Los Cosmos ardieron cuanto sus cuerpos resistían, la batalla parecía eterna. Y si en algo eterno había que pensar, no podía llegar tarde a la reunión de guerreros el dios que los comanda.


Capítulo veintinueve

El dios de la guerra

"M–Mars…"

La quijada le temblequeaba, las piernas se le sacudían desde los talones hasta la cintura, antes que lo sintiese o notase siquiera, tenía ambas rodillas clavadas en tierra. Sus pupilas se sacudían en el lugar, mientras, cuando no sabía bien por qué, un líquido recorría por sus pestañas inferiores, y luego caía por las mejillas hasta secarse a la altura del cuello.

– Mykene – habló con voz tosca aquel ser que desplegaba en su torso un espejismo del mismo universo, como un portal a una galaxia olvidada en los recónditos del universo – Veo que has cumplido con mis expectativas, justo como esperaría de ti –. Decía mientras inspeccionaba pacientemente con la mirada la escena, pasó por alto casi a los Bronce derrotados, pero se detuvo donde Eden yacía, casi desvanecido.

– M–Mi Lord Mars, no tengo más que discul…

– No, Mykene, no hay necesidad – interrumpió –. Esto es el resultado de su imprudencia… Él sabrá qué le espera – dijo con un tono intrigante, luego, fijó su vista en el paralizado Kouga.

– Lord Mars, él es…

– Sí, Kouga de Pegaso – completó, mientras daba unos pasos cerca al Santo de Bronce –. Mykene, llévatelo, déjaselo a Medea.

– ¿L–Lady Medea?

– Como he dicho, Mykene – insistió, con cierta imponencia.

El Santo de Oro se levantó, y desapareció en el aire, al instante estaba al lado del agonizante Eden, y tras posarle una mano en la espalda, se desvaneció en un haz de luz, no sin antes de darle una mirada fija a Mars, y a Kouga.

– Y bien, Kouga – dijo para quebrar un oscuro silencio entre ambos – ¿Qué te ha parecido esto hasta ahora? – Estaba apenas a dos metros del joven Santo, usaba un tono que hasta parecía familiar, pero a la vez, cruento y detestable.

– Mars… – balbuceó.

– ¿Das cuenta de qué ha ocurrido, Pegaso? – Se volteó y señaló con la mano el desolado páramo alrededor de la inmensa torre de Babel – Alrededor de treinta Santos han muerto hoy, mientras que yo perdí un ejército de quinientos Martian… Irónico, ¿no es así?

– A…

– ¿Athena? ¡Sí, Athena…! – Habló con un tono más alto y con una pizca de furia – ¡Han muerto treinta suyos, y quinientos míos! ¡Pero dime! ¿No suman, de todas formas, quinientos treinta? ¡¿No son esas, acaso, vidas que también se han perdido?! – Su voz rugía con ira, atrapada dentro de una fina capa de dolor – ¡Athena puede jactarse como protectora de los seres humanos! ¡Claro que puede! ¿Pero, y yo, y todos los que han sacrificado su vida hoy? ¿No eran tan valiosos como su Santos?

– Athena… – moduló Kouga, con dificultad, con la vista al suelo, como rendido. – ¡Athena…! – Habló con más energía, levantó una rodilla del suelo, y se ayudaba con ambas manos para erguirse nuevamente – ¡La Señorita Saori…! – La voz se le perdía con una fuerte agudeza, se sentía sediento, la saliva parecía arena en su garganta, sin embargo, había algo dentro de él que seguía vivo.

– ¡Athena nos protege! – Interrumpió Mar, y soltó una sarcástica carcajada. – ¡Jamás he dicho que no, Athena ama a la humanidad…! ¡Y sólo, sólo a la humanidad! – Le espetó, alzaba las manos, señalaba constantemente los cielos, y sus ojos brillaban cuando la ira parecía apoderarse de su alma – ¡Ha, ahí está! ¿No lo ves? Athena ama a la humanidad como ningún ente lo ha hecho nunca, y eso es algo que jamás lograré, pero, ¿en qué parte es eso justo? ¿No ha olvidado que, cada muerto en una guerra, es una vida que se estanca? ¡¿Por qué siempre olvida que ella ha sido el inicio de las guerras?! ¡¿Por qué siempre?! ¡¿POR QUÉ?! ¡DÍMELO, KOUGA DE PEGASO!

