El duelo a medianoche – leyó Frank, - ¡¿Un duelo a media noche?! – gritaron a la vez Molly, Lily, Jean, James, Sirius y los gemelos aunque por motivos diferentes, la profesora McGonnagal les hizo callar con una mirada para que empezara la lectura, ya regañarían luego a los chicos.

Harry nunca había creído que pudiera existir un chico al que detestara más que a Dudley,

Fred le susurró algo a George al oído y tras un momento ambos se dieron la mano.

pero eso era antes de haber conocido a Draco Malfoy.

Fred hizo una mueca y le pasó unas monedas a George que sonreía con suficiencia.

- ¿Cómo pudiste apostar en contra de eso? – le preguntó Sirius incrédulo. – Era obvio.

- Pensé que estaría hablando de Snape – se encogió de hombros Fred.

- Tienes razón, podría ser.

Sin embargo, los de primer año de Gryffindor sólo compartían con los de Slytherin la clase de Pociones, así que no tenía que encontrarse mucho con él.

- Qué suerte – sonrió Lily.

O, al menos, así era hasta que apareció una noticia en la sala co mún de Gryffindor; que los hizo protestar a todos. Las leccio nes de vuelo comenzarían el jueves... y Gryffindor y Slytherin aprenderían juntos.

- Retiro lo dicho – dijo Lily, mientras James y Sirius hacían muecas de horror.

Perfecto —dijo en tono sombrío Harry—. Justo lo que siempre he deseado. Hacer el ridículo sobre una escoba de lante de Malfoy.

- Mas quisiera Malfoy, seguro que Harry vuela cien veces mejor que él. – dijo James

- Te acercas, pero no lo suficiente – le respondió George. – Harry vuela mil veces mejor que el manta de Malfoy – añadió Fred.

Deseaba aprender a volar más que ninguna otra cosa.

No sabes aún si vas a hacer un papelón —dijo razo nablemente Ron—. De todos modos, sé que Malfoy siempre habla de lo bueno que es en quidditch, pero seguro que es pura palabrería.

- Segurísimo – asintieron todos los del presente.

La verdad es que Malfoy hablaba mucho sobre volar. Se quejaba en voz alta porque los de primer año nunca estaban en los equipos de quidditch y contaba largas y jactanciosas historias, que siempre acababan con él escapando de helicóp teros pilotados por muggles.

Los que sabían lo que era un helicóptero empezaron a reírse imaginando a Malfoy cerca de las aspas de un helicóptero.

Pero no era el único: por la for ma de hablar de Seamus Finnigan, parecía que había pasado toda la infancia volando por el campo con su escoba. Hasta Ron podía contar a quien quisiera oírlo que una vez casi ha bía chocado contra un planeador con la vieja escoba de Char les.

Ron enrojeció mientras todos reían y Charlie le regañaba por haber cogido su escoba sin su permiso.

Todos los que procedían de familias de magos hablaban constantemente de quidditch. Ron ya había tenido una gran discusión con Dean Thomas, que compartía el dormitorio con ellos, sobre fútbol.

Harry y Neville hicieron una mueca – se pusieron muy pesados con eso – dijeron.

Ron no podía ver qué tenía de excitante un juego con una sola pelota, donde nadie podía volar.

- Yo nunca he visto un partido de Quidditch pero por lo que me habeis contado es mil veces más emocionante que el futbol – dijo Will, - una sola pelota, que aburrido.

Harry había descubierto a Ron tratando de animar un cartel de Dean en que aparecía el equipo de fútbol de West Ham, para hacer que los jugadores se movieran.

Neville no había tenido una escoba en toda su vida, por que su abuela no se lo permitía.

- Si quieres una escoba te la compraré – le dijo Frank, Neville negó con la cabeza sonriente.

Harry pensó que ella había actuado correctamente, dado que Neville se las ingeniaba para tener un número extraordinario de accidentes, incluso con los dos pies en tierra.

- O mejor te compro otra cosa.

Hermione Granger estaba casi tan nerviosa como Neville con el tema del vuelo. Eso era algo que no se podía apren der de memoria en los libros, aunque lo había intentado.

- Me recuerda a alguien que hizo lo mismo – dijeron James y Sirius, mirando a Lily y Remus.

En el desayuno del jueves, aburrió a todos con estúpidas notas sobre el vuelo que había encontrado en un libro de la bibliote ca, llamado Quidditch a través de los tiempos.

- Ese libro es genial – dijo Sirius

- Es uno de los únicos libros que abrió James mientras estuvimos en Hogwarts – añadió Remus.

Neville estaba pendiente de cada palabra, desesperado por encontrar algo que lo ayudara más tarde con su escoba, pero todos los demás se alegraron mucho cuando la lectura de Hermione fue inte rrumpida por la llegada del correo.

Harry no había recibido una sola carta desde la nota de Hagrid, algo que Malfoy ya había notado, por supuesto. La le chuza de Malfoy siempre le llevaba de su casa paquetes con golosinas, que el muchacho abría con perversa satisfacción en la mesa de Slytherin.

Un lechuzón entregó a Neville un paquetito de parte de su abuela. Lo abrió excitado y les enseñó una bola de cristal, del tamaño de una gran canica, que parecía llena de humo blanco.

- ¿Una recordadora? – preguntó Alice, Neville asintió. – Esos cacharros son inútiles te dicen que te has olvidado de algo pero no de que.

