Capítulo veintiséis

Aria

– ¿S–Señorita Saori?

Esa dulce melodía fue lo primero que oyó tras un resplandor que le había cegado la vista por unos momentos. Las notas que oía, eran perfectas, majestuosas, sobre todo, imposibles, era una música muy suave, aguda, con un ritmo que era constantemente lento, pero en los altos aceleraba ligeramente. Dejó de prestar atención un momento a la embelesadora melodía, y vio a su alrededor el lugar que tanto se repetía en sus visiones.

Lo primero que notó era la similitud que tenía a un templo sagrado, la superficie del suelo parecía ligera, pero, extrañamente, firme, los pies los sentía en el aire, en vez de realmente estar sobre alguna plataforma. La forma del templo era cilíndrica, y el suelo se dividía en tres, la primera, muy poco extensa, donde el Pegaso estaba en ese momento, que se cortaba abruptamente en un espejo de agua que abarcaba todo a excepción de una plataforma circular de no gran dimensión en el centro. Cuando miró a un costado, se vio rodeado de decenas de columnas blancas que sostenían la cúpula de vidrio que cerraba el aparente templo. Tras el vidrio, parecía que varios soles habían salido, pues solo un claro y brillante color se veía a través de los cristales, que estaban colocados de manera tal que proyectaran una tenue luz sobre la plataforma pequeña central, y sobre el agua.

La canción comenzó a sonar un poco más fuerte, y ahí Kouga notó algo curioso entre las columnas, cuando oía una nota, veía además que un hilo blanco, trasparente casi, vibraba en el aire, y así lo hacían otros al compás de la música. Notó en ese momento que no había instrumento alguno, sino que todo el lugar era un mismo instrumento gigantesco, tocado por algún ente divino, superior, sin rostro, pero sí con manos infinitas que rozaban cada cuerda y la hacían producir ese sonido de infinita belleza.

– Momento. – Reaccionó, cuando miró de nuevo a la plataforma central. – ¿Dónde está esa persona? – Dio cuenta de que la pequeña persona que veía en sus visiones no estaba, intentaba buscarla con la mirada, el lugar no era tan grande como para que se escondiera tan bien.

De repente, la música se apagó unos segundos, y se reanudó al instante, pero era diferente, parecía tener un sentimiento diferente, parecía compuesta para alguien cuya presencia es digna de reverencia, presentando a un emperador, o a una reina, ¿algo se acercaba? ¿Alguien intentaba comunicarse con él? Las hipótesis cruzaban como relámpagos por su cabeza, pero ninguna terminaba dando certeza.

Su reflexión y análisis de la situación se cortó cuando oyó sonidos en el agua, echó una vista rápida, pero nada parecía fuera de lo normal, hasta que tras un parpadeo, vio como una gota repicaba en medio del agua, como invitándolo al entrar. Viéndose sin opción alguna, Kouga caminó con un paso incómodo, demasiado turbado por sus ideas como para calmarse. Cuando introdujo su pie en el agua, tocó fondo al instante, eran centímetros de profundidad, apenas y sí llegaban a sus tobillos, tras sorprenderse del fondo tan pequeño, esperando hallarse con algo más grande, se vio así mismo en el agua, parecía que realmente estuviese frente a un espejo, su reflejo no debería ser perfecto, sino distorsionado, no obstante, parecía por obra de magia, que todo lo que veía era clarísimo, sin ningún error, se arrodilló para tocar el agua con los dedos, y cuando movió sus puntas allí no causó ni un solo movimiento en la superficie, sentía que no tocaba el agua realmente, sino que la atravesaba.

Entonces oyó el sonido de unos pies, o eso creía, y levantó la vista, y se halló, sorprendido, ante una persona que de repente estaba allí. Tenía el aspecto de una niña, en estatura y expresiones faciales, con ojos que resaltaban con un celeste y azul que se entremezclaban, parecían cúmulos de estrellas que se unían el uno con el otro, pero, a la vez, se veían inexpresivos, faltos de vida, perdidos en el Cosmos. Su apariencia, sin duda, era de la más singular que Kouga encontraría en toda su vida, su piel era blanca y clara como el marfil, y para más, estaba vestida con túnicas blancas que la hacían ver como si de una deidad se tratase. En el cuello, llevaba dos adornos resaltabas, un collar de oro, con formas curvas y amables, como talladas por ninfas, y enganchado a este, un segundo collar, compuesto de dos gemas lilas talladas en pequeñas plumas. Alzó un poco más la vista, y vio ese singular cabello del color de Neptuno, un poco corto, pero en alguna forma, elegante y apropiado para la "niña".

Kouga no lo había notado, pero todo ese momento en el que había estado admirando la apariencia de esa persona, estuvo postrado ante ella, como si fuese su reina, o princesa, y le estuviese jurando lealtad. Sin siquiera reparar en esto, se irguió, y caminó muy despacio hacia ella. La música se había detenido, cada vez las notas eran más cortas y esporádicas.

