James y Harry aterrizaron en medio del campo de quidditch mientras todos aterrizaban a su alrededor y se acercaban a celebrarlo. Después de la celebración de los Gryffindors y de que los demás persiguieran e intentaran matar a ciertos bromistas por pintarles de rojo decidieron volver a la sala de los menesteres donde montaron una enfermería improvisada para curar a los heridos. Molly había golpeado a su hermano Guideon con una bludger y le había roto la nariz cuando este intentaba derribar a su sobrina antes de que marcara, y Frank y Tonks gracias a su torpeza también habían causado algunos problemillas, varias veces habían golpeado a alguien al pasarle la quaffle o la habían dejado caer sin querer, aunque lo peor fue cuando al tirar hacia los postes de gol tonks se había desviado y le había dado a Ron en toda la cara provocando que se desequilibrara y callera de la escoba, y poco después Frank había perdido el control de su escoba y había provocado un choque en cadena, en conclusión, fue un partido entretenido…
Después de que Lily regañara a James y Harry por planear una estrategia tan kamikaze y la señora Pomfrey recompusiera a todos y fuera invitada por Dumbledore a quedarse a escuchar, se sentaron en los sofás y se dispusieron a seguir leyendo. Luna cogió el libro y leyó el título del capítulo.
El espejo de Oesed - La mayoría no sabían que era el espejo así que ya tenían un misterio desde el principio del capítulo, Dumbledore sin embargo miraba triste a Harry imaginándose lo que el chico vería en el espejo.Se acercaba la Navidad.
- Navidad, navidad – empezó a cantar Sirius siendo acompañado enseguida por James y Jack.
Una mañana de mediados de diciembre Hogwarts se descubrió cubierto por dos metros de nieve.
- Se acerca el invierno – anunció solemnemente Godric (eso me suena de algo no?)
El lago estaba sólidamente congelado y los gemelos Weasley fueron castigados por hechizar varias bolas de nieve para que siguieran a Quirrell y lo golpearan en la parte de atrás de su turbante.
Los gemelos chocaron los cinco con sus tíos y con los merodeadores.
- Adoro la nieve – suspiró Sirius.
Mientras tanto el trío dorado se miraba.
- Fred y George son mis ídolos – susurró Ron.
- Deben ser los únicos que pueden presumir de haber ganado a Voldemort en una batalla de bolas de nieve.
- Y no creéis que eso podría ser peligroso, quiero decir que no creo que eso le hiciera gracia a Voldemort, a lo mejor les tiene fichados.
Ese pensamiento los dejo un poco intranquilos.
- No sé, de todas formas Voldemort quiere matarnos a todos no creo que hubiera mucha diferencia.
Las pocas lechuzas que habían podido llegar a través del cielo tormentoso para dejar el correo tuvieron que quedar al cuidado de Hagrid hasta recuperarse, antes de volar otra vez.
- Pobres lechuzas – se preocupo Helga – deberíais dejar de mandar correo con ese tiempo.
Hagrid asentía de acuerdo con ella.
Todos estaban impacientes de que empezaran las vaca ciones.
- Y quien no, tantos meses seguidos estudiando no es bueno, debería haber vacaciones cada mes – afirmó James.
Mientras que la sala común de Gryffindor y el Gran Comedor tenían las chimeneas encendidas, los pasillos, lle nos de corrientes de aire, se habían vuelto helados, y un vien to cruel golpeaba las ventanas de las aulas. Lo peor de todo eran las clases del profesor Snape, abajo en las mazmorras, en donde la respiración subía como niebla y los hacía mante nerse lo más cerca posible de sus calderos calientes.
- A quien se le ocurre dar clases en una mazmorra y en pleno invierno – dijo negando con la cabeza Jean.
—Me da mucha lástima —dijo Draco Malfoy, en una de las clases de Pociones— toda esa gente que tendrá que que darse a pasar la Navidad en Hogwarts, porque no los quieren en sus casas.
- Ese crio despreciable – murmuró James.
- Él se lo pierde – afirmó Sirius – pasar la navidad en Hogwarts es lo mejor del mundo.
- Sobre todo si tienes una familia como la tuya Sirius – añadió Tonks.
Mientras hablaba, miraba en dirección a Harry. Crabbe y Goyle lanzaron risitas burlonas. Harry, que estaba pesan do polvo de espinas de pez león, no les hizo caso. Después del partido de quidditch, Malfoy se había vuelto más desagrada ble que nunca.
- Envidioso y mal perdedor.
Disgustado por la derrota de Slytherin, había tratado de hacer que todos se rieran diciendo que un sapo con una gran boca podía reemplazar a Harry como buscador.
- Probablemente un sapo sería mejor que él en cualquier posición – susurró Ron.
Pero entonces se dio cuenta de que nadie lo encontraba gra cioso, porque estaban muy impresionados por la forma en que Harry se había mantenido en su escoba.
- Porque fue impresionante.
- Eso sí que debería salir en los libros de Historia.
- O por lo menos en Historia de Hogwarts.
Así que Malfoy; celoso y enfadado, había vuelto a fastidiar a Harry por no te ner una familia apropiada.
Era verdad que Harry no iría a Privet Drive para las fiestas.
- Y todos estamos agradecidos por eso.
La profesora McGonagall había pasado la semana antes, haciendo una lista de los alumnos que iban a que darse allí para Navidad, y Harry puso su nombre de inmediato. Y no se sentía triste, ya que probablemente ésa sería la mejor Navidad de su vida.
- Ni lo dudes – afirmó Sirius – y lo digo por experiencia propia.
Ron y sus hermanos también se queda ban,
- Entonces sí que será una navidad para recordar – James les sonrió a los Weasley.
Porque el señor y la señora Weasley se marchaban a Ru mania, a visitar a Charles.
- ¡Yo también quiero ir! – exclamó Hagrid
- Puedes venir cuando quieras Hagrid – le sonrió Charlie – te enseñaré como cuidar a las crías de dragón correctamente – su hermano le dio una patada, eso todavía no había pasado. – Pero no te puedes llevar ninguna – añadió Charlie al ver la cara de Hagrid.
Cuando abandonaron los calabozos, al finalizar la clase de Pociones, encontraron un gran abeto que ocupaba el ex tremo del pasillo. Dos enormes pies aparecían por debajo del árbol
- ¡Es el increíble hombre-árbol de navidad! – gritó Sirius.
y un gran resoplido les indicó que Hagrid estaba detrás de él.
—Hola, Hagrid. ¿Necesitas ayuda? —preguntó Ron, me tiendo la cabeza entre las ramas.
—No, va todo bien. Gracias, Ron.
— ¿Te importaría quitarte de en medio? —La voz fría y gangosa de Malfoy llegó desde atrás—. ¿Estás tratando de ganar algún dinero extra, Weasley? Supongo que quieres ser guardabosques cuando salgas de Hogwarts... Esa choza de Hagrid debe de parecerte un palacio, comparada con la casa de tu familia.
