Mi Rey.

Capítulo trece: Llorar o reír.

Con su hija firmemente sujeta en sus brazos, Karin se abrió camino a través de los jardines del palacio para llegar hacia donde podía vislumbrar a su esposo junto a Niki a varios metros de donde algunos sirvientes estaban construyendo una valla con maderas de un metro de largo para bordear el estanque, de una vez.

-Buenas tardes.- los saludó algo incomoda.

-Buenas tardes, majestad.- la chica castaña de la larga trenza le dio una pequeña reverencia, mientras que Toshiro solo asintió, con su vista fija al frente.

-Toshiro, ¿tú diste la orden de construir aquella cerca inmediatamente, verdad?- solo habían pasado dos días desde el incidente con su hija y ya estaba a medio hacer.

-Sí. Yo… no creí que fuera prudente seguir teniendo este lugar tan desprotegido con una niña pequeña dando vueltas por aquí.- murmuró viendo a Shimo en sus brazos, que se estaba chupando el dedo mirando con desconfianza el estanque.

-Fue una buena decisión.- alentó. –Umm… puedo preguntar… ¿la doctora Unohana o Kisuke-san te dijeron algo más sobre tu estado?- lo miró con curiosidad, puesto que era algo que la había estado preocupando.

-Urahara habló conmigo, sí.- suspiró pesadamente. –Dijo que después de lo que pasó hace dos días era muy probable que yo pudiera volver a caminar si realmente lo intentaba. Y lo intente con ayuda de Matsumoto pero ni siquiera pude ponerme en pie por mi cuenta.- torció la boca con amargura.

-¿Volviste a intentarlo?- insistió sin saber por qué.

-No. ¿Por qué lo haría?- parecía resignado a no poder volver a caminar nunca.

-¿Qué no quieres volver a caminar?- entrecerró los ojos y él siguió evitando su mirada. –Ni siquiera te molestes en responder, yo sé que quieres.- aseguró. –Niki.- llamó la atención de la enfermera, que brincó en su lugar. –Sostén a Shimo, por favor.- le tendió a su pequeña, puesto que todavía no tenía la confianza para dejarla andar por el jardín, al menos no hasta que no terminaran la cerca.

-Claro, su alteza.- tomó a la princesita en brazos.

-Gracias.- tomó una profunda respiración, no muy convencida de lo que quería hacer pero su mente insistía en que era lo mejor. –Toma mis manos, Toshiro.- le tendió ambas manos frente a su rostro confundido y reticente. –Vamos a volver a intentar eso de que te pongas de pie.- explicó y él la miró sorprendido y negó con la cabeza.

-N-no tienes porque, no es necesario.- miró sus manos con nerviosismo.

-Claro que sí.- lo miró con autoridad, una mirada que en realidad había sacado de él. –Si tienes la oportunidad de volver a hacerlo, no debes desperdiciarla solo por inseguridad.- se encogió en su lugar pero parecía seguir indispuesto a escucharla de verdad. –No voy a creer tu circo de indiferencia, veo como miras a nuestra hija cuando está aprendiendo a caminar, sé que quieres ir detrás de ella, y sé que quieres cargarla sin ayuda.- él la miró a los ojos y pudo notar su mirada vulnerable, lo que la hizo ablandar un poco su tono. –Solo… déjame ayudarte.- volvió a tenderle sus manos.

Él se mordió el labio, mirándola pensativo y dudoso, pero finalmente tomó sus manos, un poco vacilante.

Karin entrelazó sus dedos para darle más firmeza al agarre.

-Aquí vamos.- dio un paso hacia atrás, y tiró con fuerza de él para ponerlo en pie.

Hitsugaya casi chilló mientras se impulsaba hacia adelante y sobre ella, quedando con su cabeza sobre su hombro, su peso casi tirándola abajo pero hizo un esfuerzo y se mantuvo erguida, pasando de sostener sus manos a rodearlo con sus brazos.

-Esto fue una mala idea.- susurró él entre dientes, su aliento frío soplando en su oído. –Devuélveme a la silla antes de que te aplaste.-

-¡Nunca lo conseguirás con esa actitud!- gruñó entre dientes también, tratando de aguantar su peso. -¡Y no te voy a devolver a la silla, así que pon algo de voluntad e inténtalo!- prácticamente ordenó.

-No puedo.- la estaba rodeando con sus brazos también, delicadamente, aunque por desgracia que hiciera eso no hacia el peso de su cuerpo más ligero. –N-no puedo…- repitió en tono de disculpa. –Es inútil, yo soy un inútil.- enterró el rostro en su cuello por un segundo, retirándolo como si quemara al segundo siguiente. –No tienes que hacer esto, devuélveme.- suspiró.

-¡Que no!- crujió los dientes y siguió resistiendo su peso. –Vamos, ¡tú puedes!- alentó.

-¡Usted puede, Hitsugaya-sama!- alentó Niki a dos metros de distancia de ellos, y luego se volteó hacia Shimo aún en sus brazos y susurró algo en su oído.

-¡Tú puedes, papi!- chilló su hijita en su idioma bebé, seguramente alentada por la enfermera.

Hitsugaya giró bruscamente su cuello en dirección a su heredera, y finalmente la ex Kurosaki no lo soportó más y cedió ante el peso, cerrando los ojos esperando el impacto de su cabeza contra el suelo y posteriormente a su marido aplastándola, pero todo lo que sintió fueron dos manos sosteniendo su cintura y abrió sus ojos oscuros para encontrarse suspendida a medio camino del suelo con los ojos turquesas de Toshiro mirándola fijamente.

Él estaba parado, erguido en sus dos pies por su propia cuenta.

-Toshiro…- pestañeó atónita. -¡Lo hiciste!- no pudo evitar sonreír.

-¿L-lo hice?- miró sorprendido su postura en lo que la jalaba para que volviera a pararse sola. –Lo hice…- sus ojos se abrieron mucho.

-¡WUU! ¡Bravo, alteza!- Niki bombeó su puño en el aire.

-¡Bravo, bravo!- Shimo imitó sus palabras aplaudiendo adorablemente.

-Genial.- Karin sonrió y volvió a sostener sus manos al verlo estático. –Ahora, da un paso.- instruyó asociando mucho aquello con la época en la que su hija recién aprendía a caminar con su ayuda. –Vamos, inténtalo.- alentó tratando de sonar optimista.

Él volvió a morderse el labio y sus rodillas temblaron, levanto un pie levemente… y cayó de manera inmediata y sobre ella, ambos rodando sobre el césped con un grito de parte de la morena y un gruñido de parte del albino.

-¡Majestades!- Niki de inmediato corrió hacia ellos.

Bueno, suficiente practica por hoy.

