Ah, hace rato quería llegar a este capítulo, es uno de los que más empeño le puse al escribir (ergo, es algo más largo de lo habitual), y realmente espero haber hecho un buen trabajo, y por supuesto, mejorar.
Capítulo veintidós
Todos somos Santos de Athena
¡No…!
¡SPEAAAAAAR…!
Todos quedaron boquiabiertos al ver lo que ocurría, Eden, Haruto, y Ryuuhou, no daban crédito a lo que estaba ocurriendo, y menos sabían que debían hacer.
– ¡Suéltame…! – Rugía Eden, atrapado en los férreos brazos de Spear, pero no se atrevió a moverse, sabía que sus brazos eran como espadas. – ¡Suéltame, Doradus, o morirás!
– ¡¿Y a ti que te importa mi muerte?! – Le replicó. – ¡Tú ya no eres un igual a mí, no necesito tus condolencias!
– ¡¿Pero de qué demonios estás hablando?! ¡Tú siempre detestaste ayudar a otras personas por si te rompías una uña! ¿Y ahora me hablas de sacrificarte como Santo?
– Sí… Es verdad, Eden, pero ya no soy esa persona, he aprendido… Por malas, o por buenas, que la hermandad que somos los Santos vale lo que la paz de nuestra tierra, una muerte no es nada, si paga ese precio… – Tenía una voz muy solemne y segura, como reflexionando.
– Qué noble deseo tienes, Doradus. – Respondió Eden, con una media sonrisa. – La pregunta es, ¿serán tan fuertes como los míos? – El otro joven puso los ojos en blanco, y vio como las ondas eléctricas ascendían de los pies hasta la punta de sus cabellos, en forma de espiral, esferas de electricidad contenida los rodeaban, pero Eden ni siquiera se movía un palmo.
– ¡Te mataré ahora!
– ¡Hahaha..! – Carcajeó el Cazador. – ¡No puedes atravesar mi cuerpo! Porque para eso, deberías resistir la potencia de 15.000 voltios, sin que se te asen los brazos, se desprendan tus uñas… Hm… No, es un dolor demasiado fuerte para aguantar, ¿quién está atrapado ahora? ¿Eh?
– ¡Gah….! – Spear sintió los chispazos en los brazos, salpicaban quemaduras en su piel, de cuando en cuando, rasgaban las ropas, o le atacaban en el rostro desprotegido, pero sus pies no se movían ni un solo ápice.
– ¡Ryuuhou! ¡No podemos dejarlo así!
– ¿Pero qué hacemos?
– ¡Lanza de nuevo el Sho Ryu Ha! ¡No hay otra!
– ¡Lo mataría si lo hago…!
– Si Eden lo llega a agarrar también lo entierra tres metros bajo tierra, y nos incluirá la corona de rosas en el servicio…
– ¡Diablos…! ¡No puedo hacer nada!
– ¡Ryuuhou! – Levantó la voz Spear. – ¡Mi vida no importa, acaba con Eden, o nunca podremos vencerlo! ¡Hazlo ahora, por favor…! – Se aferró con más fuerza a su enemigo, que estaba relajado, con los ojos cerrados, ni siquiera miraba directamente a Haruto o a Ryuuhou.
– Draco… Lupus. – Habló Orión, de sorpresa, cuando él hablaba, la lluvia parecía amainarse, los truenos no caían más del cielo, e incluso su tono tan calmo se podía oír a través de la tormenta. – No sé cómo pensarán ustedes, pero sería, al menos, honorable, que intenten cumplir la petición de Doradus, está perdiendo su vida aquí, para que ustedes tengan, lo que se dice, una oportunidad.
– ¡¿Y tú que hablas de honor?! – Se enfadó Haruto, la palabra honor salida de la boca de Eden lo hizo encolerizar.
– ¿Y a qué viene ese tal vez? – Remarcó Ryuuhou. – ¡TE venceremos…!
– Entonces denle muerte junto conmigo, y solo así, quizás puedan lograrlo… – Empezó a reír por lo bajo, la precipitación reanudó su caída tan potente de recién, y los pies de Zeus caminaban en la tierra de nuevo, alzando incendios a su paso.