- Este niño va a acabar muy mal si sigue por este camino – murmuró enfadado Arthur, cosa extraña en él. – Se parece demasiado a su padre para mi gusto.
Ron se lanzó contra Malfoy justo cuando aparecía Snape en lo alto de las escaleras.
- Que oportuno Quejicus – Snape no dio muestras ni de estar escuchando la lectura.
—¡WEASLEY!
Ron soltó el cuello de la túnica de Malfoy.
—Lo han provocado, profesor Snape —dijo Hagrid, sa cando su gran cabeza peluda por encima del árbol—. Malfoy estaba insultando a su familia.
—Lo que sea, pero pelear está contra las reglas de Hog warts, Hagrid —dijo Snape con voz amable
- ¿Voz amable? – preguntó incrédulo Remus – no creía que eso fuera posible.
—. Cinco puntos menos para Gryffindor; Weasley, y agradece que no sean más. Y ahora marchaos todos.
Malfoy, Crabbe y Goyle pasaron bruscamente, sonriendo con presunción.
—Voy a atraparlo —dijo Ron, sacando los dientes ante la espalda de Malfoy—. Uno de estos días lo atraparé...
—Los detesto a los dos —añadió Harry—. A Malfoy y a Snape.
- Diría que estoy en contra del odio irracional, y del odio en general – comentó Lily – pero están dando motivos de sobra para odiarles.
—Vamos, arriba el ánimo, ya es casi Navidad —dijo Ha grid—. Os voy a decir qué haremos: venid conmigo al Gran Comedor; está precioso.
Así que los tres siguieron a Hagrid y su abeto hasta el Gran Comedor, donde la profesora McGonagall y el profesor Flitwick estaban ocupados en la decoración.
- somos un buen equipo – afirmó McGonnagal
- Siempre crean la mejor decoración de navidad que Hogwarts haya podido ver. – Añadió Dumbledore.
El salón estaba espectacular. Guirnaldas de muérdago y acebo colgaban de las paredes, y no menos de doce árboles de Navidad estaban distribuidos por el lugar,
- ¿solo doce? – preguntó James – Minnie estás perdiendo facultades.
algunos brillando con pequeños carámbanos, otros con cientos de velas.
—¿Cuántos días os quedan para las vacaciones? —pre guntó Hagrid.
—Sólo uno —respondió Hermione—. Y eso me recuer da... Harry, Ron, nos queda media hora para el almuerzo, de beríamos ir a la biblioteca.
- ¿A la biblioteca? – preguntó media sala entre escandalizados e incrédulos. – ¿Un día antes de las vacaciones?¿Por qué os torturáis?
—Sí, claro, tienes razón —dijo Ron, obligándose a apar tar la vista del profesor Flitwick, que sacaba burbujas dora das de su varita, para ponerlas en las ramas del árbol nuevo.
—¿La biblioteca? —preguntó Hagrid, acompañándolos hasta la puerta—. ¿Justo antes de las fiestas? Un poco triste, ¿no creéis?
- Es más que triste, es depresivo – dijeron a la vez Sirius y Godric.
—Oh, no es un trabajo —explicó alegremente Harry—. Desde que mencionaste a Nicolás Flamel, estamos tratando de averiguar quién es.
- ¿En serio? – preguntó Remus – bueno eso ya suena más interesante.
—¿Qué? —Hagrid parecía impresionado—. Escuchadme... Ya os lo dije... No os metáis. No tiene nada que ver con vosotros lo que custodia ese perro.
- Seguro que dejan de investigar solo porque no tenga nada que ver con ellos – dijo Tonks poniendo los ojos en blanco.
- Eso solo da más motivos para investigar – añadió Teddy
- Si, como creéis que conseguimos estos libros – dijo Alex – pues investigando cosas que no "debíamos", según los adultos responsables.
—Nosotros queremos saber quién es Nicolás Flamel, eso es todo —dijo Hermione.
—Salvo que quieras ahorrarnos el trabajo —añadió Harry—. Ya hemos buscado en miles de libros y no hemos po dido encontrar nada... Si nos das una pista... Yo sé que leí su nombre en algún lado.
—No voy a deciros nada —dijo Hagrid con firmeza.
- Un poco tarde para eso – dijo Bill sonriendo – ya casi les has contado todo.
—Entonces tendremos que descubrirlo nosotros —dijo Ron. Dejaron a Hagrid malhumorado y fueron rápidamente a la biblioteca.
- ¿Cuántas posibilidades hay de que le encuentren en la biblioteca? hay demasiados libros – dijo James, Lily a su lado puso los ojos en blanco.
Habían estado buscando el nombre de Flamel desde que a Hagrid se le escapó, porque ¿de qué otra manera podían averiguar lo que quería robar Snape? El problema era la difi cultad de buscar; sin saber qué podía haber hecho Flamel para figurar en un libro.
- Buff, suena a búsqueda larga y aburrida – gruñó Sirius.
No estaba en Grandes magos del si glo XX, ni en Notables nombres de la magia de nuestro tiem po; tampoco figuraba en Importantes descubrimientos en la magia moderna ni en Un estudio del reciente desarrollo de la hechicería. Y además, por supuesto, estaba el tamaño de la biblioteca, miles y miles de libros, miles de estantes, cientos de estrechas filas...
- Ves, Harry está de acuerdo conmigo, hay muchos libros.
Hermione sacó una lista de títulos y temas que había de cidido investigar; mientras Ron se paseaba entre una fila de libros y los sacaba al azar. Harry se acercó a la Sección Prohi bida.
- Buena elección – asintió Sirius – un merodeador solo va a la biblioteca para intentar colarse en la sección prohibida.
- Eso puede ser peligroso Sirius – le regañó Lily – hay libros horribles ahí dentro.
- He vivido gran parte de mi vida en la casa Black, créeme he visto libros horribles, de todas formas no nos colábamos para leer los libros, ¿Qué te crees? Era solo por molestar a la bibliotecaria y asustar a otros alumnos.
- Una vez encerramos allí a un Slytherin – James empezó a reírse.
Se había preguntado si Flamel no estaría allí. Pero por desgracia, hacía falta un permiso especial, firmado por un profesor, para mirar alguno de los libros de aquella sec ción, y sabía que no iba a conseguirlo.
- Ningun profesor en su sano juicio le firmaría un permiso para la sección prohibida a un alumno que no sea de sexto o séptimo. – Dijo McGonnagal, el trió de oro se miró sonriendo.
Allí estaban los libros con la poderosa Magia del Lado Oscuro, que nunca se ense ñaba en Hogwarts y que sólo leían los alumnos mayores, que estudiaban cursos avanzados de Defensa Contra las Artes Oscuras.
— ¿Qué estás buscando, muchacho?
—Nada —respondió Harry.
La señora Pince, la bibliotecaria, empuñó un plumero ante su cara.
