La lluvia ha pasado, y en el campo de batalla, los hombres aún luchan entre sí, los cadáveres no han sido recogidos por los cuervos, y sus puños resuenan, sus bocas rugen, sus cabezas ya no piensan. Haruto, que pudo hacer sentir a el invencible Eden el sabor de la muerte apenas por un segundo, se halla con Mykene de Leo, la batalla está muy lejos de terminar.
Capítulo veintisiete
El rugido de oro
– ¡N–no…! Los Santos de Oro aliados con Mars… Ya están aquí… No hay oportunidad contra alguien como Mykene… – reflexionaba Haruto por dentro al ver de frente a esos ojos azules, propios de un hombre que ha vivido lo que no todos pueden contar, con marcas de madurez a los costados de la ancha nariz, y también las leves ojeras.
De frente amplia, con una larga cicatriz en forma de cruz, parecía llevar un largo tiempo marcada en su piel. Su cabello, diferente a cómo una persona mayor se vería, una larga cabellera de un color verde oscuro pasaba por sobre su espalda, con mechas que caían de las patillas y llegaban hasta la altura del pecho. Las entradas le hacían ver los mayores rasgos de vejez, se veían muy claros, con un tono similar al amarillo.
Su Cloth de Oro era lo que más saltaba a la vista, por supuesto, era una asombrosa, majestuosa, incomparable Cloth bañada por los rayos del mismísimo sol. Respondiendo a la quinta constelación de la elíptica, Leo, la armadura poseía distintas referencias y formas que recordaban a la de un león. En su pecho era la más notable, ya que la forma del peto tenía una forma curva y con diversas puntas que asemejaban a la primer parte de una melena, seguidas por unas hombreras altas que se unían por detrás de la espalda, completando la melena total. En el centro de la pechera, llevaba incrustada una gema de color verde con forma romboidal. Bajo ella, se formaba una larga protección ajustada al cuerpo, hasta la cintura, que cambia en manera de falda abierta, la mayor parte de sus detalles y acabados eran curvos, recordando a la gracilidad del león para moverse, su gigante melena. Los guanteletes eran bastante grandes, ocupaban casi hasta el hombro, con marcas blancas entre los nudillos, recordando a las garras de un león.
– Amo Eden – dijo, con su solemne voz que hacía detener a las gotas de la intermitente lluvia. Acabo de pedirle que se retire, su Señor Padre lo requiere ver ahora mismo, además, sus heridas podrían comprometerlo si no son tratadas.
– ¡Maestro Mykene, estoy bien! – Replicó Eden con energía en la voz, sin embargo, su dolor lo tenía debilitado y, postrado, comenzó a toser gotas de sangre – ¡No puedo retirarme ahora, hay aún más enemigos en la Torre de Babel, debo encargarme de ellos!
– No niego su potencial, mi Amo Eden – le contestó con simplicidad el Santo de Oro –. Lo más respetuoso que debería hacer sería reconocer el mío, mi sola presencia aquí significa la muerte de todos y cada uno de los enemigos de Lord Mars.
– ¡Sí, pero…! – insistía Eden, con dolor solo de moverse un poco.
– ¡Por favor, Amo! – los dientes de Mykene rechinaron, convencer a su Amo sin parecer desafiante o irrespetuoso era una tarea más que titánica – ¡Siga las órdenes de su padre, yo me encargaré de…!
Mykene sintió un impacto contra el cuello mientras estaba mirando hacia atrás, a su discípulo Eden, se volteó con velocidad, y se encontró con un petrificado Haruto ante él, que había dado un golpe con el borde del brazo cercano a la garganta del Santo de Oro, normalmente, un golpe de esa naturaleza provocaría un desmayo en la persona, sin embargo, Mykene miraba a Haruto con superioridad, pero no soberbia, había en su mirada una aceptación en cierta forma.
