No tengo mucho que escribir respecto a este capítulo, solo puedo pedirles que disfruten leerlo, y se preparen para lo que sigue, ya que comenzarán los verdaderos cambios en la historia.


Capítulo dieciséis

La tempestad

A… yuda… Ayud…ame

¿Me o…? ¿Me oyes…?

No había cielo, y tampoco suelo, estaba parado en la nada, si es que así se le puede llamar, no era un lugar frío, pero tampoco cálido, no corría aire alguno, ni siquiera sentía que respirar fuese natural. Una neblina se arremolinaba sobre él y lo atrapaba, quería fijar la vista, pero, aunque no hubiese viento, sentía como una ráfaga cubría su vista. ¿Oír? No oía nada, siquiera sentía su respiración, parecía como si todo su cuerpo estuviera completamente inutilizado, cada fibra de él se sentía inútil.

De pronto, creyó caer, vio que sus ojos, incapaces incluso de pestañear, se iban hacia abajo hasta caer en un suelo falso. Intentó ver algo, incluso a él mismo, vio su mano, tendida en un suelo de cristal invisible, donde las nieblas confundían y tragaban el mundo. Pero sintió algo, una voz, pequeña, aguda, casi imperceptible. Creía que lo llamaba, aunque sin decir su nombre, sintió que lo buscaba, aún sin saber cómo se veía. Volvió a mirar su mano, un resplandor hermoso se abría como una flor desde su palma, parecía una esfera vidriosa donde el arco iris se reflejaba. Luego, vio cómo de este resplandor, se movía hacia delante como una línea, como marcando un camino, un camino que no sabe dónde es, pero sabe que tiene que seguir…

¡AH!

- ¿Q-Qué fue eso? ¿U-Un sueño…?

Kouga despertó abruptamente, sintió escalofríos en la espalda, se tomó la cabeza, el sudor recorría sus mejillas, el sudor estaba helado. Al instante miró a su costado, allí reposaba Souma, boquiabierto, roncando más que respirando, luego notó la luz que entraba por la ventana, y se dio cuenta que no había pasado mucho de tiempo de que se había quedado dormido, treinta, a lo mucho, cuarenta minutos.

Confundido, se bajó de la cama, tenía toda la ropa puesta, incluso calzado estaba, intentó aclarar sus pensamientos un segundo cuando algo se le cruzó un instante. No supo por qué, pero comprendió que debía salir con urgencia de allí, abrió la puerta y salió a los tropezones, cuando estaba fuera, pudo ver algo que desafiaba toda su lógica. Delante de él, se hallaba ese mismo resplandor que vio en el sueño, flotando en el aire, y de repente, se alejó por los pasillos, dejando un rastro como polvillo, Kouga trató de tomar aire, pero se desconcertó tanto que se recostó en la pared.

- ¿Qué era esa cosa…? Sentí… Una energía tan cálida… Solo la he sentido de alguien como… La señorita Saori. – Reflexionaba. - ¡Quizás me está llamando! – Concluyó, esta idea rápidamente acabó con su estado de medio-muerto, impulsado del muro, se colocó de pie, y miró fijo por una vez al rastro que había dejado la esfera brillante, el rastro desaparecía poco a poco. - ¡Tengo que apresurarme! ¡Espéreme, señorita Saori!

Y echó a correr, lento, torpe, pero constante, nada, nadie en el universo sería capaz de frenarlo, ni siquiera que un yunque le abriese le cabeza…

[…]

- ¿Sus ejercicios van bien, mi señor?

- … Sí, me siento muy calmado hoy.

- Eso es un buen signo, cuando más grande es la calma, más aterradora se hace la tormenta…

- Una vez desatada, la tormenta es incontenible…

- Y se vuelve tempestad.

[…]

- Hm…

- ¿Qué pasa, Yuna? Has estado rara desde hace rato.

