Kouga, tras la desfortuna de haber sido capturado por Ionia de Capricornio, logra hacerse de un nuevo camarada, Haruto de Lobo, quien asegura ser un verdadero ninja. Pegaso y Lobo escapan de la prisión juntos, y emprenden rumbo hacia la guerra que se ha desatado entre Santos y Martians.
La ardiente torre de los cielos
El campo de batalla era inmedible, la guerra terminaba donde caía el primer guerrero, y junto a él, el segundo, el tercero, y el cuarto, quizás no eran del mismo bando, pero ninguno podía evadir realmente un puñetazo, todos sentían los nudillos en las mejillas, las patadas en el abdomen, cascos destrozados contra el suelo, pechos partidos en la mitad, todos volvían a la Tierra que los vio nacer, y de la que también, algunos eran hijos bastardos, su sangre se mezclaba con la tierra húmeda, levantaba un fétido nauseabundo, pero no había suficiente tiempo como para traer perfume mientras alguien a tu lado quería hacerte tragar uno por uno todos tus dientes.
– ¡Come, Martian! – Decía el joven pelirrojo mientras estampaba a su enemigo en armadura negra contra el suelo, remarcó la sangre que ya estaba cerca, con una nueva, que también se iba a secar, nombre tras nombre corría por cada gota, pero, seguramente, nadie los recordaría, nadie los enterraría y sabría que dejaron todo en batalla.
– ¡Cuidado, Souma! – Dijo el joven protegido en una armadura color aguamarina, saltó delante del pelirrojo, y lo cubrió con un macizo escudo que hizo rebotar el puñetazo enemigo.
– ¡Gracias, Ryuuhou! – Respondió Souma, que se hizo a un lado, y remató con un puño llameante al Martian.
En tanto, una joven rubia no luchaba con solo un guerrero, cuatro la asediaban desde distintos ángulos, debía usar cada extremidad para no caer rendida ante los números. Tenía dos puñetazos frenados con los codos, apenas la soltaron, una patada se acercaba por otro costado, la detuvo con un rodillazo, aún así otra patada le golpeó sobre la espalda, casi la hizo caer, pero se mantuvo firme en su lugar, la larga cabellera rubia estaba embarrada, y la lluvia empeoraba su condición mucho más.
– ¡Este déjamelo a mí! – Escuchó, vio como una ráfaga filosa de agua le pasó por al lado, al instante escuchó la caía del enemigo a su espalda.
– ¡Spear…! – Se sorprendió.
– ¡Luego me lo agradeces! – El joven salió adelante, con su Cloth azul como el mar, a enfrentarse con más rivales.
– ¡Bien, no me quedaré atrás! – Se deshizo del Martian con quien estaba trabando las rodillas, lanzándose con potencia hacia delante, este se desequilibró y cayó, dando tiempo para que Yuna asestase un puñetazo en el pecho que lo dejó tendido en el suelo, luego, procedió a acabar de dos patadas desde el suelo con los otros dos Martian que venían a enfrentarla.
Un poco alejado de esa zona, luchaban el resto de los Santos de Bronce con muchísimo valor, comandados por el gigantesco Geki, antiguo Santo de Bronce del Oso, podía encargarse de dos enemigos a la vez con sus hercúleos brazos, los hacía crujir, los aplastaba contra el suelo, o simplemente los destruía a puñetazos, era una bestia imparable. Sus alumnos caían varias veces, pero él siempre se acercaba de levantarlos, y de qué manera, los hacía elevar por los aires para que cayeran sobre los Martian y acabar con ellos.
– ¡Maestro, venga conmigo! – Escuchó, era, ni más ni menos, que Ranjeet, portador de la Cloth del Oso, envuelto en esta portentosa protección oscura, acababa con sus enemigos casi de misma manera que Geki.
– ¡Ah…! – Dijo, como dándose cuenta de algo. – ¡Entiendo tu plan, sí, me agrada! ¡Vamos…!
Ambos dos comenzaron a elevar su Cosmos con gran potencia, los Martian intentaron golpearlos en tanto se concentraban, pero rápidamente apareció allí Souma, embistiéndolos con muchísima energía, los tumbó de un solo embate, y los desmayó, o peor, en el suelo.
– ¡Ahora, Ranjeet!
– ¡Sí!
Hanging Bear! (¡Abrazo del Oso!)Como si de dos locomotoras humanas se tratasen, Geki y Ranjeet atraparon entre sus brazos, al menos, cuatro Martian, y aunque parecería imposible para un humano común, empezaron a apretar, tanto que se oía como sus huesos se partían incluso bajo tan intensa lluvia.
