Mi Rey.

Capítulo catorce: Orgullo.

Tal vez por milésima vez en esa noche, Karin volvió a llevarse la mano a la boca, trazando suavemente el contorno de sus labios con los dedos, tratando de rememorar la sensación del beso que Toshiro le había dado hace no muchas horas justo en el fin del ocaso.

Se había quedado estática en los establos por un momento, con su mano cubriendo firmemente su boca recién besada y sus ojos muy abiertos, casi sin poder creer lo que acababa de suceder, casi sin creer lo que estaba sintiendo en ese momento.

Ella… se sentía feliz, y al mismo tiempo enojada consigo misma por eso.

Que haya perdonado a Hitsugaya no quería decir, de ninguna manera, que ya podría amarlo y permitir que la besara y actuaran como marido y mujer normalmente como si nada. Eso era ridículo.

O al menos, eso era lo que pensaba su mente, porque lo que sentía era un asunto completamente distinto. Por más que su consciencia le diera los mil y un motivos para no amarlo, su corazón insistía en mandar todo al diablo e ir por lo que la hacía feliz, estar con él la hacía feliz, que la besara la hizo feliz.

¿Cómo podía ser eso malo?, preguntaba desesperado su corazón. Él no merece tanto perdón, y aunque haya perdonado eso no quiere decir que vaya a olvidar, no se podrá olvidar nunca, ¿verdad? Dejar atrás el rencor no significaba que debía olvidar y darle una oportunidad para llevar a su relación a algo más allá de platónica.

Ahora, recostada en su cama después de haber arrancado a su hija de los brazos de Momo y rechazando cenar, no podía hacer más que admitir que de nuevo estaba en una guerra de su orgullo contra sus sentimientos.

No, ya no había rencor hacia Hitsugaya en su corazón, ya no había odio, mucho menos miedo, lo único que quedaba dentro de ella gritando en contra de él, era su orgullo, su orgullo como mujer.

¿Qué pensaría la ella del pasado si la viera ahora, suspirando de amor por el hombre que la forzó y maltrató?, se preguntaba. Pues, ella probablemente me patearía el trasero, se contestaba instantáneamente.

Sabía que había cambiado, y que pasaron por mucho para que lo perdonara. Pero ¿por qué? Oh, ¿por qué estaba sintiendo esto hacia él? Si bien su corazón ya antes se había acelerado ante su presencia, fue por el mero deseo lujurioso, por la pasión congelada hirviendo en sus ojos y las promesas de placer indescriptible a las cuáles no había podido resistirse por más que trato, perdiendo ante su orgullo por el mero deseo carnal. Sin embargo ahora era distinto, ahora su corazón se aceleraba ante la sola mención de Toshiro, con solo pensar en él.

Él y sus rabietas adorables de niño mimado, él y su timidez que no le salía disimular por más que intentara, él y sus formalidades, su inteligencia, sus libros aburridos, lo mucho que trabajaba, lo estricto que quería ser, lo amable que realmente era, lo mucho que adoraba a Rangiku y Momo, su curiosamente confuso pero extrañamente entrañable vínculo con Gin, su cariño hacia Hyorinmaru, la admiración que le tenía su pueblo, lo buen padre que era y su inmenso amor y dedicación a su hija… Él y la forma en la que la miraba completamente enamorado… él y la culpa de sus errores pasados que se notaba que le pesaban todos los días y probablemente le pesarían siempre.

Suspiró, llevándose una mano al pecho.

Lo siento orgullo, pero esta vez tendré que mandarte al diablo, pensó volviendo a palpar sus labios con los dedos. Lo amo.

Pequeñas lágrimas se deslizaron silenciosamente por sus mejillas. No era fácil admitirse esto a sí misma, pero lo amaba. Era inútil seguir negándoselo, no tenía sentido. No podía tener control sobre su corazón, que apenas perdonó a Toshiro y se permitió acercarse a él cayó totalmente enamorado.

Esta, tuvo que reconocer, era una de las principales razones por las cuales antes se había rehusado tanto a perdonarlo. Si no sentía odio y rabia hacia él ¿qué sentiría entonces? En el fondo siempre había sabido que si le daba la oportunidad, él podría abrirse camino en su corazón, y eso la asustaba enormemente porque ¿en dónde quedaría su orgullo entonces?

Ahora que ya pasó, que ya se sentía enamorada de él, la verdad ya no le importaba.

Yuzu siempre le había dicho que tener un poco de orgullo era bueno, pero nunca cuando por este nos impedíamos ser felices. Así que por una vez, iba a escuchar sin poner peros e iba a ir por el camino que realmente la hacía feliz.

Su corazón traidor eligió a Toshiro a pesar de su orgullo, y esta vez, no iba a discutir. Ella lo amaba, él la hacía feliz, al diablo lo demás. Pero claro… no iba a admitir eso en voz alta en ningún momento pronto.

Al día siguiente, bajo a desayunar con su hija en brazos esperando no verlo en el comedor, ya que el reycito siempre evitaba ese lugar cuando tenían algún episodio como ese. Y justo como esperó, no estaba allí, por lo que pudo comer tranquilamente en compañía de su cuñada y su esposo y demás miembros del palacio.

Cuando terminó el desayuno, preguntó a Rangiku por el paradero de su marido, sabiendo que sí alguien sabía, debía ser ella. En efecto, su casi-suegra le informó que el albino de ojos turquesas se encontraba en su oficina ocupándose de algunos asuntos del reino o algo así.

Dejó a Shimo bajo el cuidado de Hinamori y se dirigió a buscar a Toshiro sin ninguna razón verdadera, solo… quería verlo.

Entró en su oficina ya familiar para ella debido a que antes cuando aún estaba en silla de ruedas solía pasar aquí la mayor parte del tiempo y aquí era donde le traía a su hija para que pasaran su tiempo juntos.

Encontró a su esposo no trabajando como esperaba, sino que parado en medio de la amplia habitación, blandiendo una larga katana con una guarda de estrella de cuatro puntas bastante gastada pero aun así muy bella.

Por un momento se quedó parada oculta en el marco de la puerta, viéndolo acariciar la hoja casi con cariño, antes de animarse a entrar a paso vacilante, tratando desesperadamente de no pensar en el beso de ayer ni en sus ganas de repetirlo, o en sus ganas de abofetearlo… o en sus ganas de decirle que lo amaba también.

Él tardó bastante en notar su presencia allí, teniendo en cuenta que según Ichimaru era un súper buen guerrero y toda la cosa, y cuando la notó finalmente, retrocedió un paso torpemente y clavó la katana en el piso de madera sin importarle dañarlo.

-Karin.- murmuró sorprendido. -¿Qué haces aquí?- se notaba incrédulo. -¿Pasa algo con nuestra hija?- su rostro cambió a un gesto de preocupación. -¿En qué puedo ayudarte?- siguió preguntando, por suerte para ella, que aún estaba pensando en qué demonios se suponía que iba a decir.

-N-no es n-nada.- se frotó el brazo incómodamente. –O-oye… ¿y esa katana?- trató de evitar el tema mirando curiosa la espada enclavada en el suelo. –Es muy bella.-

-Eres la primera persona que se dirige a esta espada como "bella".- alzó una ceja con lo que posiblemente era diversión. –Las otras personas suelen clasificarla más bien como "letal".- sacó la espada del suelo y la alzó a la altura de su rostro, sonriendo con orgullo hacia ella. –Tú pareces tener alguna especie de gusto hacia lo tétrico.- opinó con gesto de perplejidad ante su propia afirmación.

-No tienes idea.- después de todo, tú encabezas la lista de las cosas tétricas-espeluznantes que me gustan, pensó sonriendo irónicamente. –Me gustan las katanas.- siguió con el tema de la conversación antes de que se le ocurriera volver a preguntar por qué estaba ahí. –Mi hermano a veces me dejaba entrenar con él usándolas, sin embargo hace años que ni siquiera tocó una.- suspiró con nostalgia ante los gratos recuerdos de su niñez.

-¿Eres buena con la espada?- la miró con curiosidad y los ojos brillantes.

-De que le pateaba el culo a mi hermano, sí se lo pateaba.- sonrió ladinamente. Su hermano era el mejor con la espada solo cuando la vida de alguien estaba en riesgo, por lo demás, realmente habían muchos que le patearían el trasero, aunque eso no lo hacía sentir menos frustrado de que su hermana de doce años lo hiciera. –Pero como dije, hace años que dejé de practicarlo, lo cual es una verdadera lástima porque me encantaba.-

-Ya veo.- apartó la mirada incómodamente por un momento, antes de volver a fijar su vista en ella un poco tímido. –Eh, ¿te gustaría… practicar en un duelo o algo?- propuso vacilante. –S-si quieres.- agregó apresuradamente.

Bueno, eso la sorprendió. Últimamente él parecía tener miedo de hasta levantar una mano en su dirección, y ¿ahora le proponía un duelo con espadas? Confuso, pero no es como si le molestara. Le gustaba la idea de volver a empuñar una espada, y más la idea de pasar algún tiempo con él.

-Claro, me gustaría.- sonrió algo divertida por su expresión de inmenso alivio. –Pero ¿en dónde? No querrás practicar en tu oficina, ¿o sí?- dudaba que quisiera poner en riesgo sus preciosos libros aburridos.

-Sígueme.- devolvió la katana a su funda y se la colgó a la espalda con una cadena que traía atada.

-Por cierto…- dijo mientras lo seguía escaleras abajo en una dirección por la que nunca antes había ido en el enorme palacio. –Esa katana realmente es muy bella, me sorprende no haberla notado antes.- ¿habría estado colgada en algún rincón de su oficina que nunca alcanzó a vislumbrar?

-Estaba guardada en un cofre sobre uno de los estantes de los libreros.- aclaró su duda. –Hace mucho que no la sacaba de allí.- comentó eso último más para sí, pero no pudo evitar llamar la atención de la mujer.

-¿Por qué?- preguntó con su curiosidad saliendo a flote pesé a las alarmas sonando en su cabeza contra las preguntas indiscretas.