El Santo de Leo hacía elevar su aura con serenidad, cubriendo todo su cuerpo, de pies a cabezas, el Lobo salió disparado hacia atrás por el calor y la potencia del Cosmos de Mykene, quedó a unos cuantos metros alejados, con las piernas abiertas para frenarse sobre sí. Antes que este pudiese tomar la mínima oportunidad para reaccionar, Mykene le apuntó con el puño, y de allí se desprendieron velocísimas descargas eléctricas manifestadas dentro del Cosmos. Haruto apenas vislumbró el deslumbrante brillo de la luz, apenas parpadeó un momento y ya se veía en el infierno mismo.
Pudo abrir los ojos una vez más, y al abrir vio al joven envestido en la Cloth verde claro, una larga cabellera oscura, que se había interpuesto entre el ángel de la muerte y él.
– ¡R–Ryuuhou! – llamó el Lobo, este se volteó, asintió con la cabeza, como si diese una señal, Haruto comprendió en un segundo.
Haruto se echó a correr esquivando el cuerpo de Ryuuhou, dio un pequeño vistazo por atrás, y notó que Ryuuhou había sacrificado un gran fragmento de su "invencible" escudo, seguramente el impacto le había reventado en pedazos la Cloth, no había duda que Mykene no era un Santo ordinario.
Ookami no tsume!
(¡Garras del lobo!)
De los nudillos de Haruto, crecieron cinco garras canalizadas a través de su Cosmos, se adentró hacia la defensa de Mykene, que lo esperaba con los brazos hacia adelante, el Santo de Oro lanzó el primer puñetazo con la izquierda, Haruto se agachó varios segundos antes, sabía que no vendría venir el puñetazo cuando lo lanzara, actuó adivinando la idea más lógica que podría tomar Mykene. Sin siquiera estar sorprendido por las acciones del Lobo, Mykene retrajo su brazo izquierdo, y su segundo ataque cayó como relámpago sobre el suelo, Haruto ya lo había esquivado antes que el León lo hubiese podido pensar. El Bronce tomó la oportunidad como si fuese la única y la última, lanzó dos zarpazos cruzados a la gema de la cintura de Mykene, no obstante, esto ni siquiera le cambió la expresión, como sí a Haruto le cubrió el rostro por completo un semblante de desesperación, antes que siquiera oyera silbar el aire, un golpazo le impactó directo en las costillas, quedó en el suelo, se detuvo clavando los pies y las manos en la tierra, no parecía haber ocurrido nada mayor, pero apenas quiso mover un poco la cintura, un impactante dolor le destrozó la consciencia, y terminó cayendo hacia atrás.
Kyuryu Ha!
(¡Torrente de agua!)
Mykene vio de refilón cuando Ryuuhou creaba una pequeña esfera entre sus manos, multiplicándola luego varias veces. Seguido, lo atrapó con el puño, y lanzó un gancho desde el suelo, levantándolo hasta el aire, la fuerte corriente de agua cruzó bajo tierra, y luego comenzó a subir y a arremolinarse en torno a Mykene.
Lighting Jaws!
(¡Fauces del Trueno!)
Mykene cargó energía de su Cosmos en las palmas, extendiéndolo desde las puntas de los dedos, de las yemas comenzaban a salir explosivas cargas eléctricas, usando solo ambas manos golpeó contra el torrente de agua que cercaba su cuerpo, comenzó a comprimirla un poco, y sin demasiada fuerza, el agua estalló en cientos de gotas. Antes que Mykene pudiese verlo, una llama descendía desde el aire directo al Santo de Oro, era Souma, que había despertado poco después que Ryuuhou, quien aún estaba entre–dormido y apenas estaba con los ojos abiertos.
– ¡NO! – interrumpió Eden, dio un salto, aunque le valiese todo el dolor del mundo, y atrapó a Souma con una sola mano, soltó las descargas eléctricas a través de sus yemas, Souma gimió del dolor, pero eso no le evitó lanzar un mordisco salvaje a los dedos de Eden. Él finalmente soltó, ambos cayeron, y saltaron atrás para evadirse.
