- ¿Cornamenta no estás orgulloso? – preguntó Sirius limpiándose una lagrima de orgullo – vamos a leer su primer castigo.

- Ya lo sé canuto, es un gran momento – respondió James.

- Todo un pequeño merodeador – añadió Remus, los tres asaltaron a Harry y de paso también a Hermione y les felicitaron a la vez que alborotaban todavía más el pelo de Harry.

- Bueno ya está bien de tonterías – sentenció Lily – sigamos leyendo.

- El bosque prohibido - leyó Tonks.

- ¡¿Cómo se os ocurre ir al bosque prohibido?! – gritaron varias personas preocupadas y enfadadas a la vez (os imagináis quienes?) – Ahora sí que vais a estar castigados como entréis ahí, ¿Qué es lo que no entendéis de la palabra prohibido?

- De hecho… - comenzó Hermione intentando explicar que había sido un castigo, pero Alex a su lado le dio un codazo para que no dijera nada.

- Quizá todavía sea un poco pronto para el bosque prohibido – comentó James sonriendo. – Pero intentaremos distraerlos si van a por vosotros por esto.

Las cosas no podían haber salido peor.

- La mayoría de nuestros planes suelen acabar mal – menciono Harry – tenemos muy mala suerte.

- Sobre todo cuando no los planea Hermione. – Añadió Ron.

- Al menos os librasteis de Norberto aunque la cagarais al final – dijo Orión.

Filch los llevó al despacho de la profesora McGonagall, en el primer piso, donde se sentaron a esperar; sin decir una palabra. Hermione temblaba.

- Minnie tiene ese efecto – aseguró Sirius, que palideció con la mirada que le lanzó McGonnagal.

Excusas, disculpas y locas his torias cruzaban la mente de Harry, cada una más débil que la otra.

- Tienes que inventarte una bonita historia como todo un merodeador – dijo James.

- Señor Potter sus historias nunca eran creíbles… Ni siquiera cuando eran verdad sorprendentemente.

- Por eso las historias buenas las inventó yo – dijo Remus.

- Ya sabéis algo más que tenéis en común con vuestro padre – le susurró Victoire a Alex y Teddy.

No podía imaginar cómo se iban a librar del problema aquella vez. Estaban atrapados. ¿Cómo podían haber sido tan estúpidos para olvidar la capa?

- Eso mismo nos preguntamos nosotros – dijeron los merodeadores – sois unos aficionados, espero que mejores con el tiempo.

No había razón en el mundo para que la profesora McGonagall aceptara que ha bían estado vagando durante la noche, para no mencionar la torre más alta de Astronomía, que estaba prohibida, salvo para las clases. Si añadía a todo eso Norberto y la capa invisi ble, ya podían empezar a hacer las maletas.

¿Harry pensaba que las cosas no podían estar peor? Es taba equivocado. Cuando la profesora McGonagall apareció, llevaba a Neville.

- ¡Neville! – le regañó su madre.

¡Harry! —estalló Neville en cuanto los vio—. Estaba tratando de encontrarte para prevenirte, oí que Malfoy decía que iba a atraparte, dijo que tenías un drag...

- ¿Fuiste a avisarles? – preguntaron sus padres sorprendidos – eso está muy bien – le alabó su padre mientras su madre le sonreía orgullosa.

- ¿Por qué a él le felicitan y se sienten orgullosos por que rompa las normas? – preguntó George.

- Todo es tan injusto – añadió Fred, su madre les dio una colleja a cada uno.

- Él no ha hecho nada malo, solo quería avisarles, la intención es lo que cuenta – dijo Molly.

- Espero que recuerde eso para futuras ocasiones – murmuró Ron por lo bajo.

Harry negó violentamente con la cabeza, para que Nevi lle no hablara más, pero la profesora McGonagall lo vio. Lo miró como si echara fuego igual que Norberto y se irguió, amenazadora, sobre los tres.

- Empezad a suplicar misericordia – aconsejó Sirius.

Nunca lo habría creído de ninguno de vosotros. El se ñor Filch dice que estabais en la torre de Astronomía. Es la una de la mañana. Quiero una explicación.

- Nunca confeséis, aunque os torture o amenace.

Ésa fue la primera vez que Hermione no pudo contestar a una pregunta de un profesor. Miraba fijamente sus zapati llas, tan rígida como una estatua.

Creo que tengo idea de lo que sucedió

- ¿En serio?

dijo la profeso ra McGonagall—. No hace falta ser un genio para descubrirlo.

- Bueno la verdad es que la cosa es un poco más complicada de lo que parece a simple vista.

Te inventaste una historia sobre un dragón para que Draco Malfoy saliera de la cama y se metiera en líos.

- Aprovechad ahora, dejad que piense eso – dijo Sirius.

- Relájate Sirius todo eso ya ha pasado.

- Por eso mismo os veo capaces de haber dicho que eso no era lo que había pasado.

Te he atrapa do. Supongo que te habrá parecido divertido que Longbottom oyera la historia y también la creyera, ¿no?

- La verdad es que no – dijeron Harry y Hermione – lo sentimos mucho Neville.

- No pasa nada, la verdad es que me gusta más esa versión que que hubiera un dragón de verdad.

Harry captó la mirada de Neville y trató de decirle, sin palabras, que aquello no era verdad, porque Neville parecía asombrado y herido. Pobre mete-patas Neville, Harry sabía lo que debía de haberle costado buscarlos en la oscuridad, para prevenirlos.

- Y por eso eres un verdadero Gryffindor – asintió Godric. – La valentía, nobleza y lealtad suficiente para ir a buscar a tus amigos y ayudarles incluso aunque pudiera acabar mal para ti.

