Se dice que los héroes escalan los muros que nadie más puede, por eso son héroes. Sin embargo, hay muros que son demasiado grandes para un héroe, demasiado fuertes. Ya no se necesita un héroe para escalarlo.

Se necesitan leyendas.


Capítulo treinta

Vuelo Eterno I

Escucharon un fuerte impacto, sintieron el suelo temblar bajo sus pies, sin embargo, el hecho de que no sintieran nada dentro de su pecho, que les arrancara el corazón y los plantara en el suelo, los atemorizó aún más. ¿Qué ocurrió? ¿Ya estaban muertos, tan rápido que ni siquiera sintieron el correr de su sangre tibia, enfriándose poco a poco? ¿Sus ojos no habían visto más que el horrendo cielo carmesí? ¿Sus manos no habían cumplido nada de lo que se habían prometido desde que fueron llamados Santos?

Tenían los ojos cerrados, ¿o estaban abiertos, solo que envueltos en una profunda oscuridad? No lo podían saber, no lo podían comprobar. Si fuese que sólo los tuviesen cerrados, les daba pánico abrirlos, sólo para ver cómo sus vidas se iban, tan tempranas, tan rápidas… Tan jóvenes.

Algo cayó sobre ellos, algo suave, cálido, intentaron mover sus manos para tocarlo, pero no podían ver, solo podían oír. Pero, ¿podían sentir?

La tentación los consumió y abrieron los ojos, ningún par de pupilas se mantuvieron quietas, miraron a su alrededor, a sí mismos, al cielo, a donde fuese posible, pero nada les parecía reconocible, todo estaba borroso y confuso, ¿quién estaba a su lado? ¿Uno de ellos, o el cadáver de tantos otros enemigos?

Sintieron que se desmayaban, que no podían contener la presión que se les acumulaba en su cabeza, parecía que iban a estallar en un grito de locura, y que morirían si seguían mirando. Pero entonces vieron, vieron algo nítido. Algo real, algo cierto, estaba frente a ellos, llamándolos para que siguieran vivos, y se volvieran a levantar.

– ¡Levántense, jóvenes Santos! – Escucharon, la voz era desconocida para todos, menos para uno, que ya la había oído antes, sí, Kouga la había escuchado, cada vez que se hallaba en momento de duda y confusión, o cuando sentía que no se podría parar otra vez, esa voz lo hacía ponerse sobre sus pies de nuevo, de nuevo, y de nuevo.

– ¿Q–Quién es…? – Haruto fue el primero en tomar coraje para hablar, su voz era débil y entrecortada, pero daba señas de que estaba vivo, trató de levantarse del suelo cuando notó que se había caído, al igual que el resto de su grupo.

– Siento un Cosmos… – Souma le siguió, también las palabras le salían mal, pero eso no le impedía intentar erguirse, aún cuando su cuerpo insistía en caer, su corazón no se rendiría, jamás estaría satisfecho si se dejaba caer una vez más.

– Este Cosmos es como… Padre – Ryuuhou era el más atónito de todos, y era quien no podía siquiera intentar levantarse, sentía que los huesos en la espalda se le habían destrozado, y que los tendones de sus piernas se hubiesen quebrado, el dolor era tan fuerte que se sentía atado con cadenas de hierro ardiente, pero no se podía permitir caer otra vez frente al dolor.

– Aquella vez… – Kouga era el único que ya estaba de pie, sintió como la voz que había oído estalló en sus oídos, alcanzando hasta lo más profundo de su alma, que deseaba dejarse morir a manos de su enemigo, sin embargo, las palabras resonaron dentro de él, y le dieron un latido nuevo, vivo, e indetenible a su corazón – Tú fuiste el que me salvó.