– ¡Amo Eden! – le reprochó Mykene.
– ¡Maestro Mykene! – dijo mientras se reincorporaba – ¡Permítame luchar a su lado, yo responderé ante mi padre luego!
– ¡No, es una orden…!
– ¡Yo me haré cargo! – el grito de Eden le hizo perder la voz prácticamente, Mykene quedó pensativo unos momentos.
– Ah… – suspiró el Santo de Oro –. No podré jamás aplacar el espíritu guerrero con el que ha nacido… ¡Entonces, Amo Eden, le ruego que me preste su poder en esta lucha!
– ¡Ya sabes la respuesta, Maestro!
[…]
Athena… Athena...
Athena.
Era lo único que podía decir, en su cabeza retumbaba la palabra, y era lo único a lo que se aferraba pensar para no recordar el inimaginable dolor que le cruzaba todo el cuerpo. No sentía más que eso, no podía percibir el calor de su propia sangre que se había escapado por su boca. La vista la tenía en negro, solo imágenes recurrentes del combate la azotaban, algunas nostálgicas del pasado, pero nada le significaban. Entonces, sintió un calor sobre su cabeza, quiso mirar hacia arriba, y halló entre una vasta oscuridad, un halo de luz que se acercaba hacia ella. Esta vez, sentía un calor ligero, que le pasaba primero por el rostro, y luego, le recorría por la espalda, la sensibilidad le retornaba de a poco, pero no con dolor, no sentía sufrimiento alguno.
– ¡Muy bien, Aria, creo que se está poniendo mejor, mira, abre los ojos! – escuchó, la voz se le hizo vagamente familiar, pero no podía efectivamente determinar quién era.
– ¿Aria, bien? – oyó otra voz aguda, no la asociaba definitivamente con nadie.
– ¡Sí, muy bien, Yuna, oye, Yuna! ¿Me escuchas? ¡Soy Kouga!
La vista parecía esclarecerse un poco, pestañeó dos veces, empezaba a agarrar foco nuevamente, y pudo ver unos pequeños pies, cubiertos por una larga tela blanca. Movió la cabeza con cuidado, con miedo que le doliera mucho. Y pudo ver la figura de una persona muy pequeña, quizás una niña, que se encontraba junto a ella, arrodillada, con las manos en su cabeza. Creyó distinguir un mechón de cabello celeste.
Luego, movió los ojos un poco a la derecha, y pudo ver el brillo de la Cloth de Pegaso, recordó instantáneamente a Kouga, aunque no le dio importancia ahora, e intentaba ver a la niña a su lado.
– ¡Yuna, Yuna! – le llamaba Kouga.
– Yuna… Yuna – dijo la niña con una voz muy suave.
Con temor, algo infantil, quizás, de "romperse", Yuna se ponía sobre sus rodillas, e intentaba levantar la cabeza. Se sintió totalmente diferente a como recién, el dolor se había desvanecido por completo, y el asco que su propia sangre le producía ni le cruzó por la cabeza. Una vez pudo estar sentada sobre sus piernas, pudo observar mejor a la niña que parecía haberla sanado. Percibió de ella un Cosmos sin igual, brillante, cálido, e inagotable, además de humilde y sensible, la vio a los ojos, y cuando esos destellos cósmicos se hundían en las pupilas de Aria, la mente de Yuna pareció volar hasta el mismísimo espacio, recordó cada estrella que había visto y estudiado, no existía ninguna parecida, ni en brillo, ni colores, ni majestuosidad.
– A–A–Athena… – Balbuceó Yuna, mientras le acercaba la mano a la pequeña, pero se arrepintió con temor, luego.
– Aria… No Athena, Aria no – contestó ella con un dulce y respetuoso tono, negando con la cabeza –. Kouga dijo – Agregó.
– ¿N–No?
– Yuna, ella no es la señorita Saori, quien realmente es Athena – se metió Kouga, se arrodilló sobre los escalones, para hablarle a la altura –. Sin embargo, posee un Cosmos tan similar que casi a mí me confunde, Mars la ha utilizado para esta torre de Babel y destruir Palestra, o así pude entenderle – explicaba.
