Capítulo treinta y tres
Diosa con pies de niña
Ya llevaban unos minutos bien adentradas en el bosque hasta que hallaron la costa de la isla, aliviada, Yuna, dejó a la pequeña sentarse en la suave arena para que descansara de la, no larga, pero sí dura caminata por el bosque. Al menos así era en lo que respectaba a Aria, definitivamente esta niña que, aunque parecía emanar un Cosmos luminoso, cálido, y fuerte, no estaba apta para el mundo como lo es realmente. El vaivén de las ondas marinas sacudían los oídos de Yuna, el olor a agua salada le agradaba, también a tierra húmeda, parecía calmarle los nervios, aunque ya por naturaleza era muy templada, situaciones de este tipo le sacaban de quicio.
"No me puedo creer que me hayan dejado enganchada a esta niña" – Pensaba – "Kouga me gritó que saliera de allí, pero no se dio cuenta de que no tengo donde huir, los Martian seguro nos encontrarán antes de tocar la orilla…" – No hallaba sosiego siquiera en mirar a la pequeña, que intentaba recuperar aire, y enterraba los pies en la arena, divertida, como si nunca la hubiese conocido antes, también disfrutaba del frío toque del agua, le producía cosquillas en las plantas de los pies, y le aliviaban las heridas.
Pronto, Aria empezó a estornudar por el repentino cambio de temperatura, eran estornudos como de un gatito, casi imperceptibles, pero a Yuna no le podría irritar más el repetitivo sonido. Molesta, arrancó de su falda un pequeño pedazo de tela y le enseñó cómo quitarse los mocos, al principio, le costó hacer fuerza, aunque al poco tiempo ya había dejado el pañuelo improvisado lleno de flema, para luego tirarlo al océano.
La Santo le pidió que se levantase, Aria hubiese preferido quedarse a sentir la vibración del mar bajo sus piecitos, pero también entendió que Yuna estaba apurada, por la seguridad de ambas, debían apresurarse a escapar.
El problema, era cómo iban a hacerlo. No había botes cerca, Yuna meditaba en cómo salir de la isla cuando escuchó un retumbar bajo el suelo, atinó a mirar hacia detrás de los bosques, y vio cómo se alzaba una llamarada de color oro y naranja, refulgiendo en medio de la noche negra y carmesí. Al poco tiempo, la luz parecía bajar y disminuir dentro de sí misma, no sin brillar mucho más que antes.
– Siento un Cosmos fuertísimo viniendo de allí… Espero que todos estén bien –dijo, preocupada, justo cuando sintió que Aria le tiraba de sus largas telas, volteó a mirarla, y vio en sus ojos una expresión de terror.
Dirigieron ambas la mirada al sujeto que acaba de aparecer desde el bosque, abriéndose paso entre los árboles, vieron emerger una figura de un hombre, aparentemente de gran estatura y porte. No lo reconocieron con claridad, llevaba puesta una larga capa gris sobre la espalda, que cubría sobre su pecho, y provista con una capucha que ocultaba su rostro, solo se veían unos mechones de cabello a los costados de la cabeza.
– Yuna de Águila – dijo tras un silencio extraño, Yuna quería hacerle frente de alguna forma, pero se sentía tan paralizada como la pequeña Aria –. No temas, soy tu aliado.
– ¿Y por qué no tengo el honor de ver a mi aliado? – Respondió, astuta, no confiaba en el atuendo del hombre que le hablaba con voz grave, intentó demostrarse, cuando menos, segura, aunque definitivamente estaba con algo de miedo, que este hombre las hubiese seguido hace quien sabe cuánto, y, recordando la aterradora paliza que acababa de recibir… Se estremecía, acariciaba su estómago, con temor.
– Comprendo tu desconfianza, niña de Bronce – admitió el desconocido –, te enseñaré que puedes confiar en mí…
– Aria, quita las manos, o no me podré mover. – dijo Yuna mientras le hacía una seña con las manos para que la soltase, la niña aceptó, temblorosa, y le quitó las manos de las piernas, a las que se aferraba hace unos momentos con temor.