¡Es una Recordadora! —explicó—. La abuela sabe que olvido cosas y esto te dice si hay algo que te has olvidado de hacer. Mirad, uno la sujeta así, con fuerza, y si se vuelve roja... oh... —se puso pálido, porque la Recordadora súbitamente se tiñó de un brillo escarlata—... es que has olvidado algo...

Neville estaba tratando de recordar qué era lo que había olvidado, cuando Draco Malfoy que pasaba al lado de la mesa de Gryffindor; le quitó la Recordadora de las manos.

- Maldito crio – murmuró Sirius, Frank y Alice fruncieron el ceño.

Harry y Ron saltaron de sus asientos. En realidad, desea ban tener un motivo para pelearse con Malfoy, pero la profe sora McGonagall, que detectaba problemas más rápido que ningún otro profesor del colegio,

- Tiene un radar o algo así – asegura James.

ya estaba allí.

¿Qué sucede?

Malfoy me ha quitado mi Recordadora, profesora.

Con aire ceñudo, Malfoy dejó rápidamente la Recordado ra sobre la mesa.

Sólo la miraba —dijo, y se alejó, seguido por Crabbe y Goyle.

Aquella tarde, a las tres y media, Harry, Ron y los otros Gryffindors bajaron corriendo los escalones delanteros, ha cia el parque, para asistir a su primera clase de vuelo. Era un día claro y ventoso.

- Perfecto para volar – comentó James.

La hierba se agitaba bajo sus pies mientras marchaban por el terreno inclinado en dirección a un prado que estaba al otro lado del bosque prohibido, cuyos árboles se agitaban tenebrosamente en la distancia.

Los Slytherins ya estaban allí, y también las veinte esco bas, cuidadosamente alineadas en el suelo. Harry había oído a Fred y a George Weasley quejarse de las escobas del cole gio, diciendo que algunas comenzaban a vibrar si uno volaba muy alto, o que siempre volaban ligeramente torcidas hacia la izquierda.

- Creo que deberíamos pensar en renovar las escobas – dijo Dumbledore.

Entonces llegó la profesora, la señora Hooch. Era baja, de pelo canoso y ojos amarillos como los de un halcón.

Bueno ¿qué estáis esperando? —bramó—. Cada uno al lado de una escoba. Vamos, rápido.

Harry miró su escoba. Era vieja y algunas de las ramitas de paja sobresalían formando ángulos extraños.

Extended la mano derecha sobre la escoba —les indicó la señora Hooch— y decid «arriba».

¡ARRIBA! —gritaron todos.

La escoba de Harry saltó de inmediato en sus manos, pero fue uno de los pocos que lo consiguió. La de Hermione Granger no hizo más que rodar por el suelo y la de Neville no se movió en absoluto. «A lo mejor las escobas saben, como los caballos, cuándo tienes miedo», pensó Harry,

- Es una buena teoría, señor Potter – dijo Dumbledore sonriéndole.

- Eso explica que ese día saliera tan mal – le susurró Neville a Hermione.

y había un tem blor en la voz de Neville que indicaba, demasiado claramen te, que deseaba mantener sus pies en la tierra.

- Definitivamente – Asintió Neville.

Luego, la señora Hooch les enseñó cómo montarse en la escoba, sin deslizarse hasta la punta, y recorrió la fila, corri giéndoles la forma de sujetarla. Harry y Ron se alegraron muchísimo cuando la profesora dijo a Malfoy que lo había es tado haciendo mal durante todos esos años.

- Si lo ha enseñado su padre seguro que no tiene ni idea. – Dijo Arthur que siempre se había llevado mal con Malfoy en el colegio.

Ahora, cuando haga sonar mi silbato, dais una fuerte patada —dijo la señora Hooch—. Mantened las escobas fir mes, elevaos un metro o dos y luego bajad inclinándoos sua vemente. Preparados... tres... dos...

Pero Neville, nervioso y temeroso de quedarse en tierra, dio la patada antes de que sonara el silbato.

- No seas ansioso Neville – le dijo riendo Sirius.

¡Vuelve, muchacho! —gritó, pero Neville subía en lí nea recta, como el corcho de una botella...

En ese momento Sirius hizo volar un corcho de cerveza de mantequilla como si acabara de abrir la botella haciendo reír a todos hasta que Alice le dio una colleja.

Cuatro metros... seis metros... Harry le vio la cara pálida y asustada, mirando hacia el terreno que se alejaba, lo vio jadear; deslizarse hacia un lado de la escoba y..

Alice y Frank miraban muy preocupados a su hijo.

BUM... Un ruido horrible y Neville quedó tirado en la hierba. Su escoba seguía subiendo, cada vez más alto, hasta que comenzó a torcer hacia el bosque prohibido y desapareció de la vista.

La señora Hooch se inclinó sobre Neville, con el rostro tan blanco como el del chico.

La muñeca fracturada —la oyó murmurar Harry—. Vamos, muchacho... Está bien... A levantarse.

- Está bien – dijo Neville mirando a sus padres – la señora Pomfrey me la arregló en un segundo.

- Qué suerte, no como Harry. – añadió Ron por lo bajo, haciendo reír a todos los que sabían la historia de la bludger loca y del tarado de Lockhart.

Se volvió hacia el resto de la clase.

No debéis moveros mientras llevo a este chico a la en fermería. Dejad las escobas donde están o estaréis fuera de Hogwarts más rápido de lo que tardéis en decir quidditch. Vamos, hijo.

- ¿Apostamos quien es el primero que se sube a una escoba? – preguntó Sirius. Nadie le hizo caso, excepto James que le susurró algo al oído.