– Ryuuhou, no hay otra forma, si Spear lo suelta, lo matará, y probablemente sigamos nosotros…
– No quiero cargar con la muerte de Spear… ¡No quiero! – Se rehusaba el Dragón, miraba al suelo, se mordía el labio, parecía asustado.
– Yo tampoco, Ryuuhou, pero en la vida habrá más que esta vez.
– ¿Más que esta vez?
– Más de una vez, deberemos elegir qué hacer, la elección que hagamos tendrá su consecuencia, hoy, morirá una persona, otro día, quién sabe cuántas mueran, o cuantas sufran. – La voz se le apagaba de a poco que hablaba, casi no se le podía oír al lobo. – No cargaremos con la muerte de Spear, si no con su honor y braveza, su Cosmos no desaparecerá, estará en nosotros, porque todos, somos Santos de Athena…
– Haruto… – Lo miró con una expresión quebrada, con los ojos brillantes y algo aguados, dejó de morderse los labios, que hasta le llegaron a sangrar de lo fuerte que presionó con los dientes… – Entiendo… No deshonraré a Spear… – Miró hacia el frente, con una expresión mucho más seria, pero no podía ocultar las lágrimas que le estaban por caer.
– Ni yo.
¡Arriba, mi Cosmos!
¡Aúlla, mi Cosmos!
Spear los miraba, en silencio, cómo los dos jóvenes Santos, recordó lo que había ocurrido esa misma mañana, con perfecta claridad… Se abrazaba a esas memorias así como se aferraba a Eden, aún así que el simple roce le destrozaba la piel a chispazos.
"Sí… Esta mañana… Geki me dijo que alguien vendría a visitarme, recordé en ese instante que no tengo una familia… Y reí, me reí como un imbécil, para no decir que quería llorar, humillado, derrotado, ni siquiera podía tener mi Cloth a mi lado. Era una porquería, tenía la cabeza envuelta en vendas, pero ni siquiera podía mover las otras partes del cuerpo sin que sintiera como si se cayeran. Me habían dado la paliza que merecía, ¿o no?
Familia, dioses, cómo he detestado esa palabra, y en ese instante, lo único que quería era eso, solo eso, que una madre… Una madre de la que no conozco el rostro, me abrazara, me cuidara, me dijera que todo está bien… O un padre, que luego me prometiera entrenarme hasta volverme el hombre más fuerte del mundo, ¿un hermano? Sí, me hubiese gustado, un hermano con quien compartir mi vida, o una hermana, molesta como ella sola… Sin embargo, también la necesitaba, como los necesitaba a todos, nunca estuvieron, nunca van a estar, y así he vivido, si debía llorar, no lo hacía, yo resolvía mi dolor. Yo. Yo.
¿Me arrepiento? No, no tengo la cobardía para arrepentirme de nada, menos ahora, que soy, de verdad, un Santo.
Fue cuando ella entró, vi como se paró en la puerta primero, podía verle, como nunca podría haber hecho antes, unas pesadas ojeras en los ojos azules, el largo cabello rubio opaco desaliñado, sucio, igual que su ropa, manchada de barro, y rota en algunas partes, por las zonas ajadas, podía ver unas cuantas magulladuras.
– Y–Yuna… – Le dije. Y entró, no habló en todo el tiempo que estuvo ahí, no era necesario, tampoco.
Lo primero que hizo, fue tomarme la mano, y dejo algo en mi palma, reconocí al instante que era, mi ClothStone, con una forma de espada azul, qué hermosa que es… La sostuve un segundo, y sentí una energía electrizante en mi cuerpo, como si me hubiese despertado de un sueño donde no podía moverme. Mi Cloth había sido destruida en parte por Yuna, pero ahora… Estaba viva, más que viva, radiante. La habían reparado… Sí, Yuna había viajado para ir a repararla, cómo, no sé, por qué, menos lo entendí aún, para ser sincero. Pero más tarde, comprendí, cuando me vio a los ojos, con esos ojos de hielo, yo no podía hablarle de la vergüenza que sentía, me di cuenta que se preocupó por mí, que le importaba cómo yo me sintiese… Porque ella es mi hermana. También, son mis hermanos Ryuuhou, Haruto, así como Souma, Kouga, y Ranjeet lo son, moriré por mis hermanos, y hermanas, por cada uno de ellos… Vale la pena, ¿eh?
Rozan Sho Ryu Ha!