– Miren bien.
El sujeto se volteó, frente al bosque alzó sus brazos, que podían verse notablemente incluso bajo la capa grisácea, parecían trabajados y de una contextura atlética.
– ¡¿Por qué no vienes a dar a mostrar tu horrible cara de chimpancé?! – Gritó a la oscuridad dentro de la maleza. – ¡Vamos, ven a luchar, Houwang!
– "¡Houwang…!" – Reaccionó Yuna, era el nombre de aquel Martian cuyo poder le había resultado tan abrumador que fue necesario el Cosmos de Aria para que volviese en sí; se acarició nuevamente la barriga, aterrada, la respiración se le agitó con fuerza.
– ¿Y–Yuna? – Si el águila estaba asustada, ¿qué haría la pobre paloma que apenas sí sabía agitar alas? El sentimiento de terror de la Santo le recorrió por todo su cuerpo, se sintió tan paralizada como ella, o aún peor.
En ese momento, vieron como una ágil figura se desenvolvía por el aire y caía en la arena, desperdigándola por todo el lugar. Yuna no necesitó ver más que la pose del Martian para recordar su apariencia a la perfección, el otro sujeto, al ver que Houwang estaba peligrosamente cerca de Yuna y Aria, se interpuso entre los tres, parecía haberse movido a una velocidad casi instantánea.
– ¡Oye, oye! – Vociferó el hombre venido a bestia – ¡¿Tú quién demonios eres para desafiar al Rey! – Le dijo rápido y agresivo, escupió al mar al lanzar la frase.
– A vuestra majestad no le interesaría saber la identidad de un simple plebeyo como yo –. Le respondió en tono de burla mientras ponía una rodilla en tira con tal exageración que a Houwang le hizo saltar la furia.
– ¡¿CÓMO TE ATREVES?! – Le rugió. – ¡Muéstrame esa cara tuya para que te la deforme!
– Yuna. – Dijo el otro, sereno, y calmado, mientras metía la mano entre su ominosa capa gris, y sacó de allí un objeto. – Toma, quítale el cordón, y haz que esta niña se aferre bien a ti, llegarán a un lugar seguro, podrán descansar allí por la noche. – Le hizo entrega de una pequeña bolsa oscura, cerrada con un cordel de plata, Yuna la tomó con desconfianza, pero no le quitó el fino hilo que le cerraba, era pequeña, parecía llena, sin embargo, pesaba lo que el aire.
Encabronado por la indiferencia que el desconocido le hacía, el Martian saltó desde su posición con un acrobático movimiento hacia delante, desenfundó su ilógico bastón, y se propuso al iniciar el ataque. Yuna levantó su defensa instintiva, pero no fue necesaria cuando vio como este sujeto envuelto entre nubes de tormenta había frenado el ataque con solo sus manos desnudas.
– ¿Cómo…? – Se sobresaltó el Martian anormalmente peludo, forcejeaba contra este tipo desconocido, con el bastón mágico entre ellos.
– Me costará pelear así, pero… Será divertido – dijo con una risa, aunque no se lo podía ver, pues tenía la cara todo momento apuntando al suelo, sin dejarse ver más que unos mechones de cabello claros que caían por detrás del cuello.
Empujó con fuerza a Houwang, y este salió despedido hacia atrás, semi–enterrándose en la arena. El guerrero sin título se tiró sobre sí la capa, para taparse la boca, y se la ató con fuerza sobre la espalda, acto seguido, colocó una particular pose de batalla, con piernas separadas, los pies un poco en punta, flexionó un poco las rodillas, y no aguardó a la reacción del Rey Mono para salir al ataque.
Despegó desde el suelo hacia el aire con una demostración atlética excepcional, dando una voltereta hacia delante, su contrincante adivinó el movimiento y echó sus pies hacia la izquierda. Mala idea, pues el otro ya había leído esta reacción de antemano, en vez de caer con los pies, colocó primero ambas manos sobre la arena, y sin bajar las piernas del aire, giró su cadera a dirección de Houwang y asestó una patada en la rótula más cercana, el Mono no pudo más que caer con rodilla en tierra, apoyándose sobre su Ru Yi Bang, con el aliento perdido.