—Entonces, mejor que te vayas. ¡Vamos, fuera!
- Tan amable como siempre
Harry salió de la biblioteca, deseando haber sido más rá pido en inventarse algo. Él, Ron y Hermione se habían pues to de acuerdo en que era mejor no consultar a la señora Pince sobre Flamel. Estaban seguros de que ella podría decírselo, pero no podían arriesgarse a que Snape se enterara de lo que estaban buscando.
- Nicolas Flamel es bastante famoso – dijo Lily – probablemente habría pensado que era para un trabajo, solo estabais en primero.
Harry los esperó en el pasillo, para ver si los otros habían encontrado algo, pero no tenía muchas esperanzas. Des pués de todo, buscaban sólo desde hacía quince días y en los pocos momentos libres, así que no era raro que no encontra ran nada.
- Llevabais quince días buscando, que aguante – dijo Remus – Sirius y James no habrían aguantado más de dos días.
Lo que realmente necesitaban era una buena in vestigación, sin la señora Pince pegada a sus nucas.
Cinco minutos más tarde, Ron y Hermione aparecieron negando con la cabeza. Se marcharon a almorzar.
—Vais a seguir buscando cuando yo no esté, ¿verdad? —dijo Hermione—. Si encontráis algo, enviadme una lechuza.
—Y tú podrás preguntarle a tus padres si saben quién es Flamel —dijo Ron—. Preguntarle a ellos no tendrá riesgos.
- No creo que te sirva de mucho preguntarnos – dijo Jack riendo – pero puedes intentarlo.
—Ningún riesgo, ya que ambos son dentistas —respon dió Hermione.
Cuando comenzaron las vacaciones, Ron y Harry tuvieron mucho tiempo para pensar en Flamel. Tenían el dormitorio para ellos y la sala común estaba mucho más vacía que de costumbre, así que podían elegir los mejores sillones frente al fuego.
- Es genial tener la sala común para nosotros solo – dijo Remus – todo es mucho más tranquilo.
Se quedaban comiendo todo lo que podían pinchar en un tenedor de tostar (pan, buñuelos, melcochas) y planea ban formas de hacer que expulsaran a Malfoy, muy diverti das, pero imposibles de llevar a cabo.
- Yo quiero oír esas ideas – dijo Godric – seguro que podemos llevar alguna a cabo.
Ron también comenzó a enseñar a Harry a jugar al aje drez mágico. Era igual que el de los muggles, salvo que las piezas estaban vivas, lo que lo hacía muy parecido a dirigir un ejército en una batalla. El juego de Ron era muy antiguo y estaba gastado. Como todo lo que tenía, había pertenecido a alguien de su familia, en este caso a su abuelo.
- Un ajedrez viejo siempre es mejor que uno nuevo – dijo McGonnagal – las piezas son más fáciles de manejar si las conoces bien.
Sin embargo, las piezas de ajedrez viejas no eran una desventaja. Ron las conocía tan bien que nunca tenía problemas en hacerles ha cer lo que quería.
Harry jugó con el ajedrez que Seamus Finnigan le había prestado, y las piezas no confiaron en él. Él todavía no era muy buen jugador, y las piezas le daban distintos consejos y lo confundían, diciendo, por ejemplo: «No me envíes a mí. ¿No ves el caballo? Muévelo a él, podemos permitirnos per derlo».
- Nunca escuches a las fichas, son unas egoístas que solo piensan en sí mismas y en no ser destruidas.
En la víspera de Navidad, Harry se fue a la cama, deseo so de que llegara el día siguiente, pensando en toda la diver sión y comida que lo aguardaban, pero sin esperar ningún re galo.
- ¿Por qué no esperabas ningún regalo? – Pero Harry no respondió.
Cuando al día siguiente se despertó temprano, lo primero que vio fue unos cuantos paquetes a los pies de su cama.
—¡Feliz Navidad! —lo saludó medio dormido Ron, mien tras Harry saltaba de la cama y se ponía la bata.
- ¡Feliz Navidad! – gritaron los merodeadores.
—Para ti también —contestó Harry—. ¡Mira esto! ¡Me han enviado regalos!
- ¿Nunca habías tenido regalos de navidad? – preguntó su padre incrédulo.
- No hasta llegar a Hogwarts – respondió Harry. Eso hizo que la mayoría volviera a enfadarse con los Dursley.
- ¿Estáis pensando en los muggles con los que vivía no? ¿Así que todo eso que nos contasteis del principio del libro… realmente son así de horribles? – preguntó Helga sorprendiendo a los otros fundadores al ver lo enfadada que estaba.
- Está claro que no se puede confiar en los muggles – murmuró Salazar.
- ¡Esos muggles van a conseguir despertar al dragón! – exclamó Godric.
- Godric creo que deberías dejar esas charlas entre mundos con Aegon Targaryen te están afectando mucho.
- Pero Aegon me cae bien – dijo Godric – y tiene tres dragones
Antes de que Charlie y Hagrid volvieran a empezar una conversación sobre dragones con Godric los demás instaron a Luna a seguir leyendo.
— ¿Qué esperabas, nabos? —dijo Ron, volviéndose hacia sus propios paquetes, que eran más numerosos que los de Harry
Harry cogió el paquete que estaba más arriba. Estaba envuelto en papel de embalar y tenía escrito: «Para Harry de Hagrid». Contenía una flauta de madera, toscamente trabajada. Era evidente que Hagrid la había hecho. Harry sopló y la flauta emitió un sonido parecido al canto de la le chuza.
- Muchas gracias Hagrid – dijeron a la vez los tres Potter.
El segundo, muy pequeño, contenía una nota.
«Recibimos tu mensaje y te mandamos tu regalo de Na vidad. De tío Vernon y tía Petunia.»
- ¡No puede ser! ¿Te mandaron algo? – preguntó Alice.
- No cantes victoria tan rápido.
Pegada a la nota estaba una moneda de cincuenta peniques.
- Cincuenta peniques, que derroche de dinero – bufó Lily
—Qué detalle —comentó Harry.
Ron estaba fascinado con los cincuenta peniques.
—¡Qué raro! —dijo— ¡Qué forma! ¿Esto es dinero?
- De tal palo tal astilla – dijó Guideon mirando de Arthur a Ron.
—Puedes quedarte con ella —dijo Harry, riendo ante el placer de Ron—. Hagrid, mis tíos... ¿Quién me ha enviado éste?
—Creo que sé de quién es ése —dijo Ron, algo rojo y se ñalando un paquete deforme—. Mi madre. Le dije que creías que nadie te regalaría nada y.. oh, no —gruñó—, te ha hecho un jersey Weasley.
- Muchísimas gracias – volvieron a agradecer los tres Potter.
- Un placer – contestó Molly.
Harry abrió el paquete y encontró un jersey tejido a mano, grueso y color verde esmeralda, y una gran caja de pastel de chocolate casero.
