Capítulo treinta y dos
Alas Legendarias
– Apresúrate, Aria, o no conseguiremos escapar.
– Pero… Duele…
– Sé que te duele, Aria, pero por favor, tienes que aguantar, tus pies pronto se acostumbrarán.
– ¿Cuándo?
– Ah, ya no tardará.
Como la niña describía, estaban caminando sobre un suelo muy áspero, nada amable con los pies suaves de Aria, quien gemía cada dos pasos del dolor cuando sus plantas se encontraban con una filosa piedra, o cuando se chocaban con una gran raíz de un árbol. Cruzaban con apuro el bosque, pero, por supuesto, la niña de luz retrasaba a la Santo que le exigía aguantar; tranquilamente podría cargarla, pero Yuna no era de esas niñas mimadas, ni tampoco una doncella, así que tampoco trataría a otra como tal, por lo que, si puede caminar, que camine.
– Ya no debemos estar a metros de la orilla, allí descansarás un poco, y luego veré cómo llegamos hasta el otro lado.
– E–Está bien – balbuceó la chica de ojos estelares.
– ¡Con un…! – Sintió un estruendo bajo sus pies – Bozhe! (¡Dioses!) ¿Qué cosa…?
Habían alcanzado un pequeño claro dentro del bosque, cuando Yuna sintió la tierra temblar un poco, atinó a mirar primero al cielo, que prácticamente las tenía a oscuras, no se podía percibir un solo rayo lunar que atravesase las hojas de los árboles para que les permita ver con más claridad por donde iban. Pero hubo una luz que cruzó el cielo con gran rapidez, y eso la desconcertó.
– ¿Qué, Yuna?
– Mira, Aria, ¿no la ves?
– Eso… ¿Eso brillante?
– Siento algo muy raro, Aria, ¿tú lo sientes?
– Es… ¡C–Cosmos!
– ¿Cosmos…? ¿De quién?
Se quedaron ambas dubitativas un segundo, hasta la que lo que parecía una estrella fugaz pasó de largo, y las dejó en penumbras nuevamente. Entre las sombras, el Águila oyó el caer de algo pequeño cerca, desde niña ya había dominado una buena habilidad para oír, y también para manejarse en la oscuridad, se agachó, soltando la mano de Aria, y tanteaba con sus dedos sobre el suelo seco.
– Aria, ayúdame a buscar, siéntate, y rodea con tu mano todo lo que esté cerca. – Le pidió, la niña accedió de buena gana, e hizo caso.
– ¡Mira, mira, Yuna! – Dijo al cabo de un rato.
– ¿Eh? – Se volteó a ver, y se paró – ¿Hallaste algo?
– Sí – contestó, al tiempo que se erguía, con cierta elegancia, a pesar de que sus túnicas estuviesen maltratadas y sucias –. Esto. – Le tendió un pequeño objeto, no de más de un centímetro de alto, y medio de ancho.
No podía distinguirlo bien, pero parecía un objeto metálico, frío, y concreto, cuando lo recorría con sus dedos, creyó sentir que había unas hendiduras en alguna parte.
– Maldita sea mi suerte, no sé qué es esta cosa.
– ¿Qué es suerte? – Quiso saber Aria.
– Depende de cómo lo veas, Aria, uno dice que tiene buena suerte cuando pasa algo bueno y no lo esperaba, y mala suerte cuando algo malo ocurre y no se esperaba.
– Y Aria, digo, yo… ¿Mala o buena suerte? – Preguntó, con inocencia, Yuna se la quedó mirando por unos segundos, la mirada de Aria parecía brillar en las sombras, la Santo tenía enormes ganas de decir que no podía ser más inoportuna, pero más grande era su pena por la pobre inocente.
– Eso lo decides tú misma, Aria – dijo al final de meditar un momento, Aria se quedó reflexionando sobre ello un rato –. Vamos. – La interrumpió. No podemos quedarnos mucho tiempo aquí, toma, lleva esto.