- Siento que algo malo va a ocurrir, algo peor que una simple lluvia.

- ¿P-Pero no habías predicho tres días de lluvia ligera?

- Sí, pero… Las estrellas, siento que cambian, que me dicen que me he equivocado.

- ¡Tal vez no llueva! ¡Eso sería genial!

- ¡Ryuuhou…! No deberías pensar las cosas de manera tan optimista, deberías ser más realista.

- ¿Lo dice una optimista con experiencia, eh? Mira, Yuna, somos como veinte Santos de Bronce en Palestra, lo mínimo que puedo hacer es no preocuparme tanto como cuando estoy en casa, no te sientas mal, pero… Ya me preocupo demasiado, me agradaría que no… Ya sabes.

- Está bien, Ryuuhou… Está bien.

[…]

Kouga cruzaba a paso entorpecido los prados de la isla, guiado por ese extraño resplandor, cada tanto, el dolor de las piernas se acrecentaba y caía de rodillas, sus ojos se entrecerraban, pero aún en medio de la oscuridad podía ver la luz, por tanto no se rindió a levantarse, una y otra vez. Cuando se dio cuenta, había llegado hasta a la edificación de la Dirección.

- ¿Este lugar…? ¿Saori…? ¿Está aquí?

El edificio tenía una aspecto realmente impresionante, el camino a la entrada estaba hecho de baldosas que parecían relucir como la plata en la tardía luz del sol, a los costados, se alzaban pequeños pilares blancos, que en la punta se hallaba el símbolo de Niké, la diosa de la victoria, en forma de cristal, era apenas un círculo ancho, con una punta en el centro de la parte interior baja. El jardín que lo rodeaba también se veía majestuoso, cubierto de crisantemos, pequeñas flores de color lila que al florecer crecían bastante cerca y en conjunto, entre todas parecían formar un mar que al mecerse con el viento parecían olas. Rodeando las flores, se alzaban largas líneas de madreselva, que parecían saltar de los arbustos con su color blanco. Esta gran vista terminó de despertar a Kouga que estaba algo somnoliento, se pudo erguir bien y caminar directo al edificio, que tenía el aspecto de un palacio europeo.

Una vez llegó a la entrada de casi cinco metros, mientras admiraba la sorprendente construcción, posó una mano en la pared, y una imagen cruzó su mente de repente. Vio un lago, que parecía brillar, aunque no había sol, tenía luz propia, una persona, de altura casi infantil, estaba en el medio, vestida con mantos blancos y delicados, parpadeó un momento, y luego vio el rostro de una jovencita, solo alcanzó a ver claramente unos ojos de un color celeste profundo como el cielo, y el brillo recordaba al de una estrella. Repentinamente, la visión se cortó, y cayó de rodillas, agitado.

- Eso fue… Tan… ¿Eh?

Mientras ordenaba sus pensamientos vio un resplandor que le encegueció por unos segundos, al entrar, se encontró en medio de un corto pasillo que funcionaba como antesala, estaban oscuros, así que los utilizó para esconderse y ver dentro del vestíbulo. La habitación era igualmente deslumbrante como sus afueras, el suelo parecía de cristal, que brillaba con una luz que llegaba de un techo de igual material, parecía una Iglesia. Al final, había una gran escalera central, que llevaba a una bifurcación. En el centro, se hallaba una estatua de Athena, similar a la que estaba en los dormitorios, a su alrededor se erigían doce tablas de piedra blanca, donde estaban tallados dibujos e inscripciones en griego. Frente a la estatua, un hombre estaba parado, se lo veía vestido con una suerte de túnica azul oscura, adornado en la zona del cuello y los hombros con motivos dorados y rojos, el cabello, a pesar de ser canoso y viejo, se extendía hasta la cintura, Kouga lo inspeccionaba con cuidado mientras estaba de espaldas, hasta que lo oyó hablar con su portentosa voz.