—Cada año nos teje un jersey —dijo Ron, desenvolvien do su paquete— y el mío siempre es rojo oscuro.
—Es muy amable de parte de tu madre —dijo Harry probando el pastel, que era delicioso.
- Me alegro de que te guste el pastel – le sonrió Molly.
El siguiente regalo también tenía golosinas, una gran caja de ranas de chocolate, de parte de Hermione.
- Por ahora los regalos son geniales – dijeron a la vez Remus, Alex y Teddy – todo ese chocolate – casi se les caía la baba.
Le quedaba el último. Harry lo cogió y notó que era muy ligero. Lo desenvolvió.
Algo fluido y de color gris plateado se deslizó hacia el suelo y se quedó brillando.
Unas sonrisas enormes se habían formado en la cara de los merodeadores, sobre todo en la de James.
Ron bufó.
—Había oído hablar de esto —dijo con voz ronca, dejan do caer la caja de grageas de todos los sabores, regalo de Her mione—. Si es lo que pienso, es algo verdaderamente raro y valioso.
- Muy valioso – afirmó James, que no podía dejar de sonreir.
— ¿Qué es?
- Eso joven Harry es una de las claves de nuestro éxito – dijo Sirius.
Al oír esto McGonnagal sonrió imperceptiblemente, quizá por fin podría saber cómo algunos de sus alumnos favoritos conseguían librarse tantas veces de que los pillaran.
Harry cogió el género brillante y plateado. El tocarlo pro ducía una sensación extraña, como si fuera agua convertida en tejido.
—Es una capa invisible —dijo Ron, con una expresión de temor reverencial—. Estoy seguro... Pruébatela.
Harry se puso la capa sobre los hombros y Ron lanzó un grito.
— ¡Lo es! ¡Mira abajo!
- ¿Una capa invisible? ¿De dónde la habéis sacado?
- Es mía – contestó James – es una reliquia familiar, va pasando de padres a hijos.
Harry se miró los pies, pero ya no estaban. Se dirigió al espejo. Efectivamente: su reflejo lo miraba, pero sólo su cabe za suspendida en el aire, porque su cuerpo era totalmente in visible. Se puso la capa sobre la cabeza y su imagen desapa reció por completo.
—¡Hay una nota! —dijo de pronto Ron—. ¡Ha caído una nota!
Harry se quitó la capa y cogió la nota. La caligrafía, fina y llena de curvas, era desconocida para él. Decía:
Tu padre dejó esto en mi poder antes de morir. Ya es tiempo de que te sea devuelto. Utilízalo bien.
Una muy Feliz Navidad para ti.
A Dumbledore le brillaban los ojos al leer eso, al parecer acabaría teniendo una reliquia.
- ¿Quién crees que se la ha podido enviar? – preguntó James
- Probablemente nos la dejarías a uno de nosotros – dijo Sirius mientras se señalaba a sí mismo, a Remus y a Angy.
- Tu seguro que no Sirius – dijo Lily – desde cuando tu caligrafía es fina.
No tenía firma. Harry contempló la nota. Ron admiraba la capa.
—Yo daría cualquier cosa por tener una —dijo— Lo que sea. ¿Qué te sucede?
—Nada —dijo Harry Se sentía muy extraño. ¿Quién le había enviado la capa? ¿Realmente había pertenecido a su padre?
- ¡Claro que sí! – exclamó James – algo tan alucinante solo me podía pertenecer a mi.
Antes de que pudiera decir o pensar algo, la puerta del dormitorio se abrió de golpe y Fred y George Weasley entra ron. Harry escondió rápidamente la capa. No se sentía con ganas de compartirla con nadie más.
- Joo Harry, hay que compartir – se quejó George.
- Imagínate todas las cosas que podríamos hacer con ella – añadió Fred
- Señor Potter, ni se le ocurra dejar esa capa cerca de esos dos – le amenazó McGonnagal.
—¡Feliz Navidad!
—¡Eh, mira! ¡A Harry también le han regalado un jersey Weasley!
Fred y George llevaban jerséis azules, uno con una gran letra F y el otro con la G.
—El de Harry es mejor que el nuestro —dijo Fred co giendo el jersey de Harry—. Es evidente que se esmera más cuando no es para la familia.
- No es verdad – se quejó Molly pero nadie le hizo caso.
—¿Por qué no te has puesto el tuyo, Ron? —Quiso saber George—. Vamos, pruébatelo, son bonitos y abrigan.
—Detesto el rojo oscuro —se quejó Ron, mientras se lo pasaba por la cabeza.
- El rojo oscuro es mi color mama – dijo Charlie.
- Pero no pasa nada – se apresuro a decir Ron – los jerséis me gustan igual. – Su futura madre le sonrió.
—No tenéis la inicial en los vuestros —observó George—. Supongo que ella piensa que no os vais a olvidar de vuestros nombres. Pero nosotros no somos estúpidos... Sabemos muy bien que nos llamamos Gred y Feorge.
Fabian y Guideon chocaron los cinco con sus sobrinos, proclamados sus herederos.
— ¿Qué es todo ese ruido?
Percy Weasley asomó la cabeza a través de la puerta, con aire de desaprobación. Era evidente que había ido desenvol viendo sus regalos por el camino, porque también tenía un jersey bajo el brazo, que Fred vio.
—¡P de prefecto!
- Como si necesitara que le recuerden que es prefecto.
Pruébatelo, Percy, vamos, todos nos lo hemos puesto, hasta Harry tiene uno.
- Si Percy ¿tú que escusa tienes para no ponértelo?
—Yo... no... quiero —dijo Percy, con firmeza, mientras los gemelos le metían el jersey por la cabeza, tirándole las gafas al suelo.
- A por él chicos – gritaron los gemelos animándose a ellos mismos
—Y hoy no te sentarás con los prefectos —dijo George—. La Navidad es para pasarla en familia.
Cogieron a Percy y se lo llevaron de la habitación, con los brazos sujetos por el jersey.
- Por eso yo os concedo la medalla de secuestrador de los boys scout – proclamó Sirius.
Harry no había celebrado en su vida una comida de Navidad como aquélla.
- Siempre es espectacular – declaró Sirius con una mirada soñadora.
Un centenar de pavos asados, montañas de patatas cocidas y asadas, soperas llenas de guisantes con mantequilla, recipientes de plata con una grasa riquísima y salsa de moras, y muchos huevos sorpresa esparcidos por to das las mesas.
A estas alturas la mitad de la mesa ya estaba babeando.
Estos fantásticos huevos no tenían nada que ver con los flojos artículos de los muggles, que Dudley habi tualmente compraba, ni con juguetitos de plástico ni gorri tos de papel. Harry tiró uno al suelo y no sólo hizo ¡pum!, sino que estalló como un cañonazo y los envolvió en una nube azul, mientras del interior salían una gorra de con traalmirante y varios ratones blancos, vivos. En la Mesa Alta, Dumbledore había reemplazado su sombrero cónico de mago por un bonete floreado, y se reía de un chiste del profe sor Flitwick.