-¡¿En serio lo hiciste pararse?!- chilló su casi-suegra sacudiendo sus hombros frenéticamente. Hasta Gin había abierto levemente sus ojos para mirarla con incredulidad. -¡Bendita seas, muchacha! Tú realmente eres un ángel que me mandaron los cielos.- le dio uno de sus sofocantes abrazos quiebra-huesos.

-Pues si no quieres que a los cielos vuelva, te recomiendo que dejes de asfixiar a tu ángel, Ran-chan.- comentó el general espeluznante casualmente sin dejar de peinar el cabello de la heredera al trono mientras esta estaba entretenida dibujando.

-¡UPS!- la soltó de inmediato con una sonrisa nerviosa, por fin permitiéndole respirar. –Lo siento, querida.- sacó la lengua tontamente. –De todos modos.- la miró curiosamente. -¿Planeas seguir ayudándolo a que vuelva a caminar?- junto las manos, suplicante.

-Emm…- en realidad no había pensado en eso. –No lo sé, no creo.- frunció el ceño y la cara de la voluptuosa mujer cayó. –No me molestaría pero… él no es muy colaborador al respecto.- se cruzó de brazos y Rangiku alzó una ceja astutamente. –Lo haría si estuviera dispuesto a cooperar más.- torció la boca, pero la mujer siguió con la misma expresión.

-¿Ah, sí?- sus palabras parecieron llamar la atención de Ichimaru. –Pues si ese es el único impedimento para que lo ayudes, entonces yo me encargó del mocoso.- sonrió de forma escalofriante y terminó de trenzar el cabello de la pequeña princesa antes de sin más abandonar la biblioteca, que era el lugar donde habían estado hablando.

-¿Y este qué va a hacer?- entrecerró los ojos desconfiada, pero pronto su atención se volteó hacia la mujer que seguía mirándola raro.

-Karin-chan…- murmuró lentamente, dudosa pero más curiosa que nada. –Tú ya… ¿acaso ya lo perdonaste?- se quedó sin aliento, tomando sus hombros. La menor pudo sentir como se sonrojaba ante su intensa mirada, aunque no sabía por qué.

-Ehh.- balbuceó un poco al principio, pero rápidamente decidió que no tenía sentido mentirle. –Bueno sí.- suspiró. –Finalmente decidí que era lo mejor. Ya no quería seguir ahogándome en la amargura, supongo.- se frotó el brazo incómodamente.

Aún se estaba acostumbrando a sí misma a la idea de aceptarlo en su corazón como el padre de su hija y no el hombre que arruinó su vida, a anteponer los buenos sentimientos a los malos y dejar de sufrir inútilmente.

-Oh, querida.- sus ojos celestes se llenaron de lágrimas, de felicidad o alivio, suponía. –En serio eres un ángel.- la abrazó suavemente, por una vez. –Llegaste a este palacio a poner nuestras vidas en orden. Reparaste nuestras vidas literalmente tú solita. Me alegra tanto…- sollozó. –Me alegra tanto que salvarlo a él no te haya costado el corazón.- se separó de ella y le sonrió con lágrimas empapando su rostro. –Eres muy fuerte.- aseguró admirada. –Te quiero mucho, linda.- acarició su cabello.

-Y-yo también te quiero, Rangiku-san.- ahora ella la abrazó. –Eres como mi segunda mamá.- confesó con las mejillas rojas.

Rangiku rió cantarinamente y se secó las lágrimas.

-Y tú eres como una hija para mí.- le palmeó el hombro pero de repente pegó una sonrisa estúpida en su rostro. -¡Pero ya, ya! ¡Dejémonos de cosas deprimentes! ¡Hagamos algo divertido y vamos a molestar a Ikami-kun y Nikita-chan planeando su futura boda!- la jaló del brazo con una mano mientras con la otra se encargaba de sostener a Shimo y así las tres abandonaron la biblioteca.

Al día siguiente en la mañana, mientras amamantaba a su hija, que seguía rehusándose a conformarse con el biberón, escuchó golpes vacilantes en su puerta, y por más que preguntó no contestaron así que tuvo que ignorar las protestas de su pequeña y dejar de alimentarla para ir a ver quién era.

Abrió la puerta, encontrándose primero con la mirada tímida de Niki, y luego miró hacia abajo, viendo a su marido mirándola con nerviosismo y también bastante resignación.

-Disculpa si te molesto…- murmuró malhumorado pero amable. –Es que… si quieres, me dijeron… quiero decir, pensé en lo del otro día y me preguntaba sí quisieras volver a ayudarme en eso de caminar y… eso.- susurró visiblemente a regañadientes.

Wow, Gin realmente se había encargado. ¿Qué le había dicho o hecho? Sinceramente prefería no saber.

Una hora después, mientras Niki correteaba a Shimo por el jardín ya seguro con el estanque cercado, la reina estaba haciendo todo lo posible para conseguir que el rey levante su trasero de su nuevo trono, pero pesé a las amenazas que pudo o no pudo haber hecho Ichimaru, él seguía poniendo poco entusiasmo al respecto.

-¡Vamos! Esto no va a funcionar si no pones más entusiasmo.- reclamó ella por enésima vez jalando sus manos para que se levantara, pero se estaba resistiendo y luchaba por librarse de su agarre.

-Te digo que no puedo pararme.- repitió también por enésima vez.

-Lo hiciste antes, podrás hacerlo ahora.- bufó, soltándolo por fin y tomando aire. –No puedes esperar que pase mágicamente, tiene que salir de tu voluntad.- lo miró con el ceño fruncido.

-Lo intento, simplemente no puedo. No puedo ni siquiera mover los pies. No puedo sentir nada.- miró con desanimo a sus piernas inmóviles. –Las otras veces solo fueron… impulsos. No puedo volver a hacerlo.- cerró los ojos dolorosamente.

-Pues yo no creo que estés intentándolo en serio.- acusó cruzando los brazos.

Él la miró de reojo.

-No entiendo.- susurró apenas audible. -¿Por qué estás tan interesada en ayudarme con esto? Si Matsumoto te está obligando…-

-Nadie me obliga, no esta vez.- lo cortó. –Mira…- tomó una profunda respiración. –Yo… te perdonó.- decidió soltar de una.

Sus ojos turquesas se ampliaron tanto que casi parecieran salirse de sus cuencas, incluso su boca cayó levemente.

-¿Qué?- esta vez sí que le costó horrores entender lo que había dicho por lo bajo de su tono.

-Eso. Agh, no me hagas repetirlo.- esto era difícil para ella. –He decidido que ya no voy a guardar rencor hacia ti.- tomó otra gran bocanada de aire. Inhala, exhala. Vamos, Karin, no es tan difícil, se dijo a sí misma. –Quiero, por el bien de nuestra hija, que dejemos atrás el pasado y nos concentremos en el futuro, en su futuro.- ambos voltearon para ver a su hija, que ahora estaba dormida junto a Niki, también dormida, a un lado de la valla que cercaba el estanque. –Ya no quiero seguir odiándote, Toshiro.- confesó suspirando.

