Había olvidado hacerlo en el capítulo 20, pero quería agradecer a todos los que han seguido la historia semana a semana, si no fuera porque veo que visitan, y en el mejor de los casos, comentan, probablemente hubiese tirado el proyecto a la basura. En definitiva, muchas gracias.
Ahora, la guerra ha iniciado en Palestra, Haruto, Ryuuhou, Ranjeet y Spear se enfrentan a Eden de Orión, quien hasta ahora creyeron que era un aliado, sin embargo, resultó ser un ode sus más fuertes enemigos. En tanto, Souma salda deudas con Asheeta, Martian del Jaguar, mientras Kouga y Yuna avanzan para rescatar a Athena...
Capítulo veintiuno
El rey de la selva
– ¡Heh, ven, gatito!
– ¡Veamos quién es el gato aquí!
La sala estaba a oscuras prácticamente, solo se podía ver a través de las numerosas ventanas, por allí entraban algunas heladas correntadas de viento, y la iluminación principal eran los interminables relámpagos que caían, apenas podían hablar en tanto un rayo no cayera para tapar las voces.
– ¿Puedes apuntar en la oscuridad, Santo?
– No necesito apuntar… Yo nunca fallo.
Souma, en vez de tomar una pose ortodoxa de boxeo, levantó el brazo izquierdo, apuntando a donde creía estaba su enemigo, abrió el dedo índice y el corazón, como si fuese una pistola.
– ¡Hah! ¿Te crees un vaquero, idiota? – Se burló Asheeta con una carcajada.
– ¿Vaquero? Eso es un insulto, yo soy… Un desperado. – La voz tan seria de Souma fue lo último que se oyó antes de la caída de un fuerte rayo, antes de que lo notase, la sala estaba iluminada por un momento, y vio como una pequeña llama cruzaba el aire hasta su rostro, la evadió con velocidad corriéndose hacia un costado. – Te dije. – Le recordó Souma. – Nunca fallo.
– ¡Gr…! ¡Vas a comerte esas palabras, Santo! – Asheeta estaba enfurecido por el ataque tan certero de Souma, por lo que saltó de manera impulsiva hacia su enemigo, sabiendo dónde se encontraba, parecía tener una habilidad especial para ello.
– No lo toques… No lo toques. – Se repetía para sí Souma. – Apenas le dé un puñetazo, no podré parar, estaré indefenso, y por último, muerto… Recuerda, dispara, dispara…
Vio a Asheeta en el aire por las luces del rayo, Souma dio dos largos pasos en zigzag, con los brazos en guardia, apenas estuvo a salvo, vio que inevitablemente Asheeta caería en una de las ventanas, el blanco era perfecto, lanzó un disparo de llama que, como siempre dice, es infalible, pero el Martian estaba preparado para el ataque, lo desvaneció hendiendo el aire con sus largas garras.
– ¡Pelea de verdad, Lionet! ¡No esquivaré tu pistolita de agua toda la vida!
– ¡Esquiva esta, cabrón!
Mientras el Jaguar seguía concentrado en otra cosa, Souma preparó un disparo que ya no parecía de una simple pistola, era directamente una escopeta que estalló junto con otro relámpago. Fue mucho más veloz que antes, y más potente. Desprevenido, el Martian se colocó de costado y saltó para evadir mayor parte del daño. Las llamas impactaron en su hombro derecho, sintió un ardor y calor inmenso que casi lo desmaya, rápidamente se cortó esa parte de su armadura, cayó al suelo con un estrepitoso sonido metálico.
– ¡Grah! – Gruñó. – ¡Mi Caetus! – Ladró luego al ver como la hombrera tenía un gran hueco provocado por el intenso fuego. – ¡Tu Cloth sufrirá lo mismo, maldito Santo! – Amenazó.
– ¡Pues ven! ¡Aquí espero! – Respondió Souma, confiado de su estrategia.
Haciendo caso en cierto sentido, Asheeta empezó a moverse, Souma prácticamente no podía verlo, apenas tenía una llama prendida para ver un poco a su alrededor, pero su oponente estaba oculto, sus pies parecían volar sobre el suelo, esquivaba con gran velocidad la luz de la flama, era imposible adivinar su posición.