– ¡Vamos! ¡Con toda, Ranjeet!
– ¡Aquí va!
Los Martian estaban aprisionados entre sus brazos, ya no podían luchar para liberarse pues sus brazos ya estaban destrozados, los llevaron al aire, y como si fuesen simples marionetas, las estrellaron contra el grupo más numeroso de Martian, la potencia del lanzamiento arrasó con ellos.
Docenas de guerreros estaban tendidos en el suelo, sin poder moverse. Geki y Ranjeet elevaron los brazos en signo de fuerza y alegría, para dar ánimos a todos los combatientes. No contaron con que más Martian aparecerían, parecían crecer de la sangre derramada de sus hermanos, y cada uno tenía más sed de violencia que el anterior, de a poco, aparecían armados con espadas de acero negro, picas y lanzas, como si de un ejército de caballeros negros se tratase.
Ryuuhou retenía a los Martian con armas con su escudo impenetrable, los filos resbalaban al tocar el escudo del Dragón, y el joven Santo tomaba oportunidad para finiquitarlo de pocos golpes. En un momento, se vio rodeado por unos cuantos Martian que amenazaban acabarlo, pudo detener tres ataques seguidos, pero la espalda no tiene brazos, una pica iba directo a cruzar su corazón, sin embargo, vio por el rabillo del ojo un resplandor que reconoció muy bien.
Senko Ken!
Al instante vio como su amigo, envestido en su Cloth, blanca y pura como el vestido de una diosa, acababa con sus traicioneros enemigos, la luz que emanaban sus puñetazos parecían tragárselos. Pero este no estaba a salvo de los cobardes Martian que buscaban la espalda de sus enemigos, por el aire, un Martian blandía su espada para cortar el cuello de Kouga, lo habría logrado si un arma prácticamente invisible no le hubiese perforado el pecho.
– ¡Haruto! – Gritó Kouga cuando se volteó, vio al callado Lobo luchando sin problemas contra Martian armados, incluso si lo atacaban por la espalda.
– ¿Haruto? – Se preguntó Ryuuhou mientras se cubría de un ataque. – Así que ya regresó… Qué bueno.
– ¡Kouga! – Oyeron, eran dos personas, Souma y Yuna que se acercaron al resto del grupo mientras repelían a los soldados de negro a su alrededor. – ¡Me alegra que estés bien! – Exclamó Souma con una sonrisa, Kouga lo saludó tendiéndole el puño, Souma lo chocó en respuesta con sus propios nudillos.
– ¡Haruto, cuidado! – Yuna lo saludó salvándole el pellejo, atrapando una lanza que un Martian había arrojado contra la cabeza.
– ¿Yuna…? – A Haruto le confundió ligeramente ver a la rubia sin su máscara, rápidamente entendió, y le dio una pequeña sonrisa. – Te ves mejor. – Dijo, mientras se enfrascaba nuevamente en la batalla.
– ¡Abran cancha, todos!
Ranjeet y Spear gritaron muy fuerte, todo el mundo oyó incluso en la lluvia, los dos estaban uno al lado del otro, parecían tener un plan con intenciones de ejecutar en ese instante. Ranjeet se agachó un poco, y entrelazó los dedos, Spear dio un pequeño salto sobre el "puente" que habían hecho las manos, Ranjeet hizo alarde de su absurda potencia física, elevando a los cielos a Spear, Ranjeet no se quedó atrás, e igual que él, adoptó la pose para realizar una técnica en conjunto.
Demolishing Bear! (¡Oso Demoledor!)Swords' Stream!
(¡Torrente de Espadas!)
Al nombre de su técnica, alrededor de Spear se formaron numerosas Corrientes de agua que rodeaban por complete su cuerpo, una vez estas totalmente habían tomado perfecta forma filosa, como si de espadas se tratasen, Dorado se lanzó directo contra el suelo, donde cuantiosos Martian estaban juntos, aterrizó con cierta elegancia, apenas tocando el suelo con la punta de los pies. Apenas hizo contacto con la tierra, una onda expansiva soltó el filo de sus espadas, atravesando a sus enemigos de una sola vez, tomó un chasquido solo, para que todos cayeran, rendidos.