-Tú…- por un momento, no pestañeó en lo absoluto, apenas y sí parecía respirar. –No puedes estar hablando en serio. ¿Cómo podrías perdonar lo que te hice?- por fin cambió su expresión atónita a una completamente incrédula. -¿Por qué?- sacudió la cabeza, confuso.

-Ya te lo dije. Es por el bien de nuestra bebita de un año de edad.- recalcó. –Ella quiere y necesita a sus dos padres. Ya no quiero seguirme privando de estar a su lado y perder momentos en los que quiero estar presente por estar atorada en el pasado.- se llevó una mano a la frente. –Quise odiarte toda mi vida, quise no volver a verte nunca, algunas veces hasta se me pasó por la cabeza matarte.- lo vio bajar la mirada ante esas palabras. –Pero entonces me di cuenta de que yo realmente no quiero pasarme toda la vida solo cosechando odio en mi corazón. Creí que lo necesitaba, o volverías a hacerme daño.-

-Yo nunca me atrevería a volver a lastimarte.- él alzó su rostro de golpe, dejándolo notar lo pálido y completamente horrorizado que se veía ante la sola idea.

-Lo sé.- juntó las manos, pensando cuidadosamente sus palabras. –Ahora lo sé. Antes me rehusaba a creerlo, pero después de ver cómo desafiaste a tus propias barreras mentales por nuestra hija… tuve la certeza de que en lo más profundo de tu corazón no sigue habitando un monstruo como pensaba, sino que está lleno de amor de padre, y quiero que pases más tiempo con nuestra hija y me gustaría compartir esos momentos con ella, con… ustedes…- admitió a regañadientes. –Quiero que tratemos de ser la familia que necesita y merece, y no lo lograré aferrándome al pasado. Voy a dejar todo eso atrás, y creo que tú necesitas hacer lo mismo.-

-Karin…- parecía sin habla.

-Solo… piénsalo, y volveremos a intentar esto de que vuelvas a caminar mañana.- suspiró y se dirigió a buscar a su hija para volver, pero él volvió a llamarla.

-No.- dijo, frenándola. –Intentémoslo ahora.- frunció el ceño con determinación.

Arqueó las cejas sorprendida, pero no pudo evitar una sonrisa. ¿Finalmente iba a dejar de ser una mula terca y escucharla?

Le tendió sus manos y él las tomó sin vacilar.

-¿Tengo que tirar o intentaras ponerte de pie por tu cuenta?- preguntó apretando sus manos firmemente.

-Lo haré.- dijo con seguridad.

Tomó una bocanada de aire y se removió en la silla de ruedas hasta que sus pies estuvieron tocando el césped. Ella lo miraba atentamente, y pronto él dejó de mirar sus piernas y la miró directamente a ella, sus ojos turquesas chocando contra los suyos negros.

Entrelazó sus dedos y sujetó sus manos con aún más firmeza pero aun así sin hacerle el mínimo daño, y antes de que se diera cuenta él se disparó para arriba en toda su altura de más de un metro setenta, quedando sus ojos enfrentando directamente a su fuerte mandíbula, hasta que ella miró hacia arriba, y él hacía abajo, y sus narices casi se rozaron debido a su proximidad.

Karin pudo sentir un aumento en su ritmo cardiaco, aunque no tenía idea de por qué, pero no le dio un segundo pensamiento a aquello, no cuando la realización de que realmente había logrado ponerse de pie por su cuenta la golpeó.

-¡Lo hiciste!- sonrió feliz por él, con fe en que pronto dejaría de mirar con nostalgia a su hija aprender a caminar y en su lugar correría tras ella y su pequeña crecería bien y alegre. –En serio lo hiciste…- wow, ni siquiera le estaba sujetando los hombros, solo sujetando sus manos podía mantenerse por sí solo. –Bien, ahora… trata de dar un paso.- retrocedió un paso instándolo a hacer lo mismo, pero él se quedó estático. –Vamos, sin miedo. Confía en ti.- sonrió para alentarlo y él volvió a tomar una profunda respiración antes de mover temblorosa y lentamente una pierna hacia arriba y adelante, presionando luego su pie contra el suelo casi con miedo, volviendo a reducir la distancia entre ellos. –Vaya. Tú haces que dar un paso parezca la hazaña más difícil de este mundo.- no pudo evitar burlarse.

Lo notó sonrojarse y fruncirle el ceño.

-Es difícil.- gruñó entre dientes. –Hace mucho que no hacía esto. Desde aquel día en el que Shimo cayó al estanque comencé a sentir un incómodo cosquilleo en las piernas, si dejaba de intentar moverlas se iba, pero ahora desde que estás ayudándome con esto no dejó de sentir eso y es muy irritante. Siento las piernas, pero son muy débiles.- explicó con los labios torcidos con molestia.

La ex Kurosaki ladeó el rostro.

Era curioso… Antes, cuando Hitsugaya se enojaba, ella recordaba todo su pasado horrible y sentía un miedo frío y peligroso calarle los huesos, pero ahora, cuando él se molestaba no exactamente con ella y ponía esos gestos de niño mimado, realmente era un poco ¿lindo… adorable?

-Bueno…- se dio bofetadas mentales para concentrarse en el asunto en cuestión. –Lo mejor es que empieces a acostumbrarte ahora. Tienes que lograr esto, por ti, y por nuestra hija.- sentenció con voz de absolutamente-no-vas-a-zafar-de-esto. –Vamos, trata de dar otro paso.- instó y volvieron a lo suyo.

Con mucha lentitud, él volvió a dar otro paso mientras continuaba agarrando firmemente sus manos. Así, dio otro paso más, en el cuarto perdió fuerza y su barbilla fue a parar a la coronilla de su cabeza a la vez que sus manos a sus hombros.

-Lo siento.- se disculpó torpemente cuando ella murmuró un tenue "auch" al chocar su pobre cabecita con su mandíbula cincelada.

-Está bien.- se tragó su primer impulso de asestarle un rodillazo en el estómago. No está bien apalear a un semi-paralitico héroe de guerra, Karin, se dijo a sí misma como su excusa mental para no noquearlo. –Sigue intentando.-

Estuvieron así hasta que el sol se puso, e incluso con todo ese tiempo, él solo fue capaz de dar doce pasos, aun con el apoyo de su heredera y su enfermera, quienes ya habían despertado de su siesta, hasta que por fin los dos volvieron a caer y rodar por el suelo y Niki tuvo que volver a llevárselo en silla de ruedas.

El día siguiente él estuvo ocupado con asuntos del reino así que lo cancelaron esa vez y lo intentaron al otro día, cosa que Karin pronto se dio cuenta de que fue un error porque eso costó a su progreso y tardó mucho en poder pararse por su cuenta y solo pudo dar tres pasos antes de caerse encima de ella.