- Oye la lealtad es mía – se quejó Helga golpeándole en el brazo.

- Ya, pero me quedaba muy bien en el discurso, además el chico es leal.

Estoy disgustada —dijo la profesora McGonagall—. Cuatro alumnos fuera de la cama en una noche. ¡Nunca he oído una cosa así!

- Ja, Ja, Ja, la has oído y visto muchas veces.

- Me ofende que no te acuerdes de nosotros Minnie.

- De hecho Harry allí presente debería recordárselo.

Tu, Hermione Granger, pensé que tenías más sentido común.

- Ha tenido el sentido común de ayudar a Hagrid a librarse del dragón – dijo la McGonnagal de la habitación sonriéndole a Hermione.

Y tú, Harry Potter... Creía que Gryffin dor significaba más para ti.

- Cof cof golpe bajo cof cof – tosió Sirius.

Los tres sufriréis castigos... Sí, tú también, Longbottom, nada te da derecho a dar vueltas por el colegio durante la noche, en especial en estos días: es muy peligroso y se os descontarán cincuenta puntos de Gryffindor.

¿Cincuenta?

- ¡Noooo! – gritó James.

- Nunca la cuestiones, será mucho peor – le aconsejaron Fred y George.

resopló Harry. Iban a perder el pri mer puesto, lo que había ganado en el último partido de quidditch.

Cincuenta puntos cada uno —dijo la profesora McGo nagall, resoplando a través de su nariz puntiaguda.

- ¿Lo veis? – La profesoras les miraba frunciendo el ceño, la conocían demasiado bien.

Profesora... por favor...

Usted, usted no...

No me digas lo que puedo o no puedo hacer; Harry Pot ter. Ahora, volved a la cama, todos. Nunca me he sentido tan avergonzada de alumnos de Gryffindor.

Los merodeadores y los dos pares de gemelos la miraban alzando una ceja en perfecta sincronía.

Ciento cincuenta puntos perdidos. Eso situaba a Gryffin dor en el último lugar. En una noche, habían acabado con cualquier posibilidad de que Gryffindor ganara la copa de la casa.

James y Sirius golpearon la mesa con la cabeza haciendo que remus y Lily pusieran los ojos en blanco.

Harry sentía como si le retorcieran el estómago. ¿Cómo podrían arreglarlo?

Harry no durmió aquella noche. Podía oír el llanto de Neville, que duró horas. No se le ocurría nada que decir para consolarlo. Sabía que Neville, como él mismo, tenía miedo de que amaneciera. ¿Qué sucedería cuando el resto de los de Gryffindor descubrieran lo que ellos habían hecho?

- Hay varias posibilidades, puede que os dejen de hablar, os gasten una broma, os tiren al lago, os linchen directamente… - fue enumerando Sirius.

Al principio, los Gryffindors que pasaban por el gigan tesco reloj de arena, que informaba de la puntuación de la casa, pensaron que había un error. ¿Cómo iban a tener; súbi tamente, ciento cincuenta puntos menos que el día anterior? Y luego, se propagó la historia. Harry Potter; el famoso Harry Potter, el héroe de dos partidos de quidditch, les había hecho perder todos esos puntos, él y otros dos estúpidos de primer año.

De ser una de las personas más populares y admiradas del colegio, Harry súbitamente era el más detestado.

- En ese momento fue cuando empecé a acostumbrándome a el bipolarismo de la gente respecto a si les caigo bien o mal – murmuró Harry.

Hasta los de Ravenclaw y Hufflepuff le giraban la cara, porque todos habían deseado ver a Slytherin perdiendo la copa.

- Venga ya – se quejó Salazar – somos unos incomprendidos.

- Si si lo que tu digas – contestó Godric.

Por donde quiera que Harry pasara, lo señalaban con el dedo y no se molestaban en bajar la voz para insultarlo. Los de Slytherin, por su parte, lo aplaudían y lo vitoreaban, diciendo: «¡Gracias, Potter; te debemos una!».

Sólo Ron lo apoyaba.

Se olvidarán en unas semanas. Fred y George han perdido puntos muchas veces desde que están aquí y la gente los sigue apreciando.

- Porque somos geniales – dijeron ellos.

Pero nunca perdieron ciento cincuenta puntos de una vez, ¿verdad? —dijo Harry tristemente.

Bueno... no —admitió Ron.

- Tu tranquilo, no has superado nuestro record. – Aseguró James – y la gente siempre nos quiso.

Era un poco tarde para reparar los daños, pero Harry se juró que, de ahí en adelante, no se metería en cosas que no eran asunto suyo.

La mayoría le miraron incrédulos, sobre todo los del futuro que lo conocían mejor.

- Son los problemas los que vienen a mi – se justifico Harry.

Todo había sido por andar averiguando y es piando. Se sentía tan avergonzado que fue a ver a Wood y le ofreció su renuncia.

- Wow si que fue un duro golpe para ti.

¿Renunciar? —exclamó Wood—. ¿Qué ganaríamos con eso? ¿Cómo vamos a recuperar puntos si no podemos jugar al quidditch?

- Buena razón para no renunciar.

Pero hasta el quidditch había perdido su atractivo. El resto del equipo no le hablaba durante el entrenamiento, y si tenían que hablar de él lo llamaban «el buscador».

Hermione y Neville también sufrían. No pasaban tan tos malos ratos como Harry porque no eran tan conocidos, pero nadie les hablaba.

Los tres se miraron sonriendo, fue un tiempo duro para los tres nadie más a parte de ellos mismos y Ron les hablaba.

Hermione había dejado de llamar la atención en clase, y se quedaba con la cabeza baja, trabajan do en silencio.

Harry casi estaba contento de que se aproximaran los exámenes.