Oyó el salto, apuntó hacia arriba, pero nada, no lo vio venir de ningún lado. Los rayos restallaban contra la tierra de vez en cuando, pero nunca en el momento en que Souma pudiese verlo, la desesperación empezaba a invadirlo.
– ¡No esperaba tanta cobardía de ustedes, Martian! – Le provocó, pero se denotaba en la voz el intento arriesgado de conseguir un pequeño vistazo a su enemigo.
– ¡Heh! ¡Veamos…! Yo soy el cobarde, ¡pero tú eres el que no puede golpearme aquí! ¡Yo sí! – El sonido de su voz no decía nada, la sala era muy pequeña y podía venir de cualquier lado, además, de que la lluvia opacaba la mayor parte del sonido, junto con los ocasionales rayos.
La espera llegó a un fin, Souma estaba de espaldas, preparando un disparo, cuando vio las largas zarpas del Martian desgarraban despiadadamente la oscuridad, y se adentraban en la luz. No llegó a ver con claridad más que un reflejo rojo carmesí, se volteó lo más inhumanamente rápido posible para él, pero el disparo ya había salido tarde. Asheeta estaba en otro lugar, agazapado de nuevo en las sombras, cuando Souma quedó paralizado unos segundos, sin moverse, la llama salió despedida y se apagó en un segundo, pero al León, nada le había ocurrido. La impresión lo tuvo quieto, pero pudo moverse de nuevo, esta vez, con una vaga idea de la posición del Martian, estaba seguro de que lo miraba claramente, como si la habitación estuviese llena de luces.
– ¡Bah! – Bufó, con una sonrisa pintada en los labios. – ¿Y eso qué fue? – Añadió con una risita soberbia. – Pensé que me ibas a matar, atravesándome el corazón o… – Lo interrumpieron.
– Ya quisieras haber muerto.
– ¿Eh?
Un escalofriante dolor le sacudió de pies a cabeza, empezó a temblar sin parar y casi estaba arrodillado, a nada de caerse. Se miró a donde sentía más el dolor, en el estómago, y se horrorizó a caer en cuenta de la realidad. En total, eran seis orificios, la Cloth estaba rota en los agujeros, de los cuales, brotaban haces de luz rojos y blancos, no le habían atravesado por completo, la Cloth los detuvo justo cuando ingresaron en la piel, no obstante, el dolor lo tenía prácticamente postrado ante el Martian, gruñendo del sufrimiento.
– ¿Qué…? ¿Fue?
Claw Jail…
(Jaula de Garras…)
– Estás muerto, León.
– ¿Qué…? – Se movió ligeramente, y sintió que la sangre llegaba hasta su garganta a punto de salir, le quedó entre los dientes, sin llegar a escupirla.
– No hay forma de que te salgas de esa prisión sin que mueras perforado por todas las garras. – Explicó, con una voz imponente de respeto y terror. – Hasta nunca, vaquero… – Dijo, se oyó como las zarpas hendían el aire. – Fue un honor, pero aquí termina to… Do.
Cuando estaba a punto de terminar su frase, un brillo le llegó a los ojos de manera tan veloz que lo encegueció, por un segundo creyó que fue un rayo demasiado cercano, pero luego, la luz persistía. Reparó en su oponente nuevamente, y vio como el Santo apuntaba con su dedo hacia él, se sostenía el brazo izquierdo con el derecho, como si cargase un arma pesada. Las llamas en las puntas de los dedos crecieron con velocidad, tenía el tamaño similar al de una cabeza. Luego, se desarmó, se volvió un aro incandescente que giraba con gran velocidad. Un segundo aro, más grande, se formó detrás, mientras una nueva llama ardía en la punta de los dedos. Souma apretaba los dientes, se le escapaba la sangre entre las ensías, las garras le perforaban por dentro, pero si podía disparar, el Cosmos de Asheeta se desvanecería y desaparecerían, solo tenía que disparar.