Decidieron con el consejo de la doctora Unohana y Urahara que tenía que practicar diariamente, incluso con o sin ayuda de su esposa, pero no podía seguir retrocediendo. Aun así, Karin insistió en que se hagan un espacio cada día para las prácticas.

Así pasaron un mes, en un proceso largo, doloroso para él por los calambres y todo eso, y para ella por tener que aguantar que de vez en cuando le cayera encima, pero finalmente Toshiro mejoró significativamente.

Urahara le consiguió una cosa rara a la que llamó andador ortopédico o algo así, dijo que era muy común para ancianos (cosa que hizo reír a Matsumoto por la cara que puso su casi-hijo ante eso), pero Karin nunca había visto ancianos con eso, era una estructura de cuatro patas como bastones fusionados unidos entre sí o algo por el estilo que básicamente ayudaría a al rey a caminar sin necesidad de que otra persona esté cuidando que no se vaya de cara contra el suelo.

Estuvo con eso unas dos semanas, antes de que pareciera cobrar más confianza al andar y la doctora Unohana le permitiera andar solo con un simple bastón. La primera vez que lo vio entrar en el comedor sin aquella cosa cuadrúpeda infernal sino que con el sencillo cayado, lo sintió casi como una victoria personal.

Shimo ya tenía un par de dientitos en su boquita, y eso la mantenía mayormente de malhumor, aunque le encantaba que ahora le permitiera comer más cosas. Sin embargo no había dientes en crecimiento ni nada que la pusiera de malas cuando tenía la oportunidad de pasar tiempo con sus dos padres con ella, juntos los tres.

Todo el largo periodo de hacer que su padre terco volviera a caminar les había robado algo de tiempo juntos que la chiquita había aprovechado para estar con otros miembros de la familia, pero aun así nunca dejaba de hacer sus rabietas por no estar tanto con ellos como le gustaría, así que ahora que ya podían pasar mucho más tiempo con ella estaba muy feliz, sobre todo desde que podía caminar de la mano con su padre. Ella ya había aprendido a caminar mucho mejor, tanto que casi dejó de gatear por completo, y a Karin le daba un poco de gracia la idea de que había tenido que enseñar a caminar tanto a padre como a hija al mismo tiempo.

Esto del perdón realmente daba sus frutos. Las pesadillas finalmente se habían ido, y ahora podía sostener una conversación que involucrara menciones de su esposo sin tratar mal a la persona con la que estuviera hablando. También, Rangiku y Gin estaban mucho más relajados y la miraban como si hubiera resuelto todos los problemas de su vida.

Ahora podía compartir momentos con su pequeña cuando estaba con su padre excesivamente intelectual, y debía admitir que se la pasaban muy bien los tres juntos.

Él seguía enseñándole palabras nuevas y leyéndole cuentos aburridos que hasta a ella la hacían dormirse, y, ahora que su hija estaba dominando más el habla, le estaba enseñando modales. Siempre le hablaba de manera muy formal, y hasta se atrevía a regañarla a ella cuando no decía "por favor" o "gracias" o no hablaba con honoríficos a las personas delante de Shimo, se notaba que quería hacerla una estirada como él, aunque ella hacía lo posible por que no le prestara tanta atención a eso y fuera más despreocupada. Bien que quería que su hija fuera educada, pero no TANTO como el rey amante de las formalidades y demás exigencias de la realeza, su familia nunca le había dado tanta importancia de todas formas.

Sí su marido estaba transformando a su hijita en una pequeña intelectual formal, Karin se preocupaba por transformarla en una niña que supiera divertirse y no tuviera tantas restricciones morales. Resulta que a Shimo siempre le encantó que le cantase, y ahora que podía moverse más por su cuenta y caminar mejor y todo eso, también había agarrado un gusto por bailar, cosa que sospechaba venía de Rangiku y Gin. A ella nunca le gustó bailar, ni en lo más mínimo, pero su hija era tan adorable bailando y aplaudiendo, que no podía evitar seguirle la corriente y tomar sus pequeñas manitos para bailar juntas. Toshiro solía mirarlas con una sonrisa cuando eso pasaba, pero nunca parecía querer sumarse a participar, y ella aún no le tenía tanta confianza como para invitarlo.

Un día cuando dejó a su pequeña con su padre para cuidar a Mei en los establos, cosa que lastimosamente en los últimos tiempos no tenía mucho tiempo para hacer, Rangiku llegó corriendo al lugar exigiendo su presencia inmediata en el Salón de baile del palacio y prácticamente arrastrándola cuando quiso excusarse.

Al llegar, Karin se encontró con uno de los espectáculos más adorables que había visto en toda su vida.

Su hijita linda preciosa estaba sentada en el regazo de su padre mientras él tocaba una hermosa tonada en el piano, dulces caricias melodiosas brotando de sus dedos por las teclas, aunque eso no fue lo que más la encantó, pesé a lo bello y suave de la pieza, sino que fue el hecho de que su bebé de casi un año y medio de edad estaba siguiéndole el ritmo a la pieza sencilla pero todavía una pieza de piano que ni ella había aprendido a tocar por más que Yuzu insistiera.

Observó maravillada el trabajo en equipo entre padre e hija. Shimo solo estaba tocando dos teclas, pero seguía siendo increíble, había memorizado las teclas y el patrón de su padre como para saber el momento exacto en el cual tocarlas y ser una adhesión bellísima a la ya encantadora canción que hacía sonar Hitsugaya. Pronto, solo veinte minutos después de que ella llegara, la princesita empezó a tocar tres teclas.

Impresionada no alcanzaba a describir como se sentía la reina ni ninguno de los presentes. Maravillada podría servir, pero todavía se quedaba corta. Y la enorme, tierna sonrisa en el rostro de su esposo no ayudaba a que se sorprendieran menos.

Cuando terminaron la dulce sonata, Shimo aplaudió y chilló contenta, y eso fue el detonante para que todos salieran de su estupor y estallaran en aplausos, tanto los sirvientes como Rangiku, Gin, Kouzu y Niki, aunque Karin no aplaudió y directamente corrió a abrazar y besuquear a su brillante primogénita.

-Vaya, vaya. ¿Pero qué tenemos aquí?- Urahara se acercó para mirar a la princesita en brazos de la reina por debajo de su ridículo sombrero. -¿Será que esto de ser un genio se hereda?- sonrió interesado en la niña, que le devolvió la sonrisa… y luego estiró sus bracitos para quitarle el sombrero. -¡Oye, eso no otra vez!- se quejó el rubio con un mohín.