Una vez llegó a la plataforma, la miró bien de cerca, pero ella no parecía dar cuenta de su presencia, simplemente miraba al vació, con ojos brillantes como las mismas estrellas.

– Oye. – Dijo, pero no hubo respuesta. – ¿E–Estás bien…? ¿C–Cómo te llamas? – Continuó, titubeante. – ¿Conoces a…? – Fue interrumpido cuando vio cómo la niña se desplomaba sobre sí misma, quedó en rodillas, y se tomaba con ambas delgadas y finas manos el pecho, Pegaso, asustado, se agachó a ver qué ocurría.

Aterrado ahora, espantado, se sintió cuando veía bajo el cuello como bajaban dos líneas, una púrpura, otra negra, y luego se encontraban en la zona del plexo, formándose una pequeña área de oscuridad allí. La niña se tapó el lugar al instante, mientras enseñaba una expresión inconfundible de dolor, apretaba con fuerza los dientes, fruncía el sueño, la larga gota de sudor le recorría las mejillas, y caía luego, desvaneciéndose en el agua.

– ¿Q–Qué hago…? – Se preguntó Kouga, desesperado, no se imaginaba qué hacer, cómo reaccionar, solo intentó tomarla, acercó sus manos, tratándola de tomar por los hombros, pero justo allí notó que estas temblequeaban cerca de la zona del cuello, y eran rodeadas por un tenue brillo blanco. – ¿Mi…? ¿Cosmos está reaccionando a ella? – Pensó unos segundos, pero seguir pensando lo haría terminar arrepintiéndose, y posó sus dedos sobre las franjas que habían aparecido en el cuello.

De repente, la púrpura se volvió celeste, y la negra se tornó a un blanco puro. Kouga se sintió más confiado con esto, y empezó a bajar los dedos, mientras el cambio de color se extendía más y más, hasta llegar al gran punto oscuro en su pecho. Una luz recubrió esta zona, y se expandió en todo el cuerpo visible de la jovencita.

Cuando quiso darse cuenta, Kouga tenía recostada a la niña sobre su prominente hombrera, que se deshacía entre sollozos. El Pegaso no vio más que hacer más que darle un abrazo, su cuerpo era tan pequeño, que apenas un brazo habría bastado para encerrarla, él la tomó con las dos, y oía su incesante llanto.

– A…Ria. – Dijo, no se entendía claramente, pero Kouga comprendió, era una voz aguda, propia de una jovencita como ella, suave, además, y armoniosa.

– ¿Aria? – Preguntó.

– Aria. – Repitió ella, como si este fuese su nombre.

– Tú eres… Aria.

– Aria… Yo.

Kouga la hizo que lo mirara a los ojos alejándola un poco de él, y vio algo que en sus ojos no estaba antes, una expresión, un brillo de vida, una chispa, que alumbraba ese espacio oscuro e inescrutable, aún así si estos preciosos ojos lloraban, parecían ser lo más precioso que Kouga había visto en toda su vida.

Siento con claridad su Cosmos, es idéntico al de la Señorita Saori… ¿Cómo es posible que alguien tenga un Cosmos comparable al de Athena…? ¿Será esta niña…? – Meditaba un segundo, mientras la miraba a la pequeña secarse las lágrimas con las largas mangas de su túnica. – No, eso no tiene el más mínimo sentido, pero de todas formas, tengo que sacarla de aquí, quien sabe que podría hacer Mars con ella, parecía estar sufriendo horriblemente hace un segundo.

Kouga se levantó un poco, y tomó las pequeñas y frágiles manos de Aria, este la miró desde abajo con una expresión de ansiedad.

– Aria, ¿quieres salir? – Dijo Kouga, tratando de sonreír un poco, para que ella se anime, sin embargo, solo logró que soltara sus manos y se alejara con miedo.

– No, salir no… Aria mala. – Decía, temblorosa.

– ¿Te dicen que eres mala si sales? – Aria asintió. – ¿Y si te digo que eres muy buena si quieres salir?

– No… Me castigarán, no, no. – Se seguía rehusando, Kouga se veía un poco sin recursos, tomó una medida que no sonaba realmente convincente en su cabeza.

– Mira esto, Aria. – Le enseñó la palma a la niña, elevó ligeramente su Cosmos, creando una pequeña esfera de energía. – ¿Lo ves? ¿Sabes qué es?

– L–Luz… Aria también. – Le mostró las dos manos a Kouga, realizó algo similar a lo que el Pegaso, pero la esfera de luz era unas veces más grande y resplandeciente.

– Luz es lo que quieres, ¿no cierto? – Aria se vio interesada en lo que Kouga hablaba ahora. – Sabes, hay mucha luz afuera, y la luz es buena, ¿verdad? No puedes ser mala si solo quieres ver luz, la luz misma te protegerá para que nada malo te ocurra.