Asheeta se quedó aterrado al ver esto, se dio cuenta que no había chance de escape al impacto, un solo movimiento y Souma "jalaría el gatillo", empezó a sudar, por el calor del lugar, y también, por el miedo, las piernas empezó a dejar de sentirlas, le siguieron los brazos, y hubo un momento donde ya no se daba cuenta de qué estaba ocurriendo realmente, sentía que la muerte no era como la pintaban, una doncella de mármol, piel helada, aliento escalofriante, ojos imposibles, andar engatusador, y, por último, una suave voz de terciopelo, invitándolo, uno no temería morirse.
No, era una bestia llameante, poderosa, hambrienta de destrozar todo aquello que se cruzara, lo que sea, era un león de ojos ardientes, y colmillos llameantes, los cuales estaba deseoso como un muerto de hambre hundir en la carne, y devorarla hasta dejar nada de ella.
Te lo dije… Soy un desperado…
Inferno Bullet!
(¡Bala del Infierno!)
[…]
La explosión se oyó hasta los suelos, incluso con la fuerte lluvia que ahogaba las voces, podía verse como una humareda escapaba entre las ventanas, la humareda fue apagada rápidamente por las gotas. Todo mundo se quedó quieto al menos un momento al oír la explosión y ver el humo.
– ¡Ese…! ¡Fue Souma! – Exclamó Ryuuhou.
– ¡Mierda…! – Lo secundó Haruto. – ¡Seguro lo emboscaron!
– ¡Su enemigo está aquí, idiotas! – Eden aprovechó la distracción de Dragón y Lobo para atacarlos, las estolas que pendían de sus largas hombreras iban al vuelo mientras se lanzaba para atacarlos. Las gemas púrpuras de su Cloth resplandecieron con los relámpagos.
– ¡No! – Replicó Ryuuhou, se puso en cuclillas para detener el puño de Eden, se frenó en el aire, y quedo en el suelo, tenía la muñeca atrapada entre las dos manos del Dragón, Eden echó un corto rugido, y desde sus dedos se desprendieron correntadas eléctricas que hicieron a Ryuuhou soltarlo, quedó adolorido e inmóvil, con rodilla en tierra.
– ¡Aquí termina todo!
Folgore…! (¡Fulgor…!)Juumonji Ganseki Kuzushi!
(¡Rocas Transversales Destructoras!)
La técnica del Lobo lo tomó por sorpresa, y Eden no pudo atacar a Ryuuhou para esquivar unas veloces rocas moldeadas a formas de cruz que giraban directo a él. Terminaron estrelladas contra la tierra sin impactar.
– ¡No nos ganarás, Eden! – Proclamó Haruto.
– ¡Mientras Aria esté conmigo, jamás voy a perder, Lupus!
– ¿Aria? – Pensó Ryuuhou, que pudo oír más claro al estar cerca, notó que estaba demasiado cerca, de hecho, y por eso se echó hacia atrás en una ágil voltereta, el agua de la lluvia lo hacía sentir como si no se cansara, ni siquiera empezaba a sudar. – Haruto, es demasiado fuerte para nosotros… – Le murmuró.
– Lo sé. – Se preparaba para un próximo embate, afirmó los pies en el suelo, con los brazos elevados, a la altura del hombro. – Sin embargo, tiene un punto débil…
– ¿Un punto débil?
– Su orgullo…
[…]
– ¡Spear!
– ¿Qué pasa, Ranjeet?
– ¡Souma está en peligro, su Cosmos se va desvaneciendo!
– ¡Ve, entonces! ¡Le serás más útil que yo, me encargaré de estos Martian, son nada contra mí!
– ¡Te regalo estos! – Por un brazo tenía a dos hombres armados en negro, por el otro llevaba uno más, como si fuesen bolsas de papel, los lanzó por los aires, donde su Santo camarada lo esperaba.
– Heh, ¡rápido, o sino llorarás a un muerto!
– Yo no lloraré a nadie, idiota…
[…]
– ¿Su orgullo?