Doton: Souga Horou Jin!
(Estilo de Tierra: ¡Colmillos del Lobo Aullador!)
"Sí… Ahí viene… No tengo miedo, yo…
¡MORIRÉ POR MI FAMILIA!
[…]
– Eso fue todo… – Decía el joven mientras miraba por la ventana que acababa de formar la explosión, el agujero abierto era bastante importante, se podía ver muy claro a través de él la escena que ocurría debajo. – Lo evadió pero… No fue lo suficiente, mi Inferno Bullet le destrozó casi toda su… ¿Caetus? Algo así nombró. – Recordaba cuando miró a un costado al hombre desmayado, gran parte de la armadura que lo recubría estaba en pedazos, todo el peto y las hombreras se habían caído, y la tiara estaba también, en el suelo, partida en múltiples pedazos. – ¿Eh? ¿Qué es eso? – Volvió a ver a través de la abertura, y pudo notar que algo malo ocurría allí abajo. – Ese es… ¿Eden? Sí, aquellos dos, son Ryuuhou y Haruto, no veo ni a Ranjeet, ni a Sp… ¡Spear! ¡Es aquel! ¡Lo tiene atrapado a Eden...!
Se arrodilló y esforzó la vista para ver con más claridad, pero la escena hablaba por sí misma. Haruto, Ryuuhou, ambos estaban a unos cuantos metros de Eden, y Spear, que lo sujetaba a Eden por las espaldas.
– Spear piensa sacrificarse para que Ryuuhou y Haruto acaben con Eden… Tener a Orión fuera del camino es muy beneficioso, pero, perder a Spear… – Meditaba en voz alta, hasta que una idea le cruzó por lamente. – ¡Eso es! ¡Yo puedo darle desde aquí! Eden es al menos una cabeza más alto que Spear, que hasta es más bajo que yo, entonces, si apunto justo en la cabeza de Eden… – Mientras hacía el análisis, no perdía tiempo, se tiró cuerpo a tierra, y apuntó con su dedo, pegó la cabeza al hombro, para tener la puntería sin falla alguna. Todo se oyó muy lento, hasta podía sentir el latido de su corazón como si resonara en todo el lugar, cada movimiento de la respiración, la concentración, era primordial, de lo contrario…
– Un solo tiro, Souma… – Suspiró por última vez, dio el acomodamiento final, e hizo formar la "bala", a diferencia de las anteriores, esta era pequeña, muy fina, era una llama casi imperceptible. – Va…
IN...
¡IMBÉCIL!
Oyó el grito que venía por atrás, escuchó dos impactos, el golpe contra una pared, y vio como una figura conocida estaba parada justo allí.
– ¡Ranjeet! – Exclamó, sorprendido.
– Souma, casi te matan, pedazo de idiota. – Le recriminó, mientras le hacía señas de que se levantase, este hizo caso rápido, a pesar de la sorpresa. – Si no venía, ya te podías considerar hombre muerto, ese Martian te tenía ya… – Señaló con la cabeza a un destrozado Asheeta, prácticamente sin Caetus que lo protegiera más que en el cinturón, los brazos, y las pequeñas protecciones de las piernas.
– N–No lo vi...
– Uh, no me digas, no me había dado cuenta, pensé que le querías poner suspenso al momento– Le dijo con desprecio, aunque acababa de salvarle el pellejo, no dejaba su actitud arrogante.
– Tch. – Souma respondió de la misma forma altanera, tampoco podía olvidar cuanto detestaba a Ranjeet, girándose a la escena de nuevo, entonces recordó a Spear. – ¡Ranjeet, hay que bajar ahora mismo! – Le advirtió.
– ¿Qué ocurre?
– ¡Si no lo hacemos, Spear estará muerto en cuestión de tiempo, pretende matarse junto con Eden!
– ¡Ese estúpido…! ¡Apresurémonos!
– A dónde… ¿van? – Escucharon cuando intentaron voltearse para salir corriendo, era la voz del hombre cubierto en pedazos de su armadura, una sangrante herida en la frente, que, de alguna forma, estaba de pie, temblando, apoyado en la pared, pero aún de pie.
– ¡Asheeta!
– No voy a dejarlos ir… Es mi deber… – Habló con su voz rasposa y débil, pero aún así era claro en su mensaje. – El Señor Mars… Sí, el Señor Mars estará orgulloso de mí si los detengo aquí y ahora.
