenemos mu chas cosas que hacer hoy. Debemos ir a Londres a comprar todas las cosas del colegio.

Harry estaba dando la vuelta a las monedas mágicas y observándolas. Acababa de pensar en algo que le hizo sentir que el globo de felicidad en su interior acababa de pincharse.

- ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? – preguntó Lyli preocupada.

Mm... ¿Hagrid?

¿Sí? —dijo Hagrid, que se estaba calzando sus colosa les botas.

Yo no tengo dinero y ya oíste a tío Vernon anoche, no va a pagar para que vaya a aprender magia.

- Jaja, eso no va a ser un problema hijo

- Ahora lo sé

No te preocupes por eso —dijo Hagrid, poniéndose de pie y golpeándose la cabeza—. ¿No creerás que tus padres no te dejaron nada?

Pero si su casa fue destruida...

- Pero no guardamos el dinero en casa teniendo Gringotts, ¿es que los muggles no tienen bancos?

- Si si que tenemos bancos, ¿ustedes tienen bancos? – preguntó el padre de Hermione

- Solo uno. Gringotts, el mejor sitio del mundo para guardar algo – dijó Bill con emoción, los que le conocían de mayor sonrieron al ver que su obsesion por el banco mágico venía de hace mucho. – bueno, el mejor sitio después de Hogwarts, ¿verdad Hagrid?

Todos rieron, todos alguna vez habían escuchado a Hagrid decir eso.

¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchacho! No, la primera parada para nosotros es Gringotts. El banco de los magos. Come una salchicha, frías no están mal, y no me ne garé a un pedacito de tu pastel de cumpleaños.

¿Los magos tienen bancos?

Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los gnomos.

Harry dejó caer el pedazo de salchicha que le quedaba.

¿Gnomos?

- ¿Gnomos? – preguntaron a su vez los padres de Hermione.

- Si, nunca me han gustado demasiado con esos dedos tan largos y siempre tan misteriosos… Habría que estar loco para meterse con ellos.

Ajá... Así uno tendría que estar loco para intentar robarlos, puedo decírtelo. Nunca te metas con los gnomos, Harry. Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar, excepto tal vez Hogwarts.

Todos se rieron por las coincidencias con sus conversaciones anteriores.

Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos. Por Dum bledore. Asuntos de Hogwarts. —Hagrid se irguió con orgu llo—. En general, me utiliza para asuntos importantes. Buscarte a ti... sacar cosas de Gringotts... él sabe que puede confiar en mí.

- No debiste decir eso Hagrid ahora despertaras su curiosidad – dijo Lily.

- Y que lo digas… - dijeron Ron y Hermione, Harry los miró mal y los tres empezaron a reírse recordando su primera aventura.

¿Lo tienes todo? Pues vamos.

Harry siguió a Hagrid fuera de la cabaña. El cielo estaba ya claro y el mar brillaba a la luz del sol. El bote que tío Vernon había alquilado todavía estaba allí, con el fondo lleno de agua después de la tormenta.

¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Harry; mirando alre dedor, buscando otro bote.

Volando —dijo Hagrid.

¿Volando?

Sí... pero vamos a regresar en esto. No debo utilizar la magia, ahora que ya te encontré.

Subieron al bote. Harry todavía miraba a Hagrid, tra tando de imaginárselo volando.

En la sala varios trataron de imaginarlo también.

Sin embargo, me parece una lástima tener que remar —dijo Hagrid, dirigiendo a Harry una mirada de soslayo—. Si yo... apresuro las cosas un poquito, ¿te importaría no men cionarlo en Hogwarts?

- Hagrid – lo regañó McGonnagal aunque estaba sonriendo.

Por supuesto que no —respondió Harry, deseoso de ver más magia. Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, dio dos golpes en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla.

¿Por qué tendría que estar uno loco para intentar ro bar en Gringotts? —preguntó Harry.

Hechizos... encantamientos —dijo Hagrid, desdoblan do su periódico mientras hablaba—... Dicen que hay drago nes custodiando las cámaras de máxima seguridad.

- ¿Dragones? ¿En serio? – preguntó el pequeño Charlie, al que le brillaban los ojos, Sirius y James asintieron.

- Hay uno protegiendo la cámara de alta seguridad de los Potter – contesto James.

- ¡Genial! ¿Puedo ir a verlo? – preguntaron a la vez Hagrid y Charlie poniendo cara de cachorrito abandonado.

- ¡Ni hablar! – casi grito la señora Weasley – es muy peligroso.

Charlie refunfuñó un poco y su hundió en su silla enfadado.

- Tranquilo Charles, cuando seas mayor te llevare a verlos – le prometió James en un susurro para que no le oyera Molly, aunque al estar sentado lejos del niño y toda la sala prácticamente en silencio se le oyó igualmente y la mujer le lanzó una mirada asesina digna del basilisco de Slytherin.

- Pero a mi puedes llevarme ya ¿Verdad James? – Hagrid seguía con su mejor cara de cachorrito.

- Por supuesto Hagrid.

Y además, hay que saber encontrar el camino. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por de bajo del metro. Te morirías de hambre tratando de salir, aun que hubieras podido robar algo.

Alex y Orión sonrieron y miraron al trío dorado que no se dieron cuenta de que los miraban

Harry permaneció sentado pensando en aquello, mien tras Hagrid leía su periódico, El Profeta. Harry había aprendi do de su tío Vernon que a las personas les gustaba que las de jaran tranquilas cuando hacían eso, pero era muy difícil, porque nunca había tenido tantas preguntas que hacer en su vida.

- No creo que me importe que preguntes, estaría encantado de contestar tus preguntas – dijo Hagrid.

El Ministerio de Magia está confundiendo las cosas, como de costumbre —murmuró Hagrid, dando la vuelta a la hoja.

¿Hay un Ministerio de Magia? —preguntó Harry, sin poder contenerse.

Por supuesto —respondió Hagrid—. Querían que Dum bledore fuera el ministro, claro, pero él nunca dejará Hog warts, así que el viejo Cornelius Fudge consiguió el traba jo. Nunca ha existido nadie tan chapucero. Así que envía lechuzas a Dumbledore cada mañana, pidiendo consejos.

- Parece que el ministerio va de mal en peor – dijo Frank

- Ni te lo imaginas – dijeron todos los del futuro (los weasley, Harry, hermione…)

Pero ¿qué hace un Ministerio de Magia?

Bueno, su trabajo principal es impedir que los mug gles sepan que todavía hay brujas y magos por todo el país.

¿Por qué?

¿Por qué? Vaya, Harry, todos querrían soluciones mágicas para sus problemas. No, mejor que nos dejen tran quilos.

En aquel momento, el bote dio un leve golpe contra la pared del muelle. Hagrid dobló su periódico y subieron los esca lones de piedra hacia la calle.

