Capítulo treinta y uno
Vuelo Eterno II
– ¡Vamos, Seiya! ¿Tras estos trece años, sólo esto me puedes hacer?
– ¡Demonios…!
La batalla se desenvolvía, feroz, el Santo se sentía acorralado, por momentos, se hallaba solo capaz de esquivar brutales embates de su fiero enemigo, quien no se detenía por un segundo a repensar, sus puñetazos se sucedían el uno al otro sin transición ni cambio de postura. Seiya sólo halló su oportunidad cuando la vertiginosidad de la contienda se tornaba imposible de seguir, tanto para él como para Mars, quien no medía la velocidad de sus endemoniados ataques, tan rápido y tan veloz era, que olvidó que podía fallar, que el ataque perfecto no existía. Apenas Seiya sintió cómo su cabello fue revuelto por los dedos de Mars, se dio cuenta del fallo, era pequeño, casi milimétrico, al costado izquierdo de su rostro, esta oportunidad fue imperdible, irrepetible.
Sus nudillos volaron directo al mentón del dios, su cuello salió disparado hacia atrás, mientras gemía en voz baja, por el dolor, pero no fue el único herido; el Santo de Oro logró la contra, efectivamente, pero muy a pesar de su vista, pues cuando el puñetazo salió, su rostro que fue instintivamente hacia delante, fue dañada por la fricción contra el metal negro, para cuando lo notase, tendría ya el ojo izquierdo entrecerrado, las pestañas quemadas, y toda la mejilla enrojecida. Seiya no perdió tiempo en su dolor, velozmente se anticipó al enfurecido contraataque de Mars, estaba agachado cuando el colosal brazo le pasó por sobre la mollera, y propinó una patada directo a los muslos de su oponente, pero no lo descentró, Mars había abierto las piernas para afirmarse sobre el suelo.
Le tocaba a Mars atacar ahora, alzó sus dos gigantescos brazos, intentó atrapar al desprotegido Seiya por las hombreras, pero este respondió antes. Lo atrapó con sus manos, pequeñas al lado de la gran masa que Mars era, pero fuertes como los de ningún hombre. Primero, intentó levantarlos un poco, utilizando una fuerza física descomunal, por un segundo, sintió que los brazos se le iban a quebrar, separar del cuerpo, o que iban a ser pulverizados. Antes de ello, los relajó al descender las manos de repente, y siguiéndolo con un rodillazo impulsado, directo al rostro de Mars. Apenas hizo impacto su rodilla derecha, cambió de pierna para dar una segunda patada en el cuello, que la utilizó para auto–eyectarse hacia atrás.
Sus alas no eran puro adorno, aunque uno pareciera verlas pesadas, ostentosas e inútiles en práctica, le permitían conseguir un equilibrio aéreo perfecto, el sueño que todo hombre ha intentado alcanzar, siquiera una vez en su vida, ha deseado que alas le creciesen, y libre como un ave volase. En medio del aire, a unos cuantos metros alejado de Mars, casi como si fuese natural, tan simple como respirar, y aún con su ojo dañado, dibujó las trece legendarias estrellas con sus dedos.
Pegasus Ryuuseiken!
(¡Estrellas Fugaces de Pegaso!)
[…]
– E–Ese movimiento… ¡Ahora lo recuerdo! – Kouga, mientras miraba cómo el Santo de Sagitario lanzaba incontables ráfagas celestes de sus puños, recuperó un recuerdo que sentía dormido – luego de que logré golpear a Mars con eso… Me había desmayado. – Recordó al fin.
– ¿Por eso no conocías…? – Preguntó Souma, hablaba lo menos, pues estaba muy concentrado en la batalla, que miraban todos bastante alejados, pero se podía sentir el impacto y el poder del Cosmos incluso a kilómetros.
– E–Eso creo…
– ¡Miren eso! ¿Qué está haciendo Mars? – Interrumpió Ryuuhou, señalando al susodicho.
– ¡¿A–Atrapó el Ryuuseiken?! – Titubeó Haruto.