En tanto, Ranjeet usó una técnica mucho menos elegante, se inundó en su Cosmos primero, y tomando un poco de carrera, una carrera bastante pesada, a cada paso dejaba una gran huella en el suelo, acto seguido, dio un sorprendente salto de casi cuatro metros de alto, se dirigía directo a un grupo de Martian que se acercaba. Antes de caer sobre ellos, puso sus manos sobre la cabeza, juntas, y cayó contra el suelo, golpeándolo en un poderoso mandoble. La tierra se rajó como si un rayo la hubiese partido. Los Martian más cercanos al impacto fueron destrozados por el poder, los más lejanos, cayeron ante un segundo golpe en la tierra que abrió un agujero de considerable diámetro, primero cayeron, por el temblor, pero al tercer impacto… Nadie sabe qué les ocurrió, pues ya no estaban a la vista, como si se esfumasen en el aire. Ranjeet se levantó, y dio un gran grito al aire, en señal de su imponente poder.
– Ranjeet… – Souma lo miró, con algo de resentimiento, pero vio en él el honor que todo Santo debe tener… Y sabía que, sin importar nada, los dos eran Santos de Athena, y eso es suficiente para llamarlo su camarada.
– Spear… – Yuna sentía algo extraño también, vio como ese joven, que hace unos días era la persona más detestable que podía existir, ahora lo veía como quien lucharía, codo a codo, pues todos, todos son Santos de Athena, y nada de eso cambiaría.
– ¿Divertido, eh, Ryuuhou? – Kouga luchaba espalda con espalda junto a Ryuuhou, se cubrían cualquier ataque sorpresa de esta manera.
– ¡¿Acaso estás jugando, Kouga?! – La respuesta del Dragón no era la esperada, tenía un tono irritado, y algo agresivo, fuera de su habitual actitud. – ¡Estamos matándonos aquí! ¡Esto no es ningún juego!
– Ryuuhou… ¿Qué ocurre? Yo solo… Creí que disfrutabas luchar.
– ¡Por supuesto, Kouga! ¡Disfrutaré una pelea cuando esté seguro de que no voy a morir atravesado por una espada! – Seguía en una pedante actitud que asustó ligeramente a Kouga. – Perdona, Kouga… Solo que… Yo no quería esto… Yo no…
Pegaso y Dragón detuvieron su charla al instante, sintieron que algo ocurría bajo sus pies. Kouga fue el primero en mirar abajo, vio como una pequeña grieta se abría, y de ella empezaban a salir una especie de ceniza, reaccionó de manera veloz, tomó a Ryuuhou por el brazo y saltó hacia atrás, cayeron juntos, al tiempo que la grieta comenzaba a expandirse, se agrandaba por lo largo, y por lo ancho, se podía oler algo ardiendo, algo quemándose…
El cielo se abrió en un gran círculo sobre el campo de batalla, como si un dios abriese la ventana para ver la lucha, era de noche, y sin embargo, entraba una luz tan brillante y hermosa como un día común de primavera. La luz caía sobre los rostros de los Santos, que sentían que la victoria les sonreía finalmente
– Esa es… ¡La señorita Saori! – Pensó Kouga en ese momento.
– ¡Es Athena! – Gritaron todos. – ¡Athena ha venido a salvarnos! ¡Athena!
¡Nuestra diosa, Athe…!
El fuego creció y devoró todo a su paso, de las fisuras crecían las lenguas de llamas que atrapaban a todos los cercanos en su abrazo que derretía, sin considerar Martian, o Santos. En el centro del aro de fuego, comenzó a crecer una espiral llameante que se enroscaba sobre sí, como una serpiente, con velocidad, la serpiente de fuego creció, y se enroscaba hasta rozar el portal del cielo, sin importar qué se cruzara en el camino, devoraba a todo, y a todos, eran atrapados en una ardiente llamarada que quemaba los mismísimos cielos. Los Santos, y Martian también, se oían sus desesperados gritos entre las llamas. Sus almas eran consumidas en una tormenta flameante, en una torre de fuego, que llevaba hacia los cielos.
Kouga, y todos sus amigos, miraban el ascenso del fuego con desesperación, las lágrimas recorrían sus ojos por acto reflejo, todos cayeron arrodillados, ante el espectáculo de cientos de muertos a la vez… De repente, la torre de fuego se desvaneció, dejando solo un rastro de luz que conectaba el Cielo con la Tierra, allí, atrapados en aros de fuego, estaban todos… Santos cuyo nombre Kouga jamás conoció, Santos que nadie recordará, guerreros que fueron, una vez, guerreros en nombre de Athena.
Descansen en paz, Santos, mi más sincero deseo, desde el fondo de mi corazón, es que hallen su camino a la verdad, que no han podido encontrar en vida, sí lo hagan en la muerte…
…
¿Por qué peleamos?