Los transeúntes miraban mucho a Hagrid, mientras recorrían el pueblecito camino de la estación, y Harry no se lo podía reprochar: Hagrid no sólo era el doble de alto que cual quiera, sino que señalaba cosas totalmente corrientes, como los parquímetros, diciendo en voz alta:

¿Ves eso, Harry? Las cosas que esos muggles inventan, ¿verdad?

- Hagrid deberías ser más discreto cuando estes en el mundo muggle – le regañó McGonnagal.

Hagrid —dijo Harry, jadeando un poco mientras corre teaba para seguirlo—, ¿no dijiste que había dragones en Grin gotts?

Bueno, eso dicen —respondió Hagrid—. Me gustaría tener un dragón.

¿Te gustaría tener uno?

Quiero uno desde que era niño...

- Es casi imposible domesticar un dragón, además está prohibido, la mayoría de dragones salvajes viven en reservas, la más grande esta en Rumania, me gustaría ir allí alguna vez… - Empezó Charlie con su discurso, su familia estaba acostumbrada, al parecer todos los Weasley se obsesionaban con algo ya fueran los muggles, Gringotts, los dragones, los estudios o Harry Potter.

Ya estamos.

Habían llegado a la estación. Salía un tren para Londres cinco minutos más tarde. Hagrid, que no entendía «el dinero muggle», como lo llamaba, dio las monedas a Harry para que comprara los billetes.

La gente los miraba más que nunca en el tren. Hagrid ocupó dos asientos y comenzó a tejer lo que parecía una carpa de circo color amarillo canario.

¿Todavía tienes la carta, Harry? —preguntó, mientras contaba los puntos.

Harry sacó del bolsillo el sobre de pergamino.

Bien —dijo Hagrid—. Hay una lista con todo lo que ne cesitas.

Harry desdobló otra hoja, que no había visto la noche an terior, y leyó:

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA

UNIFORME

Los alumnos de primer año necesitarán:

· Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).

· Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.

· Un par de guantes protectores (piel de dra gón o semejante).

· Una capa de invierno (negra, con broches plateados).

(Todas las prendas de los alumnos deben llevar eti quetas con su nombre.)

LIBROS

Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los si guientes libros:

· El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.

· Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.

· Teoría mágica, Adalbert Waffling.

· Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.

· Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.

· Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.

· Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.

· Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.

RESTO DEL EQUIPO

1 varita.

1 caldero (peltre, medida 2).

1 juego de redomas de vidrio o cristal.

1 telescopio.

1 balanza de latón.

Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE ALOS DE PRI MER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.

- Siempre he odiado esa norma – se quejaron todos los fanáticos del Quidditch – es una injusticia.

- Es una medida de seguridad para evitar que los mas pequeños tengan accidentes volando, primero tienen que aprender. – explico Dumbledor.

¿Podemos comprar todo esto en Londres? —se pregun tó Harry en voz alta.

Sí, si sabes dónde ir —respondió Hagrid.

Harry no había estado antes en Londres.

- ¿Nunca te llevaron? – Harry negó con la cabeza

Toda la sala estaba indignada recordando a los Dursley.

Aunque Hagrid pa recía saber adónde iban, era evidente que no estaba acostum brado a hacerlo de la forma ordinaria. Se quedó atascado en el torniquete de entrada al metro y se quejó en voz alta porque los asientos eran muy pequeños y los trenes muy lentos.

No sé cómo los muggles se las arreglan sin magia —co mentó, mientras subían por una escalera mecánica estropea da que los condujo a una calle llena de tiendas.

Hagrid era tan corpulento que separaba fácilmente a la muchedumbre. Lo único que Harry tenía que hacer era man tenerse detrás de él. Pasaron ante librerías y tiendas de músi ca, ante hamburgueserías y cines, pero en ningún lado parecía que vendieran varitas mágicas. Era una calle normal, llena de gente normal. ¿De verdad habría cantidades de oro de ma gos enterradas debajo de ellos? ¿Había allí realmente tiendas que vendían libros de hechizos y escobas? ¿No sería una broma pesada preparada por los Dursley?

- No son tan originales… - Dijo Fred.

- … Y no tienen ni la imaginación ni el sentido del humor necesarios. – Completó George.

Si Harry no hubiera sabido que los Dursley carecían de sentido del humor, podría haber lo pensado.

- Si, ya lo habíamos dicho.

Sin embargo, aunque todo lo que le había dicho Hagrid era increíble, Harry no podía dejar de confiar en él.

Es aquí —dijo Hagrid deteniéndose—. El Caldero Chorreante. Es un lugar famoso.

Era un bar diminuto y de aspecto mugriento. Si Hagrid no lo hubiera señalado, Harry no lo habría visto. La gente, que pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado, a la tienda de música, al otro, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante. En realidad, Harry tuvo la extraña sensación de que sólo él y Hagrid lo veían.

- Tiene una protección anti muggles, ellos solo ven una edificio abandonado , igual que pasa en Hogwarts – explicó Lily que se había adelantado a Hermione y Remus.

Antes de que pudiera decirlo, Hagrid lo hizo entrar.

Para ser un lugar famoso, estaba muy oscuro y destarta lado. Unas ancianas estaban sentadas en un rincón, toman do copitas de jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa. Un hombre pequeño que llevaba un sombrero de copa hablaba con el viejo cantinero, que era completamente calvo y parecía una nuez blanda. El suave murmullo de las charlas se detu vo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid. Lo saludaban con la mano y le sonreían, y el cantinero buscó un vaso diciendo:

¿Lo de siempre, Hagrid?

No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts —respondió Hagrid, poniendo la mano en el hombro de Harry y obligándole a doblar las rodillas.

Buen Dios —dijo el cantinero, mirando atentamente a Harry—. ¿Es éste... puede ser...?

- ¿Quién? ¿Quién? – Empezaron a bromear los gemelos.

- No será…

- No, no puede ser…

- Pues se parece mucho…

- Es imposible

Entonces Fred se llevó una mano a la cara e hizo como si se desmayara de la emoción.

Toda la sala se estaba riendo, y los gemelos empezaron a saludar de pie en la mesa como si estuvieran es un escenario.

El Caldero Chorreante había quedado súbitamente in móvil y en silencio.

Válgame Dios —susurró el cantinero—. Harry Pot ter...

- No me digas, yo creía que era Henry Foster – dijo Sirius poniendo los ojos en blanco.

Todo un honor.

Salió rápidamente del mostrador, corrió hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.

Bienvenido, Harry, bienvenido.

Harry no sabía qué decir. Todos lo miraban. La anciana de la pipa seguía chupando, sin darse cuenta de que se le ha bía apagado. Hagrid estaba radiante.

Entonces se produjo un gran movimiento de sillas y, al minuto siguiente, Harry se encontró estrechando la mano de todos los del Caldero Chorreante.