-Shimo, devuélvele el sombrero a Urahara.- ordenó el albino en tono divertido, siendo obedecido de inmediato por la pequeña albina, que frenó su anterior risa burlona y devolvió el sombrero con un puchero. –Y discúlpate.- continuó él, empeorando su puchero.

-Lo siento, Urahara.- dijo en su idioma bebé aunque claramente a regañadientes. Toshiro carraspeó y Shimo bufó. – -san…- balbuceó descontenta al agregar el honorífico.

-Bueno, ésta definitivamente es una pequeña más inteligente de lo normal.- la doctora Unohana se acercó con una sonrisa tranquila.

-Uhh…- Karin miró de la doctora, hasta Urahara, y luego a su esposo, y luego a la doctora de nuevo. -¿Eso es malo?- bueno, esto no era algo que hubiera considerado, ni tenía idea de qué hacer o por qué parecía preocupar tanto a los especialistas.

-¡Oh, no, para nada!- Rangiku se metió en la conversación jalando a Gin con ella. –Su majestad el rey era igual de pequeño.- sonrió contenta de hablar de la época en la que su casi-hijo fue un querubín que la necesitaba tanto como respirar. –A los dos años hablaba con más elocuencia que Gin y yo juntos, en especial Gin.- lo último lo susurró detrás de su mano ignorando el ceño fruncido de Gin.

-Era un genio.- resumió Urahara sacando su abanico. –Creo que podríamos tener el mismo caso con nuestra princesita aquí.- se inclinó para estar cara a cara con la heredera al trono, aunque manteniendo una distancia considerable para que su brazo no llegue a su adorado sombrero.

-No tienes nada de qué preocuparte, querida. Tu hijita solo requerirá de una atención especial y particular en cuanto a su educación, pero por lo demás, esto solo augura que tendremos una futura reina excelente.- la doctora Unohana fue la única en aliviar sus preocupaciones y contestar a su pregunta con fundamentos.

-Es impresionante.- Toshiro se levantó del banquillo del piano con ayuda de su bastón, acercándose a su esposa e hija con ojos brillantes. –Aprende muy rápido, tiene una capacidad para entender increíble.- se inclinó sobre su pequeña y acarició su mejilla tiernamente. –Será mucho más inteligente que yo.- aseguró.

-Ohh, eso está difícil.- opinó Gin, entreabriendo levemente los ojos. –Pero es tu hija, y la hija de tu maravillosa y angelical mujer. ¿Quién sabe lo que pueda pasar?- Karin se sonrojó ante el cumplido indirecto, y se sonrojó aún más por la mirada de Hitsugaya fija en ella y lo cerca que estaba su rostro del suyo debido a lo mucho que se había acercado para mimar a su bebita en sus brazos.

-De todos modos, deberían prestar más atención a los intereses y las palabras de su hija desde ahora en adelante. Seguramente algún día nos sorprenderá a todos.- Urahara sonrió siempre tan misteriosamente.

-A ella le interesa tu sombrero, ¿crees que deberíamos dárselo?- Karin sonrió maliciosamente al verlo congelarse.

-Oh, no, no, no, majestad. Mi sombrero está muy sucio, lo lavó por fuera cuando me bañó pero nunca por dentro.- murmuró comenzando a retirarse disimuladamente aprovechando los gestos de horror y asco que habían puesto todos los que escucharon aquella declaración. –Presten atención a los intereses artísticos o intelectuales de su hija, seguro saldrá algo interesante de eso.- dijo ya a lo lejos antes de terminar de retirarse por completo.

Todos, menos el rey, rieron ante esto, esperando que lo del baño solo fuera una mentira del rubio para salvar su amado sombrero de las garras de la bebita brillante.

Después de eso, tanto padre como madre decidieron no volver a subestimar las capacidades de su hija y le empezaron a permitir intentar más cosas siempre bajo su estrecha supervisión, por supuesto.

Un año y medio y fue evidente que la princesita era una genio en potencia, parecía entender todo lo que le decían a la perfección y hasta podía mantener una conversación sin ningún problema.

Seguía teniendo sus rabietas y queriendo jugar con lo que no debía, aparte de que seguía queriendo robar el sombrero de Urahara, y era una niña feliz y juguetona, pero también era innegable su inteligencia y capacidad para ser tan pequeña, y cada vez aprendía a tocar más teclas en el piano con su padre.

Cuando Momo e Izuru vinieron de visita al poco tiempo y se enteraron de esto, su cuñada prácticamente brincó hasta el techo y se la pasó chillando cosas sobre "de tal palo tal astilla" o "idéntica a su papi" y demás.

Aunque la razón de su visita fue que finalmente Toshiro había conseguido caminar sin problemas y dejar el bastón, la princesa se concentró más en su sobrinita y la manera en la que las dos estaban interesadas en el arte y, en medio de la oficina del rey, ambas empaparon sus manos de tintas y empezaron a jugar dibujando sobre papeles, el papeleo… y las paredes.

El albino parecía a punto de estallar de la furia, pero Momo solo se reía de él y no lo tomaba en serio en lo absoluto, como si su ira no representara ninguna amenaza, y al ver como él simplemente se rendía y las dejaba hacer lo que quisieran, se dio cuenta de que en realidad era un blandengue con una debilidad muy grande para con su familia.

A la mañana siguiente, mientras Shimo estaba secuestrada por su tía, Karin fue interrumpida de su lectura por un llamado a la puerta, que abrió de inmediato sorprendiéndose de hallar a un muy nervioso Hitsugaya viéndose algo tímido mientras la miraba derecho en sus dos pies sin ninguna ayuda, ya volviendo a pararse y caminar con normalidad.

-Disculpa que te moleste.- habló vacilante. –Pero unos comerciantes extranjeros me esperan a las afueras de la ciudad con una serie de… artilugios, que me gustaría que examinaras para determinar cuál es el más adecuado para cierto evento.- carraspeó incómodamente. –En fin, básicamente quiero que me acompañes para que elijas algo.- tosió nervioso.

-Eh.- ella alzó una ceja. -¿Por qué una reunión de este tipo? ¿No pueden estos comerciantes venir al palacio?- preguntó perpleja.

-Podrían, sí.- de repente su gesto se retorció en molestia. –Pero son unas personas… complicadas. No iban a acceder a venderme a menos que yo fuera hasta a donde ellos están. Son algo paranoicos respecto a transportar o abandonar su mercancía.- rodó los ojos.

-Oh.- pestañeó. –Pues… bien, entonces.- frunció el ceño. -¿Cuándo sale el carruaje?- inquirió.

-En realidad tenía planeado que sea un viaje rápido.- se frotó la nuca. -¿Te importaría ir a caballo? Puedes usar a tu yegua… Mei.- recordó su nombre con algo de dificultad, aunque eso era mucho teniendo en cuenta que solo se lo dijo una vez.