[…]
– ¿Qué diablos…?
– ¡Piensa rápido, Seiya!
Todas las estrellas fugaces que Seiya había disparado contra Mars se vieron inutilizadas en un instante, este abrió con su Cosmos una esfera de energía color bermellón, la cual luego dividió en dos, y atrapó las ráfagas dentro de estas, que crecieron desmesuradamente, hasta ser casi la mitad de altura que Mars, y no solo destellaban auras de Cosmos rojizo, sino que largos haces de luz celestiales los rodeaban, al poco tiempo estallaron en pequeñas partículas de luz, que parecían estrellas. Las esferas de Cosmos se tornaron a un negro profundo.
Seiya ya no tenía respuesta para cuando las dos concentraciones de energía aceleraban contra él, instintivamente intentó atraparlas con las manos. Los dedos se le hundieron dentro de la oscuridad, el poder se sentía sobrecogedor, los músculos se le tensaron hasta casi producirle un calambre. Las piezas que recubrían su brazo estallaron y se desvanecieron en el aire, ya para este momento, Seiya dejó de sentir las manos, la fuerza era tan arrolladora que, por la presión, los dedos del Santo cedieron. Extrañamente, fue capaz de desviar la técnica que Maras acababa de improvisar, sin embargo, estas se hallaron en el camino de sus alas de oro.
Oyó cómo las piezas de sus alas, pluma por pluma, fueron despedazadas y pulverizadas en el aire, tras eso, solo pudo oír su espalda chocar contra el suelo, y luego, el amargo sabor del polvo.
[…]
¡SEIYA!
Exclamaron todos al unísono, el Santo de Oro había aterrizado en las cercanías de donde los Bronce se hallaban, instintivamente salieron a su encuentro, apenas estaría a unos ocho metros, que recorrieron en un instante, solo Ryuuhou se quedó en el lugar, pues las piernas las tenía muy débiles como para moverse a alta velocidad. Kouga fue el primero en llegar, y rápidamente lo tomó por los hombros, para intentar que se levante, sin embargo, este no podía responder, parecía desmayado, quizás se dio un golpe serio en la nuca, que lo dejó inconsciente, Kouga intentó llamarlo numerosas veces, pero este no respondió de ninguna manera, ni siquiera emitió algún sonido de queja, o dolor; en la desesperación, cuando Haruto llegó, pensó que no respiraba.
– ¡Kouga, tenemos que darle Cosmos, quizás lo despertemos si su corazón late lo suficientemente rápido! – Sugirió el Lobo.
– ¡Déjamelo a mí! – Interfirió el recién llegado de Souma, quien estaba extremadamente emocionado, aunque su resistencia física no se lo permitía demostrar, su Cosmos era el que más potencia de los tres tenía, Ryuuhou no se podía acercar, y entregarle su Cosmos haría que el Dragón se desmaye, sin duda.
– ¡Rápido, rápido, rápido! – Apuró Kouga, empezó a elevar su energía interna, canalizándola a través de los hombros del héroe legendario.
– ¡Resiste, Seiya, tú puedes! – El Leoncillo le puso ambas palmas sobre el pecho, donde se encontraba la ClothStone similar a la de Pegaso, romboidal, más grande, y del mismo color celeste, y hacía como si le reanimara el corazón para infundirle Cosmos directo al corazón.
"Tiene las muñecas casi destrozadas…" – notó Haruto, se asustó al ver que ambas muñecas estaban negras, fue allí de donde lo tomó para darle parte de su Cosmos.
Seiya estaba envuelto en un cúmulo de Cosmos, que alternaban entre el celeste, el naranja, y el verde. Lo que no habían recordado, es que Mars aún estaba allí, cuando quiso notarlo Haruto, ya estaban condenados: la lanza sangrienta de Mars cruzaba el aire a una abrumadora velocidad, y estaba a punto de empalarlos a todos en un solo golpe, ni siquiera tuvo tiempo de gritar "¡Cuidado!".