- James lo perdemos – grito Sirius.

- He dicho casi – aclaró Harry horrorizado ante la idea de los exámenes llegando.

Las lecciones que tenía que repasar alejaban sus desgracias de su mente. Él, Ron y Hermione se quedaban juntos, trabajando hasta altas horas de la noche, tratando de recordar los ingredientes de complicadas pociones, apren diendo de memoria hechizos y encantamientos y repitiendo las fechas de descubrimientos mágicos y rebeliones de los gnomos.

Y entonces, una semana antes de que empezaran los exámenes, las nuevas resoluciones de Harry de no interferir en nada que no le concerniera sufrieron una prueba inespe rada.

- Has tardado en recaer ¿eh?

- Yo creo que es un record de tiempo sin meterse en nada – murmuró Ron para que solo lo escucharan Harry y Hermione que se rió al contrario que Harry que golpeó a Ron con el codo.

Una tarde que salía solo de la biblioteca oyó que alguien gemía en un aula que estaba delante de él. Mientras se acercaba, oyó la voz de Quirrell.

- Volvemos con el misterioso tartamudo.

No... no... otra vez no, por favor...

Parecía que alguien lo estaba amenazando. Harry se acerco.

Muy bien... muy bien. —Oyó que Quirrell sollozaba.

Al segundo siguiente, Quirrell salió apresuradamente del aula, enderezándose el turbante. Estaba pálido y parecía a punto de llorar. Desapareció de su vista y Harry pensó que ni siquiera lo había visto. Esperó hasta que dejaron de oírse los pasos de Quirrell y entonces inspeccionó el aula. Parecía vacía, pero la puerta del otro extremo estaba entreabierta.

- Esto se pone cada vez más interesante – dijo Remus con cara pensativa, varios en la habitación parecían estar reflexionando sobre eso también.

Harry estaba a mitad de camino, cuando recordó que se ha bía prometido no meterse en lo que no le correspondía.

- A buenas horas – murmuró Hermione.

Al mismo tiempo, habría apostado doce Piedras Filoso fales a que Snape acababa de salir del aula y, por lo que Harry había escuchado, Snape debería estar de mejor humor... Quirrell parecía haberse rendido finalmente.

- Era raro que haya aguantado tanto – dijo James.

Harry regresó a la biblioteca, en donde Hermione esta ba repasándole Astronomía a Ron. Harry les contó lo que había oído.

¡Entonces Snape lo hizo! —dijo Ron—. Si Quirrell le dijo cómo romper su encantamiento anti-Fuerzas Oscuras...

Pero todavía queda Fluffy —dijo Hermione.

- ¡Animo Fluffy!

Tal vez Snape descubrió cómo pasar ante él sin pre guntarle a Hagrid —dijo Ron, mirando a los miles de libros que los rodeaban—. Seguro que por aquí hay un libro que dice cómo burlar a un perro gigante de tres cabezas. ¿Qué va mos a hacer, Harry?

La luz de la aventura brillaba otra vez en los ojos de Ron,

Su madre le miró dispuesta a empezar a regañarle si intentaba hacer algo peligroso.

pero Hermione respondió antes de que Harry lo hiciera.

Ir a ver a Dumbledore. Eso es lo que debimos hacer hace tiempo. Si se nos ocurre algo a nosotros solos, con segu ridad vamos a perder.

- Una idea sensata por fin – se alegró Molly

¡Pero no tenemos pruebas!

- No importa – dijo James – Dumbledore os escuchara, ¿A que si profesor?

- Por supuesto, siempre he dicho que deberíamos escuchar más a los jóvenes.

exclamó Harry—. Qui rrell está demasiado atemorizado para respaldarnos. Snape sólo tiene que decir que no sabía cómo entró el trol en Ha lloween y que él no estaba cerca del tercer piso en ese mo mento. ¿A quién pensáis que van a creer, a él o a nosotros?

- Tenéis un punto – dijo Sirius – eso es lo que suelen pensar los adultos, pero Dumbledore no es como el resto de los profesores.

No es exactamente un secreto que lo detestamos. Dumble dore creerá que nos lo hemos inventado para hacer que lo echen. Filch no nos ayudaría aunque su vida dependiera de ello, es demasiado amigo de Snape y, mientras más alumnos pueda echar, mejor para él. Y no olvidéis que se supone que no sabemos nada sobre la Piedra o Fluffy. Serían muchas ex plicaciones.

Hermione pareció convencida, pero Ron no.

Si investigamos sólo un poco...

- Mama si sigues mirando a Ron tan concentrada vas a acabar echando humo por las orejas – comentó Ginny sonriendo.

No —dijo Harry en tono terminante—: ya hemos in vestigado demasiado.

Acercó un mapa de Júpiter a su mesa y comenzó a apren der los nombres de sus lunas.

A la mañana siguiente, llegaron notas para Harry, Hermio ne y Neville, en la mesa del desayuno. Eran todas iguales.

Vuestro castigo tendrá lugar a las once de la noche.

El señor Filch os espera en el vestíbulo de entrada.

Prof M. McGonagall

- Su primer castigo – dijeron James y Sirius limpiándose una lagrima de orgullo.

En medio del furor que sentía por los puntos perdidos, Harry había olvidado que todavía les quedaban los castigos. De alguna manera esperaba que Hermione se quejara por te ner que perder una noche de estudio, pero la muchacha no dijo una palabra. Como Harry, sentía que se merecían lo que les tocara.

A las once de aquella noche, se despidieron de Ron en la sala común y bajaron al vestíbulo de entrada con Neville. Filch ya estaba allí y también Malfoy. Harry también había olvidado que a Malfoy lo habían condenado a un castigo.