– Precisamente, es cierto que tiene un poder brutal y feroz, un golpe limpio nos dejaría fulminados, pero ese poder se tambalea en una desproporcionada pirámide de orgullo, no conoce sus puntos débiles, ergo, no los cubre, y está abierto con cada ataque que realiza, porque confía en que este sea mortal.
– Entonces…
– Le haremos recordar el mito de Orión, el cazador, quien murió por creerse un cazador invencible, hasta que un escorpión gigante le causó la muerte...
– Hah. – Sonrió el Dragón. – Que suerte que peleo junto a ti, si estuviese con Kouga ya estaría muerto. – El Lobo devolvió una risa entre dientes, como concediéndole la razón. – Yo lo esperaré a lanzar el Sho Ryu Ha, tú lo distraerás, confío en que no será problema evadirlo.
– … – Quedó en silencio un rato, contuvo la respiración, y sonrió. – Cómo me gustaría confiar tanto. – Dijo mientras soltaba el aire.
A pesar de su ironía, Haruto saltó al encuentro de Eden, un oponente muy cambiante. Podía estar encima de sus rivales, destrozándolos a puñetazos, como caminando tranquila y despreocupadamente, a veces parándose a ver el escenario de la batalla, la soberbia y presión que ejercía sobre quienes tenían el infortunio de enfrentarlo era inconmensurable. Hasta se daba el lujo de recoger unas flores, si es que alguna aún estaba viva, las olía, y susurraba un nombre que nadie oía. Se veía como su momento más vulnerable, pero el miedo podía ser tan paralizante como sus truenos, cualquiera frente a él sentiría que un relámpago les destrozaría el alma y se la serviría a los cielos en una bandeja de plata.
Haruto era alguien que conocía el miedo de primera mano, y sentía miedo de enfrentarse a solas con Eden, sin duda, sin embargo, no hay puñetazo más fuerte que el del miedo, si quería vivir, tenía que ser más que un miedo, más que una emoción humana, más que todo. Abrió los ojos, y miró, Haruto, como nadie, podía a ver a través de cualquier movimiento si enfocaba todo su Cosmos en los ojos, las gotas no caían instantáneamente en el suelo, Haruto podía ver claramente cada momento antes del choque, y cómo se dispersaba, los rayos, que acallaban toda voz, los veía como un haz de luz repentino, luego oía el tronar, y la tierra, él se movía sobre la tierra, sentía qué había en la tierra, él era la tierra.
Eden se afirmó en el suelo, preparado para atacar apenas el Lobo esté a su alcance. La primer gota rozó la mejilla, era el momento, Haruto giró hacia abajo mientras el aire del puñetazo pasó por sobre su espalda, estaba desprotegido por debajo, pero el ataque sería demasiado arriesgado, se colocó de costado, anticipando una patada izquierda alta, Eden medía al menos una cabeza más que él. Fue cuando el rayo cayó.
Suteressu Rokku!
(¡Trampa de Rocas!)
Cuando el relámpago había pasado, Eden no oyó lo que Haruto dijo, por lo que no preveía que nada lo atacara. Sin tener esto en cuenta, el Cazador lanzó un derechazo a Haruto, que terminó atrapando su extenso cabello, aprovechando que estaba inmóvil, con el brazo izquierdo, le hizo caer, arrodillado, de un codazo en la espalda, tosió un segundo, la saliva salía salpicada con gotas rojas, pero al Lobo le importó poco y nada, su plan ya estaba listo.
– ¡¿Qué demonios…?! – Exclamó Eden, estaba inmovilizado, como comprimido en algo, pero no podía ver qué era con claridad, Haruto aprovechó la oportunidad para escaparse y hacerse a un lado.
– ¡Ahora, Ryuuhou!
– ¡Sí…!
– ¡Mierda, no lo vi…!
Ryuuhou se había escondido detrás, Eden ignoraba su presencia por completo, lo vio apenas puso pie en su campo de visión, con su Cosmos elevándose por los aires, revolviéndose en el viento. Y su pose, inconfundible, con la que su padre, Shiryu, enfrentó y derrotó a incontables oponentes que se le han hecho frente, esta vez, tampoco podía fallar.