– De… – Se mordió el labio inferior un momento, desvió la mirada de los ojos, y se lo pensó un momento. – ¿De verdad?

– Te lo juro, Aria, de verdad que te lo juro, ven, yo soy un Santo, y los Santos protegemos a las personas como tú.

– ¿N–Nombre? – Preguntó Aria tras pensar la palabra unos segundos, y a la vez se acercaba a pequeños pasitos.

– Kouga, soy Kouga de Pegaso, yo seré tú Santo, conmigo estarás a salvo. – Le volvió a extender una mano para que Aria lo tome, esta accedió con una sonrisa leve.

– Kouga… De Pegaso. – De repente le dio un abrazo, rodeando el cuello de Kouga con los brazos, sin perder su encantadora sonrisa de felicidad. – Santo de Aria…

[…]

– ¡No podrás vencerme, Lupus! ¡Soy un verdadero Santo de Athena!

– ¡Te enseñaré que es un Santo, inmundo traidor!

Utilizando un solo brazo, Haruto esquivaba los erráticos, pero furiosos y mortales golpes de Eden, ya gravemente herido por Spear que dio su vida en sacrificio para proporcionarle la victoria al Lobo. Haruto simplemente actuaba el no poder usar sus dos brazos, para confundir a Orión y que este se confiase de más durante la lucha, y de hecho, el plan del Lobo funcionaba con buenos resultados, Eden no podía ver donde lanzaba sus puños con claridad, cegado por ira y dolor, mientras que Haruto podía concentrarse tanto en los ataques, como en no mover su brazo izquierdo.

En un directo errado, Haruto tomó la ventaja final, lo atrapó con el brazo derecho mientras estaba encorvado hacia delante, y usó su mano recién recuperada para darle un pequeño toque en la zona del ombligo con solo dos dedos, sin embargo, este golpe implicó mucho más daño de lo que se veía, alejó a Eden de Haruto, echándolo hacia atrás, sin poder este hacer nada, quedando atónito, confundido, y por demás, cansado para moverse.

– Aquí se terminará todo, Eden, ¡voy a vencerte! – Exclamó Haruto, seguro de sí mismo, mientras hacía elevar su Cosmos con gran velocidad, luego, alzó una mano al cielo, y otra en una pose de ninjutsu.

¡Dioses del viento, a ustedes ofrezco mi Cosmos!

¡Acéptenlo y préstenme su poder!

¡Aúlla, mi Cosmos!

Hyaku Kiba no Arashi!

(¡Tempestad de los Cien Colmillos!)

Canalizando su Cosmos hacia el viento, Haruto formó en el aire, a su alrededor, numerosos colmillos materializados por el Cosmos, de un brillante color verde claro, lanzados a una velocidad que escapaba al ojo humano. Los colmillos iban directo hacia donde Eden estaba, no tenía salida alguna, no podía esquivarlos pues el rango de ataque era muy grande, y las fuerzas no le daban para contraatacar, sintió que se desmayaría antes de sentir la primera mordida. El plan de Haruto era simplemente, perfecto. Era.

Antes de que el primer colmillo tocara la piel de Eden, esta se detuvo en el lugar, y se desvaneció en el aire, seguida por todas las otras, hasta que ninguna podía verse. Haruto quedó asombrado a un punto que casi se desmaya, no veía a nadie, ninguno podría haber interferido. Pero eso fue, porque simplemente no pudo verlo.

Aquel hombre no solo era alto, era gigantesco, se sentía grande, como si ningún muro pudiese detenerlo, ninguna persona normal fuese capaz de alcanzarlo, Haruto se sentía como un pequeño cachorrito, amenazado por el animal más feroz del mundo, que lo miraba fríamente, con sus ojos celestes y fieros, inexpresivos, pero aún así, no menos terroríficos.

Aún bajo la oscuridad de la noche, y la lluvia que cada vez amainaba más y más, Haruto reconocía con claridad qué era ese hombre. Esos rebuscados adornos, ese intenso brillo, esa majestuosidad incomparable.

– M–Maestro Mykene… – Dijo Eden entre jadeos, a punto de derrumbarse.

¡Mykene! ¡Entonces, este es…! – Pensó Haruto, que dio un paso hacia atrás, inútil, pero el miedo se le había apoderado de todo su cuerpo.

– Amo Eden. – Habló con una voz solemne y calma, muy madura también. – Yo, Mykene, me haré cargo de los últimos asuntos aquí, usted necesita descansar.

– ¡P–Pero Maestro! – Respondió Eden.

– Usted, debe descansar. – El llamado Mykene miró por sobre su hombro, dando un vistazo al maltrecho Eden, que sintió un pequeño susto al ver los ojos tan severos, y el tono tan duro y monótono de su maestro.

Esa presencia, esa forma de hablar, que incluso puede obligar a sus amos a hacer lo que no desean… Es él, el Santo Noble, el Santo Templado…

¡Mykene de Leo!