Las imágenes se le reacomodaron en la vista, al ver unas magníficas y majestuosas alas doradas, ajustadas a la espalda de ese hombre cuyo Cosmos parecía no tener techo ni cielo, Kouga se mantuvo en silencio unos momentos, hasta que vio que el hombre dio un vistazo hacia atrás, y al encontrarse con su mirada, impregnada de luchas sin cesar, de sacrificios sin comparación, de una vida que ha afrontado los peligros más grandes del mundo, eran los ojos de una leyenda, de un héroe, que blandirá su espada incluso en su lecho de muerte. Eran ojos que brillaban desde el fondo de su corazón, que no latía sangre, latía Cosmos, fuego, y vida.

– Seiya… – susurró, con una expresión que no podía diferenciar entre felicidad, euforia, o nostalgia, una media sonrisa se le escapó por los labios, los ojos se le llenaron de un brillo especial, de esos con los que un niño ve triunfar a su héroe más grande – Seiya – repitió, en un tono más alto.

– ¡S–Seiya! –lo siguió Souma.

– ¡Es Seiya! – añadió Haruto.

– ¡Seiya de Sagitario! – finalizó Ryuuhou.

– ¡Seiya…! – fue el último, Mars, que había detenido su ataque definitivo cuando se encontró que el Santo de Oro se había interpuesto. – ¡Tú…! ¡Tú no puedes estar vivo!

– Mars, el punto no está en si vivo o no – habló, con solemnidad de un caballero, aunque humilde, a la vez, pues toda su vida se reducía al punto de sacrificar todo por su diosa – ¡Si no, en si puedo proteger la justicia de este mundo! – Le señaló, mientras Mars oía atentamente.

– Sabes, Seiya – comenzó el proclamado dios –, siempre he disfrutado hablar contigo, tienes un pensamiento… Único, que no he visto en ningún ser humano. Tú de verdad eres, las alas de Athena, Seiya.

– Mis alas las tienes frente a ti, porque juré proteger a aquellos nuevos Santos que vendrían en mi lugar, y en lugar de mis hermanos, para derrotarte, ¡ellos te derrotarán, Mars!

– ¿Oh…? – Mars se expresó casi irónico frente a esa acusación, Seiya le apuntaba con el dedo, y le hacía gestos de que se acercase, a modo de provocarlo, pero Mars era extremadamente sabio e inteligente ante momentos similares, ofrecerle cualquier cantidad de terreno podría resultar más que peligroso y arriesgado – ¿Estas basuras, que se pretenden llamar humanos? ¡Humanos, sí, que han traicionado su fe en la humanidad! – Mars apuntaba con furia sobre todos los presentes, señalando a cada uno lo débil y patético que terminó resultando.

– Antes de hablar de la humanidad – Seiya parecía atosigado por la ira cuando hablaba ahora, apretaba los puños en rabia, y hablaba con una voz espesa. – ¡Vete a hacer dios, y ven a decirme humano, Mars! – Le espetó, mientras le apuntaba con el índice derecho.

– ¿Te has tomado trece años para venirme con un insulto nuevo, y más estúpido? ¡Vaya, los Santos son seres que no dejan de sorprenderme! – Mars no se veía afectado por las palabras del Santo de Oro, y comenzó a mover de nuevo sus lanzas a su alrededor – ¡Sostén con tu sangre lo que has proclamado con tu boca, Seiya!

Seiya se vio venir un ataque muy potente de parte de la deidad, y no pensaba arriesgarse con Kouga, Haruto, Souma, y Ryuuhou allí. Se llevó ambas manos a sus largas hombreras que brillaban con luz propia prácticamente, aún cuando el cielo parecía haberse despedido del sol para siempre; desde dentro de sus hombreras dobles, retiró dos refulgentes haces de luz con los dedos. Al instante, estas manifestaciones de luz se transformaron en lo que parecía un objeto tangible, recto, con una punta similar a la de una flecha. Sin perder tiempo, Seiya se colocó una en la boca, la apretó con los dientes, y rápidamente "desenfundó" una tercer flecha de sus hombreras, esta la lanzó al cielo, giraba, veloz, y destellante, varias chispas se desprendían, como si fuese una hoguera en el cielo.