- El profesor Flitwick siempre cuenta los mejores chistes – se rió Angy – ¿te acuerdas de ese que nos contó durante aquel examen? – le preguntó a Lily, que asintió y apuntó a Sirius.
- Angy se empezó a reír y le dio a Sirius con un hechizo de fuego en toda la cara – Sirius las miraba enfurruñado mientras James y Remus reían recordando – estuvo un par de días sin cejas hasta que la enfermera volvió de un viaje a San Mungo para hacer un cursillo, y la profesora McGonnagal se negó a ayudarle a hacerlas crecer de nuevo.
A los pavos les siguieron los pudines de Navidad, fla meantes. Percy casi se rompió un diente al morder un sickle de plata que estaba en el trozo que le tocó. Harry observaba a Hagrid, que cada vez se ponía más rojo y bebía más vino, hasta que finalmente besó a la profesora McGonagall en la mejilla y, para sorpresa de Harry, ella se ruborizó y rió, con el sombrero medio torcido.
- Los profesores borrachos un milagro que solo se da en navidad – dijo Sirius suspirando nostálgico.
Cuando Harry finalmente se levantó de la mesa, estaba cargado de cosas de las sorpresas navideñas, y que incluían globos luminosos que no estallaban, un juego de Haga Crecer Sus Propias Verrugas y piezas nuevas de ajedrez. Los rato nes blancos habían desaparecido, y Harry tuvo el horrible presentimiento de que iban a terminar siendo la cena de Na vidad de la Señora Norris.
- Pobres ratones no merecían semejante castigo – gritó horrorizado Sirius.
- ¿Desde cuándo eres un protector de los animales? – le pregunto Lily
- Soy un anim… auch – Remus le había dado un pisotón por debajo de la mesa.
- Eres todo un animal, eso ya lo sabíamos – contestó el hombre lobo sonriendo.
- De todas formas me refería al hecho de que ese gato es una tortura para cualquiera.
Harry y los Weasley pasaron una velada muy diverti da, con una batalla de bolas de nieve en el parque.
- Let it go… Let it go..! – empezó a cantar Orión de repente.
- The cold never bother me anyway – siguió Alex, todos les miraban un poco sorprendidos mas por no reconocer la canción que porque se pusieran a cantar, no por nada eran los hijos de dos merodeadores, de hecho sus padres y James junto con algún otro como los gemelos, Charlie y Tonks cantaban con ellos a pesar de no tener ni idea de que canción era, así que Teddy hizo aparecer una pantalla donde salía una chica rubia cantando y la letra de la canción debajo y tanto él como Victoire se unieron al coro de voces.
- Esa una peli que ha tenido mucho éxito en nuestra época – explicó Victoire cuando terminaron de cantar. Los muggles y nacidos de muggles sonrieron habiendo reconocido los dibujos y la canción como lo que probablemente sería el Disney del futuro, los magos sangre pura los miraban desconcertados (sobre todo los fundadores a los que todo eso les pillaba todavía más alejados)
- ¿Qué es una peli? – preguntaron a la vez Godric y Rowena con mucha curiosidad.
- En la próxima pausa os ponemos una, siempre he adorado Disney – dijo Alex.
Más tarde, helados, húmedos y jadeantes, regresaron a la sala común de Gryffindor para sentarse al lado del fuego. Allí Harry es trenó su nuevo ajedrez y perdió espectacularmente con Ron.
- Como siempre – dijo Ron arrogantemente.
- Te apuesto un galeón a que para el final de los libros Harry habrá conseguido ganarle – le dijo James a Sirius que aceptó la apuesta mirando a Ron confiado.
Pero sospechaba que no habría perdido de aquella manera si Percy no hubiera tratado de ayudarlo tanto.
Después de un té con bocadillos de pavo, buñuelos, bizcocho borracho y pastel de Navidad, todos se sintieron tan hartos y soñolientos que no podían hacer otra cosa que irse a la cama; no obstante, permanecieron sentados y ob servaron a Percy, que perseguía a Fred y George por toda la torre Gryffindor porque le habían robado su insignia de prefecto.
- Pobre Percy – dijo James – se la devolvisteis modificada ¿verdad? – los gemelos asintieron – bien hecho – les felicitó James.
Fue el mejor día de Navidad de Harry. Sin embargo, algo daba vueltas en un rincón de su mente. En cuanto se metió en la cama, pudo pensar libremente en ello: la capa invisible y quién se la había enviado.
Ron, ahíto de pavo y pastel y sin ningún misterio que lo preocupara, se quedó dormido en cuanto corrió las cortinas de su cama. Harry se inclinó a un lado de la cama y sacó la capa.
De su padre... Aquello había sido de su padre. Dejó que el género corriera por sus manos, más suave que la seda, ligero como el aire. «Utilízalo bien», decía la nota.
Tenía que probarla. Se deslizó fuera de la cama y se en volvió en la capa. Miró hacia abajo y vio sólo la luz de la luna y las sombras. Era una sensación muy curiosa.
- Ya estabas tardando – le dijo su padre.
«Utilízalo bien.»
De pronto, Harry se sintió muy despierto. Con aquella capa, todo Hogwarts estaba abierto para él.
- Eso es sigue pensando así – Lily le dio una colleja a su novio
Mientras estaba allí, en la oscuridad y el silencio, la excitación se apoderó de él. Podía ir a cualquier lado con ella, a cualquier lado, y Filch nunca lo sabría.
- ¡Exacto!
Ron gruñó entre sueños. ¿Debía despertarlo? Algo lo de tuvo. La capa de su padre... Sintió que aquella vez (la prime ra vez) quería utilizarla solo.
Salió cautelosamente del dormitorio, bajó la escalera, cruzó la sala común y pasó por el agujero del retrato.
—¿Quién está ahí? —chilló la Dama Gorda. Harry no dijo nada. Anduvo rápidamente por el pasillo.
- Ya debería estar acostumbrada con todas las veces que nosotros salimos así de la sala común.
¿Adónde iría? De pronto se detuvo, con el corazón palpi tante, y pensó. Y entonces lo supo. La Sección Prohibida de la biblioteca. Iba a poder leer todo lo que quisiera,
- ¡NOOO! – gritaron horrorizados James y Sirius – Cornamenta lo hemos perdido.
- Esto es culpa tuya Lily, tus genes son una mala influencia.
para descu brir quién era Flamel. Se ajustó la capa y se dirigió hacia allí.
La biblioteca estaba oscura y fantasmal. Harry encendió una lámpara para ver la fila de libros. La lámpara parecía flotar sola en el aire y hasta el mismo Harry, que sentía su brazo llevándola, tenía miedo.