-Mmm, claro. Extrañaba montar a Mei, de todas formas.- se encogió de hombros. –Solo déjame cambiarme y asegurarme de que Momo-san cuide de Shimo y te encuentro en los establos.- él asintió y se retiró, y veinte minutos después, hecho todo lo que tenía que hacer, Karin bajó a los establos y se quedó sin aliento al ver a Hitsugaya acariciando un hermoso caballo blanco puro. –No puede ser, ¿ese es el tuyo?- se acercó a ellos con la boca abierta. ¿Por qué nadie se lo había dicho? –Es mi favorito después de Mei.- lo acarició con cariño, su mano casi rozando la de él.

-Se nota que te quiere.- comentó divertido cuando el caballo blanco casi lo empujó para sentir más las caricias de ella. –De todos modos, Hyorinmaru siempre parece querer a cualquiera más que a mí, pero igual solo deja que yo lo monte.- sonrió con cariño hacia el equino.

-¿Hyorinmaru? No sabía que así se llamaba, se lo pregunte a los sirvientes pero ninguno sabía su nombre.- sonrió acariciando al caballo cariñosamente. –Buen chico.- rió cuando relinchó suavemente sobre su cara.

-Yo… no suelo hablar mucho con los sirvientes. Nunca les dije su nombre, y ellos no se atrevían a nombrarlo por ser mío.- admitió pareciendo algo avergonzado.

-Oh, ahora entiendo todo mejor.- suspiró y se dirigió a buscar a Mei, que estaba relinchando suavemente desde que la vio llegar. –Vamos a dar un paseo, chica.- la acarició con ternura. –No imagine que te gustaran los caballos.- admitió una vez estuvieron los dos montados en los suyos y saliendo del palacio a trote suave.

-Solía pasar mucho tiempo con Hyorinmaru cuando era niño. Nació cuando tenía unos siete años y no me despegue de él como por ocho.- volvió a sonreír. Ese día parecía de un muy buen humor. –Pero estos últimos años lo he descuidado un poco.- suspiró con tristeza y tal vez algo de rabia hacia sí mismo. –Sin embargo… me siento feliz de que tú le hayas dado un pequeño lugar en ese gran corazón que tienes cuando yo más le falte.- su sonrisa regresó.

-Pff.- bufó sintiendo sus mejillas arder. –Guárdate tus halagos.- Yuzu siempre fue la del gran corazón, se sentía extraño que las personas de su entorno la vieran como el ángel compasivo a ella de entre todos.

Salieron de palacio y empezaron a pasar por el pueblo, obviamente llamando muchísimo la atención. Los niños los señalaban y los adultos cuchicheaban a su paso.

Hitsugaya se veía increíblemente digno montado en su caballo como todo un rey, y por más que ella estaba tratando de verse digna también con la espalda recta y la barbilla muy en alto, no podía evitar desviar su mirada a la vida cotidiana que se vivía en Juubantai, los puestos de comida y baratijas, y la tranquilidad general solo perturbada por algún que otro borracho merodeando por ahí. Habían muchos bares… seguramente algo de alguna manera Rangiku tenía que ver en eso.

-Ahora que lo pienso…- la voz de su marido la hizo salir de sus cavilaciones y voltear a verlo. –Tú nunca has tenido un recorrido por la ciudad, ¿verdad?- preguntó con el ceño fruncido.

-No. Nunca salí del palacio para algo que no sean reuniones del consejo en todo mi tiempo aquí.- también frunció el ceño. Wow, ahora que lo pensaba, era un poco patético. Solo conocía una sola línea de toda esta enorme ciudad, el camino hacia donde se reunía el consejo, y tal vez contara el paisaje que veía a través de la ventana del carruaje cada vez que iba o venía de aquí.

-Ya veo.- suspiró. –Emm, ¿podría…?...- ella alzó ambas cejas, instándolo a continuar. -¿Podría invitarte a recorrer la ciudad después de nuestra compra… o cuando quieras?- preguntó casi con miedo.

-Eh…- miró interesada todo a su alrededor, y decidió que no le importaría convivir un poco más con el pueblo el cual reinaba. –Claro, después de la compra está bien. Quién sabe cuándo volvamos a tener a alguien confiable como Momo-san para cuidar a nuestra hija como para tener otra oportunidad como esta.- accedió desinteresadamente.

-¡B-bien, genial!- sonrió y de repente no hubo nada de digno en su postura, casi se cae del caballo, de hecho, pero fue solo un segundo y de inmediato recuperó la compostura. –Prometo que no te arrepentirás.- aceleraron el trote y en poco tiempo las casas fueron menos frecuentes y llegaron al bosque que rodeaba la ciudad. –Es por aquí, sígueme. Es fácil perderse.- tomó un camino muy lejano a la ruta principal.

-¿Qué clase de comerciantes plantan su negocio aquí?- era una muy mala estrategia.

-Te dije que son complicados.- sonrió levemente, antes de suspirar con fastidio. –Ya los vi. Por aquí.- trotaron hasta un pequeño claro rodeado de árboles con una pintoresca cabaña en el centro.

Ataron a Mei y Hyorinmaru a unos árboles y se dirigieron a la cabaña, tocando la puerta suavemente.

-¡¿Quién molesta?!- rugió una voz muy agresiva como respuesta, arrancando otro suspiro fastidiado de parte del rey.

-Soy yo, Sarugaki.- contestó el albino con voz plana.

-Ah… ¡Es el rey pelele!- gritó la voz agresiva en contestación a otra voz que había hablado demasiado bajo como para que entendiera lo que dijo. Karin no pudo evitar estallar en carcajadas ante eso, y más por las venas acumulándose en la frente del monarca y como evidentemente estaba crujiendo los dientes casi al punto de quebrarlos. -¡Ya va, pelado!-

-¡Esa no es forma de dirigirte a un rey, Sarugaki!- finalmente estalló, pero de forma más graciosa que otra cosa.

-¡Quiero verte intentando castigarme por eso!- la puerta se abrió revelando a una pequeña mujer rubia pecosa mirando con desagrado a su esposo, antes de fijarse en ella con curiosidad pero no menos desagrado. -¿Eh? ¿Quién es la de tetas grandes?- se cruzó de brazos y Karin se quedó sin aliento, cubriendo su escote con el rostro enrojecido.

-¡¿Cómo te atreves?!- apretó los puños, pero la rubia la ignoró.

-Pff, sabía que eras un rey pervertido. Solo vienes aquí con puras pechugonas.- negó con la cabeza reprobatoriamente.

-Sarugaki, sabes que Matsumoto es como mi madre.- wow, lo que daría ella por escuchar eso. –Y para tu información, más te vale que respetes a esta mujer, porque ella es…-

-¿Tu zorra de la semana?- se burló, y Karin tuvo suficiente. -¡AUCH, OYE!- se quejó la mujer bajita cuando la golpeó con un puñetazo directo en su nariz.