Doris Crockford, Harry. No puedo creer que por fin te haya conocido.

Estoy orgullosa, Harry, muy orgullosa.

Siempre quise estrechar tu mano... estoy muy compla cido.

Encantado, Harry, no puedo decirte cuánto. Mi nom bre es Diggle, Dedalus Diggle.

¡Yo lo he visto antes! —dijo Harry, mientras Dedalus Diggle dejaba caer su sombrero a causa de la emoción—. Us ted me saludó una vez en una tienda.

¡Me recuerda! —gritó Dedalus Diggle, mirando a to dos—. ¿Habéis oído eso? ¡Se acuerda de mí!

Harry estrechó manos una y otra vez. Doris Crockford volvió a repetir el saludo.

Un joven pálido se adelantó, muy nervioso. Tenía un tic en el ojo.

¡Profesor Quirrell! —dijo Hagrid—. Harry, el profesor Quirrell te dará clases en Hogwarts.

P-P-Potter —tartamudeó el profesor Quirrell, apre tando la mano de Harry—. N-no pue-e-do decirte l-lo conten to que-e estoy de co-conocerte.

¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?

D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras —murmuró el profesor Quirrell, como si no quisiera pensar en ello—. N-no es al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter? —Soltó una risa nerviosa—. Estás reuniendo el e-equipo, s-supongo. Yo tengo que b-buscar otro l-libro de va-vampiros. —Pareció aterrorizado ante la simple mención.

- Pues vaya un profesor de defensa contra las artes oscuras – dijo Sirius – le tiene miedo a su asignatura.

- Cada año se hace más difícil encontrar profesores para esa asignatura – suspiró Dumbledore.

El trío de oro tenía una mirada sombría al recordar a su primer profesor de DCAO, aunque con los profesores que han tenido en esa asignatura iban a poner esa mirada muy a menudo, exceptuando a Lupin.

Pero los demás, no permitieron que el profesor Quirrell acaparara a Harry. Éste tardó más de diez minutos en despe dirse de ellos. Al fin, Hagrid se hizo oír.

Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar. Vamos, Harry.

- ¡Al fin! – exclamó Harry, todos le miraron divertido pensando en lo mucho que se parecía a su madre en la personalidad, James y Sirius hacían pucheros pensando que ellos habrían estado en su salsa en esa situación.

Doris Crockford estrechó la mano de Harry una última vez y Hagrid se lo llevó a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos.

Hagrid miró sonriente a Harry

Te lo dije, ¿verdad? Te dije que eras famoso. Hasta el profesor Quirrell temblaba al conocerte, aunque te diré que habitualmente tiembla.

¿Está siempre tan nervioso?

Oh, sí. Pobre hombre. Una mente brillante. Estaba bien mientras estudiaba esos libros de vampiros, pero en tonces cogió un año de vacaciones, para tener experiencias directas... Dicen que encontró vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable problema con una hechicera... Y desde entonces no es el mismo. Se asusta de los alumnos, tiene miedo de su propia asignatura...

- Lo que yo decía. – dijo Sirius – si se asusta de los alumnos puede que sea divertido leer sus clases.

Ahora ¿adónde vamos, paraguas?

¿Vampiros? ¿Hechiceras? La cabeza de Harry era un torbellino.

- Y lo que falta – empezó Ron – dragones, perros de tres cabezas, trolls, acromantulas basiliscos…

- … dementores, hipogrifos, hombres lobo… - continuó Hermione.

- Mas dragones, sirenas, mortifagos, thestrals, cerebros con tentáculos, zombies… - siguió Orión sin darse cuenta que había incluido algunos con los que todavía no se habían encontrado, aunque el trio y ginny que eran los únicos que habían escuchado la lista no habían oído los últimos porque en ese mismo momento Alex y Harry les gritaron para que se callaran y no desvelaran nada a los adultos, que estaban intentando escuchar la conversación.

Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.

Tres arriba... dos horizontales... —murmuraba—. Co rrecto. Un paso atrás, Harry

Dio tres golpes a la pared, con la punta de su paraguas.

El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpen teaba hasta quedar fuera de la vista.

Bienvenido —dijo Hagrid— al callejón Diagon.

Todos estaban expectantes por saber la reacción de Harry al entrar por primera vez al mundo mágico.

Sonrió ante el asombro de Harry Entraron en el pasaje. Harry miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse.

El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más cercana. «Calderos - Todos los Tama ños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables», decía un rótulo que colgaba sobre ellos.

Sí, vas a necesitar uno —dijo Hagrid— pero mejor que vayamos primero a conseguir el dinero.

Harry deseó tener ocho ojos más.

Ron se estremeció – Harry, amigo, porque haces todo el rato referencias a arañas.

- Solo han sido dos veces – se quejó su amigo.

- Entendemos la sensación – dijeron todos los hijos de muggles.

Movía la cabeza en to das direcciones mientras iban calle arriba, tratando de mirar todo al mismo tiempo: las tiendas, las cosas que estaban fue ra y la gente haciendo compras. Una mujer regordeta negaba con la cabeza en la puerta de una droguería cuando ellos pa saron, diciendo: «Hígado de dragón a diecisiete sickles la onza, están locos...».

- vaya, pareces tu Molly – dijo Arthur

- Sí que es – intervinieron Ginny y los gemelos – nosotros también estábamos y vimos a Hagrid en el caldero chorreante, parecía mareado.

Un suave ulular llegaba de una tienda oscura que tenía un rótulo que decía: «El emporio de las lechuzas. Color par do, castaño, gris y blanco». Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas. «Mi rad —oyó Harry que decía uno—, la nueva Nimbus 2.000, la más veloz.»

- Guau – dijeron James y Sirius casi babeando al imaginar la escoba – tienes que comprarla Harry.

Todos los adolescentes sonrieron como si supieran algo que ellos no.

- Ya no es la más veloz – dijo Harry con una sonrisa – ese honor es de la saeta de fuego, mi escoba.

Ahora su padre y su padrino, junto con los niños y los fanáticos de quidditch del pasado miraban con una mezcla de envidia y admiración a Harry.

- ¿me dejas montar? – preguntaron Bill, Charlie, Dora, James y Sirius todos con cara de perrito abandonado, Dora literalmente cambio su cara para superar a los demás.

Todos empezaron a reírse y Harry les prometió que les dejaría montar si tuviera aquí su escoba, a lo que Alex y Orión respondieron diciendo que cuando llegara alguien de su tiempo la traería.

Algunas tiendas vendían ropa; otras, telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto. Escaparates repletos de bazos de murciélagos y ojos de anguilas, tambaleantes montones de libros de encantamien tos, plumas y rollos de pergamino, frascos con pociones, glo bos con mapas de la luna...

Gringotts —dijo Hagrid.

Habían llegado a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había...