– ¡Mierda! – Maldijo Ranjeet, ya harto de perder tiempo. – ¡No gastaré un segundo más en ti!
– ¡Ni yo! – Se le sumó Souma. – ¡Voy a destrozarte!
– ¡No, a este lo mato yo…!
Flame Desperado!
Demolishing Bear!
Cada uno por su lado, se lanzaron directo al Martian, Ranjeet preparó para embestir con sus hombros y toda la espalda, para tumbarlo y reventarlo contra el suelo. Souma, en tanto, cargaba energía en sus dos puñetazos que ardían en llamas, dispuesto a ser él quien diese el golpe final.
Asheeta sonrió mientras veía a ambos a acercarse a toda velocidad. Ranjeet fue el único que notó esta extraña mueca, Souma no parecía percatarse de nada. El Martian levantó un poco los brazos, y abrió las manos, los miró a ambos con sus ojos felinos, brillosos, como hechos de un cristal recién fabricado, que reflejaba el rostro de consternación del Oso. Flexionó las piernas, y en ese corto movimiento, Ranjeet pudo ver a través de su idea al instante, tomó una decisión que jamás en su vida habría hecho antes. Probablemente, nunca sepa bien que lo impulsó a hacerlo.
– Souma… Está totalmente al descubierto, a mí no me dañará, pero a Souma… Esta sensación, mi Cloth, mi Cosmos… No puedo… ¡No puedo! Si muere, yo viviré con su… ¡No!
Instintivamente, aunque contra sus principios, actuó, estaba al lado de Souma, por lo que fue fácil darle un golpazo de hombro para lanzarlo contra un costado, quedó cerca del agujero que la Inferno Bullet había abierto. Luego, vio sobre él una sombra gigantesca, no encontró manera de esquivarla hacia ningún costado, otra no quedó que enfrentarla de frente, y que fuese lo que fuese… El cruce terminó, Ranjeet estaba de un lado, de pie, mientras que Asheeta, se encontraba con las rodillas en tierra, jadeando.
– No imaginé… Que fueras a hacer eso. – Dijo el Martian entre largos suspiros. – Debo admitir, que admiro tu valía.
– ¿Ranjeet? – Quedó Souma atónito, al ver que el Oso no respondía, solo estaba de pie, inmóvil. – ¡Oye! – Se irguió, y se acercó corriendo, cuando ya estaba cerca, vio como ese cabello negro se sacudió de atrás hacia delante, y Ranjeet se precipitaba hacia el suelo. – No… ¡No!
Cuando llegó a donde el otro Santo estaba, este ya parecía condenado, en todo su torso podía verse grandes agujeros, por donde la sangre manaba lentamente, había unos siete de ellos, y cada uno daba más terror que el otro. Souma lo sostenía por las espaldas, el peso se sentía insoportable en una única mano, por lo que colocó la otra para sostenerlo firmemente, aún así, Souma no paraba de temblar, quería hablar pero los labios simplemente no se movían.
– Creo… – Sonrió. – Creo que no me salió. – Soltó una pequeña risa, duró nada pues sentía que su sangre se escapaba por la garganta, y se le escapaba entre los dientes. – Soy un imbécil, ¿eh? Te traté como un débil por hacer… – Tosió un poco a un costado, cuando volvió a verlo, tenía el mentón cubierto de rojo. – Por hacer esto mismo… No lo entiendo, no tiene sentido perder la única vida que uno tiene, por la de otro estúpido… Pero lo hice, no pude evitarlo… Nadie podría evitarlo.
– No… Ranjeet, no te… – Los ojos se le cristalizaron al pequeño león, reflejando un mundo que se le venía debajo de repente.
– Shh… Que estoy hablando yo. – Le interrumpió con una sonrisa. – Souma… Somos Santos, arriesgar mi vida por ti es más que natural, tú… Tú serías tan estúpido para hacerlo también, los Santos no podemos evitar vivir por el otro, y morir por el otro, para eso nacimos, así que, Souma… – Le tendió una mano, el interpelado lo dejó en el suelo, y se la tomó con ambas palmas, no podía cerrar los ojos ante las palabras de Ranjeet, sentía las mejillas congeladas, no creía que sus lágrimas podrían ser tan frías. – Cuida esta vida, no mueras… No se te ocurra…
– ¡Ranjeet! – Dijo de repente, con la voz quebrada, aguda. – ¡No te dejaré morir…!