-No me hagas darte otro de esos, porque hay más de donde salió.- crujió los puños. –Y mi nombre es Hitsugaya Karin, soy una reina y créeme que nadie podrá hacerme nada al respecto por tirarte un par de dientes.- sonrió amenazante.

La rubia se le quedó mirando con los ojos muy abiertos por un segundo, antes de estallar en carcajadas, cayendo al suelo y sujetándose su estómago por un minuto o dos, antes de levantarse limpiándose las lágrimas de risa.

-¡Vaya, rey pelele! ¡Veo que te conseguiste una buena mujer que te tenga cortito!- sonrió burlonamente. –Me agradas reinita.- le palmeó el hombro. –Ya, síganme, dejemos de perder el tiempo. Cuanto antes terminemos antes dejaran de fastidiarme.- sin más entró a la cabaña como si nada, dejando a los reyes parados estáticos por un momento, antes que la pelinegra mirara al albino con los brazos cruzados.

-¿Zorra de la semana?- lo miró con ojos entrecerrados, sin saber por qué de repente sus ganas de ahorcarlo habían regresado.

Toshiro tosió incómodamente.

-Solo es algo que malentendió de Matsumoto.- se excusó rápidamente. –Solo he estado con cinco mujeres aparte de ti en toda mi vida y ni siquiera recuerdo como fue o cómo eran ni sus nombres, lo juro.- alzó los brazos como si lo estuviera apuntando con un arma, cosa que no estaba haciendo, no importa lo mucho que le gustaría tener un arma ahora.

-Aja.- se cruzó de brazos, molesta sin ninguna razón en específico, solo no le gustaba hablar de eso, no sin estarlo agrediendo físicamente, de todos modos. –Solo entremos.- entró a la cabaña. –Cinco putas estúpidas seguro tan borrachas como él como para no ver lo feo que es.- murmuró por lo bajo aunque asegurándose de que la oyera, sintiéndose mejor solo cuando lo vio haciendo un gesto de culpabilidad.

Eso es, pensó malvadamente, ¡sufre, bastardo, sufre! ¡Eres solo mí…!... Detuvo sus pensamientos de inmediato, horrorizada de a dónde iban. ¿Qué demonios pasaba con ella?

Casi hiperventila con su solo pensamiento, pero de alguna manera logró volver a prestar atención a su entornó y notar que habían entrado a una habitación con una mujer de pelo verde corto y otra de pelo negro atado en una trenza y anteojos.

-Bienvenidos, majestades.- murmuró seria la de anteojos.

-¡Hola!- la de pelo verde solo agitó una mano hacia ellos.

-¿Ya las tienen listas?- preguntó Hitsugaya ansiosamente.

-En efecto, como lo prometí.- la mujer de anteojos colocó tres estuches sobre el escritorio donde parecían trabajar y los abrió. –Use todos los materiales que me sugirió. Esperó sean del agrado de su esposa.-

Karin se quedó mirando boquiabierta el contenido de los estuches. Eran coronas. Seis coronas preciosas. Tres muy pequeñas y otras tres más grandes. Evidentemente hechas para una princesa, y una reina.

-Esperó que te gusten.- Toshiro se acercó a ella tímidamente. –Es tradición en Juubantai que por cada nueva generación de reyes se hagan nuevas coronas de parte de gente del reino de los Vizards. Sin embargo nunca tuve la oportunidad… de encargar una para ti. Shimo está cerca de los dos años y pensé que era tiempo de conseguir estas… si las quieres, claro.- se pasó una mano por el cabello blanco nerviosamente.

Ella miró con los ojos muy abiertos las seis coronas. Eran muy hermosas, y repletas de joyas.

-Esto…- pestañeó. –Es un enorme desperdicio de dinero.- él sonrió ante esto, como si ya supiera que iba a decir algo así.

-Lo sé. Pero ya había un dinero ahorrado por mi padre especialmente para destinarse a esto, no quería desperdiciarlo ni gastarlo en otra cosa más de lo que era su voluntad.- apartó la mirada. –Sin embargo comprenderé si no quieres una para ti. Pero por favor, escoge una para Shimo.- pidió humildemente.

Miró entre las coronitas pequeñas, y sonrió al vislumbrar una adornada con piedras preciosas del mismo color de los ojos de padre e hija, con una piedra transparente en su centro que reflejaba los colores del arcoíris. Las otras iguales eran hermosas, pero demasiado ostentosas, así que tomó aquella entre manos.

-Creo que está le quedaría bien.- ambos sonrieron y la chica de pelo verde tomó la coronita fuera de sus manos y la guardo en una pequeña caja simple de madera tallada bellamente.

-¿Y vas a querer una para ti?- insistió su marido ansiosamente, y entonces Karin notó que estaba mirando una corona en específico y no pudo evitar sonreír. Este chico era demasiado obvio.

-¿Tú cuál me recomiendas?- indagó tratando de no sonar tan condescendiente, agrandando su sonrisa cuando sus ojos turquesas brillaron y de inmediato sin un segundo pensamiento tomó la corona que se notaba había ansiado ver sobre su cabeza desde que se la mostraron. Era bastante simple, de oro blanco, con cinco grandes piedras pentagonales de ónix puramente negro decorándola.

-Esta.- dijo sin más, retrocediendo dos pasos para mirarla mejor, haciéndola sonrojarse bajo su intenso escrutinio.

-Sí, le queda.- opinó Sarugaki metiéndose entre medio de ellos dos. –Hace que tu piel se vea aún más fantasmalmente pálida, pero queda bien con tu cabello y tus ojos, supongo.- se encogió de hombros, sin darle verdadera importancia pero sin moverse de donde estaba, obviamente disfrutando de haber roto su momento cursi de admiración.

-P-pues entonces… esta quiero.- se quitó la corona y la chica de cabello verde de inmediato la guardó en otra pequeña caja. –S-será mejor que ya nos vayamos, o nos quedara poco tiempo para pasear en la ciudad.- dijo comenzando a retirarse.

-Seh. El rey pelele este ya había pagado por las coronas, así que ya solo lárguense de aquí.- la rubia pecosa no tuvo la paciencia para esperar a que salieran por sus propios pies y los corrió de la cabaña empujándolo a él a patadas y a ella con una sola mano. -¡No vuelvan!- gritó antes de cerrar de un portazo.

-Pff.- Karin bufó mirando molesta la cabaña. –Tenías razón, son complicadas.- sonrió levemente.

-Sí.- le sonrió apenas también, antes de dirigirse a su caballo y guardar las cajitas en una bolsa. –Vamos, hay poco tiempo y mucho que ver.- parecía emocionado, y ella no pudo evitar emocionarse un poco también.

-¡Entonces apresurémonos!- se apresuró a desatar a Mei y montarse en ella.