- Eso es un doble castigo, tener que soportar a Malfoy – se quejó Sirius.

Seguidme —dijo Filch, encendiendo un farol y condu ciéndolos hacia fuera—. Seguro que os lo pensaréis dos veces antes de faltar a otra regla de la escuela, ¿verdad? —dijo, mi rándolos con aire burlón—. Oh, sí... trabajo duro y dolor son los mejores maestros, si queréis mi opinión... es una lástima que hayan abandonado los viejos castigos... colgaros de las muñecas, del techo, unos pocos días. Yo todavía tengo las cadenas en mi oficina, las mantengo engrasadas por si alguna vez se necesitan... Bien, allá vamos, y no penséis en escapar, porque será peor para vosotros si lo hacéis.

- Que idiota es este hombre – se quejaron los merodeadores y Lily.

Marcharon cruzando el oscuro parque. Neville comenzó a respirar con dificultad. Harry se preguntó cuál sería el cas tigo que les esperaba. Debía de ser algo verdaderamente ho rrible, o Filch no estaría tan contento.

La luna brillaba, pero las nubes la tapaban, dejándo los en la oscuridad. Delante, Harry pudo ver las ventanas iluminadas de la cabaña de Hagrid. Entonces oyeron un grito lejano.

¿Eres tú, Filch? Date prisa, quiero empezar de una vez.

El corazón de Harry se animó: si iban a estar con Hagrid, no podía ser tan malo. Su alivio debió aparecer en su cara, porque Filch dijo:

Supongo que crees que vas a divertirte con ese papa natas,

Hagrid gruñó Filch siempre le había caído mal.

¿No? Bueno, piénsalo mejor, muchacho... es al bosque adonde iréis y mucho me habré equivocado si volvéis todos enteros.

- Exagerado, los castigos en el bosque prohibido con Hagrid son los mejores – dijo James.

- El muy capullo los está asustando a propósito.

Al oír aquello, Neville dejó escapar un gemido y Malfoy se detuvo de golpe.

¿El bosque? —repitió, y no parecía tan indiferente como de costumbre—. Hay toda clase de cosas allí... dicen que hay hombres lobo.

- Había – dijeron los merodeadores – pero vosotros no vais a encontrar a ninguno.

Neville se aferró de la manga de la túnica de Harry y dejó escapar un ruido ahogado.

Eso es problema vuestro, ¿no? —dijo Filch, con voz ra diante—. Tendríais que haber pensado en los hombres lobo antes de meteros en líos.

- Justo en eso estábamos pensando mientras llevábamos un dragon hasta la torre de astronomía. – Dijo Harry.

Hagrid se acercó hacia ellos, con Fang pegado a los talo nes. Llevaba una gran ballesta y un carcaj con flechas en la espalda.

Menos mal —dijo—. Estoy esperando hace media hora. ¿Todo bien, Harry, Hermione?

Yo no sería tan amistoso con ellos, Hagrid —dijo con frialdad Filch—. Después de todo, están aquí por un castigo.

- En eso quizá si tenga razón – dijo McGonnagal.

- Oh vamos profesora ir al bosque ya es suficiente castigo – dijo Lily.

Por eso llegáis tarde, ¿no? —dijo Hagrid, mirando con rostro ceñudo a Filch—. ¿Has estado dándoles sermones? Eso no es lo que tienes que hacer. A partir de ahora, me hago cargo yo.

Volveré al amanecer —dijo Filch— para recoger lo que quede de ellos —añadió con malignidad. Se dio la vuelta y se encaminó hacia el castillo, agitando el farol en la oscuridad.

Entonces Malfoy se volvió hacia Hagrid.

No iré a ese bosque —dijo, y Harry tuvo el gusto de no tar miedo en su voz.

- Cobarde – dijo James. – No vas a librarte de entrar ahí solo porque no quieras.

Lo harás, si quieres quedarte en Hogwarts —dijo Hagrid con severidad—. Hicisteis algo mal y ahora lo vais a pagar.

- ¡Déjaselo claro Hagrid! – Gritó Sirius.

Pero eso es para los empleados, no para los alumnos. Yo pensé que nos harían escribir unas líneas, o algo así. Si mi padre supiera que hago esto, él...

Te dirá que es así como se hace en Hogwarts —gruñó Hagrid—. ¡Escribir unas líneas! ¿Y a quién le serviría eso? Ha réis algo que sea útil, o si no os iréis. Si crees que tu padre prefiere que te expulsen, entonces vuelve al castillo y coge tus cosas. ¡Vete!

Malfoy no se movió. Miró con ira a Hagrid, pero luego bajó la mirada.

Bien, entonces —dijo Hagrid—. Escuchad con cuida do, porque lo que vamos a hacer esta noche es peligroso y no quiero que ninguno se arriesgue. Seguidme por aquí, un mo mento.

- Oh no, ya estamos con las cosas peligrosas.

- Tranquila Lils, con Hagrid no les pasará nada.

Los condujo hasta el límite del bosque. Levantando su farol, señaló hacia un estrecho sendero de tierra, que desapa recía entre los espesos árboles negros. Una suave brisa les le vantó el cabello, mientras miraban en dirección al bosque.

Mirad allí —dijo Hagrid—. ¿Veis eso que brilla en la tierra? ¿Eso plateado? Es sangre de unicornio. Hay por aquí un unicornio que ha sido malherido por alguien.

- ¿Un unicornio herido? ¿Qué puede haber herido a un unicornio? – preguntó Lily asustada.

Es la segun da vez en una semana. Encontré uno muerto el último miér coles. Vamos a tratar de encontrar a ese pobrecito herido. Tal vez tengamos que evitar que siga sufriendo.