-Era…- su voz tembló. –Era la espada que estaba utilizando en aquella batalla.- su rostro se ensombreció. –Cuando mi padre murió.- suspiró y Karin lo entendió todo y lamentó no haber escuchado a su cerebro y ahorrarse el preguntar.

Que no lo escuchara cuando le decía que no se enamorara de Toshiro no quería decir que debía ignorar a su mente todo el tiempo.

-Oh.- solo murmuró, tratando de evitarle el seguir contándole de un tema tan delicado, pero él para su sorpresa continuó con el hilo de la conversación.

-Mi padre me la regalo cuando era un niño, poco después del nacimiento de Hyorinmaru, y ambos eran a lo que más tiempo le dedicaba, eran lo más preciado para mí. Abandone tanto a la katana como a Hyorinmaru cuando mi padre murió. Abandoné…- su voz tembló. –Abandone todo lo que yo era.- frunció el ceño, pero luego su mirada se suavizó. –Luego de haber vuelto a montar a Hyorinmaru después de tantos años solo recordé todas esas cosas buenas de mi niñez, que había estado erróneamente evitando solo para tratar de ahogar el dolor por mi culpa y la muerte de mi padre, y quise… reconectarme. Volver a sentirme Hitsugaya Toshiro, volver a conocerme a mí mismo.- concluyó con sus palabras con su vista fija en el frente, sin mirarla por ni un instante, afortunadamente para ella, que estaba segura de tener una expresión de enferma de amor patética en el rostro.

-Ya veo.- susurró en respuesta a todo eso, sin saber muy bien qué decir. –Pues si ya estás empezando a ser el verdadero Hitsugaya Toshiro y conocer a la persona que eres realmente, creo que ya me está gustando bastante.- se mordió la lengua al segundo de decir aquello, su rostro lentamente tornándose escarlata. Lo notó tensarse, pero él no volvió su vista para mirarla, por suerte.

-G-gracias.- dijo en un tono tan bajo que apenas lo oyó, y luego carraspeó. –Ya llegamos, por aquí.- abrió una puerta doble que le llamó bastante la atención debido a que era de metal, muy diferente a todas las otras que eran de madera de roble.

Abrió las puertas para ella y la dejó pasar primero, a lo que de inmediato vio con asombro y admiración lo que era una inmensa sala de entrenamiento, llena de espadas de todo tipo y cuadros de guerras.

-Esto es… wow.- se quedó sin palabras. ¿Cómo no había encontrado este lugar antes? Se preguntó qué otros lugares del palacio le quedaría por conocer. –Creí haber recorrido cada centímetro de este palacio antes, pero parece que me faltó este lugar, porque definitivamente no lo habría olvidado de haber estado aquí antes.- se adentró más en el lugar, viendo admirada las espadas y demás armas colgadas en las paredes blancas.

-No es una sorpresa que no hayas estado en este lugar antes.- sacó un manojo de llaves y lo agitó levemente. –Estaba cerrado, solo yo tengo acceso a diversas habitaciones del palacio. En este lugar están guardadas las mejores armas que han creado los más talentosos armeros de Juubantai, ni siquiera la doctora Unohana tiene acceso a estar aquí, aunque claro que cuando alguien entra aquí con mi autorización tiene prohibido dejar la puerta cerrada o entrar solo, por temor a accidentes.- se dirigió al otro extremo del lugar, acercándose a un cofre y abriéndolo, sacando una espada de él, otra katana. –Toma, puedes usar esta para entrenar.- se la tendió.

Karin la examinó con curiosidad y admiración.

Era una katana bastante bonita, de tamaño normal, con la empuñadura de color rojo y trazo simple, pero con una preciosa guarda tallada con la forma de una rosa con todos sus pétalos. La sujetó firmemente entre sus manos, sintiéndose cómoda y en confianza con ella en sus manos.

-Me gusta.- sonrió a Toshiro con suavidad, aunque luego cambió su sonrisa a una más… letal. –Quisiera ponerla en práctica ahora, si no te da miedo.- pestañeó inocentemente y lo notó reír entre dientes.

-De acuerdo.- se dirigió al centro de la sala, donde había un amplio redondel que suponía era el espacio dedicado a los entrenamientos. –Pero te advierto que, aparte de Ichimaru y mi padre, nadie nunca me ha ganado peleando con la espada.- desenvainó su katana de la estrella de cuatro puntas y la apuntó hacia ella.

-Yo no he practicado este arte en mucho.- maniobró la espada entre sus dedos e hizo unos cuantos movimientos. –Pero tratare de darte pelea.- se puso en guardia. Él hizo el primer movimiento, sin aviso previo dirigió la espada directo a su rostro, pero ella lo frenó con facilidad. –Se nota que estas ansioso por un poco de práctica.- sonrió perpleja, ya que había creído que iría fácil en ella y aprovecharía el momento para hacerle tal vez un corte o dos.

-Algo me dijo que no debía subestimarte.- se encogió de hombros casualmente y la pelinegra sintió su corazón aletear un poco, feliz de que estuviera más en confianza con ella a pesar de lo que pasó entre ellos ayer.

Estuvieron practicando por media hora más o menos, Karin recuperó un poco la mano con lo que en el pasado había sido su afición favorita pero tuvo que dejar por las insistencias de Yuzu sobre que no era "propio de una princesa" y gracias a volver paranoicos a su hermano y su padre le prohibieron hacer y sus intereses se inclinaron hacia los libros.

Fue divertido, aunque se notaba que él realmente no se estaba esforzando, sí que le daba pelea y parecía divertirse también, pero finalmente le arrancó la katana de las manos y cayeron sentados en el suelo para descansar.

-Eso fue entretenido.- comentó alegremente, feliz de sentir el picor familiar en sus manos después de haber tenido una dura batalla.

-Sí. Me gusto volver a usar esa katana. Mi padre me la había regalado con la promesa de que era la mejor que este reino, un reino guerrero por cierto, podría ver alguna vez.- frunció el ceño. –En los últimos tiempos, pareciera como si hubiera olvidado todas y cada una de sus enseñanzas y valores.- bajó la cabeza con vergüenza. –Y no sabía lo mucho que echaba de menos todo esto, pesé a la nostalgia de que me recuerdan mucho a él.-

-Sabes…- apartó la mirada, su tono lleno de melancolía, llamando de inmediato la atención de su marido. –Cuando mi madre murió, yo odiaba ver a otros niños felices con sus madres.- sonrió con burla hacia sí misma, sintiendo la mirada del albino taladrar su perfil pero evitando a toda costa verlo. –Me sentía fatal. Me preguntaba… ¿por qué ellos están ahí, tan felices con sus madres? ¿Acaso se burlan de mi dolor?- bufó. –Casi no lo soportaba. Un día, una criada en el palacio estaba feliz cuidando a su hijo pequeño, curando una herida que se había hecho cuando accidentalmente tiró un jarrón, haciéndole mimos y tratando de que se sintiera mejor, y yo me enojé con esa familia. Como era la princesa, aun siendo una niña y ellos simples campesinos, le reclamé a la mujer por la torpeza de su hijo y la despedí, y los eché a ambos del palacio que era su hogar. Hice llorar a la mujer y al niño rogarme de rodillas que lo perdonara.- suspiró con vergüenza. –Yo solo… estaba enojada y triste, no tenía por qué desquitarme con esa pobre familia. Al día siguiente, me paré a pensar qué habría dicho mi madre de un acto como ese, y sentí mucha vergüenza. De inmediato mande a llamar a la familia y les rogué por perdón. Ellos estaban muy sorprendidos y felices, ni siquiera estaban enojados conmigo, solo estaban aliviados. Y volvieron a trabajar allí y todo fue como antes.- sonrió ante el recuerdo. –Por más que extrañemos a alguien, no sirve de nada evitar su recuerdo haciéndole mal a otras personas o a ti mismo, lo mejor es recordar todo lo bueno de esa persona y honrar sus memorias tratando de hacer que se sientan orgullosos de ti, eso lo aprendí ese día.-

Finalmente, se animó a volver su vista a Hitsugaya, que tenía sus ojos turquesas clavados en el suelo.

-Estoy seguro de que tu madre estaría orgullosa de ti.- solo dijo él, y Karin mantuvo su gesto pensativo por un momento, inclinándose de modo que por su cercanía su cabeza quedó reposando en su hombro.

-Lo sé.- suspiró. –Y yo estoy segura de que como yo, tu padre te habría perdonado, y estaría orgulloso de lo que eres hoy.- sonrió.

Lo notó tensarse, antes de relajarse y reposar su mejilla contra la coronilla de su cabeza.

-Eres tan buena conmigo.- susurró contra su cabello. –No merezco tu perdón, sin embargo… me aterra perderte, me aterra hacer algo que haga que vuelvas a odiarme. Así que, ¿podrías por favor aceptar mis disculpas respecto a ese beso de ayer?- ambos se sonrojaron ante el recuerdo. –No sé qué me pasó y realmente lamento haberte molestado.- ocultó el rostro en su cabello, como con miedo de enfrentar sus ojos.

-Eh, claro, te perdonó.- ¿sería muy descarado de su parte decir que en realidad no le molestó nada y que de ser posible quería otro? –No te preocupes. No está en mis planes el volver a odiarte, eres un padre grandioso para Shimo y…- y creo que te amo. –Y creo que ya hasta me caes bien.- maldito orgullo, ¿por qué no la dejaba decir lo que sentía?

Hitsugaya se apartó de ella de golpe, mirándola con sus bellos ojos muy abiertos.

-Tú…- de pronto sonrió en medio de un suspiro de resignación. –En serio, eres demasiado buena.- la miró con cariño y ella apartó la mirada ocultando su rostro con su cabello para tratar de que no viera su sonrojo. –Por cierto, ¿recuerdas las coronas?- cambió de tema rápidamente.

-Hmm, claro.- confirmó con inseguridad, preguntándose a dónde quería llegar con eso.