Todo lo hizo en una velocidad súper–humana. Primero, se colocó en una posición de arquero, enseñando la primer flecha directo hacia Mars, un arco que, hasta entonces, no se veía, se manifestó allí mismo, parecía hecho completamente de oro, radiante como el resto de su Cloth. La primera flecha fue disparada hacia la izquierda, y surcaba rápidamente el cielo, fue cuando la segunda flecha, que estaba girando hace unos momentos, cayó en sus manos, y la lanzó hacia la derecha. La tercer y última, la quitó de su boca, la disparó al centro de las otras dos.

Una vez las tres flechas estaban en una altura equiparada, estas comenzaron a resonar y a brillar en sincronía. Mars les echó una mirada de desprecio, casi con burla, pues mientras Seiya solo lanzó tres flechas que ni siquiera le han llegado a tocar, Mars tenía un ejército invisible de cien soldados levantando sus lanzas.

Los Santos de Bronce escucharon cómo el aire silbó en cuanto Mars ordenó el movimiento de las armas, pero apenas pudieron verlas cómo se desplazaron, eran absurdamente veloces, parecían desvanecerse y reaparecer con intermitencia, ningún ojo humano sería capaz de captar tal velocidad, ni tampoco habría humano alguno que saldría vivo frente a ese ataque, incluso que Seiya, el Santo legendario, sea ese humano. Cuando los Bronce dieron un paso atrás, con miedo, ya todo estaba ocurriendo.

AIOLOS THA!

(¡Voluntad de Aiolos!)

INFINITY BREAK!

(¡Destrucción Infinita!)

Seiya exclamaba las palabras mientras alzaba sus manos hacia el cielo, las cerró con fuerza, y en ese momento, pareció que las musas dejaron de inspirar al mundo para que produjera sonido, o bien, parecieron haber privado a los jóvenes Santos de sus oídos, como si nada en este mundo produjese una mísera onda sonora, sus voces se acallaron también, aún cuando intentaron hablar, sus gargantas vibraban, y sus lenguas se movían, pero el sonido se había desvanecido de sus bocas, o de sus oídos.

Cuando miraron a su alrededor, creyeron que el cielo se cernía sobre ellos, como si el mundo fuese comprimido en el puño de un dios, sintieron que las estrellas se fundían sobre la atmósfera y se estrellaban por todas partes, no podían oírlas, pero sentían que cada impacto era estremecedor, cada golpe parecía un puñetazo de un Titán sobre la tierra, que sacudía los continentes, y también sus mentes, aturdidas por el temor, la confusión, ni siquiera podían hallar refugio en las majestuosas alas de la Cloth de Oro de Sagitario. Cuando intentaban pestañear, parecía que el mundo se había venido abajo junto con ellos, y fueron aplastados entre dos galaxias que estallaron a la vez.

Pero, una vez el viento silbó de nuevo en sus oídos, todo pareció vivo de nuevo, el mundo, y ellos, también. A su alrededor, se asombraron al ver cómo nada había sido destruido, nada en absoluto, ni siquiera se sentía como algún paisaje desolador, al menos, no más desolador que antes, ni más aterrador. Seiya aún estaba de pie delante de ellos, dándoles las espaldas.

– ¡Esas son…! – dijo Haruto, que fue el primero en ver los centenares de gigantescas lanzas desperdigadas por todo el lugar, ninguno daba crédito a lo que acababa de ocurrir.

– ¿Cómo…? ¿Cómo hizo esto? – Se preguntó Ryuuhou, que intentaba levantarse desde hace largo tiempo, durante la colisión de ataques, se sentía adormilado e inconsciente, pero ahora ya podía pensar con claridad.

– ¿Es este el poder de un Santo legendario…? – Añadió Souma, consternado, no sabía si aterrorizarse o llenarse de emoción, los ojos se le cubrieron con unas involuntarias lágrimas que secó rápido al levantarse, lo mismo que Haruto, y Ryuuhou.