- Quiza esto sea un poco fuerte como castigo para unos chicos de primero – dijo James.

¿Y qué sucede si el que hirió al unicornio nos encuen tra a nosotros primero? —dijo Malfoy, incapaz de ocultar el miedo de su voz.

- No creo que ese encuentro saliera bien – dijo Sirius.

No hay ningún ser en el bosque que os pueda herir si estáis conmigo o con Fang —dijo Hagrid—. Y seguid el sen dero. Ahora vamos a dividirnos en dos equipos y seguiremos la huella en distintas direcciones. Hay sangre por todo el lu gar, debieron herirlo ayer por la noche, por lo menos.

Yo quiero ir con Fang —dijo rápidamente Malfoy, mi rando los largos colmillos del perro.

- Mala elección – dijo Remus sonriendo.

Muy bien, pero te informo de que es un cobarde —dijo Hagrid—. Entonces yo, Harry y Hermione iremos por un lado y Draco, Neville y Fang, por el otro. Si alguno encuentra al unicornio, debe enviar chispas verdes, ¿de acuerdo? Sacad vuestras varitas y practicad ahora... está bien... Y si alguno tiene problemas, las chispas serán rojas y nos reuniremos to dos... así que tened cuidado... en marcha.

- Por Merlin, tened mucho cuidado.

El bosque estaba oscuro y silencioso. Después de andar un poco, vieron que el sendero se bifurcaba. Harry, Hermione y Hagrid fueron hacia la izquierda y Malfoy, Neville y Fang se dirigieron a la derecha.

- No sé yo si están equilibrados esos equipos – murmuró Frank pensando en su hijo teniendo que ir con Malfoy.

Anduvieron en silencio, con la vista clavada en el suelo. De vez en cuando, un rayo de luna a través de las ramas ilu minaba una mancha de sangre azul plateada entre las hojas caídas.

Harry vio que Hagrid parecía muy preocupado.

¿Podría ser un hombre lobo el que mata los unicor nios? —preguntó Harry.

- Imposible – murmuró Remus – los unicornios son demasiado rápidos.

No son bastante rápidos —dijo Hagrid—. No es tan fá cil cazar un unicornio, son criaturas poderosamente mági cas. Nunca había oído que hubieran hecho daño a ninguno.

- Es sumamente extraño – dijo Dumbledore – pero no imposible.

Pasaron por un tocón con musgo. Harry podía oír el agua que corría: debía de haber un arroyo cerca. Todavía había manchas de sangre de unicornio en el serpenteante sendero.

¿Estás bien, Hermione? —susurró Hagrid—. No te preocupes, no puede estar muy lejos si está tan malherido, y entonces podremos... ¡PONEOS DETRÁS DE ESE ÁRBOL!

- ¿¡QUE HA PASADO!? – gritó media sala.

Hagrid cogió a Harry y Hermione y los arrastró fuera del sendero, detrás de un grueso roble. Sacó una flecha, la puso en su ballesta y la levantó, lista para disparar. Los tres escu charon. Alguien se deslizaba sobre las hojas secas. Parecía como una capa que se arrastrara por el suelo. Hagrid miraba hacia el sendero oscuro pero, después de unos pocos segun dos, el sonido se alejó.

- Eso ha sido muuuy tétrico – dijo Sirius estremeciéndose.

- ¿Qué era esa cosa? – medio gritó Lily muy palida.

Lo sabía —murmuró—. Aquí hay alguien que no debe ría estar.

¿Un hombre lobo? —sugirió Harry.

- Deja ya a los hombres lobo Harry.

Eso no era un hombre lobo, ni tampoco un unicornio —dijo Hagrid con gesto sombrío—. Bien, seguidme, pero te ned cuidado.

Anduvieron más lentamente, atentos a cualquier ruido. De pronto, en un claro un poco más adelante, algo se movió visiblemente.

¿Quién está ahí? —gritó Hagrid—. ¡Déjese ver... estoy armado!

Todos escuchaban muy atentamente.

Y apareció en el claro... ¿era un hombre o un caballo? De la cintura para arriba, un hombre, con pelo y barba rojizos, pero por debajo, el cuerpo de pelaje zaino de un caballo, con una cola larga y rojiza. Harry y Hermione se quedaron bo quiabiertos.

- Un centauro.

Oh, eres tú, Ronan —dijo aliviado Hagrid—. ¿Cómo estás?

Se acercó y estrechó la mano del centauro.

Que tengas buenas noches, Hagrid —dijo Ronan. Te nía una voz profunda y acongojada—. ¿Ibas a dispararme?

Nunca se es demasiado cuidadoso —dijo Hagrid, to cando su ballesta—. Hay alguien muy malvado, perdido en este bosque. Ah, éste es Harry Potter y ella es Hermione Granger. Ambos son alumnos del colegio. Y él es Ronan. Es un centauro.

- Ya lo sabemos – dijo Godric.

Nos hemos dado cuenta —dijo débilmente Hermione.

Godric le sonrió a la chica.

Buenas noches —los saludó Ronan—. ¿Estudiantes, no? ¿Y aprendéis mucho en el colegio?

Eh...

Un poquito —dijo con timidez Hermione.

- ¿un poquito? ¿En serio Hermione? Saca tu lectura ligera veamos ese poquito – se burló Sirius.

Un poquito. Bueno, eso es algo. —Ronan suspiró. Tor ció la cabeza y miró hacia el cielo—. Esta noche, Marte está brillante.

Ajá —dijo Hagrid, lanzándole una mirada—. Escucha, me alegro de haberte encontrado, Ronan, porque hay un uni cornio herido. ¿Has visto algo?

Ronan no respondió de inmediato. Se quedó con la mira da clavada en el cielo, sin pestañear, y suspiró otra vez.