Neville, con la cara surcada de lágrimas y agarrándose la muñeca, cojeaba al lado de la señora Hooch, que lo sostenía.

Alice abrazó a Neville, mientras Frank le daba palmaditas en la espalda.

Casi antes de que pudieran marcharse, Malfoy ya se es taba riendo a carcajadas.

¿Habéis visto la cara de ese gran zoquete?

Los otros Slytherins le hicieron coro.

- Idiotas – dijeron la mayoria.

¡Cierra la boca, Malfoy! —dijo Parvati Patil en tono cor tante.

Oh, ¿estás enamorada de Longbottom? —dijo Pansy Parkinson, una chica de Slytherin de rostro duro. Nunca pensé que te podían gustar los gorditos llorones, Parvati.

¡Mirad! —dijo Malfoy, agachándose y recogiendo algo de la hierba—. Es esa cosa estúpida que le mandó la abuela a Longbottom.

La Recordadora brillaba al sol cuando la cogió.

Trae eso aquí, Malfoy —dijo Harry con calma. Todos dejaron de hablar para observarlos.

- Oh no – se lamentó Lily imaginando lo que iba a pasar

Malfoy sonrió con malignidad.

Creo que voy a dejarla en algún sitio para que Longbottom la busque... ¿Qué os parece... en la copa de un árbol?

¡Tráela aquí! —rugió Harry, pero Malfoy había subido a su escoba y se alejaba. No había mentido, sabía volar.

- Mi prima siempre fue buena – explicó Sirius – una de las únicas cosas buenas que tiene la sangre Black es que somos magníficos voladores.

Des de las ramas más altas de un roble lo llamó:

¡Ven a buscarla, Potter!

Harry cogió su escoba.

¡No! —gritó Hermione Granger—. La señora Hooch dijo que no nos moviéramos. Nos vas a meter en un lío.

James y Sirius miraron a Hermione intentando imitar la mirada de la profesora McGonnagal, pero fallando estrepitosamente sobre todo cuando Lily les dio una colleja.

Harry no le hizo caso. Le ardían las orejas. Se montó en su escoba, pegó una fuerte patada y subió. El aire agitaba su pelo y su túnica, silbando tras él y, en un relámpago de feroz alegría, se dio cuenta de que había descubierto algo que po día hacer sin que se lo enseñaran. Era fácil, era maravilloso.

James y Sirius empezaron a saltar y bailar de alegría, gritando "sabe volar, sabe volar" mientras el resto de la sala reia y Lily y Remus sonreían felices.

Empujó su escoba un poquito más, para volar más alto, y oyó los gritos y gemidos de las chicas que lo miraban desde abajo, y una exclamación admirada de Ron.

En la sala la gente silbaba y le vitoreaba animándole.

Dirigió su escoba para enfrentarse a Malfoy en el aire. Éste lo miró asombrado.

- ¡En tu cara Malfoy! – gritó Sirius

¡Déjala —gritó Harry— o te bajaré de esa escoba!

Ah, ¿sí? —dijo Malfoy, tratando de burlarse, pero con tono preocupado.

Harry sabía, de alguna manera, lo que tenía que hacer. Se inclinó hacia delante, cogió la escoba con las dos manos y se lanzó sobre Malfoy como una jabalina. Malfoy pudo apartarse justo a tiempo, Harry dio la vuelta y mantuvo fir me la escoba. Abajo, algunos aplaudían.

Igual que en la sala.

Aquí no están Crabbe y Goyle para salvarte, Malfoy —exclamó Harry

Parecía que Malfoy también lo había pensado.

¡Atrápala si puedes, entonces! —gritó. Giró la bola de cristal hacia arriba y bajó a tierra con su escoba.

- ¡Maldito crio! – gritaron.

Harry vio, como si fuera a cámara lenta, que la bola se elevaba en el aire y luego comenzaba a caer. Se inclinó hacia delante y apuntó el mango de la escoba hacia abajo. Al mo mento siguiente, estaba ganando velocidad en la caída, per siguiendo a la bola, con el viento silbando en sus orejas mez clándose con los gritos de los que miraban. Extendió la mano y, a unos metros del suelo, la atrapó, justo a tiempo para en derezar su escoba y descender suavemente sobre la hierba, con la Recordadora a salvo.

- ¡Sí! – gritaron los merodeadores mientras se abrazaban y saltaban junto con Alice y Frank como si su equipo acabara de ganar la final de Quidditch.

- Ya sabemos en qué posición de Quidditch vas a jugar – le dijo Lily a Harry sonriendo casi tan ampliamente como James.

¡HARRY POTTER!

- Oh no – le emoción de los merodeadores desapareció.

Su corazón latió más rápido que nunca. La profesora McGonagall corría hacia ellos. Se puso de pie, temblando.

- Súbete a la escoba y huye para no volver – le aconsejó Sirius, pero Angy le dio una colleja.

Nunca... en todo mis años en Hogwarts...

- siempre dice eso profesora – dijo James pero la profesora le ignoró.

La profesora McGonagall estaba casi muda de la impre sión, y sus gafas centelleaban de furia.

Los merodeadores y los gemelos suspiraron aliviados.

- Relájate Harry, esa mirada significa que esta mas asustada que enfadada – le explicó Remus.

¿Cómo te has atrevido...? Has podido romperte el cuello...

No fue culpa de él, profesora...

Silencio, Parvati.

Pero Malfoy..