La Sección Prohibida estaba justo en el fondo de la bi blioteca. Pasando con cuidado sobre la soga que separaba aquellos libros de los demás, Harry levantó la lámpara para leer los títulos.
- Bueno por lo menos fuiste a un sitio prohibido – suspiró James – pero la biblioteca… Había tantas posibilidades… Podías haber ido a las cocinas o haber asustado a Filch o a algún fantasma…
No le decían mucho. Las letras doradas formaban pala bras en lenguajes que Harry no conocía. Algunos no tenían títulos. Un libro tenía una mancha negra que parecía sangre. A Harry se le erizaron los pelos de la nuca. Tal vez se lo esta ba imaginando, tal vez no, pero le pareció que un murmullo salía de los libros, como si supieran que había alguien que no debía estar allí.
- Quien sabe la sección prohibida es espeluznante – dijo Frank.
Tenía que empezar por algún lado. Dejó la lámpara con cuidado en el suelo y miró en una estantería buscando un li bro de aspecto interesante. Le llamó la atención un volumen grande, negro y plateado. Lo sacó con dificultad, porque era muy pesado y, balanceándolo sobre sus rodillas, lo abrió.
Un grito desgarrador; espantoso, cortó el silencio... ¡El li bro gritaba!
- Sal de ahí – le aconsejó su padre – he oído que la señora Pince duerme en la biblioteca y te torturara si te encuentra allí.
Harry lo cerró de golpe, pero el aullido continua ba, en una nota aguda, ininterrumpida. Retrocedió y chocó con la lámpara, que se apagó de inmediato. Aterrado, oyó pa sos que se acercaban por el pasillo, metió el volumen en el es tante y salió corriendo. Pasó al lado de Filch casi en la puer ta, y los ojos del celador; muy abiertos, miraron a través de Harry.
- ¡Bendita capa! – exclamaron los gemelos.
El chico se agachó, pasó por debajo del brazo de Filch y siguió por el pasillo, con los aullidos del libro resonando en sus oídos.
Se detuvo de pronto frente a unas armaduras. Había es tado tan ocupado en escapar de la biblioteca que no había prestado atención al camino. Tal vez era porque estaba oscu ro, pero no reconoció el lugar donde estaba. Había armadu ras cerca de la cocina, eso lo sabía, pero debía de estar cinco pisos más arriba.
—Usted me pidió que le avisara directamente, profesor, si alguien andaba dando vueltas durante la noche, y alguien estuvo en la biblioteca, en la Sección Prohibida.
Harry sintió que se le iba la sangre de la cara. Filch de bía de conocer un atajo para llegar a donde él estaba, porque el murmullo de su voz se acercaba cada vez más y, para su ho rror, el que le contestaba era Snape.
- Siempre metiendo tu ganchuda nariz en todo ¿eh Quejicus?
—¿La Sección Prohibida? Bueno, no pueden estar lejos, ya los atraparemos.
- Mas quisieras, Harry tiene mi maravillosa capa.
Harry se quedó petrificado, mientras Filch y Snape se acercaban. No podían verlo, por supuesto, pero el pasillo era estrecho y, si se acercaban mucho, iban a chocar contra él. La capa no ocultaba su materialidad.
- Bueno eso si que puede ser un problema – aceptó el merodeador.
Retrocedió lo más silenciosamente que pudo. A la iz quierda había una puerta entreabierta. Era su única espe ranza. Se deslizó, conteniendo la respiración y tratando de no hacer ruido. Para su alivio, entró en la habitación sin que lo notaran. Pasaron por delante de él y Harry se apoyó con tra la pared, respirando profundamente, mientras escucha ba los pasos que se alejaban. Habían estado cerca, muy cerca. Transcurrieron unos pocos segundos antes de que se fijara en la habitación que lo había ocultado.
- Con tu suerte habrá algo espeluznante ahí dentro – suspiró Lily.
Parecía un aula en desuso. Las sombras de sillas y pupi tres amontonados contra las paredes, una papelera inverti da y apoyada contra la pared de enfrente... Había algo que parecía no pertenecer allí, como si lo hubieran dejado para quitarlo de en medio.
Era un espejo magnífico, alto hasta el techo, con un mar co dorado muy trabajado, apoyado en unos soportes que eran como garras. Tenía una inscripción grabada en la parte supe rior: Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse.
- ¿Qué idioma será? – se preguntó James en voz alta, varios en la sala estaban pensativos salvo los que habían reconocido el espejo al instante (Dumbledore, McGonnagal, los fundadores, aunque Godric tardo un poquito más en acordarse.)
Ya no oía ni a Filch ni a Snape, y Harry no tenía tanto miedo. Se acercó al espejo, deseando mirar para no encontrar su imagen reflejada. Se detuvo frente a él.
Tuvo que llevarse las manos a la boca para no gritar.
- Ya sabemos que eres feo Harry pero no es para tanto – dijo Fred, su hermana le golpeó en la cabeza.
Giró en redondo. El corazón le latía más furiosamente que cuando el libro había gritado... Porque no sólo se había visto en el espejo, sino que había mucha gente detrás de él.
- Vale eso es raro.
- ¿Qué seta alucinógena te habías tomado Harry? ¡Confiesa!
Pero la habitación estaba vacía. Respirando agitadamente, volvió a mirar el espejo.
Allí estaba él, reflejado, blanco y con mirada de miedo y allí, reflejados detrás de él, había al menos otros diez. Harry miró por encima del hombro, pero no había nadie allí. ¿O también eran todos invisibles?
- Poco probable – comento Moody, que también había reconocido el espejo y sabia lo que hacía.
¿Estaba en una habitación llena de gente invisible y la trampa del espejo era que los re flejaba, invisibles o no?
- No creo – murmuró Remus, mirando triste a Harry, a su lado Lily también tenía una mirada triste, ambos tenían una ligera idea de lo que estaba pasando.
Miró otra vez al espejo. Una mujer, justo detrás de su re flejo, le sonreía y agitaba la mano. Harry levantó una mano y sintió el aire que pasaba.
- Porque no están realmente allí – murmuró Harry.
Si ella estaba realmente allí, de bía de poder tocarla, sus reflejos estaban tan cerca... Pero sólo sintió aire: ella y los otros existían sólo en el espejo.
Era una mujer muy guapa. Tenía el cabello rojo oscuro y sus ojos...
Esa frase terminó de confirmar las sospechas de Remus y Lily, e hizo sospechar a sus amigos de lo que estaba pasando aunque no estuvieran seguros todavía de lo que hacia el espejo.
Entonces Lily se acordó de la frase que estaba escrita en el espejo.
- Luna, ¿podrías volver a leer la frase que tenia escrita el espejo?
- Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse. – Leyó Luna.
- Esto no es tu cara sino de tu corazón el deseo – dijeron a la vez Lily y Remus.
- ¿Cómo lo sabéis? – preguntaron James y Sirius que se habían quedado pálidos.