Siempre los inocentes son las primeras víctimas —dijo—. Ha sido así durante los siglos pasados y lo es ahora.

- Una gran verdad – dijo Dumbledore.

- Podría ayudarles en vez de suspirar tanto – se quejó James.

Sí —dijo Hagrid—. Pero ¿has visto algo, Ronan? ¿Algo desacostumbrado?

Marte brilla mucho esta noche —repitió Ronan, mien tras Hagrid lo miraba con impaciencia—. Está inusualmente brillante.

- ¿Un poco obsesionado con Marte, no creéis? – dijo Sirius.

Sí, claro, pero yo me refería a algo inusual que esté un poco más cerca de nosotros —dijo Hagrid—. Entonces ¿no has visto nada extraño?

Otra vez, Ronan se tomó su tiempo para contestar. Has ta que, finalmente, dijo:

El bosque esconde muchos secretos.

- Dinos algo que no sepamos.

Un movimiento en los árboles detrás de Ronan hizo que Hagrid levantara de nuevo su ballesta, pero era sólo un se gundo centauro, de cabello y cuerpo negro y con aspecto más salvaje que Ronan.

Hola, Bane —saludó Hagrid—. ¿Qué tal?

Buenas noches, Hagrid, espero que estés bien.

Sí, gracias. Mira, le estaba preguntando a Ronan si había visto algo extraño últimamente. Han herido a un uni cornio. ¿Sabes algo sobre eso?

Bane se acercó a Ronan. Miró hacia el cielo.

Esta noche Marte brilla mucho —dijo simplemente.

- ¿En serio? No me había enterado – dijo Sirius

- Otro igual, ¿Qué les pasa con Marte?

Eso dicen —dijo Hagrid de malhumor—. Bueno, si al guno ve algo, me avisáis, ¿de acuerdo? Bueno, nosotros nos vamos.

Harry y Hermione lo siguieron, saliendo del claro y mi rando por encima del hombro a Ronan y Bane, hasta que los árboles los taparon.

Nunca —dijo irritado Hagrid— tratéis de obtener una respuesta directa de un centauro. Son unos malditos astrólo gos. No se interesan por nada más cercano que la luna.

¿Y hay muchos de ellos aquí? —preguntó Hermione.

Oh, unos pocos más... Se mantienen apartados la ma yor parte del tiempo, pero siempre aparecen si quiero hablar con ellos. Los centauros tienen una mente profunda... saben cosas... pero no dicen mucho.

- A menos que quieras saber el grado de intensidad del brillo de Marte – dijo James.

¿Crees que era un centauro el que oímos antes? —dijo Harry.

- Creo que lo sabrías si fuera un centauro.

¿Te pareció que era ruido de cascos? No, en mi opinión, eso era lo que está matando a los unicornios... Nunca he oído algo así.

Pasaron a través de los árboles oscuros y tupidos. Harry seguía mirando por encima de su hombro, con nerviosismo. Tenía la desagradable sensación de que los vigilaban. Estaba muy contento de que Hagrid y su ballesta fueran con ellos. Acababan de pasar una curva en el sendero cuando Hermio ne se aferró al brazo de Hagrid.

¡Hagrid! ¡Mira! ¡Chispas rojas, los otros tienen pro blemas!

- ¡OH NO! – gritaron los longbottom abrazando a Neville.

¡Vosotros esperad aquí! —gritó Hagrid—. ¡Quedaos en el sendero, volveré a buscaros!

Lo oyeron alejarse y se miraron uno al otro, muy asusta dos, hasta que ya no oyeron más que las hojas que se movían alrededor.

¿Crees que les habrá pasado algo? —susurró Hermione.

- Espero que no.

No me importará si le ha pasado algo a Malfoy, pero si le sucede algo a Neville... está aquí por nuestra culpa.

Los minutos pasaban lentamente. Les parecía que sus oídos eran más agudos que nunca. Harry detectaba cada rá faga de viento, cada ramita que se rompía. ¿Qué estaba suce diendo? ¿Dónde estaban los otros?

Por fin, un ruido de pisadas crujientes les anunció el regreso de Hagrid. Malfoy, Neville y Fang estaban con él. Ha grid estaba furioso. Malfoy se había escondido detrás de Neville y, en broma, lo había cogido. Neville se aterró y envió las chispas.

Todos parecían muy enfadados al oír eso, sobre todo los padres de Neville, ese niño estaba consiguiendo sacar a todos de sus casillas.

Vamos a necesitar mucha suerte para encontrar algo, después del alboroto que habéis hecho. Bueno, ahora voy a cambiar los grupos... Neville, tú te quedas conmigo y Her mione. Harry, tú vas con Fang y este idiota. Lo siento —aña dió en un susurro dirigiéndose a Harry— pero a él le va a costar mucho asustarte y tenemos que terminar con esto.

- Eso es verdad – dijo James – demuéstrale a ese idiota quien manda.

Así que Harry se internó en el corazón del bosque, con Malfoy y Fang. Anduvieron cerca de media hora, internándose cada vez más profundamente, hasta que el sendero se volvió casi imposible de seguir, porque los árboles eran muy grue sos. Harry pensó que la sangre también parecía más espesa.

- Os estáis acercando.

Había manchas en las raíces de los árboles, como si la pobre criatura se hubiera arrastrado en su dolor. Harry pudo ver un claro, más adelante, a través de las enmarañadas ramas de un viejo roble.

Mira... —murmuró, levantando un brazo para detener a Malfoy

Algo de un blanco brillante relucía en la tierra. Se acer caron más.

Sí, era el unicornio y estaba muerto.