Ya es suficiente, Weasley. Harry Potter, ven conmigo.

En aquel momento, Harry pudo ver el aire triunfal de Malfoy, Crabbe y Goyle, mientras andaba inseguro tras la profesora McGonagall, de vuelta al castillo. Lo iban a expul sar; lo sabía.

- ¿Cuántas veces has sabido que te iban a expulsar? – le susurro Ron sonriendo.

- He perdido la cuenta – respondió Harry sonriendo también.

Quería decir algo para defenderse, pero no po día controlar su voz. La profesora McGonagall andaba muy rápido, sin siquiera mirarlo. Tenía que correr para alcanzar la. Esta vez sí que lo había hecho. No había durado ni dos se manas. En diez minutos estaría haciendo su maleta. ¿Qué dirían los Dursley cuando lo vieran llegar a la puerta de su casa?

- Probablemente no me abrirían – murmuró Harry.

Subieron por los peldaños delanteros y después por la escalera de mármol. La profesora McGonagall seguía sin hablar. Abría puertas y andaba por los pasillos, con Harry corriendo tristemente tras ella. Tal vez lo llevaba ante Dumbledore. Pensó en Hagrid, expulsado, pero con permiso para quedarse como guardabosque. Quizá podría ser el ayudante de Hagrid. Se le revolvió el estómago al imaginarse obser vando a Ron y los otros convirtiéndose en magos, mientras él andaba por ahí, llevando la bolsa de Hagrid.

La profesora McGonagall se detuvo ante un aula. Abrió la puerta y asomó la cabeza.

Discúlpeme, profesor Flitwick. ¿Puedo llevarme a Wood un momento?

«¿Wood? —pensó Harry aterrado—. ¿Wood sería el en cargado de aplicar los castigos físicos?»

- Harry, ¿Cómo puedes pensar eso? – preguntaron los merodeadores y los gemelos, expertos en los castigos de Hogwarts.

- En Hogwarts nunca habrá castigos físicos mientras yo sea el director – dijo Dumbledore solemnemente. – Y espero que después tampoco – añadió mirando a McGonnagal que asentía.

Los del futuro no pudieron evitar pensar en las historias que habían oído del Hogwarts del último año del trió dorado.

Pero Wood era sólo un muchacho corpulento de quinto año, que salió de la clase de Flitwick con aire confundido.

- Tu espera a que se ponga el uniforme de Quidditch veras como ya no esta tan confundido – dijo Fred.

Seguidme los dos —dijo la profesora McGonagall. Avanzaron por el pasillo, Wood mirando a Harry con curio sidad.

Aquí.

La profesora McGonagall señaló un aula en la que sólo estaba Peeves, ocupado en escribir groserías en la pizarra.

¡Fuera, Peeves! —dijo con ira la profesora.

Peeves tiró la tiza en un cubo y se marchó maldiciendo. La profesora McGonagall cerró la puerta y se volvió para en cararse con los muchachos.

Potter, éste es Oliver Wood. Wood, te he encontrado un buscador.

- ¿Te ha metido en el equipo? – preguntaron varios perplejos.

- ¡Eso sí que es entrar en el equipo a lo grande! – exclamó James abrazando a Harry – y en el primer año.

- McGonnagal es la mejor – gritaron Sirius y los gemelos – tres hurras por la profesora.

La expresión de intriga de Wood se convirtió en deleite.

¿Está segura, profesora?

Totalmente —dijo la profesora con vigor—. Este chico tiene un talento natural. Nunca vi nada parecido. ¿Ésta ha sido tu primera vez con la escoba, Potter?

- Si – respondieron todos.

Harry asintió con la cabeza en silencio. No tenía una ex plicación para lo que estaba sucediendo, pero le parecía que no lo iban a expulsar y comenzaba a sentirse más seguro.

- ¿Todavía sigues con eso?

- Tienes que hacer algo realmente muy muy malo para que te expulsen.

Atrapó esa cosa con la mano, después de un vuelo de quince metros —explicó la profesora a Wood—. Ni un rasgu ño. Charlie Weasley no lo habría hecho mejor.

Todos se giraron para mirar a Charlie,

- Tiene razón – dijo este sonriendo.

Wood parecía pensar que todos sus sueños se habían he cho realidad.

- Por supuesto – dijeron los gemelos.

¿Alguna vez has visto un partido de quidditch, Potter? —preguntó excitado.

Wood es el capitán del equipo de Gryffindor —aclaró la profesora McGonagall.

Y tiene el cuerpo indicado para ser buscador —dijo Wood, paseando alrededor de Harry y observándolo con atención—. Ligero, veloz... Vamos a tener que darle una es coba decente, profesora, una Nimbus 2.000 o una Cleans weep 7.

- Claro, no puede jugar como buscador con una escoba cualquiera, y menos con una de las del colegio – dijo James, metido en su papel de capitán de Quidditch.

Hablaré con el profesor Dumbledore para ver si pode mos suspender la regla del primer año.

- Dalo por hecho.

Los cielos saben que necesitamos un equipo mejor que el del año pasado. Fuimos aplastados por Slytherin en ese último partido.

James y Sirius pusieron cara de horror, mientras Snape sonreía y Slytherin se burlaba de Gryffindor.

No pude mi rar a la cara a Severus Snape en varias semanas...

La profesora McGonagall observó con severidad a Harry, por encima de sus gafas.

Quiero oír que te entrenas mucho, Potter, o cambiaré de idea sobre tu castigo.

- ¿Qué castigo? – preguntaron los miembros de otras casas.