- Este escrito al revés – explicó Godric, serio de verdad por una vez, que al igual que los otros fundadores conocía el espejo, los cuatro habían comprendido lo que pasaba y tenían miradas tristes y comprensivas.
«Sus ojos son como los míos», pensó Harry, acer cándose un poco más al espejo. Verde brillante, exactamente la misma forma, pero entonces notó que ella estaba llorando, sonriendo y llorando al mismo tiempo. El hombre alto, delga do y de pelo negro que estaba al lado de ella le pasó el brazo por los hombros. Llevaba gafas y el pelo muy desordenado. Y se le ponía tieso en la nuca, igual que a Harry.
- Somos nosotros – susurró James, aunque no hacía falta la aclaración pues ya todos habían comprendido lo que pasaba, James parecía estar en shock.
Harry estaba tan cerca del espejo que su nariz casi toca ba su reflejo.
— ¿Mamá? —susurró—. ¿Papá?
Después de eso tanto los Potter como sus amigos más cercanos (es decir, casi toda la sala) empezaron a soltar lágrimas. Al fondo de la sala Salazar pudo observar como incluso su único alumno presente en la sala se estremecía al imaginar lo que vería si se mirara en el espejo.
- ¿Era la primera vez que nos veías? – preguntó James al darse cuenta que nunca habían mencionado ninguna foto suya. Harry asintió despacio y sintió como su padre le abrazaba y rápidamente su madre se les unía y después de un rato también Remus y Sirius y Angy y Lia y Alice y Frank y todos los Weasley y Alex, Orión, Teddy y Victoire, Hermione, Neville, Luna, etc… Se lanzaron sobre ellos y consiguieron que todos acabaran riéndose.
Entonces lo miraron, sonriendo. Y lentamente, Harry fue observando los rostros de las otras personas, y vio otro par de ojos verdes como los suyos,
El padre de Lily se señaló a si mismo sonriendo.
otras narices como la suya, incluso un hombre pequeño que parecía tener las mismas ro dillas nudosas de Harry. Estaba mirando a su familia por primera vez en su vida.
Todos los Potter y los Evans le sonrieron.
Los Potter sonrieron y agitaron las manos, y Harry per maneció mirándolos anhelante, con las manos apretadas contra el espejo, como si esperara poder pasar al otro lado y alcanzarlos.
- Ni se te ocurra – le amenazaron sus padres y abuelos.
En su interior sentía un poderoso dolor, mitad alegría y mitad tristeza terrible.
- Es el efecto que suele tener el espejo – explicó Dumbledore tan triste como los demás.
No supo cuánto tiempo estuvo allí. Los reflejos no se des vanecían y Harry miraba y miraba, hasta que un ruido leja no lo hizo volver a la realidad. No podía quedarse allí, tenía que encontrar el camino hacia el dormitorio. Apartó los ojos de los de su madre y susurró: «Volveré».
- No es que me moleste que quieras volver a vernos – dijo James – quiero decir que yo soy digno de admirar por siempre, pero casi mejor no vuelvas.
Salió apresurada mente de la habitación.
—Podías haberme despertado —dijo malhumorado Ron.
—Puedes venir esta noche. Yo voy a volver; quiero ense ñarte el espejo.
—Me gustaría ver a tu madre y a tu padre —dijo Ron con interés.
- No funciona así.
—Y yo quiero ver a toda tu familia, todos los Weasley. Po drás enseñarme a tus otros hermanos y a todos.
- Aunque es una teoría interesante – termino de decir Dumbledore sonriendo – estoy seguro de que podríamos encontrar algún artefacto que haga eso.
—Puedes verlos cuando quieras —dijo Ron—. Ven a mi casa este verano. De todos modos, a lo mejor sólo muestra gente muerta. Pero qué lástima que no encontraste a Flamel. ¿No quieres tocino o alguna otra cosa? ¿Por qué no comes nada?
- Siempre pensando en comida.
Harry no podía comer. Había visto a sus padres y los ve ría otra vez aquella noche. Casi se había olvidado de Flamel.
- Ese espejo hará que te olvides de todo y te vuelvas loco mirándolo – dijo Remus preocupado.
Ya no le parecía tan importante. ¿A quién le importaba lo que custodiaba el perro de tres cabezas? ¿Y qué más daba si Sna pe lo robaba?
- Bueno tu no deberías meterte en eso y dejar que los profesores solucionaran esos problemas – le regañó Lily – pero no me parece bien que lo hagas por el estúpido espejo.
—¿Estás bien? —preguntó Ron—. Te veo raro.
Lo que Harry más temía era no poder encontrar la habita ción del espejo. Aquella noche, con Ron también cubierto por la capa, tuvieron que andar con más lentitud. Trataron de repetir el camino de Harry desde la biblioteca, vagando por oscuros pasillos durante casi una hora.
—Estoy congelado —se quejó Ron—. Olvidemos esto y volvamos.
- Una buena idea sin duda, haz caso a tu mejor amigo Harry.
—¡No! —susurró Harry—. Sé que está por aquí.
Pasaron al lado del fantasma de una bruja alta, que se deslizaba en dirección opuesta, pero no vieron a nadie más.
Justo cuando Ron se quejaba de que tenía los pies helados, Harry divisó la pareja de armaduras.
—Es allí... justo allí... ¡sí!
- ¡Allí esta! ¡Mi tesoooro!
Abrieron la puerta. Harry dejó caer la capa de sus hom bros y corrió al espejo.
Allí estaban. Su madre y su padre sonrieron felices al verlo.
— ¿Ves? —murmuró Harry.
—No puedo ver nada.
- Solo puedes verlo cuando tu estas delante y los demás no podrán ver lo que tu ves.
— ¡Mira! Míralos a todos... Son muchos...
—Sólo puedo verte a ti.
—Pero mira bien, vamos, ponte donde estoy yo.
- ¿Qué será lo que vea Ron? – se preguntaron los gemelos curiosos.
Harry dio un paso a un lado, pero con Ron frente al espe jo ya no podía ver a su familia, sólo a Ron con su pijama de colores.
Sin embargo, Ron parecía fascinado con su imagen.
- ¿Qué es?
—¡Mírame! —dijo.
—¿Puedes ver a toda tu familia contigo?
—No... estoy solo... pero soy diferente... mayor... ¡y soy delegado!
- No sabía que tuvieras complejo de gordo – le dijeron Harry y Hermione.
—¿Cómo?
—Tengo... tengo un distintivo como el de Bill y estoy le vantando la copa de la casa y la copa de quidditch... ¡Y tam bién soy capitán de quidditch!
Ron intentaba no mirar a nadie pero sus hermanos se le acercaron y le abrazaron.
Ron apartó los ojos de aquella espléndida visión y miró excitado a Harry.
—¿Crees que este espejo muestra el futuro?
—¿Cómo puede ser? Si toda mi familia está muerta... déjame mirar de nuevo...
—Lo has tenido toda la noche, déjame un ratito más.