Sí, eso es un gnomo —dijo Hagrid en voz baja, mien tras subían por los escalones de piedra blanca. El gnomo era una cabeza más bajo que Harry. Tenía un rostro moreno e in teligente, una barba puntiaguda y, Harry pudo notarlo, de dos y pies muy largos.

Todos se estremecieron, los duendes no eran de fiar.

Cuando entraron los saludó. Entonces encontraron otras puertas dobles, esta vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas.

Entra, desconocido, pero ten cuidado

Con lo que le espera al pecado de la codicia,

Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

Deberán pagar en cambio mucho más,

Así que si buscas por debajo de nuestro suelo

Un tesoro que nunca fue tuyo,

Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

De encontrar aquí algo más que un tesoro.

El pequeño Bill se adelantó a Lily y antes de que leyera el poema él lo recitó casi entero, solo le falló una frase. Todos se rieron y sus hermanos pequeños suspiraron al ver que la admiración de Bill por el banco venía de lejos.

Como te dije, hay que estar loco para intentar robar aquí —dijo Hagrid.

Alex y Orión volvieron a mirar al trío y estuvieron a punto de echarse a reir.

Dos gnomos los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un amplio vestíbulo de mármol. Un cen tenar de gnomos estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuen tas, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestí bulo eran demasiadas para contarlas, y otros gnomos guia ban a la gente para entrar y salir. Hagrid y Harry se acerca ron al mostrador.

Buenos días —dijo Hagrid a un gnomo desocupado—. Hemos venido a sacar algún dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter.

¿Tiene su llave, señor?

La tengo por aquí —dijo Hagrid, y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el mostrador, desparramando un puñado de galletas de perro sobre el libro de cuentas del gnomo.

- Umm… galletas… - se relamió Sirius haciendo reír a su hijo y sus amigos.

Éste frunció la nariz. Harry observó al gnomo que tenía a la dere cha, que pesaba unos rubíes tan grandes como carbones bri llantes.

Aquí está —dijo finalmente Hagrid, enseñando una pequeña llave dorada.

El gnomo la examinó de cerca.

Parece estar todo en orden.

Y también tengo una carta del profesor Dumbledore —dijo Hagrid, dándose importancia—. Es sobre lo-que-us ted-sabe, en la cámara setecientos trece.

- No deberías haber dicho eso delante de Harry, si es igual que sus padres hará todo lo posible por descubrir cualquier misterio que se le ponga delante. – Dijeron Remus, Sirius, Angy y Alice. Mientras James y Lily les miraban intentando parecer indignados.

- Ni te lo imaginas… - dijeron Ron y Hermione lanzándole una mirada al niño que vivió que en ese momento estaba silbando mientras miraba al techo y ponía cara de no haber roto un plato en su vida.

El gnomo leyó la carta cuidadosamente.

Muy bien —dijo, devolviéndosela a Hagrid—. Voy a ha cer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Grip hook!

Griphook era otro gnomo.

- ¿De verdad? Nunca lo hubiera dicho – dijo Fred intentando parecer serio, provocando que los demás se rieran.

Cuando Hagrid guardó todas las galletas de perro en sus bolsillos, él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.

¿Qué es lo-que-usted-sabe en la cámara setecientos trece? —preguntó Harry.

- ¿Lo veis?

No te lo puedo decir —dijo misteriosamente Hagrid—. Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.

- Seguro que así dejara el tema – dijo Ron sarcásticamente – y entonces nosotros tendremos un año tranquilo.

Griphook les abrió la puerta. Harry, que había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasi llo de piedra, iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles en el suelo. Griphook silbó y un pe queño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron (Ha grid con cierta dificultad) y se pusieron en marcha.

- Me encantan esos carros, es lo más parecido que hay en el mundo mágico a una montaña rusa – dijo Hermione.

- En el futuro construirán un parque de atracciones mágico en Inglaterra, le hace competencia a Disneylandia – dijo Alex – aunque en el futuro os gustaron tanto los parques de atracciones que hicimos durante un verano un viaje por todos los parques temáticos de Europa y América del Norte.

Al principio fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. Harry trató de recordar, izquierda, de recha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquier da, pero era imposible. El veloz carro parecía conocer su ca mino, porque Griphook no lo dirigía.

A Harry le escocían los ojos de las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos. En una ocasión, le pareció ver un estallido de fuego al final del pasillo y se dio la vuelta para ver si era un dragón,

Hagrid y Charlie se inclinaron hacia el libro.

pero era demasiado tarde. Iban cada vez más abajo, pasando por un lago subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del techo y del suelo.

Nunca lo he sabido —gritó Harry a Hagrid, para ha cerse oír sobre el estruendo del carro—. ¿Cuál es la diferen cia entre una estalactita y una estalagmita?

- Ni se os ocurra responder – gritó Sirius al ver que Lily, Remus y Hermione iban a dar una larga y aburrida explicación.

Las estalagmitas tienen una eme —dijo Hagrid—. Y no me hagas preguntas ahora, creo que voy a marearme.

- Esa respuesta es mucho mejor que cualquier cosa que fuerais a decir vosotros

Su cara se había puesto verde y, cuando el carro por fin se detuvo, ante la pequeña puerta de la pared del pasillo, Hagrid se bajó y tuvo que apoyarse contra la pared, para que dejaran de temblarle las rodillas.

Griphook abrió la cerradura de la puerta. Una oleada de humo verde los envolvió. Cuando se aclaró, Harry estaba jadeando. Dentro había montículos de monedas de oro. Mon tones de monedas de plata. Montañas de pequeños knuts de bronce.

Todo tuyo —dijo Hagrid sonriendo.

- De hecho hay unas cuantas cámaras mas… - dijo James – esa es para el uso cotidiano, se va rellenando con lo de las demás cámaras.

Todo de Harry, era increíble. Los Dursley no debían saber lo, o se abrían apoderado de todo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba man tener a Harry?

- Si, seguro que les costaba mucho mantenerle. – dijo Lily, nótese el sarcasmo.

Y durante todo aquel tiempo, una pequeña fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía.

Hagrid ayudó a Harry a poner una cantidad en una bolsa.

Las de oro son galeones —explicó—. Diecisiete sickles de plata hacen un galeón y veintinueve knuts equivalen a un sickle, es muy fácil. Bueno, esto será suficiente para un curso o dos, dejaremos el resto guardado para ti. —Se volvió hacia Griphook—. Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?

- Ja, seguro que ahora va mas rápido solo por molestar – dijeron los prewets.

Una sola velocidad —contestó Griphook.

Fueron más abajo y a mayor velocidad. El aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos. Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada sub terránea, y Harry se inclinó hacia un lado para ver qué había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó y lo enderezó, cogién dolo del cuello.

La cámara setecientos trece no tenía cerradura.