– Vuelves a decir eso otra vez, y te mato… Debo estar sudando sangre ya, pero te juro que si dices esa estupidez de nuevo, te mato. No te mueras, es lo único que quiero que me prometas… Porque… Yo. – La Cloth de repente dejó su cuerpo, un brillo negro lo recubrió, y esta desapareció, guardándose en la ClothStone de Ranjeet, guardada en tres pequeñas piedras atadas en un mechón de Ranjeet. – Yo viviré, mantenme vivo con tu promesa, yo siempre estaré cerca, para cubrirte las espaldas, te lo juro, como Santo de Athena que soy, yo, Ranjeet… Del Oso. – Tosió nuevamente, y se escupió sobre sí una larga mancha de sangre. – Mi Cosmos estará en ti, Souma… Haz que arda, que arda con tu vida, y yo nunca moriré. – Habló tanto, que Souma se quedaba sin palabras, no sabía que responder, solo se daba cuenta como no podía parar de llorar y lagrimar.
– Ranjeet. – Dio un suspiro final, aún con Souma tomándole las manos, cerraba los ojos, plácidamente, sonriendo. – Yo… Te prometo que viviré, y que a donde quiera que vaya, tu Cosmos estará conmigo… Me encargaré que todos sepan lo fuerte que eres… – Desató la trenza de Ranjeet, donde estaba la ClothStone atada, eran tres piedras azul oscuro, muy pequeñas, con forma circular.
Se intentó colocar la trenza rápido, pero el casco que le recubría todo el contorno facial le impedía, enfadado, lo tomó con una sola mano, se lo quitó, lo envolvió en llamas, y lo estrelló contra una pared, no se rompió, aunque ardía, no estaba magullado, pero ahora se podía colocar la trenza de Ranjeet, y finalmente se irguió.
Asheeta tomó su tiempo para descansar de los fuertes impactos que acababa de sufrir. Respiraba hondo, tranquilo y relajado, sentado en el suelo. Apreciaba la escena con mucha atención.
– Heh, y yo pensaba que los Santos eran tan egoístas como todos los humanos, veo que hay excepciones. – Comentaba mientras se erguía y se preparaba para luchar de nuevo.
Souma no dijo ni una palabra, cuando se volteó, Asheeta se miró a los ojos al león, sí, era un león ya, las lágrimas se le secaron, aunque ni siquiera se había pasado el puño. Al mismo tiempo, su aura de Cosmos empezaba a expandirse por todo su cuerpo. Sus ojos ardían como todo su interior, cada que echaba una bocanada de aire, esta podía verse, como si fuese vapor.
Dio dos pasos hacia adelante, acto seguido, separó las piernas un poco, y usando su brazo derecho, enterró el puño en la gran gema amarillenta redonda que tenía en la zona del corazón, esta se partió sin ofrecer resistencia alguna. Asheeta lo miró desconfiado, inseguro de si Souma había perdido la razón, o planeaba algo distinto.
Se asustó un poco cuando vio como al mover las manos, Souma sacaba una incandescente flama, que le atrapaba todo el brazo, junto ambas manos, y las llamas le alcanzaron hasta ambos hombros, una hilera de fuego se armó tras su espalda, parecía verse una melena de un león de fuego. Al mismo tiempo, el Cosmos de Souma se incrementaba que hasta podía verse en la oscuridad con muchísima claridad, parecía una llama misma, que ardía con luz propia.
– Heh… Por fin veré si eres un león, Lionet… – Ante el solo sonido de la voz de Asheeta, Souma sentía que la sangre le quemaba, gruñía, con muchísima furia y rabia, sus ojos ya no distinguían con claridad que veían, sus manos parecían no responder a su sentido común, que, además, también parecía inexistente. Esa mirada, esos ojos, hasta la última punta de sus cabellos… Buscaban la destrucción, nada más que pura destrucción… No sangre, ni muerte, todo se desvanecería en cenizas, no existiría, nadie recordaría que alguna vez estuvo, nadie más que Souma…
Fire Corona!
(¡Corona de Fuego!)