Rozan Sho Ryu Ha!
El dragón saltó hacia los empañados cielos, rasgando las nubes oscuras con sus gigantescas fauces, se colocó frente a Eden, imponente, con sus brillantes ojos rojos, y majestuosas ornamentas doradas a los costados de la cabeza. El dragón se rodeó de un interminable torrente de agua antes de lanzarse a la carga. Eden puso los ojos en blanco cuando vio los colmillos abrir, y mostrar esa profunda boca, que parecía iba a devorarlo de pies a cabeza.
La fuerza de la corriente hizo soltar a Eden de la trampa de Haruto, y salió despedido, sin control, lejos de la zona de batalla, al chocar violentamente contra una elevación de terreno, se detuvo, quedó sentado contra este, sintió la presión del agua en los músculos, como si lo estrujasen, también se sentía ahogado, empezó a escupir, a toser, cualquier forma de que el agua se le fuera, y pudiese respirar, por poco y hubiese vomitado para sacarse todo el líquido extra de los pulmones, los cuales sentía oprimidos aún, llenos. No creía lo que su cuerpo sentía, un dolor tan fuerte, provocado por otra persona…
– ¡Genial, Ryuuhou! – Exclamó Haruto, alegre.
– Ese plan también fue excelente, Haruto, le dimos una lección a Eden, ¿eh? – Respondió con alegría similar el pequeño dragón.
– ¡Oigan, Ryuuhou, Haruto! – Oyeron de detrás, vieron como Spear era quien se acercaba corriendo. – ¡Los Martian desaparecieron, ahora los puedo ayudar contra…! – Hablaba rápido, se le entremezclaban las sílabas, y respiraba agitadamente. – ¿Qué…? ¿Qué pasó?
– Eden salió volando en aquella dirección. – Señaló Ryuuhou, que estaba cerca. – No creo que lo hayamos vencido aún, pero… Seguramente eso hizo retirar a los Martian.
– Dirás que no lo crees… Y será mejor que no lo creas… – Dijo con una voz muy seria, y preocupada.
– ¿De qué hablas, Spear? – Inquirió Haruto, que llegaba más cerca para hablar claro.
– ¡Ahí viene!
Los dos voltearon a la alerta de Dorado, que señaló como un halo de luz lila cruzaba el aire hasta su posición, Ryuuhou instintivamente los cubrió con su escudo, pero este se resquebrajó un poco al recibir el impacto. Una voz rugió en el cielo, y Eden estaba mucho más cerca de lo que creyeron posible.
– ¡No te voy a dejar!
– ¡¿Qué haces?!
– ¡No, idiota!
Bajo un cielo ennegrecido, que comenzaba a disparar rayos cada vez más fuertes y destructivos, vieron como el joven, que aún tenía mucho por soñar, arriesgaba su pellejo solo por una chance, aceleraba a una velocidad imposible, como si fuese una flecha lanzada con los infalibles brazos de Ulises, el rey de Ítaca, directa al corazón del rival. Solo, por una chance.
El Cazador se volvió bestia, y una incontenible, sus ojos parecían sedientos de ruina, destrucción, ira. Y allí iba ese joven Santo, directo contra él, solo, por una chance más.
– ¡Te tengo…! – Dijo, había dado una pequeña vuelta para tomarlo por las espaldas, colocó sus brazos alrededor del pecho. – Si te mueves, te morirás… No quedarán pedazos de ti que llorar en tu funeral.
– ¡Tú…! – Las corrientes eléctricas rodeaban ambos cuerpos, la energía de Eden se había empezado a liberar, sin que él pudiera contenerla.
– ¡No importa lo que hagas, te mataré aquí, y ahora! – Lo volvió a amenazar. – ¡Y si no, te matarán ellos, a costa de mi vida, no me importa! ¡Yo no olvidé que soy un Santo de Athena, como si tú lo hiciste…!
¡No…!
¡SPEAAAAAAR…!