- ¿Ahora os vais a pelear por el espejo?
—Pero si estás sosteniendo la copa de quidditch, ¿qué tiene eso de interesante? Quiero ver a mis padres.
- La copa de quidditch es muy importante – le regañó su padre.
—No me empujes.
Un súbito ruido en el pasillo puso fin a la discusión. No se habían dado cuenta de que hablaban en voz alta.
—¡Rápido!
- Salid de allí antes de que llegue ese estúpido gato.
Ron tiró la capa sobre ellos justo cuando los luminosos ojos de la Señora Norris aparecieron en la puerta. Ron y Harry permanecieron inmóviles, los dos pensando lo mismo: ¿la capa funcionaba con los gatos? Después de lo que pareció una eternidad, la gata dio la vuelta y se marchó.
- La capa es infalible – dijo James orgulloso.
—No estamos seguros... Puede haber ido a buscar a Filch, seguro que nos ha oído. Vamos.
Y Ron empujó a Harry para que salieran de la habita ción.
La nieve todavía no se había derretido a la mañana si guiente.
—¿Quieres jugar al ajedrez, Harry? —preguntó Ron.
—No.
—¿Por qué no vamos a visitar a Hagrid?
—No... Ve tú...
—Sé en qué estás pensando, Harry, en ese espejo. No vuelvas esta noche.
- Por favor no vuelvas.
— ¿Por qué no?
—No lo sé. Pero tengo un mal presentimiento y, de todos modos, ya has tenido muchos encuentros. Filch, Snape y la Señora Norris andan vigilando por ahí ¿Qué importa si no te ven? ¿Y si tropiezan contigo? ¿Y si chocas con algo?
- Pareces Remus – dijeron James y Sirius a la vez.
—Pareces Hermione.
- También – asintieron los dos amigos.
—Te lo digo en serio, Harry, no vayas
Pero Harry sólo tenía un pensamiento en su mente, vol ver a mirar en el espejo. Y Ron no lo detendría.
- Atalo a la cama Ronnie – le aconsejó Fred.
La tercera noche encontró el camino más rápidamente que las veces anteriores. Andaba más rápido de lo que habría sido prudente, porque sabía que estaba haciendo ruido, pero no se encontró con nadie.
Y allí estaban su madre y su padre, sonriéndole otra vez, y uno de sus abuelos lo saludaba muy contento.
- ¿Cuál? – preguntaron los dos abuelos a la vez.
Harry se encogió de hombros.
- Los dos me saludaron contentos las tres noches.
Harry se dejó caer al suelo para sentarse frente al espejo. Nadie iba a im pedir que pasara la noche con su familia. Nadie.
Excepto...
—Entonces de vuelta otra vez, ¿no, Harry?
- ¿Quién ha sido el aguafiestas? – preguntó Sirius, aunque en el fondo estaba contento de que alejaran a Harry del espejo.
Harry sintió como si se le helaran las entrañas. Miró para atrás. Sentado en un pupitre, contra la pared, estaba nada menos que Albus Dumbledore. Harry debió de haber pasado justo por su lado, y estaba tan desesperado por llegar hasta el espejo que no había notado su presencia.
- Alerta Permanente Potter – le regañó Moody.
—No... No lo había visto, señor.
—Es curioso lo miope que se puede volver uno al ser invi sible
- Eso es un golpe bajo, meterte con su vista sabiendo que usa gafas.
—dijo Dumbledore, y Harry se sintió aliviado al ver que le sonreía—. Entonces —continuó Dumbledore, bajando del pupitre para sentarse en el suelo con Harry—, tú, como cien tos antes que tú, has descubierto las delicias del espejo de Oesed.
—No sabía que se llamaba así, señor.
—Pero espero que te habrás dado cuenta de lo que hace, ¿no?
- No lo ha dicho, pero estoy segura que en su subconsciente sabe l que hace el espejo – dijo Lily mientras Harry le sonreía.
—Bueno... me mostró a mi familia y...
—Y a tu amigo Ron lo reflejó como capitán.
—¿Cómo lo sabe...?
—No necesito una capa para ser invisible —dijo amable mente Dumbledore—.
- Es un espía profesional – dijeron los gemelos.
- Nosotros le hemos enseñado todo lo que sabe – dijeron los merodeadores, Dumbledore los miraba divertido y Lily escéptica.
- Bueno no es exactamente verdad – admitió James – es una larga historia de la que no podemos hablar ¿Verdad Profesor?
- El señor Potter tiene razón, por favor continuemos con la lectura.
- Pero yo quiero saber lo que paso – refunfuñaron a la vez los gemelos y Godric.
Y ahora ¿puedes pensar qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a todos nosotros?
Harry negó con la cabeza.
—Déjame explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir, se mirará y se verá exactamente como es. ¿Eso te ayuda?
Harry pensó. Luego dijo lentamente:
—Nos muestra lo que queremos... lo que sea que que ramos...
- No exactamente, pero casi – contestó Dumbledore.
- Para tener once años es una buena deducción – admitió Moody.
—Sí y no —dijo con calma Dumbledore—. Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón. Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote.
Su familia volvió a abrazarle.
Ronald Weasley, que siempre ha sido so brepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos.
- Vamos a tener que hablar sobre ese complejo de inferioridad – le dijo Bill.
Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fasci nados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible.
Continuó:
—El espejo será llevado a una nueva casa mañana, Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo. Aho ra ¿por qué no te pones de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama?
- Muy buena idea – dijo James
- Gracias por sacarlo de allí profesor – añadió Lily.
Harry se puso de pie.
—Señor... profesor Dumbledore... ¿Puedo preguntarle algo?
—Es evidente que ya lo has hecho —sonrió Dumbledo re—. Sin embargo, puedes hacerme una pregunta más.
—¿Qué es lo que ve, cuando se mira en el espejo?
- Igual de cotilla que sus padres – dijo Sirius esquivando a James y Lily.
—¿Yo? Me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines de lana.
- Si quiere le podemos regalar unos calcetines profesor – le dijo sonriendo Teddy.
Harry lo miró asombrado.
—Uno nunca tiene suficientes calcetines —explicó Dum bledore—. Ha pasado otra Navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue insistiendo en regalarme libros.
- Seguro que la sala le dará calcetines si se los pide – añadió Orión sonriendo también. Dumbledore también le sonreía al chico pero su sonrisa no llegaba a sus ojos como acostumbraba.
En cuanto Harry estuvo de nuevo en su cama, se le ocu rrió pensar que tal vez Dumbledore no había sido sincero. Pero es que, pensó mientras sacaba a Scabbers de su almo hada, había sido una pregunta muy personal.
- La verdad es que si – dijo James – pero ahora tengo curiosidad por saber si era verdad o no.
- Se ha terminado el capitulo – anuncio Luna.
- Yo leeré el siguiente – dijo Bill cogiendo el libro.