Un paso atrás —dijo Griphook, dándose importancia. Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y ésta desapare ció—. Si alguien que no sea un gnomo de Gringotts lo intenta, será succionado por la puerta y quedará atrapado —añadió.

¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se haya que dado nadie dentro? —quiso saber Harry.

- Vaya pregunta – dijo Hermione – siempre tan curioso.

- Como sus padres – dijeron todos los amigos de estos – aunque nosotros los llamamos cotillas y además cabezotas. – Lo decían mientras se alejaban de ellos que parecían a punto de saltar y matar.

- Pues yo no sé si quiero saberlo – dijo Ginny que por alguna razón tenía cierto trauma con las cámaras.

Más o menos cada diez años —dijo Griphook, con una sonrisa maligna.

- No, no quería saberlo.

Algo realmente extraordinario tenía que haber en aque lla cámara de máxima seguridad, Harry estaba seguro, y se inclinó anhelante, esperando ver por lo menos joyas fabulosas, pero la primera impresión era que estaba vacía. Entonces vio el sucio paquetito, envuelto en papel marrón, que estaba en el suelo.

Todos esperaban otra cosa, algo más grande o valioso, solo el trio y Dumbledore sabían lo que contenía el paquete. Aunque algunos empezaron a atar cabos al ver el título del libro (Remus, Lily, McGonagall, Moody)

Hagrid lo cogió y lo guardó en las profundidades de su abrigo. A Harry le hubiera gustado conocer su contenido,

- Anda y a mi – dijo Sirius

- Seguro que es algo muy valioso – dijo Bill – si no no se lo llevarían de Gringotts para esconderlo en Hogwarts.

- Es cierto, las cosas no son siempre lo que parecen – dijo Dora – seguro que es algo importante y Dumbledore quiere tenerlo cerca por si intentan robarlo.

Todos los adultos miraban impresionados a los niños y Moody comenzó a hacer una lista mental de nuevos aurores muy prometedores. Los únicos que no estaban sorprendidos eran los que los conocían unos años mas mayores.

pero sabía que era mejor no preguntar.

Vamos, regresemos en ese carro infernal y no me ha bles durante el camino; será mejor que mantengas la boca ce rrada —dijo Hagrid.

Después de la veloz trayectoria, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Harry no sabía adónde ir pri mero con su bolsa llena de dinero. No necesitaba saber cuántos galeones había en una libra, para darse cuenta de que te nía más dinero que nunca, más dinero incluso que el que Dudley tendría jamás.

Tendrías que comprarte el uniforme —dijo Hagrid, se ñalando hacia «Madame Malkin, túnicas para todas las oca siones»—. Oye, Harry; ¿te importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto los carros de Gringotts.

- Ya, solo porque estas mareado no Hagrid? – dijeron Fred y George.

To davía parecía mareado, así que Harry entró solo en la tienda de Madame Malkin, sintiéndose algo nervioso.

Madame Malkin era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva.

¿Hogwarts, guapo? —dijo, cuando Harry empezó a ha blar—. Tengo muchos aquí... En realidad, otro muchacho se está probando ahora.

En el fondo de la tienda, un niño de rostro pálido y pun tiagudo estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en la larga túnica negra.

- ¿conociste a Malfoy antes de lo del tren? – preguntaron Ron y Hermione

- ¿Cómo sabéis que es Malfoy… - pregunto Ginny – Y que paso en el tren?

- Se intentaron pelear, nada nuevo

Madame Malkin puso a Harry en un escabel al lado del otro, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo apro piado.

Hola —dijo el muchacho—. ¿También Hogwarts?

Sí —respondió Harry.

Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas —dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las pala bras—. Luego voy a arrastrarlos a mirar escobas de carre ra. No sé por qué los de primer año no pueden tener una pro pia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.

- Me recuerda a Malfoy – dijo Sirius – seguro que es su hijito mimado.

Harry recordaba a Dudley

¿Tú tienes escoba propia? —continuó el muchacho.

No —dijo Harry.

¿Juegas al menos al quidditch?

No —dijo de nuevo Harry, preguntándose qué diablos sería el quidditch.

- ¡Noooooooo! El mundo se acaba – empezó a gritar James

- Un Potter que no sabe lo que es el quidditch – se estremeció Sirius e hizo como si se desmallara

- Ahora ya sé lo que es – refunfuño Harry

- Si además es el mejor… - Ron fue interrumpido por Hermione que le dio una colleja

- No les spoilees el libro.

Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligie ran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuer do. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar?

No —dijo Harry, sintiéndose cada vez más tonto.

Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no te parece?

- Es claramente un Malfoy – dijo Remus.

Mmm —contestó Harry, deseando poder decir algo más interesante.

¡Oye, mira a ese hombre! —dijo súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera de delante. Hagrid estaba allí, sonriendo a Harry y señalando dos grandes helados, para que viera por qué no entraba.

- Helado… ¡Que hambre! – dijo Sirius

- Gracias por los helados Hagrid – dijo Harry

Ése es Hagrid —dijo Harry, contento de saber algo que el otro no sabía—. Trabaja en Hogwarts.

Oh —dijo el muchacho—, he oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?

Es el guardabosques —dijo Harry. Cada vez le gustaba menos aquel chico.

Sí, claro. He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio y que de vez en cuando se emborracha. Trata de hacer magia y termi na prendiendo fuego a su cama.

- Eso solo me ha pasado un par de veces – se quejó Hagrid que se había puesto rojo

- Y fue culpa nuestra – admitieron los merodeadores pero a su vez también lo admitieron los gemelos prewet y los gemelos Weasley y también los dos del futuro y Harry, Ron y Hermione solo podían pensar en Norberto.

- ¿Qué hicisteis? – gritaron McGonagall y Molly tratando de regañarlos pero los Prewet estaban felicitando a los Weasley y nombrándoles dignos sucesores mientras Remus y Sirius hacían lo mismo con sus hijos, Sirius había montado una escenita con Orion como cuando en la Edad Media nombraban a alguien caballero, mientras Remus y Alex se reían.

- Sabes Sirius la madre de Orión probablemente te mataría por meternos estas ideas en la cabeza.

Sirius iba a aprovechar para tratar de averiguar quién era la madre pero los dos chicos no iban a decir nada mas por lo que solo pudo gruñir un poco.

Yo creo que es estupendo —dijo Harry con frialdad.

- Hagrid es estupendo siempre te ayuda si te metes en algún lio y no se lo dice a McGonagall.

¿Eso crees? —preguntó el chico en tono burlón—. ¿Por qué está aquí contigo? ¿Dónde están tus padres?

Están muertos —respondió en pocas palabras. No te nía ganas de hablar de ese tema con él.

Oh, lo siento —dijo el otro, aunque no pareció que le importara—. Pero eran de nuestra clase, ¿no?

Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres

- Buena respuesta, es un defensor de los sangre pura, si no es Malfoy es otro de esos lameculos de Voldemort – dijo Sirius – aunque no lo fueran tampoco importaría.

Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros ¿no te parece? No son como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, ya te imaginarás. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos. Y a propósito, ¿cuál es tu apellido?

- su apellido no importa, además si todo quedara en las familias mágicas nos acabaríamos extinguiendo y sería el fin de la magia – dijo Ron

- Ademas la endogamia acaba produciendo problemas mentales y malformaciones por falta de caracteres géneticos – dijo Hermione

- Si la prueba es la familia Black – dijo Lily – salvo algunas excepciones – añadió mirando a Andrómeda y Sirius.

Pero antes de que Harry pudiera contestar, Madame Malkin dijo:

Ya está listo lo tuyo, guapo.

Y Harry, sin lamentar tener que dejar de hablar con el chico, bajó del escabel.

Bien, te veré en Hogwarts, supongo —dijo el muchacho.

- Desgraciadamente – dijeron los tres amigos.

Harry estaba muy silencioso, mientras comía el helado que Hagrid le había comprado (chocolate y frambuesa con trozos de nueces).

- Ese es mi favorito – dijeron a la vez Alex y Dora – mi abuela/mama siempre lo hace para el postre en verano.

Las dos se miraron sonriendo aunque Alex parecía estar disfrutando de saber algo que los demás no. Esa coincidencia dio que pensar a Remus y a Lily que no paraba de mirar a Remus y después a la niña como si fuera un partido de tennis.

¿Qué sucede? —preguntó Hagrid.

Nada —mintió Harry. Se detuvieron a comprar perga mino y plumas. Harry se animó un poco cuando encontró un frasco de tinta que cambiaba de color al escribir. Cuando sa lieron de la tienda, preguntó:

Hagrid, ¿qué es el quidditch?

- Bien, Hagrid se lo explicara – se alegró James

Vaya, Harry; sigo olvidando lo poco que sabes... ¡No sa ber qué es el quidditch!

No me hagas sentir peor —dijo Harry. Le contó a Hagrid lo del chico pálido de la tienda de Madame Malkin.

... y dijo que la gente de familia de muggles no debe rían poder ir...

Tú no eres de una familia muggle. Si hubiera sabido quién eres... Él ha crecido conociendo tu nombre, si sus pa dres son magos. Ya lo has visto en el Caldero Chorreante. De todos modos, qué sabe él, algunos de los mejores que he cono cido eran los únicos con magia en una larga línea de muggles. ¡Mira tu madre! ¡Y mira la hermana que tuvo!

- ¡Exacto! – exclamó media sala

Entonces ¿qué es el quidditch?

Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es... como el fútbol en el mundo muggle, todos lo siguen.

- ¿Cómo el futbol? – pregunto el padre de Hermione

Se juega en el aire, con escobas, y hay cuatro pelotas... Es difícil explicarte las reglas.

- Suena mucho más interesante que el futbol – dijeron los dos muggles presentes en la sala.

¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff?

Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen que en Huf flepuff son todos inútiles,

- Eh! Como que inútiles? – se quejaron los Hufflepuff presentes

pero...

Seguro que yo estaré en Hufflepuff —dijo Harry desa nimado.

Es mejor Hufflepuff que Slytherin

- Mucho mejor – dijo Sirius

dijo Hagrid con tono lúgubre—. Las brujas y los magos que se volvieron malos habían estado todos en Slytherin. Quien-tú-sabes fue uno.

- Eso no es cierto hubo magos de todas las casas – dijeron Luna y Orión

- Pero la gran mayoría eran Slytherin

- Bueno, es cierto.

¿Vol... Perdón... Quien-tú-sabes estuvo en Hogwarts?

Hace muchos años —respondió Hagrid.

- Es extraño pensar en Voldemort de adolescente – dijo Sirius – te imaginas compartiendo clase con él, debió ser horrible.

El trío de oro, Ginny, Dumbledore, Alex y Orión miraron a Hagrid que parecía perdido en sus recuerdos. Ginny y Harry se estremecieron al recordar a Tom Riddle y la cámara…

- No creo que Voldemort fuera asi de adolescente – dijo Remus – en realidad no tenemos ni idea de quién es en realidad, a lo mejor estaba en Hogwarts cuando íbamos nosotros

- No creo Lunático, si hubiera estado con nosotros lo habríamos sabido, se habría notado su actitud, seguro que ya era malo por aquel entonces – dijo James

- Voldemort fue malo desde que nació – dijeron Harry y Ginny.

Compraron los libros de Harry en una tienda llamada Flourish y Blotts, en donde los estantes estaban llenos de li bros hasta el techo. Había unos grandiosos forrados en piel, otros del tamaño de un sello, con tapas de seda, otros llenos de símbolos raros y unos pocos sin nada impreso en sus páginas. Hasta Dudley, que nunca leía nada, habría deseado tener alguno de aquellos libros. Hagrid casi tuvo que arras trar a Harry para que dejara Hechizos y contrahechizos (encante a sus amigos y confunda a sus enemigos con las más recientes venganzas: Pérdida de Cabello, Piernas de Mante quilla, Lengua Atada y más, mucho más), del profesor Vin dictus Viridian.

Estaba tratando de averiguar cómo hechizar a Dudley

- Ese es mi chico – dijo James secándose una falsa lagrimita de orgullo – tienes que sacar ese espíritu merodeador mas veces.

No estoy diciendo que no sea una buena idea, pero no puedes utilizar la magia en el mundo muggle, excepto en cir cunstancias muy especiales —dijo Hagrid—. Y de todos mo dos, no podrías hacer ningún hechizo todavía, necesitarás mucho más estudio antes de llegar a ese nivel.

Hagrid tampoco dejó que Harry comprara un sólido cal dero de oro (en la lista decía de peltre) pero consiguieron una bonita balanza para pesar los ingredientes de las pociones y un telescopio plegable de cobre. Luego visitaron la droguería, tan fascinante como para hacer olvidar el horrible hedor, una mezcla de huevos pasados y repollo podrido. En el suelo ha bía barriles llenos de una sustancia viscosa y botes con hier bas. Raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes, y manojos de plumas e hileras de colmillos y garras colgaban del techo. Mientras Hagrid preguntaba al hombre que esta ba detrás del mostrador por un surtido de ingredientes bási cos para pociones, Harry examinaba cuernos de unicornio plateados, a veintiún galeones cada uno, y minúsculos ojos negros y brillantes de escarabajos (cinco knuts la cucharada).

Fuera de la droguería, Hagrid miró otra vez la lista de Harry

Sólo falta la varita... Ah, sí, y todavía no te he buscado un regalo de cumpleaños.

- Hagrid eres muy amable – dijo Lily mientras el semigigante iba adquiriendo el color del pelo de los Weasley.