-¿Recuerdas que te mencione que había un evento para el cuál las necesitaba?- Karin buscó en su memoria, y pesé a qué en realidad no pudo recordarlo, asintió. –Bueno, pues… ese evento es una boda. Como no tenemos sumo sacerdote desde hace muchos años, yo soy el encargado de casar a las figuras reconocidas de Juubantai, y me gustaría tu presencia y la de nuestra hija allí.- se pasó una mano por el cabello nerviosamente. –Si quieres, claro.-

-¿Una boda?- pestañeó. –Ehh, sí, está bien.- se encogió de hombros. Nunca le habían gustado las bodas, ni siquiera la suya propia… Se estremeció ante el recuerdo, pero al ver los suaves, vulnerables y tímidos ojos turquesas repletos de amor hacia ella, supo que no estaba frente al mismo hombre que tanto miedo le había dado.

No, aquel hombre nunca fue Hitsugaya Toshiro, solo era una cascara amargada y cruel, una versión retorcida de lo que era realmente que solo existió para tratar de proteger lo poco que quedaba de él, lo poco que su horrible madre no destruyó. Y esa cascara, ese hombre cruel y desalmado, ya no existía.

-Gracias.- se levantó del suelo y le tendió una mano para ayudarla a ponerse en pie también. –Eres una excelente reina para Juubantai.- felicitó y Karin sonrió, guardando la katana con la guarda de rosa que le había dado en su funda y la funda en el cofre.

-Es todo un placer, mi rey.- dijo casi inconscientemente, no notando que sus palabras lo habían congelado sino hasta que estuvo frente a la puerta fuera de la habitación esperando a que él saliera también, solo entonces cayó en cuenta que hacía mucho no lo llamaba de ese modo, ni mucho menos con aquel tono de familiaridad y cariño. Aun así, no le importó en lo absoluto. -¿Vienes, mi rey?- repitió con más confianza, sonriendo arrogantemente ante el rubor que invadió sus mejillas.

-Hmm.- carraspeó. –Claro, mi reina.- la siguió vacilante, con su katana en mano, cerrando la puerta de la sala de armas detrás y guardando el manojo de llaves entre los pliegues de su kimono. –Será mejor volver con Shimo. Aun me queda algo de tiempo libre, deberíamos aprovechar para pasar algo de tiempo con ella.- murmuró incómodamente.

-Claro, era lo que tenía planeado hacer.- asintió. –Ella te extrañó en la cena de ayer y en el desayuno de hoy, ya sabes.- lo miró reprobatoriamente a lo que bajó la cabeza.

-Lamentó eso, estaba… ocupado.- se excusó de modo no muy convincente. –Podemos almorzar juntos los tres solos en el jardín hoy.- propuso de manera vacilante pero aun así con los ojos brillantes.

-Umm, no lo sé.- fingió dudarlo y pudo ver su rostro caer en la completa decepción, por lo que no pudo seguir con la broma y simplemente rió entre dientes. –Claro que sí, rey idiota. Estoy segura de que a Shimo le encantara.- lo notó adquirir una postura más relajada y sonreír levemente.

-Genial.-

Al volver y recuperar a su hija alejándola de su consentidora tía, Toshiro les pidió que se adelantaran a sentarse en los jardines y él las alcanzaría en un momento porque tenía algo que hacer, aunque no quiso decirle qué.

Se entretuvo sentada a la sombra de los árboles teniendo una pequeña conversación con su pequeña para tratar de ayudarla en su pronunciación con algunas palabras que le costaban por al menos media hora, antes de que oyera pasos acercarse y viera a su marido llegar con dos sirvientes cargando bandejas y jarras de jugo, él sorprendentemente también cargaba con una bandeja y una jarra, y parecía venir discutiendo algo con los siervos.

-… Aun así no necesitaba ayuda. ¿Cuándo han visto en toda mi vida que se me cayera algún plato?- se venía quejando él con esa actitud adorable suya de niño mimado.

-Lo sabemos, Hitsugaya-sama, lo sabemos.- rió afablemente uno de los sirvientes, que era un hombre de mucha edad. –Siempre fuiste un niño que no rompía un plato, aun te recuerdo regañando a las sirvientas por no limpiar bien algo y ponerte a limpiar en su lugar.- ambos sirvientes rieron ante aquello. –Nunca te has quejado por esforzar las manos, pero eran tres bandejas con contenido muy especial para personas muy especiales, y sabemos muy bien que a usted nunca le ha gustado arriesgarse a perder tanto esfuerzo, así que no podíamos dejar de ayudarlo a cargarlas.-

-No se quejé, majestad. Estoy seguro de que su esposa e hija valoraran más esta deliciosa comida si no viene aplastada por las otras bandejas.- el otro sirviente, un poco más joven que el mayor, bromeó con buen humor. –Mire, ya estamos llegando. ¡Hola, su alteza, hola princesita!- saludó alegremente.

-¡Hola, hola!- Shimo, que adoraba saludar a la gente y agitar los brazos frenéticamente, correspondió el saludo con muchas ganas.

Los sirvientes dejaron las bandejas y las jarras en la pequeña mesita de madera instalada en medio del jardín y luego se retiraron despidiéndose animadamente, para alegría de su hija, que también adoraba decir adiós.

El almuerzo era algo que Karin nunca había probado antes. Una especie de carne extranjera que se cocinaba de forma muy rara según le explicó él mientras daban de comer lo que había llamado "avena" o algo así a su pequeña.

-¿Todo esto lo preparaste tú?- no pudo evitar maravillarse por su esfuerzo y dedicación hacia ellas.

-Hace tiempo que quería que probaras mi cocina, y estos nuevos alimentos del nuevo mundo.- sonrió levemente. –Y también… para que veas que no tienes porque solo llamar a Ikami cuando quieras una buena comida, también sé cocinar.- se cruzó de brazos y ella no pudo evitar soltar una pequeña carcajada.

-¿Así que todo esto fue solo por qué estabas celoso de Kouzu?- rodó los ojos con una sonrisa divertida. –Tranquilo, ahora que sé que cocinas así, no pienso dejarte en paz.- su sonrisa se volvió ladina al notarlo sonrojarse.

-Y-yo… yo no lo hice por eso.- bajó la cabeza para no encontrarse con su mirada. –S-solo que…-

-Oye, tranquilo, solo bromeaba.- suprimió su risa negando con la cabeza. –No tienes que tomarte todo tan en serio, cielo santo.- aunque en cierto modo era lindo, le gustaría que estuviera menos tenso a su alrededor.

-L-lo siento.-

-Y no tienes por qué disculparte.- le lanzó una mirada de advertencia y él asintió con la cabeza rápidamente, sus ojos muy abiertos. –Pero como sea. Aun no me has dicho. ¿A quiénes casaras en aquella boda, y cuándo será, por cierto?- alzó una ceja.

-Será en un par de días. Es una boda entre una marquesa y un héroe de guerra, por eso debó de casarlos yo personalmente.- explicó. –Además, la Marquesa ha hecho muchas contribuciones científicas a Juubantai, es la mejor en el reino después de Urahara. Su boda es un gran acontecimiento público, y eso.-

-Ya veo.- asintió, suponiendo que sería un evento interesante. Terminó de comer su cena y volvió su atención a las jarras de jugo, él lo notó y le sirvió un poco en una de las copas. –Mmm.- gimió de gusto ante el sabor. -¿Esto también es extranjero?- nunca lo había probado antes.

-Sí. Es jugo de mi fruta favorita, hace tiempo que quiero dártelo a probar. Se llama sandia, es una fruta extranjera pero cada vez es más común por aquí.-

Siguieron bebiendo y conversando, también conviviendo con su hijita aunque sin darle de comer ellos porque insistía en que podía hacerlo sola, la pequeña testaruda. La pequeña probó el jugo y pareció encantarle, para felicidad de su padre, que comentó algo sobre que era una buena excusa para preparar más aquel jugo y comer juntos más seguido.

Era un lindo ambiente, solo ellos tres, pero desgraciadamente el deber llamó y pronto su momento se vio interrumpido cuando un sirviente llegó a solicitar la presencia del rey en la sala del trono para tratar con unos comerciantes que habían llegado al reino.

Suspiraron tristemente y él se despidió de ellas dándole un beso en la frente a Shimo y una pequeña reverencia con la cabeza a ella, no importa lo mucho que quería un beso también, no se atrevía a pedirlo.

No pudo volver a verlo en todo el día, él estaba muy ocupado con asuntos del reino, y ella debía comprenderlo, pero se encontró algo deprimida por no tener ninguna excusa para ir a verlo, irrumpir en la sala del trono y simplemente estar a su lado y/o ayudarlo en lo que pudiera.

Al día siguiente, empezó a haber mucho movimiento en el palacio, puesto que la boda entre la Marquesa y el héroe de guerra se realizaría allí. Todos los sirvientes quisieron acercarse a ella para que fuera al organizadora de la decoración, pero siempre fue pésima en esas cosas, así que le pasó la responsabilidad a Rangiku y a Momo, que estaba encantada con la idea de ayudar porque después de la boda tendría que marcharse.

Su esposo estaba muy ocupado y no habían podido verse mucho, aunque no pensaba en eso tanto, estaba muy ocupada también con su pequeña, que aparentemente gustaba de hacer sus propias decoraciones, tomando las flores y sumergiéndolas en tinta para hacer dibujos en las paredes con ellas.

Las sirvientas lo tomaban con buen humor, pero su casi-suegra pegaba el grito en el cielo, aunque no tenía corazón para regañar a Shimo, si regañaba a Karin y le exigía tener más vigilancia sobre la princesita que ya le estaba por sacar canas.

Entre las ocupaciones de su marido y las travesuras de su hija, no podían pasar mucho tiempo juntos, y pronto llegó el día de la boda causante de tanto revuelo y alboroto.

Ella como la reina sería la anfitriona de la novia, y debía supervisar que estuviera cómoda y todo eso.

La Marquesa era una mujer… extravagante. Tenía el pelo tintado de verde y unos raros anteojos ahumados que se rehusaba a quitarse pesé que se veía muy bonita sin ellos y Rangiku reclamaban que no iban bien con su kimono de novia. Hablaba de una forma altanera y jactanciosa, pero aun así era bastante encantadora, el problema es que realmente llegaba a sonar como una científica loca, aunque no superaba a Urahara ni en lo más mínimo.