Pero la lanza nunca llegó, creyó que fue una ilusión, que la lanza simplemente se movía a una velocidad tan sorprendente que no podía verla, sin embargo, no era eso, cuando miró a su costado, vio la hoja incrustada dentro de la tierra, emanando un ardiente Cosmos. A su lado, vio que unos fragmentos verdosos yacían. Volteó por instinto, a ver a Ryuuhou, sí, había sido él. En su brazo había desaparecido el preciado escudo del Dragón, y donde estaba solo había un hueco, por el que podía verse su piel.
"Perdí el escudo… Perdona, papá, pero…"
Un gran trozo del escudo salió volando hacia donde Souma intentaba reanimar a Seiya, el Leoncillo lo captó por el rabillo del ojo, lo atrapó antes que le impactase en la sien, Haruto intentó lo mismo, pero había fallado y el dedo pulgar terminó rasgado, con un fino hilo de sangre corriendo hasta su palma.
Antes que siquiera lo hubiesen notado, Seiya estaba de pie nuevamente, con los ojos abiertos, o, al menos uno, el otro aún seguía hinchado y dañado. En sus manos, sostenía el trozo de escudo, que miraba fijamente. Luego, se volteó, y vio a Ryuuhou, jadeante, que había perdido el arma que era de su padre para salvarle la vida, Seiya se sintió estupefacto, y luego miró a los otros Santos, que también se habían esforzado para hacer que volviera a estar sobre sus pies, peleando como el héroe que era.
– "Estos chicos…" – Se dijo, y sonrió – "Sí, no puedo perder todavía… Aún no ha llegado…" – Echó una mirada por detrás de Ryuuhou, para reafirmar algo, vaya a saber uno qué, para poder volverse a Mars nuevamente, no sin antes dirigirle unas palabras a los jóvenes Santos -
Santos de Athena… Jóvenes Santos, estoy tan orgulloso de haberlos visto esta vez, sé que no me arrepentiré de encomendarles la Tierra, y a Athena. ¡Souma! ¡Te deseo suerte en tu búsqueda de justicia! ¡Haruto, halla la paz en el alma de tu hermano! ¡Ryuuhou, el honor y toda la vida de tu padre no estaba en ese escudo, está en ti, en tu Cosmos! ¡Tú eres su orgullo!
– Y, Kouga… – dijo con un tono más serio que alentador, comparado al de recién – Esto será lo último que te enseñaré, ¡apréndelo bien!
Sagitario apretó un poco el trozo de Cloth de Dragón, recordando viejas memorias.
"Recuerdo cuando esto por poco no me partió la cabeza…" - una corta sonrisa nostálgica se le manifestó sobre el mentón - "Quién diría que ahora me salvaría la vida, tanto tiempo después…" - Seiya lanzó el fragmento verde claro hacia donde Ryuuhou se hallaba, y emprendió rumbo de nuevo a la batalla, tras darle un pequeño gesto – "Gracias, Ryuuhou, por tu sacrificio."
"Cada uno ha sacrificado parte de su vida hasta este momento, incluso Geki, incluso todos los Santos de Bronce, que jamás imaginaron tal infierno…" – pensó mientras aceleraba a velocidad comparable a la de un rayo de luz, rápidamente se vio impactando sus puños contra los de Mars, quien presionaba, empujaba con violencia hacia la tierra, y lo enterraba dentro del fango – "Tengo que demostrarles que ninguna gota se ha derramado en vano, ¡tengo que explotar mi Cosmos por ellos! ¡Tengo que…! ¡TENGO QUE…!" – Llevado por la adrenalina de sus pensamientos, Seiya se tornó mucho más frenético, la potencia en sus brazos aumentó de repente, las heridas en sus muñecas parecían haber sanado – "Gracias, Haruto, por tu inteligencia."