– La señorita Saori… ¡No ha comenzado ninguna guerra! – vociferó Kouga, con gran rabia, pero débil, también – ¡Nada de esto habría pasado si…!

– ¡Si Athena conociese su lugar! ¡Sacrificar el destino del universo por aquel, aquel estúpido humano! – Le cortó, y se acercó un poco más a Kouga, que jadeaba del susto – ¡Le daré a Athena tu cabeza, como prueba de todos sus errores!

El impacto metálico estalló entre los dedos de Mars, la fricción de los materiales sacó chispas, sintió arder en sus demoledores puños, algo firme le estaba refrenando de avanzar. Atónito, comenzó a emplear verdadera fuerza para empujar sobre Kouga. No notó cuándo o cómo, sin embargo, su puño solo apretó el vacío, Kouga, intrépido, se hallaba bajo él, en cuclillas, envuelto en la refulgente luz de su Cosmos.

Senko KEN!

El puño brillante de Kouga se enterró, devorado por el reflejo estelar en el torso repleto de estrellas y brillos, su puño se hundía rápidamente, Kouga, aterrado a más no poder, intentó removerlo con su otra mano, sin embargo, pronto sintió que sus fuerzas desfallecían, los ojos se le entrecerraron, y pronto estaban cubiertos de neblinas oscuras, se sintió hundir en un mar negro, que lo tragaba en espesas y profundas agua, que lo sofocaban con un calor que le derretía el cerebro, seguido de un frío helado, que le congeló hasta el corazón, que poco a poco, dejaba de latir.

"No puedo… Respirar"Preso del terror, se sintió sofocado, falto de aire, percibía una grandísima presión en su cuello, como si lo exprimiera con gran poder.

De repente, una serie de imágenes le cruzó la mente, tan veloces que vagamente podía notar si las estaba viendo, las estaba soñando, o ya había entrado en un estado de locura absoluto por el horror que experimentaba, se sentía vacío, frío, a la vez, atragantado con un calor agobiante, que le comía la garganta, y le quemaba la lengua.

Un hombre, caía, desangrado, perforado por una gigantesca lanza.

Alguien lo sostiene, es una mujer, con un cabello hermoso, larguísimo, ondeante, de sus ojos, del color del paraíso, brotaba un incesante llanto que lo ensordeció y casi lo desmaya.

Ve un hombre, casi desvestido, apenas cubierto por unas ropas, y oye a alguien hablar:

"¡Padre, dios entre dioses! ¿No piensas detenerla?

¡Está loca, está desquiciada…!"

"¡Es un humano! ¿Cómo puede hacer eso?"

"¡No tiene sentido, es una locura!"

La visión se interrumpe, y reanuda con alas blancas desplegándose en el cielo, una fantástica criatura, poseedora de dichas alas, se elevaba majestuosamente, surcando las nubes, directo a la tierra de los dioses, envuelta en un aura celestial.

¡Yo soy…!

¡EL GUERRERO DE ATHENA!

Fue lo último que oyó, un poderoso grito que retumbó en sus oídos con gran fuerza, hasta que desaparecieron en un constante eco.

– ¿Qué…? – Trató de decir, pero la palabra le salió deformada en un grito, la lengua no podía emular ningún sonido.

La realidad le volvió a los ojos de repente, le causó un gran dolor en la retina, la luz le hacía daño, hasta que se acostumbró, por reflejo se había tapado el rostro con la mano. Cuando ya se notó más cómodo, trató de ver qué había ocurrido, pues hace apenas unos momentos tenía a Mars frente a él, pero, ahora… No estaba.

– ¿Mars…? – Se preguntaba mientras miraba alrededor. – ¿Dónde demonios está…? – agregó, la voz le salía un poco ronca, después de la extraña y poco alegre experiencia que acababa de atravesar.

– K–Kouga… – oyó una voz profunda tras él, cuando se volteó, vio de quién se trataba.

– ¡Haruto! – Se asustó, se agachó para tomar al joven Lobo, quien le tendía la mano en busca de ayuda – ¿Estás bien, Haruto? – dijo mientras le ayudaba a incorporarse, Haruto colocó un brazo sobre el hombro de Kouga, mientras hacía gestos de dolor al tocarse el abdomen.

– K–Kouga… Estoy bien, pero… – intentaba hablar, pero el aliento se le iba de a golpe y no podía seguir.

– ¡Oye, respira hondo! ¡Cálmate! – Le pidió Pegaso, que justo escuchó unos pasos que se acercaban, como acto reflejo, se volteó y concentró su Cosmos, pero pronto bajó la guardia al ver de quién se trataba.