– ¿Alguien con el Cosmos de Athena? ¿Cómo eso…?
– Bueno, a mí también eso me parece extraño, pero… – Kouga miró a una dubitante Aria –. A esta niña le han mentido mucho, Mars la tenía cautiva para solo usar su poder, no podía dejarla allí, de ninguna manera.
– ¿Y la trajiste hasta aquí?
– Pues… No sería muy útil tirarme del último piso, ¿verdad? – Dijo con cierto tono irónico y una sonrisa.
– No te pases de listo conmigo, durak. * – Le espetó Yuna con frialdad.
* Durak: Puede significar, en ruso, tanto burro como idiota.
– Como sea, vine a buscarte para que escapes con ella.
– ¡¿Qué?! – se sorprendió Yuna, que de repente se irguió, sin siquiera pensar si le dolía o no, Kouga la imitó.
– Yuna, tú estás más sana que yo, y que el resto, debes escapar lo más rápido posible con Aria.
– ¡Pero si no peleo, terminarán…!
– Yuna – Kouga le colocó la mano en la hombrera de Yuna, esta se lo quitó de encima con cierto desprecio – ¿Ves? No confías en mí, hazlo por una vez, tienes que confiar en que ganaremos aquí, y que luego nos podremos reunir.
– No, no podremos…
– ¡Yuna, escucha! – Le dijo en un tono más bajo, para que Aria no oiga. – ¡Aria cree que la vas a proteger, si no lo harás por mí, hazlo por ella!
– Aria… Esa niña… – Yuna la miró por un segundo, la falsa Athena se sonrojó un poco y bajo la vista con algo de miedo al ver la agresividad de Yuna –. Sí, mi maestra hizo lo mismo, y lo haría de nuevo…
– ¿Y bien, Yuna? – Insistió Kouga.
– Ven, Aria – le tendió la mano, ignorando a Kouga –. No temas, conmigo estarás a salvo. – Notó que aún llevaba una expresión muy dura, y Aria seguía un poco dudosa, intentó forzar una pequeña sonrisa, pero aún así, miraba al suelo.
– Aria, Yuna es buena, buena como tú, créeme. – Dijo Kouga, agachándose de nuevo, a él le salió una sonrisa mucho más natural. – Ella también tiene luz dentro, y te mostrará más de la que hay en todo este mundo, ¿quieres?
– Eh… – Aria quedó dos segundos mirándola a Yuna, que se había agachado también, aunque aún no sentía real confianza, las palabras de Kouga la movieron a acercarse un pasito, y antes de que se diera cuenta, estaba envuelta por los brazos del Águila, la apretó contra su pecho, y se sintió segura, y a salvo, como un niño en el seno de su querida madre.
Kouga miró a Yuna por sobre el hombro de Aria, y le dio una seña de "Bien hecho." Yuna daba un suspiro de alivio al haber logrado la confianza de la niña de luz. Se volvió a parar, y aun con ella aferrada a su cintura, prestó atención al panorama, y notó el espacio claramente abierto, donde nadie podría notar su escape, y para cuando lo noten, sería muy tarde.
– ¿Puedes llegar hasta allá desde aquí, Yuna? – Inquirió Kouga.
– Mientras Aria se aferre bien a mí, llegaremos a tierra sin problemas, puedes hacerlo, ¿no, Aria? – ella le respondió con una sonrisa y asintió –. Bien, Kouga, saltaremos ahora, apresúrate para ayudar a Ryuuhou y Haruto, tú me prometiste que nos encontraremos después… – Kouga quedó un poco impresionado porque la Santo hablase de su promesa de recién, que hasta él había olvidado, pero le reconfortó que algo de confianza en él creció en Yuna.
– Sí, Yuna… Ten cuidado, tú también, Aria.
– Lo tendremos…
[…]
¡Esperen, muchachos, ya voy!