El dios sólo podía esquivar, curvaba el cuello, bloqueaba velozmente con los brazos, por un momento, parecía que se burlara de la habilidad del Santo, pero antes que quisiera notarlo, la furia y rabia con la que Seiya lanzaba puñetazos cada vez le presionaba y arrinconaba a cada golpe que volaba cerca del rostro de Mars. Hubo un instante en el que Mars quiso contraatacar a pesar del riesgo, fue un derechazo, directo al punto ciego de Seiya, sin embargo, precisamente, ese era el momento que el Santo esperaba con ansias, sabía que la arrogancia de Mars lo llevaría a atacar con fuerza desmedida, afectando su velocidad y reflejos.
Pudo adivinar la dirección del ataque por el movimiento del hombro, y supo atraparlo en el momento justo, al tiempo que ejecutaba Cosmos sobre la negra protección de su enemigo, las ráfagas de energía se expandieron y fugaron entre los dedos, estallando en una brillante explosión que cegó los ojos del iracundo dios de la guerra. Apenas la vista se le esclareció, vio a Seiya varios metros alejado de él.
"¡¿Qué demonios está…?! ¿Acaso aprendió…?"
KOSUMO BAKAHATSU!
(¡EXPLOSIÓN DE COSMOS!)
Desconoció que pose había hecho Seiya para tal habilidad, sin embargo, Mars no dudó de que realmente hubiera dominado un poder que jamás creyó vivir para ver en un humano.
Las llamas de la ardiente aura celeste se expandieron por todo el panorama, antes que quisiera darse cuenta, Mars sentía que el suelo se había derrumbado, y el cielo había llenado todo el lugar, sabía que no era real, sin embargo, la situación se tornaba dificultosa a sus ojos, debía buscar una manera pronta a defenderse. Pero se quedó quieto, mirando atento al Santo, como si esperara algo resultara favorable.
Seiya tenía los brazos abiertos, a través de los cuáles seguía expulsando Cosmos en grandes cantidades, y no solo de sus extremidades, sino que cada parte de su Cloth manaba extensos y brillantes fluidos de energía.
"Gracias, Souma… Por tu potencia."
Separó un poco los pies, y contrajo los músculos del brazo, posó sus manos sobre el pecho, donde la ClothStone residía, apretó la zona con fuerza, haciendo gran énfasis en la presión que ejercía. El flujo de energía se detuvo al momento, y comenzó a revertirse, como la corriente de un río, regresaba al gran océano cósmico del alma de Seiya.
"Mira bien, Kouga, esto es gracias a ti."
La concentración de su energía se redujo alrededor de su cuerpo, pero no solo se restringió a ello, sino que la extendió detrás de su espalda, las alas que acababa de perder su Cloth eran reemplazadas por unas hechas con su propia fuente de Cosmos, eran casi tan altas como su cuerpo, estaban desplegadas hacia atrás, y luego las movió, como si fuese parte de su propio cuerpo, haciendo que se levantase un poco del suelo, con un aleteo se elevó unos centímetros, suficiente para alcanzar a impresionar legítimamente al dios de la guerra.
– Fascinante, Seiya, jamás pensé que viviría para ver que exista alguien capaz de plantarme una verdadera batalla – le halagó –, sin embargo, – se dirigió con un tono más serio. – No has alcanzado más que una simple imitación, te has olvidado de qué te está limitando…
– Tú también, Ludwig – le devolvió.
Mars no dio respuesta a las que él llamaba calumnias. Lo único que hizo fue introducir una mano dentro de su peculiar torso, sus dedos se hundían dentro de los cúmulos cósmicos formados en su centro, que se expandían erráticamente, formando estrellas fugaces que recorrían todo su cuerpo. Cerró un poco su gran mano izquierda, parecía agarrar algo dentro de sí. Cuando la extrajo, una singular esfera brillante salió de allí, parecía emitir luz propia, a su alrededor, formando una órbita, giraba una línea rosada, pronto, las líneas se multiplicaron en torno a la esfera, y esta cambió poco a poco su brillo, cambiando a un tono color carmesí en las puntas, y rojo sangre acercándose al centro.
– ¡Te enseñaré que es el verdadero, auténtico poder, Seiya! ¡Te enseñaré qué es un dios, un dios que tú nunca podrás asesinar!
GALAXIA PRIMA!
(¡PRIMER GALAXIA!)