Harry nunca había visto nada tan hermoso y tan triste. Sus largas patas delga das estaban dobladas en ángulos extraños por su caída y su melena color blanco perla se desparramaba sobre las hojas oscuras.

- Pobrecito. ¿Qué desalmado podría hacer algo asi?

Harry había dado un paso hacia el unicornio, cuando un sonido de algo que se deslizaba lo hizo congelarse en donde estaba. Un arbusto que estaba en el borde del claro se agitó... Entonces, de entre las sombras, una figura encapuchada se acercó gateando, como una bestia al acecho. Harry, Malfoy y Fang permanecieron paralizados. La figura encapuchada llegó hasta el unicornio, bajó la cabeza sobre la herida del animal y comenzó a beber su sangre.

- Eso es tan horrible.

- Creo que voy a tener pesadillas.

- Salid de ahí, ¡ya!

¡AAAAAAAAAAAAAH!

Malfoy dejó escapar un terrible grito y huyó... lo mismo que Fang. La figura encapuchada levantó la cabeza y miró directamente a Harry. La sangre del unicornio le chorreaba por el pecho. Se puso de pie y se acercó rápidamente hacia él... Harry estaba paralizado de miedo.

- No puedo mirar.

- Será no puedo escuchar, estamos leyendo, ¿recuerdas Sirius?

- Tecnicismos.

Entonces, un dolor le perforó la cabeza, algo que nunca había sentido, como si la cicatriz estuviera incendiándose. Casi sin poder ver, retrocedió. Oyó cascos galopando a sus es paldas, y algo saltó limpiamente y atacó a la figura.

- Tendremos que agradecer al centauro que te salvó – dijo Lily.

- ¿Cómo sabes que era un centauro? – Preguntó James.

- ¿Estabas escuchando? Ha dicho que oyó unos cascos galopando.

El dolor de cabeza era tan fuerte que Harry cayó de rodi llas. Pasaron unos minutos antes de que se calmara.

- ¿Por qué te duele así la cabeza?

- Saldrá más adelante.

- ¡Jooo!

Cuando levantó la vista, la figura se había ido. Un centauro estaba ante él. No era ni Ronan ni Bane: éste parecía más joven, te nía cabello rubio muy claro, cuerpo pardo y cola blanca.

¿Estás bien? —dijo el centauro, ayudándolo a ponerse de pie.

Sí... gracias... ¿qué ha sido eso?

- Buena pregunta.

El centauro no contestó. Tenía ojos asombrosamente azules, como pálidos zafiros. Observó a Harry con cuidado, fi jando la mirada en la cicatriz que se veía amoratada en la frente de Harry.

- ¿?

- No voy a responderte ahora Sirius, seguid leyendo.

- ¡Joooo!

Tú eres el chico Potter —dijo—. Es mejor que regreses con Hagrid. El bosque no es seguro en esta época en especial para ti. ¿Puedes cabalgar? Así será más rápido... Mi nombre es Firenze —añadió, mientras bajaba sus patas de lanteras, para que Harry pudiera montar en su lomo.

- Vaya los centauros nunca nunca dejan a alguien montar en ellos – dijo Hagrid impresionado.

Del otro lado del claro llegó un súbito ruido de cascos al galope. Ronan y Bane aparecieron velozmente entre los ár boles, resoplando y con los flancos sudados.

¡Firenze! —rugió Bane—. ¿Qué estás haciendo? Tie nes un humano sobre el lomo! ¿No te da vergüenza? ¿Es que eres una mula ordinaria?

- Lo que yo decía – murmuró Hagrid.

¿Te das cuenta de quién es? —dijo Firenze—. Es el chi co Potter. Mientras más rápido se vaya del bosque, mejor.

¿Qué le has estado diciendo? —gruñó Bane—. Recuer da, Firenze, juramos no oponernos a los cielos. ¿No has leído en el movimiento de los planetas lo que sucederá?

- Estaban tardando en aparecer los planetas en la conversación – comentó Sirius.

Ronan dio una patada en el suelo con nerviosismo.

Estoy seguro de que Firenze pensó que estaba obran do lo mejor posible —dijo, con voz sombría.

También Bane dio una patada, enfadado.

¡Lo mejor posible! ¿Qué tiene eso que ver con nosotros? ¡Los centauros debemos ocuparnos de lo que está vaticinado! ¡No es asunto nuestro el andar como burros buscando huma nos extraviados en nuestro bosque!

De pronto, Firenze levantó las patas con furia y Harry tuvo que aferrarse para no caer.

¿No has visto ese unicornio? —preguntó Firenze a Bane—. ¿No comprendes por qué lo mataron? ¿O los plane tas no te han dejado saber ese secreto? Yo me lanzaré contra el que está al acecho en este bosque, con humanos sobre mi lomo si tengo que hacerlo.

- Bien dicho, me cae bien este centauro – dijo James.

Y Firenze partió rápidamente, con Harry sujetándose lo mejor que podía, y dejó atrás a Ronan y Bane, que se interna ron entre los árboles.

Harry no entendía lo sucedido.

¿Por qué Bane está tan enfadado? —preguntó—. Y a pro pósito, ¿qué era esa cosa de la que me salvaste?

- Todos nos lo preguntamos – suspiró Sirius.

Firenze redujo el paso y previno a Harry que tuviera la cabeza agachada, a causa de las ramas, pero no contestó. Siguieron andando entre los árboles y en silencio, durante tan to tiempo que Harry creyó que Firenze no volvería a hablar le. Sin embargo, cuando llegaron a un lugar particularmente tupido, Firenze se detuvo.

Harry Potter, ¿sabes para qué se utiliza la sangre de unicornio?