- No fue nada.

Harry sintió que se ruborizaba.

No tienes que...

Sé que no tengo que hacerlo. Te diré qué será, te com praré un animal. No un sapo, los sapos pasaron de moda hace años, se burlarán...

- ¡Eh! Los sapos no son tan malos – dijeron a la vez Frank y Nevile

- Pero si siempre estáis perdiéndolo – les respondieron sus amigos.

- Déjalo Franky a mí me gustaba tu sapo me parecía gracioso – le dijo Alice

y no me gustan los gatos,

- ¡Eh! – esta vez era el turno de los amantes de los gatos para protestar.

me hacen estornudar.

- Les tengo alergia – dijo Hagrid – por eso prefiero los perros como Fang

- Los perros son los mejores – aseguró Sirius con una sonrisa canina.

Te voy a regalar una lechuza. Todos los chicos quieren tener una lechuza. Son muy útiles, llevan tu corres pondencia y todo lo demás.

Veinte minutos más tarde, salieron del Emporio de la Lechuza, que era oscuro y lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una hermosa le chuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala.

- ¡Oh! Que mona – dijo Lily – de verdad Hagrid muchas gracias.

Hagrid hizo un gesto como de que no fue nada.

- Siempre me ha gustado tu lechuza Harry – dijo Luna siempre con su mirada soñadora.

Y no dejó de agradecer el regalo, tartamudeando como el pro fesor Quirrell.

Ni lo menciones

- ¿Al profesor Quirrell? – pregunto Sirius inocentemente – a mí tampoco me ha caído bien.

Dijo Hagrid con aspereza—. No creo que los Dursley te hagan muchos regalos. Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y tendrás la mejor.

Una varita mágica... Eso era lo que Harry realmente ha bía estado esperando.

- Tu y todos – dijo Remus

- Si cuando iba a comprar la mía creía que me volvería loco por la espera – dijo Sirius – creo que ha sido lo único en lo que alguna vez coincidimos Bellatrix y yo, aunque lo suyo fue más exagerado destruyó su casa con magia accidental, yo solo casi mato a Kreacher – explicó el tan tranquilo, Andrómeda al otro lado de la mesa asentía a lo dicho por su primo.

- No me extraña que le caigas mal al elfo – dijo Hermione

La última tienda era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.». En el polvoriento esca parate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita.

Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar. Harry se sentía algo extraño, como si hubieran entrado en una biblioteca muy estricta. Se tragó una cantidad de preguntas que se le acaba ban de ocurrir, y en lugar de eso, miró las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por al guna razón, sintió una comezón en la nuca. El polvo y el silen cio parecían hacer que le picara por alguna magia secreta.

- Muy pocos suelen sentirlo – explicó Dumbledore – significa que eres un mago muy poderoso.

La mayoría le miró incrédulos, algunos como Lily, Hermione, Moody o Ginny que también lo habían sentido asentían en silencio.

Buenas tardes —dijo una voz amable.

Harry dio un salto. Hagrid también debió de sobresal tarse porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla.

Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y páli dos, brillaban como lunas en la penumbra del local.

- Es un poco escalofriante

Hola —dijo Harry con torpeza.

Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a ver te pronto. Harry Potter. —No era una pregunta—. Tienes los ojos de tu madre. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encanta mientos.

Lily sacó su varita recordando el día en que la compró, nada mas tocarla la varita comenzó a echar chispas de colores.

El señor Ollivander se acercó a Harry. El muchacho de seó que el hombre parpadeara. Aquellos ojos plateados eran un poco lúgubres.

Tu padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones.

James sacó también su varita y transformó el pelo negro y liso de Sirius en una bola de pelo afro verde fosforito. Sirius empezó a gritar y a agarrarse el pelo mientras los demás se reían como locos.

Bueno, he di cho que tu padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago.

El señor Ollivander estaba tan cerca que él y Harry casi estaban nariz contra nariz. Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos velados.

Y aquí es donde...

El señor Ollivander tocó la luminosa cicatriz de la frente de Harry, con un largo dedo blanco.

- Eso es de mala educación – se quejaron Molly y Lily.

Toda la sala se había girado para mirar a Harry que intentaba inútilmente esconder la cicatriz con su pelo. Su padre aparentemente apiadándose de él le puso el pelo como a Sirius, que estaba inusualmente callado tratando de deshacer la transformación y recuperar su adorado pelo.

Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso —dijo amablemente—. Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivoca das... Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el mundo...

- ¿Te imaginas a Voldemort yendo a comprar la varita? – preguntó George

- No, ¿crees que tendría nariz en ese momento? – respondió Fred

- Puedo asegurarles señores Weasley que Voldemort tenía nariz cuando era joven. – Les respondió Dumbledore, Ginny se estremeció recordando a Tom Riddle.

Negó con la cabeza y entonces, para alivio de Harry, fijó su atención en Hagrid.

¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así?

Así era, sí, señor —dijo Hagrid.

- Siempre me he preguntado como hacía para recordar todas las varitas – dijo Angy

Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron —dijo el señor Ollivander, súbitamen te severo.

"Tengo que averiguar por qué lo expulsaron" pensaba Sirius "ellos lo saben" pensó mirando a los adolescentes del futuro. "Voy a morirme de la curiosidad, tuvo que pasar algo muy gordo por las miradas que tenían los chicos".

Eh..., sí, eso hicieron, sí —respondió Hagrid, arrastrando los pies—. Sin embargo, todavía tengo los pedazos —aña dió con vivacidad.

Pero no los utiliza, ¿verdad? —preguntó en tono severo.

Oh, no, señor —dijo Hagrid rápidamente. Harry se dio cuenta de que sujetaba con fuerza su paraguas rosado.

- No es sospechoso ni nada – dijo James

- Es cierto, Hagrid tenemos que enseñarte a disimular mejor – añadieron los gemelos.

Mmm —dijo el señor Ollivander, lanzando una mira da inquisidora a Hagrid—. Bueno, ahora, Harry.. Déjame ver. —Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas pla teadas—. ¿Con qué brazo coges la varita?

- ¿Cómo puedes saber eso si nunca has cogido una varita antes? – preguntó Sirius, que ya se había librado de la peluca, pero nadie le hizo caso

Eh... bien, soy diestro —respondió Harry.

Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a Harry del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. De pronto, Harry se dio cuenta de que la cinta métrica, que en aquel momento le medía entre las fosas nasales, lo hacía sola. El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas.

Esto ya está —dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo—. Bien, Harry Prueba ésta. Madera de haya y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexi ble. Cógela y agítala.

Harry cogió la varita y (sintiéndose tonto) la agitó a su alrededor,

- Todos nos sentimos tontos – le dijo Angy con una sonrisa.

pero el señor Ollivander se la quitó casi de inme diato.

Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica. Prueba...