El padre del novio iba a llevarla al altar, era un hombre bastante serio y tranquilo, pero parecía quererla y tolerar su actitud aunque fuera tan narcisista.

Ella salió antes para colocarse en su lugar con su hija junto al rey, orgullosos los tres portando sus coronas, y pudo tener una pequeña conversación con el novio, que al igual que su padre era un tipo muy serio y educado, no parecía ser el tipo de persona que ella pondría al lado de una persona como la arrogante Marquesa.

Pero solo bastó que la novia llegara a su camino para dirigirse al altar para que Karin no pudiera tener la mínima duda sobre lo feliz que sería este matrimonio. Sus sonrisas al verse estaban llenas de amor y felicidad, y pudo notar los ojos del novio refulgir de alegría en todo lo largo de la ceremonia mientras el rey los casaba.

Cuando finalmente los declararon marido y mujer, ellos compartieron un beso repleto de amor que fue aplaudido por todos los presentes, contagiados por la felicidad de la pareja recién casada.

La reina miró de reojo a su rey observando al feliz matrimonio que acaba de unir con una pequeña sonrisa y no pudo más que sentir un pequeño pinchazo de envidia.

Para aquella extraña pareja aquel debía ser el día más feliz de sus vidas, mientras que para ella el día de su boda fue el peor día de su vida, a pesar de que ahora mismo amaba a su esposo, eso no borraba el pasado ni lo que él le hizo esa noche, ya no le provocaba rabia, pero el recuerdo sí que seguía doliendo.

Él cambió, ella lo sabía, se había enamorado de alguien completamente distinto de quien le había hecho tanto mal, pero eso no significaba que no hubiera deseado que se conocieran y se enamorasen en una mejor situación.

¿Cómo podría haber sido la vida si tan solo su madre nunca lo hubiera convertido en el monstruo que fue? Tal vez ellos podrían haber tenido una boda tan bella y feliz como la de la arrogante Marquesa y el serio héroe de guerra.

Suspiró sintiendo a su hijita enredar sus bracitos alrededor de su cuello y apoyar su cabecita en su hombro, aburrida por el evento a pesar de que ahora estaban tocando música para que las parejas bailaran. Acarició sus cabellos blanquecinos con una mano distraídamente, y mirando a su esposo entre el gentío hablando con la gente importante.

La Marquesa y su esposo estaban ajenos a todo, bailando felices con sonrisas cómplices, y el héroe de guerra parecía haberle arrebatado a su esposa los lentes ahumados, permitiendo que ahora se pudiera ver la felicidad absoluta destellando en los ojos de los dos recién casados.

Realmente los envidiaba.

Una vez acabó la celebración, se despidió de los invitados y Toshiro y ella subieron por las escaleras para dirigirse cada uno a sus propias habitaciones.

-Hasta mañana.- lo despidió ella. –Dile buenas noches a papi, mi vida.- instó a su hija, que tenía sus ojillos semi-cerrados por el sueño, pero aun así sonrió a su papá y agitó una mano para despedirlo.

-Buenas noches, papi.- balbuceó su pequeña en su versión bebé, y él rió entre dientes y le dio un beso en la frente.

-Buenas noches, cariño.- le deseó con ternura y luego se volteó hacia ella. –Buenas noches, Karin.- le dio una pequeña inclinación con la cabeza, pero entonces ella se armó de valor y dio un paso más cerca de él, congelándolo cuando depositó un pequeño y rápido beso en su mejilla.

-B-buenas noches.- tartamudeó antes de apresurarse a entrar a su habitación.

Oh, rayos. ¡Realmente se atrevió a besarlo! Un beso en la mejilla pero un beso al fin y al cabo. ¡Realmente se atrevió!

Estuvo a punto de sonreír, pero entonces la puerta de su habitación se abrió de golpe y Momo y Rangiku entraron chillando cosas inentendibles, la castaña arrebatándole a la niña ya dormida de los brazos y la rubia dándole un abrazo quiebra-huesos.

-¡Oh, cielos! ¡Oh, cielos! ¡Oh, cielos!- chillaban histéricas ellas.

Momo dejó a su hijita en su cuna y se unió al abrazo de la mayor, contribuyendo a su lento y doloroso asesinato por asfixia.

-¡Lo vimos todo!- finalmente dejaron de sofocarla y se sentaron las tres en la cama, ellas dos sujetando sus manos con fuerza.

-¿Qué diablos pasa con ustedes?- las miró mal.

-Vimos que besaste a Shiro-chan en la mejilla.- Karin no pudo evitar sonrojarse mientras veía a las otras dos mujeres casi no caber en sí de la felicidad. -¡No puedo creerlo! Tú… ¿acaso tú…?...- ella tenía una enorme sonrisa que casi ni la dejaba hablar de lo emocionada que estaba.

-¿Te enamoraste de Toshiro?- casi chilló Rangiku, ambas mirándola con ojos llenos de ilusión.

-U-ustedes…- las miró con los ojos muy abiertos. -¡Ch-chismosas! ¿Nos estaban espiando?- se cruzó de brazos con molestia.

-Sí.- admitió la de ojos claros sin vergüenza. –Notamos sus miraditas en la boda, y aunque no podíamos creerlo, vimos que besaste al rey en la mejilla así que te lo volveremos a preguntar, querida.- la miró con ojos brillantes. -¿Te enamoraste de él?-

La ex Kurosaki pudo sentir sus mejillas arder aún más, pero al ver toda la ilusión en los ojos de estas mujeres que tanto adoraba, se vio incapaz de mentirle o destruirle sus ilusiones, sobre todo, porque eran verdad.

-Sí…- confesó con voz apenas audible. –M-me enamore de él.- reconoció con el rostro rojo cual tomate.

-Oh, cielo santo.- Momo se llevó las manos al pecho, como si solo ahora que ella acababa de admitirlo fuera capaz de creer aquello. –Cielos.- sus ojos se llenaron de lágrimas. -¡E-estoy tan feliz!- se lanzó a abrazarla casi llorando.

-Lo dije y lo repito.- Rangiku sonreía enormemente. –Bendito el día en que llegaste a nuestras vidas, querida.- también la abrazó, aunque afortunadamente ahora no la estaban sofocando. Permanecieron un buen rato apretujándola antes de separarse con grandes sonrisas y los ojos llenos de emoción. -¿Y bien? ¿Cuándo se lo vas a decir?- preguntó emocionada la de más edad.

-Eh…- tragó saliva. -¿Es necesario decírselo?- preguntó tímidamente.

-¡Por supuesto que sí!- chillaron las dos completamente escandalizadas.

-¡Shh!- les dio una palmada en la cabeza a cada una, asomándose en la cuna de su hija para asegurarse de que siguiera dormida. –Silencio, hay una niña durmiendo aquí.- regañó, su lado de madre gritando más fuerte que sus ganas de complacer a estas queribles pero ruidosas mujeres.

-Lo siento.- se disculpó la princesa con una pequeña sonrisa.

-Pero de todos modos, tienes que decirle al rey lo que sientes.- afirmó Rangiku seriamente. –Sabes que él está completa e irremediablemente enamorado de ti.- se cruzó de brazos.

Karin volvió a sentarse en la cama con el rostro escarlata.

-L-lo sé.- juntó las manos. –Pero no sé si estoy lista para tener una relación de ese tipo con él aún.- se frotó el brazo incómodamente.

-¿Pero por qué?- cuestionaron las dos sin comprender.

Es cierto. ¿Por qué? ¿Qué estaba esperando? Ella tenía muchas ganas de besarlo, se moría porque volviera a besarla y aunque no iba a decirlo nunca en voz alta, constantemente fantaseaba con la noche en la que procrearon a su hija, con que volviera a darle ese placer y hasta más.

Pero entonces, ¿por qué? ¿Qué la detenía?

Suspiró, sabiendo bien la respuesta.

De nuevo, era su orgullo. Simplemente no quería dar su brazo a torcer fácilmente.

-N-no sé.- decidió decirle a las dos. –C-creo que solo estoy nerviosa o algo.- mintió.

-Sí tú lo dices.- Rangiku no pareció creerle aunque tampoco le discutió, Momo no pareció dudar en absoluto sin embargo. –Pero sea lo que sea, ¡no importa!- le restó relevancia alzando los brazos al cielo-o-techo-más-bien. –Lo importante es que lo amas, ¡lo amas!- chilló en un susurro más que muy feliz. –Y debes decírselo al rey.- aplaudió emocionada.

-Pero ¿cómo?- se frotó el brazo nerviosamente. –Todavía no me siento con la suficiente confianza.- se excusó.

-¡Tonterías!- esta vez gorjeó Momo. -¡Sí pudiste besarlo en la mejilla entonces sé que poco a poco te animaras a más!- le dio un pequeño guiño que la dejó boquiabierta ante su osadía. Ella cada vez se parecía más a Yuzu y eso daba miedo.

-De acuerdo, tengo un plan.- Rangiku agitó su cabello fuera de su hombro. –Mira, mañana Momo-chan volverá a su casa con su marido, y yo y Gin vamos a acompañarlos para cenar y pasar el día con la familia de Izuru.- comentó y Momo asintió confirmándolo.

-¿Y eso que tiene que ver conmigo y Toshiro?- preguntó sin comprender.

-Bueno, estaba pensando en llevar a Shimo-chan con nosotros, así tú podrías organizar una cena con el rey y pasar un tiempo a solas.- sonrió inocentemente.

-¿Qué? ¡No, olvídenlo!- gritó en un susurro, aún más roja. –No quiero estar un día entero separada de mi hija solo porque ustedes quieren que Toshiro y yo tengamos un avance en nuestra relación.- especialmente porque creía que todavía era demasiado pronto, solo hace poco que había admitido lo que sentía por él.