– S–Seiya… – tartamudeó Kouga, quien era el que ya estaba de pie, y parecía el más pasmado de los cuatro – Seiya… – repitió, como en trance.

– Jóvenes Santos – les respondió Seiya, volteándose por fin completamente –, desearía hablar con ustedes más, de verdad. – Tenía una tonada madura, pero parecía deprimida y cansada – Pero, sólo les vengo a pedir, vengo a pedirles que no se rindan, que nunca renuncien a su Cosmos, y éste siempre, siempre les dará la respuesta a todas sus dudas.

– Seiya… – dijo un tembloroso Kouga, que intentó dar un paso y acercarse, Seiya echó un vistazo atrás por alguna razón, y accedió a que el pequeño Pegaso se le acercase.

– Ven, Kouga – le dijo con cierto cariño –. A ti te debo decir esto, tú lo necesitas, lo necesitas para guiar a todos con tu luz hacia la batalla, yo sé que tú puedes, Kouga – Le tomó rápido las muñecas de la mano, y le habló con una voz muy calma y suave. – Kouga, en estos puños descansan las estrellas fugaces que ya no saldrán de los míos, por favor, ilumina este mundo con cada una de ellas, confío en ti, Kouga.

– Mis puños… ¿Son estrellas? – Kouga hablaba con voz algo monótona, y parecía idiotizado por la presencia de Seiya, hace tiempo, lo hubiese considerado un idiota que había dejado a Athena ser capturada, pero, ahora, en él veía un héroe sin parangón, ni comparación con ninguno que jamás hubiese pisado la Tierra, le tenía respeto, y lo sentía con toda sinceridad.

– Ya… – Seiya miró por sobre el hombro de Kouga, y se dio cuenta de algo que ninguno parecía percatarse – no nos queda más tiempo para hablar, Santos del mañana. – Dijo mientras soltaba las manos de Kouga, y se volteaba una vez más – Rezo porque la próxima vez que los vea, ustedes sean héroes. – Se preparó para salir en busca de algo a velocidad, pero antes, agregó: – ¡Les encomiendo a Athena, jóvenes guerreros, héroes del mañana…! – Hizo un segundo ademán de salir, pero se detuvo otra vez – Kouga, en tus manos dejo la Señorita Saori.

Y despegó de su lugar, rápido, sin que Kouga, ni el resto pudiera dar una sola palabra más. No, había más que una sola palabra, si se los hubiese permitido Seiya, quizás nunca lo hubiesen dejado ir, por más guerreros que fuesen, no podían evitar sentirse protegidos bajo las alas de Sagitario… Pero no era algo que Seiya pudiese permitir.

– ¡Seiya! – se oyó una voz gruesa y portentosa. – ¿Ya has terminado de hacerles soñar a esos niños? Qué cruel eres, ¿por qué les llenas de esperanza y poder, cuando sabes que es imposible? – Era Mars, quien aparecía desde una zona algo alejada, caminando entre todas sus lanzas incrustadas al suelo.

– Quizás, para mí ya se ha hecho un poco tarde… – le concedió – No obstante, ¡estos jóvenes! – Los señaló con los brazos – ¡Estos jóvenes poseen el inagotable Cosmos capaz de crear milagros!

– ¿Así que los llamas milagros, eh? – interrumpió Mars, con cierta ironía en su voz. – ¡Sí, sí, los Santos son criaturas de lo más peculiares! – Decía tras una corta y burlona carcajada.

– Porque son humanos – Seiya pareció hacer una pausa que se sintió eterna, llena de tensión que recaía en las comisuras de sus labios, hasta que, esbozando una sonrisa, pronunció: – ¿No, Ludwig?