– ¡K–Kouga! – Escuchó gritar, era, inconfundiblemente, la voz de Souma que lo llamaba, mientras este se acercaba, trastabillando – ¡Haruto! ¿Están bien?

– S–Sí, eso creo… – contestó el Santo de Pegaso, luego atinó a ver hacia atrás, y veía que Ryuuhou también intentaba erguirse con gran dificultad – ¡Oh, Ryuuhou!

– Ah… ¿Acaso Mars…? ¿Desapareció? – dijo Souma al llegar con el Lobo y el Pegaso.

– N–No tengo idea, pero no puedo verlo por ningún lado – Respondió el de Cloth oscura –. O–Oye, Kouga, ¿qué te ocurrió cuando le diste ese golpe a Mars? – Cambió de tema.

– No estoy seguro… Creo que me desmayé o algo así, no puedo recordar – en efecto, Pegaso recordaba cada cosa de su… Alucinación, sueño, delirio, quién sabe qué le acababa de ocurrir.

– ¡Ryuuhou! ¡Hey! – El Leoncillo vio que Ryuuhou resbaló al intentar erguirse, salió a pronto, para poder ayudarle a incorporarse, una vez lo tuvo recargado sobre su hombro, lo ayudó a acercarse a donde Haruto y Kouga hablaban.

– Noté que parecías haberte desvanecido – le explicó Haruto, que en el momento de las alucinaciones de Pegaso estaba más cerca que todos, y era el único lúcido, aparte de Souma –, te habías quedado quieto, y luego, cuando pestañé, sentí como si me hubiese dormido unos minutos, desperté, y te grité, Mars ya no estaba.

– Estoy muy confundido… – Kouga se refregaba el rostro, estresado y molesto.

– Yo igual, Kouga, pero no hay tiempo como para olvidarnos que Mars aún puede estar por ahí… Si nos atrapa ahora, somos hombres muertos… – Haruto, en su pesimismo realístico, buscaba positividad y posibilidades, una extraña manera de pensar era la del Santo.

– ¡NO! – Escucharon gritar, la voz era débil, pero casi se podía sentir la urgencia de su tono, era Ryuuhou, que se acercaba de a poco con Souma – ¡Mars…! ¡Está expandiendo todo su Cosmos! ¡Nos destruirá aquí si no…!

– ¡Diablos, muy tarde!

Todos vieron que Ryuuhou miraba al cielo, dedujeron por lógica que allí se encontraba el peligro. Fue entonces cuando vieron a Mars, ondeando en el viento su gigantesca capa roja, parecía confundirse entre las nubes rojizas, que se habían teñido de dicho color cuando la lluvia se detuvo. La fuerza de los vientos era casi huracanada, parecía una tempestad que estaba a punto de deshacer la isla entera de Palestra.

Alrededor de la sobrecogedora figura de Mars, se habían formado centenas de lanzas creadas con el puro poder de su Cosmos. Esta vez, las lanzas tenían una apariencia diferente a las que Kouga recordaba, parecían más… Reales, no eran simples bastones de energía, si no lanzas compuestas por un larguísimo y extenso mango, terminada en una larga y, evidentemente afilada hoja. Cada una rebosaba en poder que expulsaban al exterior, como envueltas en llamas.

Apenas vieron que Mars movía sus manos hacia ellos, cerraron los ojos un segundo, los volvieron a abrir, y supieron que esa sería su último vistazo al mundo de los vivos, lo siguiente, quizás, sería verse a sí mismos, perforados por las indetenibles lanzas de Mars, probablemente, también tendrían que sufrir sus últimos latidos, viendo cómo cada uno de sus amigos se desangrarían hasta la muerte, uno tras otro, caminando, plácidamente, pero desanimados, a su destino de silencio, donde callarían por siempre, y sus misiones jamás se completarían, jamás cumplirían sus deberes como Santos.

"Perdóname, hermano…"

"Papá… Lo intenté…"

"Padre… No pude…"

"Lo siento mucho,

Señorita Saori…"

– ¿Qué cosa…?

– ¿Qué, Yuna?

– Mira, Aria, ¿no la ves?

– Eso… ¿Eso brillante?

– Siento algo muy raro, Aria, ¿tú lo sientes?

– Es… ¡C–Cosmos!

– ¿Cosmos…? ¿De quién?