-No hay razones para que quieras esperar más.- Rangiku se encogió de hombros casualmente. –Son marido y mujer, no hay nada de malo en que actúen como tal si los dos se aman.-

-¡Por favor, Karin-chan!- Momo puso sus letales ojitos de cachorrito. –Acepta e inténtalo, solo será una cena a solas.- pestañeó angelicalmente juntando sus manos suplicante.

Maldita sea, chicas dulces y adorables eran totalmente su patética debilidad.

Suspiró y tuvo que ceder, haciéndolas celebrar.

La tomaron de las muñecas y por las próximas dos horas la arrastraron por todo el palacio.

Hablaron con Gin, que se comprometió a encargarse de hablar con los sirvientes para que les dieran toda la privacidad posible. También hablaron con Urahara, y Rangiku lo sobornó con Sake para convencerlo de asegurarse que el rey tuviera toda la tarde y noche del día siguiente libre. Luego Karin habló con Kouzu para que mañana la ayudara a preparar una cena para su marido, él le había cocinado una vez y solo quería devolver el favor, alegó.

El plan fue puesto en marcha y todos volvieron a sus camas llenos de expectativas, y nervios por parte de la reina, por el día siguiente.

Luego de una inquieta noche de sueño sin sueños, Karin se despertó muy temprano en la mañana y de inmediato preparó a su hija para viajar y la bajó al comedor donde su padre ya debería estar desayunando para contarle de su ida por un día y que se despidieran.

Al llegar, encontró al rey albino ya hablando con Momo, Izuru, Gin y Rangiku, y apenas verlas él se acercó hasta ellas y tomó a Shimo de sus brazos, dándole un gran abrazo y muchos besos en toda su carita. Ya debían haberle dicho.

Desayunaron todos juntos, los reyes pasándosela mimando a su pequeña. Karin nunca había estado mucho tiempo lejos de ella, y Toshiro desde hacía mucho que no se separaba de ella.

Se despidieron de los dos matrimonios de mayor edad y la pelinegra le dio instrucciones a Matsumoto y Hinamori de cómo cuidar adecuadamente a su hija mientras Toshiro se despedía, antes de que finalmente llegara el momento de entregársela a su hermana.

-Adiós, cariño. Te amo mucho.- él acarició tiernamente los cabellos igual de blancos de su hija.

-Adiós, papi. También te amo.- su chiquita le dio un beso en la mejilla antes de que Karin la tomara en brazos y la llenara de besos.

-Diviértete y pórtate bien, mi vida. Volverás con nosotros pronto.- le dio un último beso antes de entregársela a Momo.

Vieron partir el carruaje que cargaba con lo que ambos más amaban en la vida y suspiraron añorantes, ya extrañando a su bebita.

-Bueno, volveré a la oficina.- él se pasó una mano por el pelo. –Tengo que terminar mi trabajo de hoy, que por alguna razón no es tanto como recordaba que había quedado de ayer.- comentó alzando una ceja con extrañeza y entonces la de ojos oscuros recordó el dichoso plan.

-Ah, sí. Oye…- lo llamó vacilante. –Me preguntaba sí hoy no quisieras cenar conmigo… solo los dos.- juntó las manos tratando de ocultar su nerviosismo. –Cuando termines de trabajar, claro.-

-¿Eh?- abrió los ojos muy sorprendido. –S-seguro, me encantaría.- pestañeó incrédulo pero feliz. -¿Tan rápido quieres que vuelva a cocinarte?- le sonrió levemente y ella sintió su corazón aletear feliz.

-En realidad, lo que planeaba era devolverte el favor.- sonrió también. –Finalmente he aprendido a cocinar unas recetas deliciosas y creo que te gustaran así que es como una especie de remuneración.- comenzaron a volver a internarse en el palacio a medida que conversaban tranquilamente.

-¿En verdad?- alzó una ceja con diversión. –Bien, pues será todo un honor.- de repente se retorció incomodo en su lugar y antes de que pudiera siquiera saber lo que estaba pasando, se inclinó y rápidamente le dio un tenue beso en la mejilla. –Esa fue otra remuneración.- susurró casi en su oído antes de darse la vuelta y retirarse rápidamente.

Ella se llevó una mano a la mejilla, y de pronto ya no tuvo duda de lo que quería esa noche.

Sonrió y corrió a su habitación. Aún le quedaban unas horas antes de tener que empezar a cocinar la cena, así que por mientras, quería elegir un atuendo adecuado para la velada.

Buscó en su armario un kimono que la convenciera, pero ninguno le parecía suficiente para contentarla, hasta que de repente recordó uno bastante atrevido que le había regalado su pervertida hermana en su cumpleaños que fue tan solo el mes pasado donde ella, Jinta y el viejo loco se habían dado una vuelta por Juubantai para saludarla.

Su secretamente malvada gemela con cara de ángel ya hace tiempo que venía intuyendo que ella acabaría cayendo por Toshiro, y rayos que tuvo razón, pero bueno, al menos había hecho una contribución de utilidad.

Sacó el kimono del rincón escondido de su armario donde lo había echado con las mejillas escarlatas apenas vio cómo era realmente. Lo presionó contra sí e imaginó mentalmente cómo le quedaría, decidiendo que sí sería apropiado para la velada con su esposo, por más que igual le parecía un poco demasiado.

Fue a la cocina poco tiempo después, donde encontró a Kouzu charlando con Niki animadamente mientras cocinaba lo que debía ser la cena. La comieron entre los tres solo en la cocina porque ni ganas de ir al comedor antes de que Niki se retirara y quedara ella con su amigo y maestro cocinero.

-Bueno, Karin-san. Después de más de un año de práctica, creo que finalmente estás lista preparar toda una cena sola.- sonrió con orgullo. –Y me encantara darte mi supervisión… solo por las dudas.- y por las dudas se refería a su maldición de quemársele todo.

Por recomendación de Kouzu, Karin se decidió a solo preparar varios platos sencillos pero deliciosos igualmente. Le costó bastante, pero finalmente todos salieron bien. Con ayuda de su amigo, encontró las sandías en la despensa real y preparó una jarra con solo una de ellas, ya que eran frutas bastante grandes.

Apenas tuvo todo listo, dio órdenes a los sirvientes de cómo debían preparar el comedor y acomodar todo y fue a ducharse y a prepararse. Un sirviente avisaría al rey que quería reunirse para cenar con él en el ocaso.

Recién salida de su ducha, se colocó el kimono regaló de su hermana y se miró en el espejo, sonrojándose un poco. Esperaba que no fuera demasiado. El kimono era bastante simple, rojo con estampado de pequeñas flores blancas y amarillas, las mangas eran largas al igual que la falda, era lo fino de la tela y lo amplio del escote lo que la preocupaba, era muy… revelador.

Pero bueno. Tomó aire para tragar su nerviosismo. Ya estaba vestida así, y ya era hora, no había marcha atrás, o al menos así se excusó mentalmente.

Se dio una última mirada en el espejo, mirando con desaliento su simple coleta, pero en honor a la verdad nunca había aprendido a hacerse algo más elaborado así que tendría que ir solo así. Peinó un poco más su coleta y los dos mechones cayendo a los lados de su rostro, y solo por probar, tiró de un mechón de su cabello y lo dejó caer reposando en medio de su frente.

Bajó hacia el comedor contenta de no encontrarse con nadie en el camino, y cuando al fin llegó, lo encontró ya sentado allí, con la comida ya servida. Los sirvientes habían hecho un buen trabajo… aunque Karin no recordaba haberles pedido colocar velas también, pero como sea.

Caminó tímidamente a sentarse a su lado en la gran y vacía mesa, tratando de ignorar su mirada fija en todo su cuerpo, yendo y viniendo una y otra vez.

Él se sentó en la cabecilla de la mesa y ella se sentó a su lado en una punta, ocupando solo un pequeño rincón de ella.

Juntó las manos por un minuto y fue reuniendo valor antes de animarse a mirarlo a la cara finalmente, notando sus mejillas tan rojas como las suyas mientras la observaba intensamente.

También parecía haberse vestido elegantemente, la ropa que usaba sin duda era nueva, la parte superior era ajustada a su torso musculoso, y había arremangado las mangas largas dejando ver más de sus brazos trabajados.

Estuvieron un buen rato mirándose el uno al otro antes de volver a verse a los ojos, apartando la mirada de nuevo inmediatamente para ocultar sus rostros rojos como un par de tomates maduros.

Se frotó el brazo incómodamente, pero en su interior, una voz curiosamente muy parecida a la de Yuzu la regañó por su cobardía y la instó a tomar confianza y decir algo de una vez, ella lo había invitado a él, después de todo.

-D-deberíamos comer.- fue lo único que se le ocurrió decir.

-C-cierto.- murmuró él de acuerdo. Jalaron sus platos más cerca de ello y dieron el primer bocado. –Vaya.- lo oyó exclamar y lo miró de reojo. –Esto es Udon, ¿cierto? Tiene un sabor completamente diferente a cualquier otra versión de este plato que haya probado.- la pelinegra se sonrojó ante eso. ¿Tan diferente le había quedado? Rayos. ¿Por qué Kouzu no le dijo sí sabía mal? –Pero aun así es sorpresivamente delicioso.- Hitsugaya dio otro bocado.

Su corazón aleteó felizmente y se permitió una pequeña sonrisa.

-Gracias.- comió felizmente la comida que había preparado para ella, en la que puso mucho menos esfuerzo.

-¿Tú lo preparaste?- alzó una ceja con perplejidad.

-Oye, no pongas esa cara.- le arrojó un fideo a la cara, cosa que evitó fácilmente atrapándolo en pleno vuelo con sus palillos. –Ya sé cocinar.- se cruzó de brazos algo infantilmente.

-No es que dude que sepas cocinar.- suspiró comiendo tranquilamente el fideo que le había lanzado. –Es que no creí que tuvieras interés en cocinar para mí.-

-Ehh, bueno.- balbuceó un poco. –Simplemente quise devolver el favor, supongo.- se excusó, omitiendo que todo fue una vil idea de su casi-madre y su casi-hermana diabólicas pero que no eran peor que Yuzu.