- ¿Quién está allí? – Se volteó, tenía el aspecto de un hombre avejentado, sin embargo, no demostraba rastros seniles ni en su rostro ni en su estructura corporal, todo lo contrario, parecía una persona fornida, a pesar de que hasta el último vello facial lo tenía blanco como la nieve, en forma de barba candado.

- Mierda… Me va a encontrar. – Temió Kouga.

- ¡Sé que estás ahí…! ¡Muéstrate!

Ante sus palabras, una fuerza extraña movió los pies del Pegaso y lo hicieron tropezar hasta estar en la vista del hombre.

- Oh, eres tú, Pegaso…- Dijo, pero no aliviado, sino con un gesto severo.

- B-Buenas tardes, soy Kouga… - Se presentó con timidez y miedo.

- Sé quién eres, Pegaso, sería un pésimo director si no lo supiera. – Le hizo una seña para que se acerque. – Ven, niño.

Kouga hizo caso, se acercó caminando con el paso más firme que le pedían los pies, y una vez estuvo cerca, puso una rodilla en tierra, con la vista en el suelo.

- Por favor… Es un insulto arrodillarte ante mí cuando tu diosa está aquí, viéndote. – Le corrigió, Kouga lo miró a sus ojos de color almendrado, aún estaba con la mirada seria, se alejó de la estatua, de modo que el joven esté frente a la escultura. – Ahora sí… En fin, ¿a qué se debe tu visita, joven Pegaso?

- Pues… Eh… - Titubeó unos segundos. – Verá, tengo un problema, suelo caminar dormido, estaba tomando una siesta y…

- No intentes mentirme, Pegaso, llevo medio siglo en los hombros, conozco cada gesto que hace un hombre cuando miente, anda, no temas, dime a qué has venido.

- Bueno, yo… - Se quedó callado.

- ¡Habla! – Rugió, Kouga sintió una presión horripilante en la garganta que lo dejó con las manos en el suelo para no caer desplomado, luego empezó a hablar rápidamente.

- Vine porque necesito hablar con Athena. – Dijo y luego tosió como un enfermo.

- ¡Athena! ¿Qué clase de petición es esa? – Se sorprendió. – Ningún Santo, y menos de Bronce, puede venir a decirme que desea ver a Athena, vete, muchacho.

- ¡No! – Respondió firmemente. - ¡Quiero ver a la Señorita Saori!

- Saori… - Pensó un segundo, meditó unos momentos y habló: - ¡Deja esas estupideces, Kouga de Pegaso! ¡Vete, no quiero verte ahora! Tengo asuntos importantes que tratar.

- ¡¿Por qué no puedo ver a Saori?! ¡Ella fue atacada por ese sujeto, Mars! – Kouga se levantó, desafiante, el hombre levantó una ceja al oír el nombre "Mars". - ¡Necesito saber si está bien!

- ¡Niño impertinente! – Replicó con fuerza. - ¡Al suelo, ahora!

Como si sus palabras fuesen órdenes, Kouga cayó de cara contra el suelo como si una extraña fuerza lo aplastara.

- Si no deseas recibir un castigo aún mayor, ¡vete!

- Yo… No me iré sin ver a Saori…

- Tu así lo quisiste, Pegaso. – Le amenazó, sacó una mano que no parecía de una persona de su edad de la túnica. - ¡Arriba! - Ordenó, e instantáneamente Kouga estaba como pegado al techo cristalino del edificio.

- ¡DÉJEME VER A SAORI, MALDITO VIEJO! – Gritaba con fuerza.

- Este niño sabe más de lo que esperaba, ya sabía que conoce a Saori, sin embargo, también sabe de Lord Mars… No tengo permitido matarlo, sin embargo, sería muy útil si lo tenemos bajo nuestro poder. – Decía para sus adentros. - ¡Prepárate para recibir el castigo de Athena, Pegaso! – Alzó la vista.

- ¿Eh?