Mars no respondió, hubo un incómodo silencio entre las palabras de Seiya, Mars parecía haberse quedado paralizado en el lugar, inmóvil, la llama de su cabeza ardía aún, pero parecía menos viva. El silencio se prolongó unos segundos, sin embargo, en la mente del dios, el tiempo se había congelado en sus ojos, las nubes se habían detenido, el viento no corría, sino que se había caído, sin vida, sus lanzas, que brillaban en una hermosa aura carmesí, ahora parecían muertas, grises, el tono rojizo de su hoja se desvaneció, e incluso pareció arruinarse, oxidado por el aire que acababa de morir.

– Tú… – dijo con una voz gutural – ¿Cómo conoces ese nombre? Ese nombre es de nadie, llama a quien no existe – las palabras se sentían rebuscadas en su clásico hablar agresivo y furioso.

– Mars, ¿de verdad crees que he pasado trece años pensando en una manera de insultarte? – Contestó al instante el Santo, que aún seguía con una sonrisa casi de niño en los labios – Supongo que tú también te habrás encargado de pensar un insulto más que… ¿Cómo era? – Sacudió un poco la cabeza, una reacción tan trivial para una situación tan tensa. – "Burro Fugaz"; ¿no? – la sonrisa se le desvaneció del semblante, tan pronto quiso darse cuenta, estaba agachando la cabeza para evadir el meteórico puñetazo de Mars, que le habría volado la cabeza si no hubiese respondido a tiempo.

– ¡Escoria humana! – Rugió Mars con toda la furia que su voz podía emitir, se sentía como una andanada de truenos cayendo a la misma vez – ¡Yo no soy un vulgar ser humano, yo no tengo nombre más que Mars! – Intentó un nuevo ataque, pero Seiya lo detuvo usando una única mano, aunque esto no le resultó muy fácil, la fuerza de Mars era tal que lo hacía hundirse en el barro. – ¡Soy la máxima expresión del Cosmos, soy un dios! ¡Soy el dios de la guerra, Mars! – Sagitario era lanzado hacia atrás con cada palabra que vociferaba Mars, su potencia era realmente absurda, sin límite, cuando creía que podría manejar el sobrecogedor poder de su oponente, este manifestó una de sus sangrientas lanzas en la mano, preparado para incrustarla, atravesando oro, atravesando carne, y sacando sangre, por el pecho de Seiya.

La reacción de Seiya fue bestialmente veloz, con un impulso de desesperada fuerza, empujó el puño de Mars, y tuvo la oportunidad para detener la hoja de la lanza con ambas manos, para luego tornarla hacia un costado, tratando de que Mars cediera y soltara la lanza.

No la soltó, pero el mango se quebró en dos, Seiya fue el primero en notarlo, tomándolo como ventaja, salió de un salto hacia atrás, estando a una distancia prudencial de su brutal rival, que parecía erguirse sobre sí mismo, como una llameante torre de fuego, a punto de derrumbarse sobre Seiya, el humano, el Santo, el Santo asesino de los dioses.

Miraban, desde lejos, los jóvenes Santos de Bronce, cada uno más sorprendido que el anterior por la feroz y espectacular batalla, no podían oír que decían, pero como si eso importara. Souma, eufórico, hasta parecía llorar de emoción con cada movimiento que Seiya hacía, la voz se le ahogaba en un grito de aliento para Seiya, pero, se sentía tan asombrado que su voz estaba muda. Haruto no hablaba, pero sus ojos tan abiertos, y su expresión tan atenta denotaba su claro respeto y admiración por el Santo legendario, que, viniendo de Haruto, el respeto vale mucho. Ryuuhou no estaba tan asombrado, pero sentía, dentro de él, que veía en él héroe que su padre no era, ¿por qué Seiya era el loado Santo de Oro, y su padre estaba postrado frente a una cascada…?

Kouga, aún estaba conmovido por las palabras de Seiya, sus puños eran estrellas fugaces, estrellas fugaces… Tan maravillado estaba, tan emocionado se sentía, que no paraba de acariciar sus palmas con los dedos cuando Seiya lanzaba un puñetazo, imaginando, que, algún día, tal vez ese podría ser él… Algún día, ese, ese héroe podría ser él.