-Ya veo.- sonrió levemente. –Aun así, veo que te gusta experimentar con los condimentos. Típico de Ikami, pero no siempre es la mejor opción.- siguieron comiendo mientras él le contaba sobre varios métodos para cocinar. -… Por eso, a veces es mejor simplemente apegarse a la receta.- concluyó con su punto.

-Eso de los condimentos lo hacía más mi hermana que Kouzu, pero a ellos nunca les sale mal nada.- refunfuñó. –Aun así, creo que tomare algunos de tus consejos, nunca están de más varias opiniones distintas.-

-Exactamente.- sonrió levemente. –Mi padre solía decir que por algo un rey tiene consejeros y toda una orden de concejales. Está bien confiar en el juicio de uno mismo, pero cuando vas a tomar una decisión por mucho, lo mejor es tener el consejo de muchos.- recitó.

-Es evidente que tu padre era un hombre muy sabio.- él asintió, con evidente nostalgia inundando sus ojos. –Lástima que no pueda decir lo mismo del mío.- bromeó para aligerar el ambiente, consiguiendo una pequeña risa de su marido.

-Tu padre sin duda podría tratar de ser más serio en varias cosas, pero siempre lo he visto como un hombre muy respetable.- comió un último bocado de su cena con su mirada perdida, como si estuviera meditando si decir o no decir algo. –Él habló conmigo… la última vez que estuvo aquí.-

-¿Habló contigo?- indagó sorprendida, sabiendo que su padre no lo tenía en la más alta estima y desaprobaba que haya regresado con él. –Pero, ¿qué te dijo?- no imaginaba que podría haber querido tratar con él.

-Tu padre… solo me dijo unas cuantas verdades.- Karin le insistió con la mirada a que dijera más, haciéndolo suspirar. –Él me dijo que podía notar en mis ojos que yo estoy enamorado de ti.- ambos se sonrojaron por eso. –Y me dijo que no me atreviera a tratar de fastidiarte con mis sentimientos. Que yo no te merecía en lo absoluto, y que algún día ibas a encontrar a un buen chico que lograra hacer que finalmente me mandes a la mierda que es donde merezco estar.- musitó amargamente. –No dijo nada que no fuera cierto.-

Karin se quedó sin habla. ¿El viejo loco había dicho todo eso? Bien que él siempre fue un padre sobreprotector con ella y Yuzu, pero no pensó que llegaría a tales extremos. Hitsugaya seguía siendo un rey y el principal héroe de la guerra, pero aun así eso no le importó y le habló de aquel modo por su lado de padre.

No quería pensar mal de él por eso, lo hizo únicamente por la culpa, de seguro, pero aun así, no le gustaba ver a Toshiro tan abatido.

Se dio cuenta de que él se culpaba a sí mismo más de lo que cualquier otra persona, él se odiaba más de lo que cualquiera podría.

-Toshiro…- no supo qué decir.

-Olvídalo, lamento haber sacado el tema.- negó con la cabeza. –La cena estuvo deliciosa, muchas gracias.- tomó la jarra y se sirvió un poco de jugo. –Esto también está delicioso.- murmuró pero con gesto ausente.

-Toshiro.- repitió con más firmeza y él la miró con sus ojos vulnerables. –Te ves guapo.- fue lo primero que a su mente estúpida se le ocurrió decir, pero al menos lo hizo sonrojarse y quitar esa mirada rota de su rostro.

-G-gracias.- tartamudeó. –Tú…- volvió a recorrerla con la mirada. –Diría que te ves hermosa, pero temó que sería el eufemismo más grande que alguien pudiera haber dicho alguna vez en la historia de la humanidad.- dijo sin pensar ni quitarle los ojos de encima. Luego, pareció caer en la cuenta de lo que había dicho. -¡Q-quiero decir!- su rostro se tornó escarlata. –Lo siento.- se disculpó.

-N-no te p-preocupes, gracias.- pestañeó, con el corazón latiéndole a mil por minuto y la vista fija en sus labios. –T-Toshiro…- se inclinó un poco hacia él, con su pecho rozando su hombro. –Ya no soportó fingir.- se apoyó más contra él, sintiendo su cuerpo completamente tenso.

-¿F-fingir?- no parecía entender. -¿Fingir qué?-

-Fingir que te perdoné por el beso que me diste en los establos.- musitó casi en un trance, sin quitar la vista de su boca.

-¿No me perdonaste?- pareció horrorizado. –P-pero… ¿por qué…?...-

-No te perdone, porque en primer lugar nunca quise una disculpa por eso.- admitió cada vez sonrojándose e inclinándose más.

-¿No querías una disculpa?- parecía completamente perdido. -¿Entonces que querías que haga? ¿Qué quieres que haga?- preguntó frenéticamente, sin realmente tener una idea.

-Yo quería…- se frenó solo para corregirse al segundo siguiente. –Quiero otro beso.- admitió, notando como la miró en completo estado de shock, pero no le hizo caso y recurrió a todo su valor para alzar su rostro y estampar sus labios contra los suyos fríos.

Posó una mano en su hombro y apretó su boca contra la suya, moviendo suavemente sus labios tratando de instarlo a hacer lo mismo, pero permanecía estático.

Sin saber muy bien qué demonios estaba haciendo, se levantó de su asiento y se sentó en el regazo de su marido, apretando ahora sus dos hombros y pegándose a su pecho fuerte.

Se separó por un momento y tomó una gran bocanada de aire, antes de volver a besarlo, esta vez mucho menos tímidamente, tratando de arrancarle una reacción, preferiblemente que correspondiera el beso.

Por fortuna, no tuvo que esperar mucho tiempo más.

Él rodeó su cintura con sus brazos y la pegó aún más contra sí, correspondiendo tímidamente su contacto. Pero tímidamente no es exactamente lo que estaba buscando ella.

Sin vergüenza alguna, feliz de que estuviera besándola también, sujetó su rostro con las manos y profundizó el contacto, casi gimiendo cuando sus movimientos se tornaron menos suaves y más apasionados.

Jadeó sorprendida al sentir su lengua trazando el contorno de su labio superior, y él aprovechó el momento para sumergirla entre sus dientes hasta encontrarla con la suya propia.

Nunca habían compartido este tipo de besos antes, así que no estaba del todo segura sobre qué hacer, por lo que solo hizo lo que se sentía bien, tratando de imitar lo que hacía, tratando de hacerlo sentir tan bien como la estaba haciendo sentir con un solo beso.

Gimió en su boca sin poder evitarlo cuando sintió sus manos vagar de arriba a abajo en su espalda con caricias vacilantes que de a poco iban adquiriendo más seguridad. Entonces, se apretó más contra él y se acomodó pasando una pierna por sobre las suyas para quedar sentada sobre él con una pierna a cada lado de su cintura.

Se besaron por un minuto más, firmes, sin pensar en nada más, pero entonces de repente él solo se separó.

-Karin…- respiraba pesadamente. -¿Qué estás haciendo?...-

-¿Qué crees, mi rey?- sonrió atrevidamente. –Te estoy obligando a cumplir tus deberes de esposo.- sin más volvió a besarlo ferozmente, pero solo para ser alejada al segundo siguiente.

-Karin, para.- ordenó con los ojos muy abiertos. –Esto no me causa ninguna gracia. N-no deberíamos hacer lo que estamos haciendo.-

-¿Por qué demonios no?- pasó los brazos alrededor de su cuello y enterró los dedos en su blanca cabellera. –Somos marido y mujer, el rey y la reina. ¿Quién rayos nos va a decir algo?- bufó rodando los ojos.

-Karin, ¿ese jugo tenía alcohol?- preguntó totalmente en serio, mirando con desconfianza la jarra de jugo.

Ella no pudo evitar reírse.

-¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso solo borracho puedo conseguir que quieras complacer a tu esposa?- bueno, tal vez si estuviera borracha, quién sabe, ella normalmente no era de decir este tipo de cosas, o tal vez era la influencia de Yuzu y Rangiku.

-N-no dije eso.- estaba completamente pasmado. Todo esto debía de ser sorpresivo para él, tal vez porque pensó que su beso en el establo la había molestado y sin embargo ahí estaba ahora, sentada en su regazo diciendo cosas sugestivas en su oído. –P-pero tú… tú…- lo calló con otro pequeño beso.

-Yo te…- se separó con bajando su rostro sonrojado. –Te… te quiero…- fue todo lo que se atrevió a decir por ahora.

Pero eso pareció ser suficiente.

Él levantó su rostro colocando dos dedos bajó su barbilla. Sus ojos se encontraron durante un segundo, antes de que los cerraran para volver a encontrar sus bocas.

Las manos de ella permanecieron perdidas en su cabello, mientras que las de él bajaron por sus hombros hasta sus brazos, hundiéndose luego en sus caderas. Sus lenguas volvieron a sumergirse en la boca del otro con más confianza, más anhelo.

Karin pudo sentir un aumento masivo en su ritmo cardiaco. Su corazón latía desbocado y todo su cuerpo comenzó a llenarse de un calor abrasador y miles de sensaciones que ni siquiera podía describir.

Él mordió su labio inferior y tiró levemente, chupándolo y lamiéndolo, arrancándole un pequeño suspiro tembloroso.

-Karin.- se separó por un momento, aprovechando para dejarlos tomar un poco de aire. –Esto no… esto no está bien.- se las arregló para murmurar contra su boca, rozándola con cada silaba.

-Tienes razón.- volvió a jalarlo contra ella y mordisqueó su boca haciéndolo jadear. –No está bien hacer esto… no aquí, al menos.- sonrió contra sus labios y se puso de pie, tirando de sus manos para que la imitara.

Él estaba repleto de dudas respecto a su situación, eso era obvio, pero la siguió obedientemente mientras, cuidando no ser vistos por los sirvientes como si fueran adolescentes haciendo algo malo, lo arrastraba a la habitación real.

Llegaron al cuarto entre besos demandantes de parte de ella y besos llenos de duda de parte de él. Cuando se internaron en la habitación, ella cerró la puerta y lo apoyó contra el marco, desesperada por no dejar de besarlo, enojada por sus dudas y ansiosa por quitárselas y que de una vez el pasado dejara de ser un fantasma interponiéndose entre ellos.