Volvieron a la ciudad a trote rápido, disminuyéndolo solo cuando llegaron al centro.

-Ven.- él bajó de su caballo y la ayudó a bajarse de su yegua pesé a que insistió en que no era necesario, y la tomó delicadamente de la mano para jalarla dentro de un restaurante con muy buena pinta y no muy lleno. –No puedes venir a Juubantai y no comer en este lugar. Los lugareños no le prestan mucha atención, pero todos los extranjeros lo visitan.- explicó entusiasta.

Unas alegres camareras los atendieron de inmediato apenas los vieron, y Karin se impresionó mucho con lo rápido que llegó la comida y lo buena que era. ¡Incluso era más deliciosa de la que hacía su hermana! Aunque nunca lo admitiría en voz alta o Yuzu era capaz de escucharlo y arrancar su ingrata cabeza.

Estuvieron más de media hora estancados comiendo allí, antes de salir simplemente a caminar y ver los puestos.

Llamaban mucho la atención, pero solo bastó un gesto de la mano de parte de Hitsugaya para que los campesinos apartaran sus miradas chismosas y volvieran a lo suyo evitando molestarlos. En serio, esta gente era muy educada.

Habían muchas chucherías que en un pasado podría haber considerado absurdas, pero ahora solo podía pensar en lo mucho que le gustarían a su hija.

-Hay que venir con Shimo alguna vez aquí.- comentó examinando algo que el vendedor había llamado "sonajero". –Seguro amaría todas estas cosas inútiles.- ahora examinó un peluche raro.

-Sin duda.- él miraba con igual espanto las chucherías, pero ya había comprado como diez cosas para su hija.

Entra tantas tiendas, puestos de comida y charlas con algunas personas muy amables y agradables, pronto el sol comenzó a ponerse, y ambos decidieron que ya era hora de volver a palacio.

Hyorinmaru y Mei igual estaban cansados, así que fueron a pie el resto del camino, conversando de vez en cuando sobre los acontecimientos del día o lo mucho que su pequeña debía estar extrañándolos. Llegaron de nuevo al palacio y a los establos justo cuando el sol apenas era visible en el horizonte.

Devolvieron a los caballos a sus lugares y Karin decidió que tenía que agradecerle por la velada. La verdad que si fue muy agradable, sobre todo ese restaurante… tenían que volver ahí algún día, tal vez con Shimo.

-Realmente la pasé muy bien hoy.- le sonrió agradecida. –Esperó que lo repitamos pronto, y deberíamos ir con nuestra hija. Y quizás con Rangiku-san y Gin-san, seguro tendrían otros lugares que mostrar.- sonrió ilusionada.

-Sí, seguro que sí. Bares.- rodó los ojos, pero le sonrió. –Sí, debemos hacerlo de nuevo, y puedes invitar a quién quieras, claro.-

-Aunque…- se llevó las manos a las mejillas al sentirlas arder otra vez. ¿Tal vez tenía fiebre? –Me gusto… que solo fuéramos los dos.- suspiró, sintiendo la "fiebre" empeorar. –D-deberíamos ir juntos solo los dos algún otro día, también.- sonrió incómodamente.

-Sí.- abrió mucho los ojos, dando un paso más cerca de ella. –Algún día podríamos.- dio otro paso más cerca y Karin se congeló.

-¿Qué…?...- balbuceó. ¿Qué rayos quería hacer este tipo?

Se inclinó lentamente hacia abajo, y Karin tuvo la oportunidad de dar un paso hacia atrás, tuvo la oportunidad de moverse fuera del camino, o bien empujarlo o darle una buena bofetada. Pero no hizo nada. Se quedó estática en su lugar, expectante a lo que haría.

Pareció pasar una eternidad, el cayó lentamente como el sol a lo lejos, sus labios se posaron sobre los suyos al mismo tiempo que el sol terminó de hundirse en el horizonte, comenzando así la noche, al mismo tiempo que comenzaba un caos en su corazón.

Abrió los ojos como platos, pesé a que ya se había estado esperando el beso, simplemente por el hecho de que la estaba besando, de nuevo la estaba besando pesé a todas sus advertencias, pero ella no estaba pensando en cómo se había atrevido a besarla, no, ella pensaba en lo que estaba sintiendo.

Estaba sintiendo su corazón latir a mil por minuto, su estómago retorcerse con fuerza y lo peor era que no le estaba molestando. Se sentía familiar, y a la vez tan nuevo y extraño.

Antes, en sus besos ella solo detectaba amargura y frialdad, al principio también odio, luego pura tristeza, pero ahora… solo había tanta suavidad y dulzura.

Sus besos seguían siendo fríos, pero ahora podía sentir que significaban algo.

Significaba que él no había podido resistirlo, porque estaba abrumado por su amor por ella, sus labios temblaban con miedo al rechazo, y había tardado tanto en besarla para darle la oportunidad de alejarse y librarse de esto. Ese beso significaba que Karin no podía evitarlo, por más que lucho y luchó, no podía.

No podía evitar sentir lo que sentía, lo que había empezado a sentir.

Toshiro siguió besándola suavemente, como si pudiera romperse si le propiciaba un toque menos ligero, continuó con aquel derroche de sentimientos pesé a que ella no le estaba correspondiendo. No, ella estaba demasiado ocupada sintiendo todos sus sentimientos como para corresponder, ella estaba demasiado abrumada, demasiado confusa, demasiado en guerra contra lo que había comenzado a florecer en su corazón.

Esto no debería ser así, una parte de ella le decía. Al demonio, no me importa, ya es así, decía otra. Ya es lo que es.

Él se separó lentamente, y entonces sus ojos turquesas se abrieron con el más puro horror.

-¿Qué hice?- susurró espantado mirando su rostro pasmado. -¡Lo siento! ¡Por favor perdóname!- rogó sujetándose histéricamente la cabeza, antes de salir corriendo lejos del establo, lejos de ella.

Sí… ese beso significó el fin de su negación. Ya no podía seguir negándolo más. Trató, los cielos sabían que ella trató, ella lucho con todas sus fuerzas, con toda su terquedad, pero finalmente perdió la batalla, y la verdad sobrevivió.

Por más que una parte de ella se odiaba a sí misma por hacerlo, la verdad es que ya no podía seguir negándolo, no podía negar que un amor condenado por su pasado había comenzado a florecer en su corazón.

Hitsugaya Toshiro la estaba enamorando, y no sabía si debía llorar o reír por eso.

Continuara...

Hola! :D

Tengo sueño, tengo calor, me duele la cabeza, me dormí sobre el teclado dos veces, así q no puedo ser muy elocuente ahora mismo, lamento si hay errores, algun día los corregire supongo :'v

Diganme q opinan de este cap por fis n.n

Los personajes de Tite!

COMENTEN! *o*

CELESTE kaomy fueraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!