Harry lo intentó. No tenía ni idea de lo que estaba bus cando el señor Ollivander. Las varitas ya probadas, que esta ban sobre la silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento pare cía estar.

- ¿Cuántas tuviste que probar? – Le preguntó su padre con una sonrisa.

- No lo sé, unas 15 o 20.

- A Ollivander siempre le gustan los clientes difíciles, yo probé unas 20 – le dijo Alice.

- Pues yo probaré 30 – saltó Bill.

- Pues yo 40 – atacó Dora

- Yo 50 – contra-atacó Charlie.

- 60

- 70

- 80… - los adultos se estaban riendo viendo como los niños discutían.

- Pues yo seré mejor que todos vosotros y encontraré mi varita a la primera – gritó Percy, que era el más pequeño pero también el más serio, deteniendo la discusión.

- No te lo crees ni tú – le gritaron los otros tres.

Qué cliente tan difícil, ¿no? No te preocupes, encon traremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.

Harry agarró su varita, se estaba preguntando qué pensarían los demás al saber que su varita era la gemela de Voldemort.

Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas esta llaron en la punta como fuegos artificiales,

- ¡Los colores de Gryffindor! – gritaron James y Sirius – eso es una señal.

Arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. Hagrid lo vitoreó y aplau dió y el señor Ollivander dijo:

¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente qué curioso...

- ¿Qué es tan curioso?

- Señor Black haga el favor de no interrumpir todo el rato o tendré que volver a ponerle el pelo de colores – amenazó la profesora McGonagall.

Puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar, todavía murmurando: «Curioso... muy curioso».

Perdón —dijo Harry—. Pero ¿qué es tan curioso?

- Veis Harry también se lo pregunta – se enfurruñó Sirius, todos se estaban preguntando eso en la sala.

- ¡Señor Black!

El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida.

Recuerdo cada varita que he vendido, Harry Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de don de salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más.

- Vaya, eso pasa muy pocas veces – dijo Lily, imaginándose que eso tan curioso tendría algo que ver con la varita gemela.

Y realmente es muy curioso que estuvieras desti nado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz.

Pero no se había imaginado eso. Todos se habían quedado en silencio mirando a Harry que parecía muy incomodo y Lily decidió intervenir. – Eso es bueno,¿ no profesor?

- Ciertamente, dos varitas con el mismo nucleo nunca podrán enfrentarse, en un duelo tienden a…

- ¿Repelerse o conectarse? – le interrumpió Harry

- Sí, señor Potter, parece que ya lo sabía – Harry no respondió esta vez estaba pensando en el cementerio cuando su varita y la de Voldemort se conectaron y aparecieron esos fantasmas, los del pasado le miraban preocupados, ¿eso significaba que él y Voldemort ya se habían enfrentado o lo sabía por otra razón? Sus padres tenían la esperanza de que fuera la segunda opción.

Harry tragó, sin poder hablar.

Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden estas cosas. La varita escoge al mago, recuér dalo... Creo que debemos esperar grandes cosas de ti, Harry Potter... Después de todo, El-que-no-debe-ser-nombrado hizo grandes cosas... Terribles, sí, pero grandiosas.

- ¿De qué lado está? – preguntó Ginny

- Ollivander nunca sería un mortifago – dijo Dumbledore – a él solo le interesan las varitas, es la varita lo que admira no a Voldemort.

Harry se estremeció. No estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho. Pagó siete galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.

Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, Harry y Hagrid emprendieron su camino otra vez por el callejón Diagon, a través de la pared, y de nuevo por el Caldero Chorreante, ya vacío. Harry no habló mientras salían a la calle y ni si quiera notó la cantidad de gente que se quedaba con la boca abierta al verlos en el metro, cargados con una serie de pa quetes de formas raras y con la lechuza dormida en el regazo de Harry. Subieron por la escalera mecánica y entraron en la estación de Paddington. Harry acababa de darse cuenta de dónde estaban cuando Hagrid le golpeó el hombro.

Tenemos tiempo para que comas algo antes de que sal ga el tren —dijo.

Le compró una hamburguesa a Harry y se sentaron a co mer en unas sillas de plástico. Harry miró a su alrededor. De alguna manera, todo le parecía muy extraño.

¿Estás bien, Harry? Te veo muy silencioso —dijo Hagrid. Harry no estaba seguro de poder explicarlo. Había teni do el mejor cumpleaños de su vida y, sin embargo, masticó su hamburguesa, intentando encontrar las palabras.

Todos creen que soy especial —dijo finalmente—. Toda esa gente del Caldero Chorreante, el profesor Quirrell, el se ñor Ollivander... Pero yo no sé nada sobre magia. ¿Cómo pue den esperar grandes cosas? Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué soy famoso. No sé qué sucedió cuando Vol... Perdón, quiero decir, la noche en que mis padres murieron.

- Bueno Harry has demostrado que no se equivocaban al esperar grandes cosas de ti – le dijo Hermione

- Supongo pero sin vosotros dos no habría conseguido nada

- Siempre igual – se quejó Ron – eres demasiado modesto, nosotros no nos enfrentamos a muchas de las cosas a las que te enfrentaste tu

- Pero siempre tuve ayuda – cabezota como siempre.

- Pero aun asi eres un gran mago en potencia – replicó Hermione con cara de "a cabezota no me ganas", Harry suspiró mientras sus amigos se reían.

Hagrid se inclinó sobre la mesa. Detrás de la barba enma rañada y las espesas cejas había una sonrisa muy bondadosa.

No te preocupes, Harry. Aprenderás muy rápido. To dos son principiantes cuando empiezan en Hogwarts. Vas a estar muy bien. Sencillamente sé tú mismo. Sé que es difícil. Has estado lejos y eso siempre es duro. Pero vas a pasarlo muy bien en Hogwarts, yo lo pasé y, en realidad, todavía lo paso.

Hagrid ayudó a Harry a subir al tren que lo llevaría has ta la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre.

Tu billete para Hogwarts —dijo—. El uno de septiem bre, en Kings Cross. Está todo en el billete. Cualquier proble ma con los Dursley y me envías una carta con tu lechuza, ella sabrá encontrarme... Te veré pronto, Harry.

- Hagrid, no le has explicado cómo llegar a la estación ahora se perderá – le regañó Molly.

- Tranquila señora Weasley creo que fue mejor asi le dijo Harry sonriendo, a su lado Ron sonreía igual o más.

El tren arrancó de la estación. Harry deseaba ver a Ha grid hasta que se perdiera de vista. Se levantó del asiento y apretó la nariz contra la ventanilla, pero parpadeó y Hagrid ya no estaba.

- Es el final del capítulo. – dijo Lily dejando el libro sobre la mesa.

- Creo que deberíamos leer un capitulo mas y hacer un descanso – propuso Dumbledore