Recordando cosas que había leído en sus libros más subidos de tono, lentamente fue despegándose de su boca y comenzando a besar con ternura su mejilla con pequeños roces, bajando por su mandíbula fuerte, descendiendo lentamente hasta su cuello, atreviéndose entonces a dejar los besitos para mordisqueó suavemente la piel debajo de su oreja, antes de chupar y lamer con suavidad en el mismo lugar.

Él aspiró aire bruscamente, y de pronto sus manos volaron una a su espalda baja y otra a su muslo, y entonces antes de que supiera ni siquiera lo que estaba pasando, ya estaba en la cama con él encima de ella, besándola desesperadamente.

Jadeó feliz porque finalmente estuviera poniendo un poco de iniciativa y le correspondió con la misma emoción.

Sus bocas juguetearon por un tiempo más, antes de que Toshiro empezara a seguir su ejemplo y besar sus mejillas y su barbilla hasta llegar a su cuello y lentamente repartir besos por toda esa porción de piel.

Gimió ante la sensación de sus labios y su lengua en su cuello y sus manos subiendo la falda de su kimono, acariciando cada centímetro de sus piernas. Sus cuerpos estaban apretados juntos y el calor se había vuelto sofocante, era demasiado. Sin embargo, tampoco era suficiente.

Coló sus manos dentro de su kimono y rastrilló sus dedos por su abdomen y su torso fuerte, sin dejar de suspirar por las caricias de sus manos y su boca increíbles. Pronto, sus manos vagaron hacia su espalda, acariciándola de arriba a abajo, enterrando levemente sus uñas en sus omoplatos al sentirlo morder su cuello y succionar con dulzura.

Sus manos abandonaron sus piernas y se pasearon por sus muslos subiendo por sus caderas, rozando sus pechos antes de bajar a desatar el delgado Obi del kimono con manos temblorosas. Ella sonrió y lo imitó sacando sus manos de su espalda y procediendo a desatar el nudo de su kimono y deslizar su parte superior fuera de los hombros.

Volvió a besarlo mientras lo sentía terminar de desatar su Obi, pero entonces él se detuvo por completo y dejó de hacer cualquier tipo de intento por desvestirla. Rompió el beso y lo miró confundida.

-K-Karin…- tartamudeó muy sonrojado, separándose por completo de ella y sentándose a su lado en la cama con las piernas cruzadas pasándose las manos por el cabello. –No deberíamos… no podemos…-

Ella lo interrumpió antes de que terminara de decir sus idioteces sentándose sobre su regazo y sonriendo burlonamente.

-Cielo santo, Toshiro, cálmate. Pareces virgen.- se burló, a lo que de inmediato su rostro se volvió escarlata.

-Y-yo… tú…- tragó saliva. –S-solo no quiero que hagamos algo de lo que luego puedas arrepentirte.- la miró temeroso.

-No voy a arrepentirme, rey idiota.- sonrió negando resignada con la cabeza. –Quiero esto. Te quiero. Ahora cállate y bésame ya.- volvió a besarlo, esta vez siendo correspondida de inmediato.

Él fue abriendo poco a poco el cuello de su kimono, dejando de besarla solo para dedicarse a rastrillar sus labios por toda la piel que comenzaba a exponer. Ella suspiró acariciando sus hombros y su pecho, gimiendo cuando sus pechos se vieron libres de su prisión de seda. No había estado usando sujetador, y casi lo oyó atragantarse con su saliva al verla completamente desnuda de la cintura para arriba.

Dio un suspiró tembloroso y lentamente posó sus manos con mucha suavidad sobre sus senos, como si temiera que si lo hacía con más fuerza podría romperse. Ella posó sus manos sobre las suyas para darle más confianza y firmeza a su agarre, y lentamente se fue recostando en la cama jalándolo encima de ella, con sus manos en sus pechos firmemente acomodado entre sus piernas abiertas.

Volvieron a unir sus labios y sus lenguas danzaron dulcemente entre sí. Sus manos se separaron, pero solo para que ella comenzara a bajar su Hakama y él terminara de quitarle por completo el kimono, dejándola completamente desnuda a excepción de sus bragas.

Enredó sus piernas alrededor de su cintura y atrajo sus intimidades a rozarse, solo separadas por la delgada tela de sus ropas interiores.

Gimieron en la boca del otro y lentamente comenzaron a mecer sus caderas una contra la del otro, sintiendo la deliciosa fricción entre sus intimidades. Sus bragas estaban completamente saturadas por su humedad y podía sentirlo duro y erguido, excitado y necesitado de ella, por ella.

Mordió su labio con fuerza y lo sintió empujar con intensidad meciéndose contra sus caderas, y ya no pudo soportarlo más.

Comenzó a tirar de su ropa interior, desesperada por dejarlo completamente desnudo y que la tomara de una vez. Él gruñó contra su boca y se apartó de ella para terminar de desnudarlos a los dos completamente, acariciando completamente sus piernas en lo que la dejaba desnuda expuesta para sus ojos.

La miró a los ojos como pidiendo permiso mientras volvía a colocarse entre sus piernas, y ella todo lo que hizo fue besarlo.

Con el mensaje de que debía seguir adelante más que claro, él correspondió a su beso con dulzura, empujando lentamente su miembro en su interior.

Hizo un pequeño sonido de dolor y él pareció aterrorizado, pero lo calmó besándolo tiernamente, siendo esa su manera de rogarle que continuara. El dolor ya pasaría, solo que hacía mucho que no hacían esto.

Fue incómodo solo por un momento, momento en el que él no se movió, a pesar de su respiración pesada y caliente en su oído y sus estremecimientos de puro placer, pero pronto la sensación de tenerlo enterrado en su interior solo le significó una increíblemente grata experiencia, y ella misma comenzó a lentamente mover sus caderas para tener más del sentimiento placentero.

Toshiro jadeó extasiado y se mantuvo besándola mientras poco a poco iban acompasando sus movimientos. No era rápido ni lento, era suave, pero tan intenso a la vez, y era dulce, y era caliente y frío. Podía sentir su amor en sus besos y sus caricias, su devoción, podía sentir que no le importaría pasar el resto de su vida con este hombre.

Era el hombre que amaba. Y eso que estaban haciendo era el acto tan simple pero tan maravilloso que querían pasar todos los amantes. Ellos estaban haciendo el amor.

Esto… era hacer el amor.

Karin sonrió entre besos, sintiéndose amada y feliz como nunca antes mientras era adorada por él y trataba de corresponderle con el mismo amor, para demostrarle también lo mucho que lo amaba como la amaba.

Jadeó al sentirlo acelerar el ritmo. Todo su cuerpo estaba ardiendo, todo se sentía sudoroso y picante, sus cuerpos estaban resbaladizos y brillantes y el sonido lascivo de sus cuerpos al estrellarse se mesclaba con el de sus respiraciones totalmente fuera de control y sus gemidos, gruñidos y pequeños gritos ocasionales.

Ella chilló ante el placer inminente que se estaba abriendo paso en todo su organismo y pasó sus manos sobre la espalda resbaladiza de su marido, clavándole las uñas dolorosamente cuando otra estocada dura pero deliciosa volvió a hacerla chillar su nombre del placer. Ya casi… estaba tan cerca.

Mordió su hombro y se sacudió frenética y desesperadamente contra él mientras sentía todo su cuerpo explotar en llamas abrasadoras que hicieron pedazos su mente, haciéndola incapaz de concentrarse en otra cosa que no fuera el placer demoledor que la estaba embargando.

-¡K-Karin!- gruñó él en su oído, y entonces la tomó de los muslos y empezó a martillar salvajemente su miembro dentro y fuera de ella, logrando hacerla llegar a un segundo orgasmo antes de que finalmente se derramara en su interior.

Cayó rendido a su lado y de inmediato la atrajo hacia él, besándola dulcemente, amorosamente.

Se miraron a los ojos jadeando descontroladamente, y de repente sus besos volvieron a ser agresivos y necesitados. Aquello no había acabado aún. Era demasiada frustración sexual acumulada por mucho tiempo, una sola vez no bastaría.

No supo cuántas veces gritaron el nombre del otro esa noche, no pudo contar cuántos besos fueron los que compartieron, ni todas las caricias, ni todas las veces que la hizo ver las estrellas con los ojos cerrados. Ella casi no fue consciente de nada, nada que no fuera el placer, y su amor.

Finalmente, el cansancio los golpeó con fuerza, luego de cinco o tal vez seis veces más, y ella se encontró recostada sobre su pecho con sus ojos entrecerrados, a un pelo de dormirse. Estaba demasiado cansada, pero aun así no se permitió dormirse. No, primero había algo que debía decirle.

Como pudo, se arrastró por sobre su cuerpo hasta que finalmente logró unir sus labios en un último beso.

-Te amo, Toshiro.- confesó felizmente.

Notó sus ojos abrirse enormemente, pasmados e incrédulos, como si hubiera esfumado su cansancio con esas simples palabras.

Pero aun así ella seguía mortalmente cansada, así que apenas dicho eso, cayó sobre él profundamente dormida.

Cuando despertó a la mañana siguiente, fue con una enorme sonrisa.

Se estiró en la cama, sintiendo un pequeño pero reconfortante dolor entre las piernas que seguro no tardaría mucho en irse.

Frunció el ceño al sentirse sola en la cama y abrazó las sabanas firmemente contra su pecho mientras se incorporaba sentándose, mirando por toda la habitación. Frotó sus ojos y bostezó al ver por la ventana. No hacía mucho que había amanecido.

Se levantó tambaleante y somnolienta hacia el baño de la habitación. La puerta estaba abierta, ¿Toshiro estaría dándose una ducha?

Un fuerte rubor llenó sus mejillas al imaginarse a sí misma uniéndose a ducharse con él. Era ridículo que siguiera avergonzándose de esas cosas después de todo lo que hicieron anoche, pero parecía ser una especie de prueba de que él nunca dejaría de tener ese efecto en ella.