– S–Sí – asintió mientras agarraba el objeto que encontraron.
[…]
GALAXIA PRIMA!
Seiya casi quedó absorto cuando vio cómo Mars aumentaba su poder en un lapso de tiempo tan corto, comparado con los minutos y cuánto cansancio le produjo en todo el cuerpo.
"Cielos… De verdad ha superado tantos límites, ¿cómo alguien es capaz de tanto?" - pensó.
La pequeña esfera que sostenía en la mano se desvaneció cuando la cerró, explotó, y solo dejó las estelas de las órbitas rosadas que giraban alrededor, rápidamente los trazos brillantes se fundieron sobre su muñeca, desplegando una gran energía cósmica que pronto le cubrió todo el cuerpo. Distinta a la de Seiya, que se veía fluida y brillante, esta era pesada, oscura, densa, de un profundo color bermellón.
– Mira, Seiya, hasta este punto hemos llegado – dijo, al fin.
–Así parece – concedió el Santo. – Ni en mis sueños más locos había imaginado esto.
– Yo menos, Seiya, pero, aquí estamos, y ya no hay vuelta atrás, en este mundo hay espacio para solo uno de los dos.
– Te equivocas, Mars, aún…
– No hay vuelta atrás – repitió con una voz casi monótona, Seiya suspiró, frustrado.
– No, no la hay – admitió finalmente, bajando la vista, casi con tristeza se podría decir, mientras acercaba la mano derecha a su hombrera contraria, y extrajo el haz de luz que rápidamente transformó en flecha, levantó la cabeza cuando apuntó al dios.
– Sí… Así es como se debe resolver esto, Seiya, por las armas – Mars elevó los brazos, ejerciendo fuerza, extendió su Cosmos, y manifestó detrás de él una cadena circular de fuego abierta, poco a poco, se divisaba una figura diferente, parecía una corona de laureles – ¡Vamos, Seiya, demuéstrame cuánto valen ustedes, humanos!
– ¡Haré algo mejor, te enseñaré cuánto vales tú, Ludwig! – Seiya levantó el tono, pero se reflejaba un poco de arrepentimiento en dichas palabras. Echó, por un instante único, hacia atrás, y su mente un poco llegó a relajarse – "Ya está aquí, ya puedo hacerlo… Sabía que podía confiar en ella."
El momento había llegado, todo debía ser zanjado en un solo instante, todo se iba a definir en un solo disparo de Cosmos, el más fuerte era el que iba a ganar, el que iba a prevalecer, ¿cuántas veces, cuántas, Seiya se había encontrado frente a esta situación? Quería detener la cadena de la guerra, quería que el mundo baje las armas, y que los dioses dejen de crearlas… Sentía que levantando esa flecha, levantaba un arma más, y creaba una guerra más.
"Aioros, perdóname, pero requiero tu fuerza, te juro, como juré aquella vez, ¡voy a proteger a Athena! ¡Por favor, guíame, una vez más!"
El Cosmos de Seiya estalló a su alrededor, remontándose en el aire, sobre sí misma, la energía se caía, y renacía, volvía a escalar al cielo, parecía una auténtica estrella, un verdadero cometa. Los Bronces, que miraban atentos la escena, estaban maravillados ante tal muestra de poder, se sentían pequeños, minúsculos, inútiles.
Mars, Kouga, Souma, Ryuuhou, Haruto, todos y cada uno miró la escena con un asombro común. Seiya poseía un par de alas que lo mantenían en el aire a base de su Cosmos, pero otro par crecía detrás de sus espaldas, estas no eran de color celeste, sino doradas, como alas traídas desde el sol.