No —dijo Harry, asombrado por la extraña pregun ta—. En la clase de Pociones solamente utilizamos los cuer nos y el pelo de la cola de unicornio.

Eso es porque matar un unicornio es algo monstruoso —dijo Firenze—. Sólo alguien que no tenga nada que perder y todo para ganar puede cometer semejante crimen. La san gre de unicornio te mantiene con vida, incluso si estás al bor de de la muerte, pero a un precio terrible. Si uno mata algo puro e indefenso para salvarse a sí mismo, conseguirá media vida, una vida maldita, desde el momento en que la sangre toque sus labios.

- Nadie en su sano juicio haría eso – dijo James asqueado – es mejor morirse.

Harry clavó la mirada en la nuca de Firenze, que parecía de plata a la luz de la luna.

Pero ¿quién estaría tan desesperado? —se preguntó en voz alta—. Si te van a maldecir para siempre, la muerte es mejor, ¿no?

- De tal palo tal astilla – sonrió James

Es así —dijo Firenze— a menos que lo único que nece sites sea mantenerte vivo el tiempo suficiente para beber algo más, algo que te devuelva toda tu fuerza y poder, algo que haga que nunca mueras.

- El elixir de la vida – dijo Remus – esa cosa es quien está intentando robar la piedra filosofal.

¿Harry Potter, sabes qué está escondido en el colegio en este preciso momento?

¡La Piedra Filosofal! ¡Por supuesto... el Elixir de Vida! Pero no entiendo quién...

¿No puedes pensar en nadie que haya esperado mu chos años para regresar al poder, que esté aferrado a la vida, esperando su oportunidad?

- ¡¿Voldemort?!

- ¿Quieres decir que esa cosa del bosque era Voldemort?

- Claro Snape va a robar la piedra para él porque son amiguitos.

Fue como si un puño de hierro cayera súbitamente sobre la cabeza de Harry. Por encima del ruido del follaje, le pare ció oír una vez más lo que Hagrid le había dicho la noche en que se conocieron: «Algunos dicen que murió. En mi opinión, son tonterías. No creo que le quede lo suficiente de humano como para morir».

¿Quieres decir —dijo con voz ronca Harry— que era Vol...?

¡Harry! Harry, ¿estás bien?

Hermione corría hacia ellos por el sendero, con Hagrid resoplando detrás.

Estoy bien —dijo Harry, casi sin saber lo que con testaba—. El unicornio está muerto, Hagrid, está en ese cla ro de atrás.

- Ese pobre unicornio, tendremos que añadirlo a la lista de víctimas inocentes de Voldemort.

Aquí es donde te dejo —murmuró Firenze, mientras Hagrid corría a examinar al unicornio—. Ya estás a salvo.

Harry se deslizó de su lomo.

Buena suerte, Harry Potter —dijo Firenze—. Los pla netas ya se han leído antes equivocadamente, hasta por cen tauros. Espero que ésta sea una de esas veces.

Se volvió y se internó en lo más profundo del bosque, de jando a Harry temblando.

Ron se había quedado dormido en la oscuridad de la sala co mún, esperando a que volvieran. Cuando Harry lo sacudió para despertarlo, gritó algo sobre una falta en quidditch. Sin embargo, en unos segundos estaba con los ojos muy abiertos, mientras Harry les contaba, a él y a Hermione, lo que había sucedido en el bosque.

Harry no podía sentarse. Se paseaba de un lado al otro, ante la chimenea. Todavía temblaba.

Snape quiere la piedra para Voldemort... y Voldemort está esperando en el bosque... ¡Y todo el tiempo pensábamos que Snape sólo quería ser rico!

- Nuestra teoría exactamente – dijeron los merodeadores.

¡Deja de decir el nombre! —dijo Ron, en un aterroriza do susurro, como si pensara que Voldemort pudiera oírlos.

- Solo es un nombre Ron – le regañó Harry.

Harry no lo escuchó.

Firenze me salvó, pero no debía haberlo hecho... Bane estaba furioso... Hablaba de interferir en lo que los planetas dicen que sucederá... Deben decir que Voldemort ha vuelto... Bane piensa que Firenze debió dejar que Voldemort me ma tara. Supongo que eso también está escrito en las estrellas.

- No estoy muy seguro de eso – murmuró Remus.

- Pero si es así a la mierda las estrellas, pueden decir misa

¿Quieres dejar de repetir el nombre? —dijo Ron.

Así que lo único que tengo que hacer es esperar que Snape robe la Piedra —continuó febrilmente Harry—.. En tonces Voldemort podrá venir y terminar conmigo... Bueno, supongo que Bane estará contento.

- Un pensamiento optimista donde los haya.

Hermione parecía muy asustada, pero tuvo una palabra de consuelo.

Harry, todos dicen que Dumbledore es al único al que Quien-tú-sabes siempre ha temido. Con Dumbledore por aquí, Quien-tú-sabes no te tocará. De todos modos, ¿quién puede decir que los centauros tienen razón? A mí me parecen adivinos y la profesora McGonagall dice que ésa es una rama de la magia muy inexacta.

- Exacto – dijo McGonnagal que nunca habia creido en la adivinación.

El cielo ya estaba claro cuando terminaron de hablar. Se fueron a la cama agotados, con las gargantas secas. Pero las sorpresas de aquella noche no habían terminado.

Cuando Harry abrió la cama encontró su capa invisible, cuidadosamente doblada. Tenía sujeta una nota:

Por las dudas.

- ¡Bien, mi capa ha vuelto! – gritó James entusiasmado.

- Ha sido un primer castigo intenso ¿eh?

- Se ha terminado el capitulo. Y ya solo quedan dos mas y podremos empezar el segundo libro. - Dijo Tonks dejando el libro.