- Yo soy la espada de Athena, ¡yo soy un Santo! Soy el Santo encargado de castigar aquellos que desafíen la voluntad de nuestra diosa, blandiendo mi espada contra sus enemigos. – Habló solemne, mientras tomaba de una de sus mangas un pesado libro negro, que tenía inscrito un dibujo de una espada, y distintivos en color oro. - ¡Soy el Santo de Oro, Ionia de Capricornio! - Abrió su libro, y de allí tomó un medallón de oro, con una gema color esmeralda incrustada en ella.

- ¿S-Santo de Oro…?

Capricorn Cloth!

Al instante una luz dorada bañó a Ionia, cuando esta se desvaneció, una Cloth dorada lo protegía, Kouga no podía ver de las alturas, pero vio como esta brillaba como si de un pedazo del sol se tratase. La Cloth protegía la mayor parte de su cuerpo, dejando apenas los muslos desprovistos. Sus hombreras eran semicirculares, adornadas de motivos blanco, allí estaban colocadas dos especies de broches, a donde estaba atada una larga y majestuosa capa. Los brazos no eran algo de destacar, salvo en los codos, donde se abrían pequeños cuernos. Lo más notable era el peto, en los pectorales se dibujaban complicados detalles, en el abdomen estaban marcas similares. En el centro de su pecho, había una gema similar a la del medallón. No estaba usando su casco.

- ¡Toma esto, Kouga de Pegaso!

King's Sword! CALIBURN!

(¡Espada del Rey! ¡CALIBURN!)

Kouga no pudo ver, solo sintió un sonido que cortó a través del viento, una ráfaga dorada apenas fue captada por su ojo, pero un impacto lo golpeó antes de que se diese cuenta, oyó el vidrio explotando tras él, y después, anda, las lágrimas le saltaron de los ojos, al tiempo que estos se cerraban, inconscientes…

- Hm… No debí destruirla, hoy lloverá… Y muy fuerte…

[…]

- ¡Oh, ya casi es hora! ¡Hay que llamar a Kouga y Souma!

- ¡Cierto, casi lo olvido, rápido, o no llegarán a tiempo!

[…]

La noche se cernía sobre Palestra, tímida, la Luna envuelta en un vestido de nubes oscuras y sombrías, secundada por las estrellas del firmamento, todas parecían vestidas para la ocasión, no era solo una tormenta la que se acercaba, era una tempestad…

Mientras todos se preparaban para una fiesta y la celebración, el destino tenía preparado algo completamente diferente, y había alguien quien iba a hacer ese destino real. En los dormitorios se edificó un techo para protegerse de la lluvia, una vez este se halló completo, fue desprotegido, pues todos estaban debajo, con la falsa sensación de sentirse protegidos. Allí estaba él, con sus puños dispuesto a revertir el flujo del destino. Su cabello se meneaba ante la brisa que pronto se convirtió en viento, esa fue su señal. Alzó sus manos, y así habló:

Júpiter, a ti te imploro que abras los cielos, y que por mi puño descienda tu sagrado trueno.

¡Quien habla soy yo, Eden! ¡He sido agraciado, como hijo de dios de la Guerra, y como portador del invencible trueno que usas como arma! La cual blandiré justamente, para que aquellos humanos ignorantes caigan arrodillados frente a mí, y caminen sin vacilar a un nuevo mundo!

[…]

- ¿Ni siquiera para esto puede venir ese tipo? ¡Es un amargado!

- ¡Totalmente! ¡Se cree que es mejor que nosotros, es un engreído!

[…]

Por mi nombre, Eden, y como hijo que soy del dios de la Guerra, declaro por tu sacro trueno, que aquí, y ahora, ¡COMIENZA EL FIN DEL MUNDO!

TONITRUA GENESIS! (¡Trueno del Génesis!)

Regocíjense humanos, sus manos no mancharán más este mundo…