Luego, súbitamente, sonrió.

Tu padre habría estado orgulloso —dijo—. Era un ex celente jugador de quidditch.

- Muchas gracias Minnie – respondió James sonriendo arrogantemente – y por supuesto que estoy orgulloso, aunque podrías haber sido cazador como yo.

Es una broma.

- ¿Cómo que una broma? – preguntó James indignado.

Era la hora de la cena. Harry había terminado de contar le a Ron todo lo sucedido cuando dejó el parque con la profe sora McGonagall. Ron tenía un trozo de carne y pastel de ri ñón en el tenedor; pero se olvidó de llevárselo a la boca.

- ¿Te olvidaste de comer? – se burlo su hermana.

- Fue una gran sorpresa.

¿Buscador? —dijo—. Pero los de primer año nunca... Serías el jugador más joven en...

Un siglo —

En la sala aplaudieron.

terminó Harry, metiéndose un trozo de pas tel en la boca. Tenía muchísima hambre después de toda la excitación de la tarde—. Wood me lo dijo.

Ron estaba tan sorprendido e impresionado que se que dó mirándolo boquiabierto.

Tengo que empezar a entrenarme la semana que viene —dijo Harry—. Pero no se lo digas a nadie, Wood quiere mantenerlo en secreto.

- Fue un secreto – dijo Harry – aunque no duró mucho así.

Fred y George Weasley aparecieron en el comedor; vie ron a Harry y se acercaron rápidamente.

Bien hecho —dijo George en voz baja—. Wood nos lo contó. Nosotros también estamos en el equipo. Somos gol peadores.

- Los mejores golpeadores de la historia.

Te lo aseguro, vamos a ganar la copa de quidditch este curso —dijo Fred—. No la ganamos desde que Charlie se fue, pero el equipo de este año será muy bueno. Tienes que hacer lo bien, Harry. Wood casi saltaba cuando nos lo contó.

- Nunca lo habíamos visto tan contento.

Bueno, tenemos que irnos. Lee Jordan cree que ha descubierto un nuevo pasadizo secreto, fuera del colegio.

Seguro que es el que hay detrás de la estatua de Gre gory Smarmy, que nosotros encontramos en nuestra prime ra semana.

Los merodeadores les miraron sorprendidos

- Eso está muy bien, sois nuestros dignos sucesores.

- Bueno la verdad es que tuvimos un poco de ayuda – añadió George misteriosamente.

Fred y George acababan de desaparecer, cuando se pre sentaron unos visitantes mucho menos agradables. Malfoy, flanqueado por Crabbe y Goyle.

¿Comiendo la última cena, Potter?

- Ya te gustaría Malfoy.

¿Cuándo coges el tren para volver con los muggles?

Eres mucho más valiente ahora que has vuelto a tie rra firme y tienes a tus «amiguitos» —dijo fríamente Harry. Por supuesto que en Crabbe y Goyle no había nada que justificara el diminutivo, pero como la Mesa Alta estaba llena de profesores, no podían hacer más que crujir los nudillos y mi rarlo con el ceño fruncido.

Nos veremos cuando quieras —dijo Malfoy—. Esta no che, si quieres. Un duelo de magos. Sólo varitas, nada de con tacto. ¿Qué pasa? Nunca has oído hablar de duelos de magos, ¿verdad?

Por supuesto que sí —dijo Ron, interviniendo—. Yo soy su segundo. ¿Cuál es el tuyo?

- Ronald – gritó Molly, y para sorpresa de Ron también Lily.

Malfoy miró a Crabbe y Goyle, valorándolos.

Crabbe —respondió—. A medianoche, ¿de acuerdo? Nos encontraremos en el salón de los trofeos, nunca se cierra con llave.

Cuando Malfoy se fue, Ron y Harry se miraron.

¿Qué es un duelo de magos? —preguntó Harry—. ¿Y qué quiere decir que seas mi segundo?

Bueno, un segundo es el que se hace cargo, si te matan —dijo Ron sin darle importancia. Al ver la expresión de Harry, añadió rápidamente—: Pero la gente sólo muere en los duelos reales, ya sabes, con magos de verdad. Lo máximo que podéis hacer Malfoy y tú es mandaros chispas uno al otro. Ninguno sabe suficiente magia para hacer verdadero daño. De todos modos, seguro que él esperaba que te negaras.

- En realidad Harry no ha dicho nada, has sido tú Ron. – dijo Luna

¿Y si levanto mi varita y no sucede nada?

- Lánzasela a la cabeza – le dijo Sirius.

- O dale un puñetazo – añadió Godric.

La tiras y le das un puñetazo en la nariz —le sugirió Ron.

Todos empezaron a reírse.

Disculpad.

Los dos miraron. Era Hermione Granger.

¿No se puede comer en paz en este lugar? —dijo Ron.

Hermione no le hizo caso y se dirigió a Harry

No pude dejar de oír lo que tú y Malfoy estabais di ciendo...

No esperaba otra cosa —murmuró Ron.

- Lo siento – se disculpó Ron al ver las miradas que le mandaban algunas personas.

... y no debes andar por el colegio de noche. Piensa en los puntos que perderás para Gryffindor si te atrapan, y lo harán. La verdad es que es muy egoísta de tu parte.

Y la verdad es que no es asunto tuyo —respondió Harry.

Adiós —añadió Ron.

- Lo siento – se disculparon ahora los dos, aunque Hermione les sonreía.