Volvió a fruncir el ceño al no verlo en el cuarto de baño, algo decepcionada de no poder cumplir sus pervertidas fantasías que de alguna manera tenían que ser culpa de Yuzu o de Rangiku. De Momo no, ella era otra pobre víctima inocente de esas dos.

Encogiéndose de hombros, no le dio mucha importancia y se metió a bañar, enjuagando bien los rastros de lo que habían hecho anoche aún persistentes entre sus muslos.

Apenas terminó su ducha, se envolvió en una bata blanca y acomodó su cabello en una coleta.

Sonrió feliz una vez más al mirarse al espejo. Acababa de tener la mejor noche con el hombre que amaba, y su hijita debía de volver pronto. Se moría por finalmente ser una familia normal, unida y feliz los tres juntos.

Suspiró llena de ilusión por la vida que le auguraba el destino.

Sin duda, no todo era tan malo.

Sonrió aún más cuando la puerta de la habitación se abrió dejando entrar a Toshiro, o al menos ella pensó que él entraría, pero quien entró fue una sirvienta con una bandeja con su desayuno.

-Buenos días, majestad.- saludó cortésmente la anciana mujer. –Este desayuno se lo manda el rey.- sonrió cálidamente antes de retirarse de la habitación real.

Su sonrisa volvió a agrandarse al saber que sí la tenía en mente lo suficiente como para al menos hacer esto. Seguramente el pobre estaba ocupado, como siempre, con el agobiante trabajo que daba dirigir un reino, y aun así pensaba en ella. Sí que lo amaba.

Miró la bandeja en la mesita de noche al lado de la cama real y su estómago gruñó con hambre, pero entonces encontró una carta allí y se sentó en la cama dispuesta a leerla pensando que el hambre podría esperar un poco, porque su curiosidad no.

Abrió la carta con una enorme sonrisa.

Mi reina,

¿Alguna vez has sentido… que perteneces a un lugar y solo a un lugar… pero que has perdido tu derecho a permanecer allí?

¿Alguna vez has sentido que no importa lo que hagas o cuanto te esfuerces nunca serás suficiente?

¿Has sentido que lo único que mereces es odiarte a ti mismo con gran pasión?

Yo sé que tú no lo has sentido, mi reina, porque eres una persona maravillosa llena de respeto hacia sí misma. Pero yo si lo he sentido, yo lo siento todos los días de mi vida.

Duele, a veces, incluso no me deja respirar correctamente. Por momentos, hasta siento que muero.

¿Sabes? Siempre te he observado mucho, más de lo que piensas. Y yo observaba tu dolor y tus pesadillas. Yo observaba todo el daño que te había causado, lo mucho que te destruí.

Pero tú, tú la mejor de las mujeres, fuiste más fuerte que yo, no me permitiste destruirte, tú saliste adelante. Dejaste el dolor atrás.

Fuiste capaz de perdonarme y de amarme. No puedo entender por qué, nunca voy a entenderlo. Porque tu corazón es puro y cálido, lleno de bondad, lleno de amor. Y mi corazón está marchito y podrido, lleno de odio.

¿Sí logras entenderlo? Yo contaminó todo lo que me ama.

Mi padre me amaba y él murió. Hinamori me ama y tuve que alejarla a kilómetros de mí para que eso permaneciera así y ella siguiera siendo ese ser tan bueno que es. Matsumoto solo me ama porque para ella soy su hijo, y las madres siempre perdonan, no importa el daño que les hayamos hecho, no importa que no lo merezcamos. Mi madre no me amaba, yo la amaba, y con mi amor contamine su alma, ella se llenó de odio y se enfermó de tristeza.

Y ahora te tengo a ti y a nuestra hija.

¿Sí logras entenderlo, mi reina? Si sigo con ustedes, yo voy a contaminar sus vidas también.

Tú eres más fuerte que yo, tu poderosa voluntad terminó avasallando la mía, y al final impusiste tu voluntad, pero ¿quién asegura que nuestra pequeña Shimo sea capaz de librarse de mi maldición? Yo no quiero arriesgarme.

¿Sí logras entenderlo… mi amor?

Estoy consumido por el odio y el dolor. Pero ustedes son lo único que lograron abrirme los ojos a tiempo, las únicas que me hacen olvidar tanto peso en mi corazón, ustedes me hacen tan feliz que casi no puedo creerlo. Y no lo merezco.

¿Sí logras entenderlo… mi Karin?

Mi reina, mi amor, mi Karin, esperó que logres entenderlo. Yo soy un frío veneno que destruye y contamina todo el amor que lo rodea, tú y Shimo me cambian, pero después de tantos errores, ¿merezco la oportunidad de cambiar? ¿Merezco la felicidad que me dan?

Tú sabes mejor que nadie que no.

¿Por qué? ¿Por qué tengo que salir impune de tantos crímenes? ¿Solo por ser el rey? ¿Por qué de alguna manera logre que en tu bondadoso corazón me hicieras un pequeño lugar y consiguieras perdonarme y amarme?

No. No, mi reina.

Lo siento.

Sé que cuando me dijiste aquel "Te amo" lo dijiste de corazón, con toda sinceridad, porque en ti mi amor, no hay más que cruel y despiadada o dulce y tierna honestidad. Sé que tal vez te esté rompiendo el corazón, pero es mejor este dolor ahora, que aún hay tiempo de que rehagas tu vida, a que algún día lleguemos juntos al punto donde será el momento de ver al pasado con nostalgia y tú te encuentres con que pudiste haber vivido mejor tu vida.

Nunca quiero ver arrepentimiento en tus dulces ojos, por eso hago esto.

Por favor, te lo suplicó, te lo ruego con cada gramo de este miserable ser que soy. Por favor, encuentra otro amor. Encuentra un joven bueno que te dedique todos y cada uno de sus pensamientos, tú no mereces menos, tú mereces más, solo lo mejor que se te pueda dar.

Me voy, mi reina. Me voy y no volveré.

Voy a pagar, pagaré cada lágrima que te hice o te haré derramar con mi recuerdo, pagare cada pequeño gramo de dolor que hayas sentido por mi culpa. Mi condena es estar lejos de ti, porque te aseguró que es la mayor tortura a la que podrían someter a un hombre después de haberte conocido.

Pido a los cielos que me castiguen con la más dolorosa de las muertes si estas palabras te causan algún daño.

Por favor perdóname, y olvídame.

Consigue un buen padre para nuestra pequeña princesita. Ella tampoco merece menos. Sí alguna vez pregunta por mí y no quieres mentirle, solo di que su padre es un hombre que no pudo cargar con el peso de sus errores y tomó el camino del cobarde.

Pero que igual la ama, la ama con cada fibra de su ser.

Juró que serán mi último pensamiento cuando por justicia divina dejé de envenenar este mundo con mi presencia y me hagan pagar por mis crímenes como lo merezco.

¿Sí logras entenderlo…?...

Te amo, las amo, lo juró. Pero no las merezco, y no pienso seguir retrasando sus vidas con mi presencia cuando pueden tener y merecen algo mejor que yo.

Todo está arreglado, mi reina. Ya hice los papeles necesarios para que tú gobiernes.

Juubantai es tuyo. Y de Shimo en cuanto crezca. No podría encontrar personas más adecuadas para cuidar del reino de mi padre aun sí buscara alrededor de todo el mundo.

Dejé los papeles del divorcio con Urahara. Ya tienen mi firma, cuando encuentres a un hombre que creas que te mereces, un hombre que tú elijas para pasar el resto de sus vidas juntos, solo basta un pequeño garabato y serás una mujer libre.

Ya nunca más seré un obstáculo en tu vida.

Te amo, por favor entiende. Olvídame y sigue adelante. Yo nunca te olvidaré, pero nunca te voy a merecer. Nunca.

Adiós, mi reina.

-Tu rey.

La carta, arrugada, retorcida, y llena de manchas de lágrimas, cayó al suelo como plomo apenas las temblorosas manos de Karin la soltaron como si quemara.

…¿Por qué fue qué llegó la avalancha de sirvientes a socorrerla?...

Acaso… ¿fue por sus gritos llenos de dolor y desolación? ¿O fue porque de repente empezó a sentirse como si no pudiera respirar? ¿O tal vez fue porque accidentalmente tiró la bandeja llena del desayuno que trajo la carta maldita cuando cayó al suelo retorciéndose por el llanto?

No le importaba, de todos modos.

Ella solo podía preguntarse ¿por qué? ¿Por qué le estaba haciendo esto? ¿Qué necesidad tenía de volver a romper su corazón, de volver a arruinar su vida? ¿Por qué era tan cruel? ¿Por qué la odiaba tanto? ¿Por qué?

Sentía estas lágrimas arder solo un poco más que cualquier otras lágrimas que había derramado en su vida. ¿Tal vez era por su confianza destrozada agonizando en el suelo de aquella habitación? ¿Tal vez era por su orgullo gritando tantos "te lo dije" que lograban perforar su sensible caparazón antes de piedra y ahora de frágil pétalos de flores marchitas? ¿O tal vez era por la simple desesperanza, por el mero hecho de que sabía que después de esto nunca iba a ser capaz de amar otra vez?

¿O simplemente fue porque aquella fue la gota que derramó el vaso de todo el conjunto de desgracias que fue aquello a lo que algunos llamaban su vida?

Solo una cosa era segura por ahora. Esta reina ya no tenía un rey.

Continuara...

Hola! O:)

Emm... lamento el retraso, pero esta es una de las cosas más largas q he escrito en mi vida así que... emm... mejor solo me voy n.n

Los personajes de Tite!

Feliz cumpleaños aresuri-cham! Pronto tendre algo para ti owo

Bueno, el proximo tal vez sea el ultimo capitulo, lo siento pero yo les adverti q a esta historia le iba a dar el final q me pareciera más adecuado u.u Y si algunas no lo consideran feliz, pues en verdad, lo siento, lo lamento mucho :c

Ojala esto les haya gustado n_n

COMENTEN! *o*

CELESTE kaomy fueraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!