"¿Cuatro alas…? ¿Quién más está allí? Siento una presencia detrás de Seiya…" Reparó Mars, sentía un segundo Cosmos que crecía detrás del Santo, tanto parecía esta nueva esencia, que creyó ver un hombre tras Seiya, un hombre alto, corpulento, que tomaba su arco y su flecha, y apuntaba hacia él – "Qué tipo más interesante eres, Seiya, que hasta traes a la vida a los muertos… Me pregunto, si, podrás revivirte a ti mismo."
Mars respondió, la corona de fuego que se cernía sobre su cabeza se multiplicó en sus manos, un nuevo aro ardiente se manifestó en cada brazo, los soltó, quedando suspendidos al aire, el primero que había formado detrás de sí se movió hacia delante, se volteó sobre su eje, dejando el sector abierto hacia abajo. Los otros dos se conectaron al anterior, formando una triple unión de laureles llameantes.
Mars adentró la mano dentro del triple aro, abrió la palma, una llama se manifestó dentro, era pequeña, pero a su arder, las otras llamas también se elevaron con fuerza.
– ¡Vamos, Seiya!
– Ludwig…
AÍOLOS THA!
(¡Voluntad de Aioros!)
EIEN NO TSUBASA!
(¡ALAS ETERNAS!)
CRUENTA LAURI!
(¡LAURELES DE SANGRE!)
Seiya tensó el arco de Cosmos, y una tormenta celeste se revolvió sobre él, rodeó la saeta de oro, pronto, el Santo se había desvanecido entre el flujo, sólo las cuatro alas de su espalda remanecieron por sobre la expulsión y compresión de Cosmos. A los pocos segundos, la energía tomó una nueva forma, Seiya parecía no verse en ella. Un hermoso caballo de cuatro majestuosas y gigantescas alas, las plumas desprendían chispas suaves. Todo su cuerpo estaba entintado de color cielo, sus ojos brillaban como la miel bajo la luz del Febo, rodeados por llameantes ráfagas de cristal. Levantó la magnífica crin hacia el cielo, flameante, vivo.
Todos lo vieron emprender vuelo directo a los aros llameantes, que explotaron en una combustión volcánica, entre la llamarada, el galopar del caballo aceleró y rompió entre el mar de fuego, aleteando sus alas, y avanzando hacia el dios que no decayó en su ataque, giró la muñeca, haciendo una explosión terrorífica. Parecían extenderse lenguas de sangre, negras, espesas, que se apoderó de la llamarada y tornó el fuego de un tono amarillo y rojo, a un profundo negro, manchado de carmesí; detrás de los tonos oscuros, parecían restallar pequeñas estrellas.
Algo les palpó en las espaldas, Ryuuhou fue el primero en ver, de hecho, el único, no supo de quién se trataba para ser exacto, pero sí pudo vislumbrar el ondear de un cabello de tinte claro, apagado por la noche. Una sensación de pánico le sacudió la cabeza, pero la calma le retornó con un hondo suspiro, oyó unas palabras, que sólo aquel de su confianza podría conocer, sí, estaba a salvo.
Cuando los Bronce quisieron darse cuenta, bajo sus pies había crecido un aro de Cosmos dorado, con un centro abisal, desprovisto de toda luz, en contraste al anill. Cuando dirigieron sus ojos al suelo, unas pequeñas esferas lilas surgieron, como burbujas escapando del mar.
Sintieron el aliviar de su cuerpo, las Cloth parecieron desaparecer, su aliento se desvaneció por instantes, y la vista se les recubrió de blanco y dorado, el anillo de hace momentos los había recubierto hasta los ojos con una deslumbrante luz.
Todos se sintieron ciegos, desconcertados, y confusos. No Kouga, él aún divisaba cómo el Pegaso volaba entre un océano de sangre y fuego, revolviéndose sobre las llamas, pisando en la oscuridad. Una a una, sus plumas se extinguían, a medida que la vista se le cegaba, blanca como su misma mente. Hasta que, por fin, cerró los ojos como todos, hundiéndose en un sueño blanco.
"Seiya…"