De todos modos, pensó Harry, aquello no era lo que llamaría un perfecto final para el día. Estaba acostado, despierto, oyendo dormir a Seamus y a Dean (Neville no había regresado de la enfermería). Ron había pasado toda la velada dán dole consejos del tipo de: «Si trata de maldecirte, será mejor que te escapes, porque no recuerdo cómo se hace para parar lo». Tenían grandes probabilidades de que los atraparan Filch o la Señora Norris, y Harry sintió que estaba abusando de su suerte al transgredir otra regla del colegio en un mis mo día. Por otra parte, el rostro burlón de Malfoy se le apa recía en la oscuridad, y aquélla era la gran oportunidad de vencerlo frente a frente. No podía perderla.

Once y media —murmuró finalmente Ron—. Mejor nos vamos ya.

Se pusieron las batas, cogieron sus varitas y se lanzaron a través del dormitorio de la torre.

- ¿Fuisteis al duelo en bata? – preguntaron riendo Sirius, James y Godric.

Bajaron la escalera de ca racol y entraron en la sala común de Gryffindor. Todavía bri llaban algunas brasas en la chimenea, haciendo que todos los sillones parecieran sombras negras. Ya casi habían llega do al retrato, cuando una voz habló desde un sillón cercano.

No puedo creer que vayas a hacer esto, Harry.

Una luz brilló. Era Hermione Granger; con el rostro ce ñudo y una bata rosada.

¡Tu! —dijo Ron furioso—. ¡Vuelve a la cama!

- ¡Ron! – le regañaron.

Estuve a punto de decírselo a tu hermano —contestó enfadada Hermione—. Percy es el prefecto y puede deteneros.

- Tendrías que habérselo dicho – la regañaron McGonnagal, Molly y Lily.

Harry no podía creer que alguien fuera tan entrometido.

Hermione se sonrojó.

- Lo siento – le dijo Harry.

- No importa es verdad.

Vamos —dijo a Ron. Empujó el retrato de la Dama Gorda y se metió por el agujero.

Hermione no iba a rendirse tan fácilmente. Siguió a Ron a través del agujero, gruñendo como una gansa enfadada.

- Lo siento – volvió a repetir Harry.

No os importa Gryffindor; ¿verdad? Sólo os importa lo vuestro. Yo no quiero que Slytherin gane la copa de las casas y vosotros vais a perder todos los puntos que yo conseguí de la profesora McGonagall por conocer los encantamientos para cambios.

Vete.

Muy bien, pero os he avisado. Recordad todo lo que os he dicho cuando estéis en el tren volviendo a casa mañana. Sois tan...

Pero lo que eran no lo supieron. Hermione había retroce dido hasta el retrato de la Dama Gorda, para volver; y descu brió que la tela estaba vacía. La Dama Gorda se había ido a una visita nocturna y Hermione estaba encerrada, fuera de la torre de Gryffindor.

- Ya es mala suerte – dijo Lily.

- Y solo acaba de empezar – murmuraron Harry, Ron y Hermione.

¿Y ahora qué voy a hacer? —preguntó con tono agudo.

Ése es tu problema —dijo Ron—. Nosotros tenemos que irnos o llegaremos tarde.

No habían llegado al final del pasillo cuando Hermione los alcanzó.

Voy con vosotros —dijo.

No lo harás.

¿No creeréis que me voy a quedar aquí, esperando a que Filch me atrape? Si nos encuentra a los tres, yo le diré la verdad, que estaba tratando de deteneros, y vosotros me apo yaréis.

- Vaya chantaje – dijo James – bien hecho Hermione.

Eres una caradura —dijo Ron en voz alta.

Callaos los dos —dijo Harry en tono cortante—. He oído algo.

Era una especie de respiración.

¿La Señora Norris? —resopló Ron, tratando de ver en la oscuridad.

No era la Señora Norris. Era Neville. Estaba enroscado en el suelo, medio dormido, pero se despertó súbitamente al oírlos.

- ¿Qué te ha pasado? – le preguntó Alice preocupada.

¡Gracias a Dios que me habéis encontrado! Hace horas que estoy aquí. No podía recordar el nuevo santo y seña para irme a la cama.

- La misma mala memoria de sus padres.

No hables tan alto, Neville. El santo y seña es «hocico de cerdo», pero ahora no te servirá, porque la Dama Gorda se ha ido no sé dónde.

¿Cómo está tu muñeca? —preguntó Harry

- Por lo menos alguien se preocupa – sonrió Alice

Bien —contestó, enseñándosela—. La señora Pomfrey me la arregló en un minuto.

Bueno, mira, Neville, tenemos que ir a otro sitio. Nos veremos más tarde...

¡No me dejéis! —dijo Neville, tambaléandose—. No quiero quedarme aquí solo. El Barón Sanguinario ya ha pa sado dos veces.

Ron miró su reloj y luego echó una mirada furiosa a Her mione y Neville.

- Cada vez hay más gente, ¿Cuánto creéis que tardara Filch en encontrarles?

Si nos atrapan por vuestra culpa, no descansaré hasta aprender esa Maldición de los Demonios, de la que nos habló Quirrell, y la utilizaré contra vosotros.

Molly miró a Ron fulminándole con la mirada.

Hermione abrió la boca, tal vez para decir a Ron cómo utilizar la Maldición de los Demonios, pero Harry susurró que se callara y les hizo señas para que avanzaran.

Se deslizaron por pasillos iluminados por el claro de luna, que entraba por los altos ventanales. En cada esquina, Harry esperaba chocar con Filch o la Señora Norris, pero tuvieron suerte. Subieron rápidamente por una escalera hasta el ter cer piso y entraron de puntillas en el salón de los trofeos.

Malfoy y Crabbe todavía no habían llegado.

- Eso me da mala espina – dijo Remus.

Las vitrinas con trofeos brillaban cuando las iluminaba la luz de la luna. Copas, escudos, bandejas y estatuas, oro y plata reluciendo en la oscuridad. Fueron bordeando las paredes, vigilando las puertas en cada extremo del salón. Harry empuñó su varita, por si Malfoy aparecía de golpe. Los minutos pasaban.

- Menudo cobarde, os ha citado ahí para engañaros, no va a aparecer – dijo Godric enfadado por lo cobarde que era esa estrategia. Sin embargo Slytherin sonreía pensando que era un plan astuto.

Se está retrasando, tal vez se ha acobardado —susu rró Ron.

Entonces un ruido en la habitación de al lado los hizo saltar. Harry ya había levantado su varita cuando oyeron unas voces. No era Malfoy.

- Mierda, Filch.

Olfatea por ahí, mi tesoro. Pueden estar escondidos en un rincón.

Era Filch, hablando con la Señora Norris. Aterrorizado, Harry gesticuló salvajemente para que los demás lo siguie ran lo más rápido posible. Se escurrieron silenciosamente hacia la puerta más alejada de la voz de Filch. Neville acaba ba de pasar, cuando oyeron que Filch entraba en el salón de los trofeos.

- Buff, justo a tiempo.

Tienen que estar en algún lado —lo oyeron murmu rar—. Probablemente se han escondido.

¡Por aquí! —señaló Harry a los otros y, aterrados, co menzaron a atravesar una larga galería, llena de armadu ras. Podían oír los pasos de Filch, acercándose a ellos. Súbi tamente, Neville dejó escapar un chillido de miedo y empezó a correr, tropezó, se aferró a la muñeca de Ron y se golpearon contra una armadura.

- Neville – se quejaron los merodeadores – eres tan torpe como Tonks – rio Charlie esquivando el golpe que le lanzaba la mencionada.

Los ruidos eran suficientes para despertar a todo el castillo.

¡CORRED! —exclamó Harry, y los cuatro se lanzaron por la galería, sin darse la vuelta para ver si Filch los seguía. Pasaron por el quicio de la puerta y corrieron de un pasillo a otro, Harry delante, sin tener ni idea de dónde estaban o adón de iban.

- Nunca corras a ciegas, tienes que tener una ruta de escape preparada. – explicó Remus, ante las miradas atónitas de algunos de los presentes.

Se metieron a través de un tapiz y se encontraron en un pasadizo oculto, lo siguieron y llegaron cerca del aula de Encantamientos, que sabían que estaba a kilómetros del sa lón de trofeos.

Creo que lo hemos despistado —dijo Harry, apoyándo se contra la pared fría y secándose la frente. Neville estaba doblado en dos, respirando con dificultad.

Te... lo... dije —añadió Hermione, apretándose el pe cho—. Te... lo... dije.

Tenemos que regresar a la torre Gryffindor —dijo Ron— lo más rápido posible.

Malfoy te engañó —dijo Hermione a Harry—. Te has dado cuenta, ¿no? No pensaba venir a encontrarse contigo. Filch sabía que iba a haber gente en el salón de los trofeos. Malfoy debió de avisarle.

- Encima chivato – murmuraron James y Godric.

Harry pensó que probablemente tenía razón, pero no iba a decírselo.

Vamos.

No sería tan sencillo. No habían dado más de una docena de pasos, cuando se movió un pestillo y alguien salió de un aula que estaba frente a ellos.

Era Peeves. Los vio y dejó escapar un grito de alegría.

- Es imposible tener tan mala suerte – se quejó James.

Cállate, Peeves, por favor... Nos vas a delatar.

Peeves cacareó.

¿Vagabundeando a medianoche, novatos? No, no, no. Malitos, malitos, os agarrarán del cuellecito.

No, si no nos delatas, Peeves, por favor.

Debo decírselo a Filch, debo hacerlo —dijo Peeves, con voz de santurrón, pero sus ojos brillaban malévolamente—. Es por vuestro bien, ya lo sabéis.

Quítate de en medio —ordenó Ron, y le dio un golpe a Peeves.

- ¡Noo! – gritaron los merodeadores y los gemelos

Aquello fue un gran error.

¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! —gritó Peeves—. ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA, EN EL PASILLO DE LOS ENCANTAMIENTOS!

Pasaron debajo de Peeves y corrieron como para salvar sus vidas, recto hasta el final del pasillo, donde chocaron contra una puerta... que estaba cerrada.

¡Estamos listos! —gimió Ron, mientras empujaban inútilmente la puerta—. ¡Esto es el final!

Podían oír las pisadas: Filch corría lo más rápido que podía hacia el lugar de donde procedían los gritos de Peeves.

Oh, muévete —ordenó Hermione. Cogió la varita de Harry, golpeó la cerradura y susurró—: ¡Alohomora!

- Bien – suspiró Lily – por lo menos alguien sabe lo que hace.

El pestillo hizo un clic y la puerta se abrió. Pasaron todos, la cerraron rápidamente y se quedaron escuchando.

¿Adónde han ido, Peeves? —decía Filch—. Rápido, dímelo.

Di «por favor».

No me fastidies, Peeves. Dime adónde fueron.

No diré nada si me lo pides por favor —dijo Peeves, con su molesta vocecita.

Muy bien... por favor.

¡NADA! Ja, ja. Te dije que no te diría nada si me lo pedías por favor. ¡Ja, ja!

Todos empezaron a reír

- Eso ha sido genial – siguieron riendo durante un rato Sirius, James, Godric y para sorpresa de algunos Helga y Salazar también.

Y oyeron a Peeves alejándose y a Filch maldiciendo enfurecido.

Él cree que esta puerta está cerrada —susurro Harry—. Creo que nos vamos a escapar. ¡Suéltame, Neville! —Porque Neville le tiraba de la manga desde hacia un minuto—. ¿Qué pasa?

Harry se dio la vuelta y vio, claramente, lo que pasaba. Durante un momento, pensó que estaba en una pesadilla: aquello era demasiado, después de todo lo que había suce dido.

- ¿Qué pasa ahora? – preguntaron alarmados todos los que no sabían nada de este episodio, Neville estaba pálido recordando lo que había en esa sala.

No estaban en una habitación, como él había pensado. Era un pasillo. El pasillo prohibido del tercer piso. Y ya sabían por qué estaba prohibido.

- ¿Por qué? – preguntaron los merodeadores, Lily y algunos más de los del pasado, la curiosidad había podido con la preocupación.

Estaban mirando directamente a los ojos de un perro monstruoso, un perro que llenaba todo el espacio entre el suelo y el techo. Tenía tres cabezas, seis ojos enloquecidos, tres narices que olfateaban en dirección a ellos y tres bocas chorreando saliva entre los amarillentos colmillos.

Estaba casi inmóvil, con los seis ojos fijos en ellos, y Harry supo que la única razón por la que no los había matado ya era porque la súbita aparición lo había cogido por sorpresa. Pero se recuperaba rápidamente: sus profundos gruñidos eran in confundibles.

- ¡QUE! – gritaron todos entre asustados, preocupados, asombrados…

- ¿Cómo podéis guardar eso en el castillo? – preguntó Molly al borde de la histeria los profesores presentes.

- Debe haber una muy buena razón – respondió el profesor Dumbledore teniendo una idea de porque estaba ahí el perro

Harry abrió la puerta. Entre Filch y la muerte, prefería a Filch.

- Buena idea – respondió James

- No sé yo, que te pille Filch puede ser equivalente a una muerte lenta y dolorosa – dijo Sirius intentando aliviar la tensión – el perro sería más rápido

Retrocedieron y Harry cerró la puerta tras ellos. Corrie ron, casi volaron por el pasillo. Filch debía de haber ido a buscarlos a otro lado, porque no lo vieron. Pero no les impor taba: lo único que querían era alejarse del monstruo.

- Bien pensado.

No de jaron de correr hasta que alcanzaron el retrato de la Dama Gorda en el séptimo piso.

¿Dónde os habíais metido? —les preguntó, mirando sus rostros sudorosos y rojos y sus batas desabrochadas, col gando de sus hombros.

No importa... Hocico de cerdo, hocico de cerdo —jadeó Harry, y el retrato se movió para dejarlos pasar. Se atropella ron para entrar en la sala común y se desplomaron en los si llones.

Pasó un rato antes de que nadie hablara. Neville, por otra parte, parecía que nunca más podría decir una palabra.

- Pobrecito – dijo Alice mientras lo abrazaba y le daba un beso en la mejilla.

¿Qué pretenden, teniendo una cosa así encerrada en el colegio?

- Buena pregunta.

- Probablemente este protegiendo algo ¿no? – dijo Tonks

- Puede que lo que Hagrid sacó de esa cámara de Gringotts – añadió Moody

dijo finalmente Ron—. Si algún perro necesita ejercicio, es ése.

Hermione había recuperado el aliento y el mal carácter.

¿Es que no tenéis ojos en la cara? —dijo enfadada—. ¿No visteis lo que había debajo de él?

¿El suelo? —sugirió Harry—. No miré sus patas, esta ba demasiado ocupado observando sus cabezas.

- Mucho más sensato.

No, el suelo no. Estaba encima de una trampilla. Es evidente que está vigilando algo.

Moody y Tonks sonrieron sabiendo que tenían razón.

Se puso de pie, mirándolos indignada.

Espero que estéis satisfechos. Nos podía haber mata do. O peor, expulsado.

- Alguien necesita aclarar sus prioridades – dijeron los merodeadores, los gemelos y Godric riendo, mientras Hermione se sonrojaba.

Ahora, si no os importa, me voy a la cama.

Ron la contempló boquiabierto.

No, no nos importa —dijo— Nosotros no la hemos arrastrado, ¿no?

Pero Hermione le había dado a Harry algo más para pensar, mientras se metía en la cama. El perro vigilaba algo... ¿Qué había dicho Hagrid? Gringotts era el lugar más seguro del mundo para cualquier cosa que uno quisiera ocul tar... excepto tal vez Hogwarts.

Parecía que Harry había descubierto dónde estaba el pa quetito arrugado de la cámara setecientos trece.

- Lo mismo que hemos pensado nosotros – dijeron Moody y Tonks.

- Está claro que el señor Potter tiene madera de auror. – añadió Moody. Harry recordó la primera vez que le habían dicho eso, curiosamente había sido un mortifago disfrazado de Moody. Lily y James sonreían orgullosos de que el famoso auror pensara así de su hijo.

- Aquí termina el capitulo – anunció Frank.