Apoyó el guerrero sin armadura su pie libre sobre la arena, haciendo impulso con sus extremidades superiores, salió erguido sobre una sola pierna, a propósito, soltó su propio balance que recaía en la punta de sus dedos, y se desplomó sobre Houwang con su codo cubriéndole el rostro, chocando directo en las mejillas del Martian. Yuna vio volar un rastro de sangre que se perdió en el océano.
A pesar de haber anulado su propio eje, el sujeto aún tenía otra pierna más sobre la que apoyarse de manera desesperada. Al parecer, este esfuerzo muscular para no caerse le costó un dolor que paralizó su cadera, y antes que lo viese venir, un golpazo de bastón le reventó el pecho cubierto por nada más que tela. Pareció que los pulmones crujieron y su aire se fue junto con todo el impacto. Consecuentes, le llovieron varias patadas y bastonazos, los primero apenas pudo desviarlos con las manos, las cuales, al estar sin protección, pronto se llenaron de sangre; obligado, recurría a esquivar con pura habilidad de su cuerpo, se demostraba elástico y veloz, no obstante, su gran porte corporal lo convertía en un blanco fácil para un enemigo de ataques tan rápidos y precisos, golpe que evadía, otros dos que conectaban.
Su último recurso fueron sus codos, cuando Houwang elevó el bastón en horizontal por sobre su cabeza, el guerrero salió al encuentro de ellos con sus duros codos, que chocaron como si fuese de metal contra el Ru Yi Bang. Pareciera que los huesos le estallaron cuando impactó, lanzó un horrendo rugido bajo la tela que le cubría, trató de echar una mirada atrás, y gritó en una voz gutural a Yuna que solo miraba la escena, con Aria detrás de ella.
– ¡TE DIJE QUE ABRAS LA BOLSA! – Vociferó. – ¡Cuida bien a esa niña si no quieres morir, te lo digo en serio!
– ¡Presta atención a la pelea estúpido! – Replicó el Mono, que se deshizo del bloqueo desesperado del guerrero, aplicó un bastonazo al rostro de su enemigo, y lo hizo caer en la arena.
Una vez se vio librado de su misterioso adversario, el Mono dirigió su mirada a Yuna, con una tétrica sonrisa en el rostro, el Águila se sintió petrificada por el dolor, se sentía que iba a morir en ese instante de la manera más horrorosa posible, y no había forma de que lo evitase.
Aria, podía decirse, era una niña pequeña, que apenas veía el mundo después de estar encerrada en una jaula de dioses, se le dijo que su Cosmos era de luz, pero si por algo brillaba era por su poca astucia y audacia. Las aptitudes más ocultas de una persona crecen cuando el peligro más apremia, y quién sabe si por gracia divina, pero que de ocurrir, ocurre. Aria desató el hilo de seda plateado, sintió la fibra suave en sus dedos mientras habría la bolsa llena que pesaba nada.
Los granos de arena se levantaron por los aires, cubriendo toda la vista alrededor de Yuna y Aria, cuando quisieron darse cuenta, sus cabellos estaban girando en una corriente ventosa indetenible, que giraba y giraba torno a ellas, al punto que ya no podían verse las caras, pero Yuna sintió las pequeñas y frágiles manos aferradas a su cintura. Intentó tocarse el rostro, las yemas de los dedos le silbaron por la mejilla, casi no las sintió sobre su piel.
Cuando quiso darse cuenta, su imagen parecía desvanecerse, o su vista se nublaba, cualquiera de las dos, parecía como si su figura se esparciera, se desintegrara y se acoplara al viento huracanado que se cernía sobre ella y la niña de la luz, a quien también veía desaparecer poco a poco. Pronto, el fuerte sonido del viento, y la confusión de la situación la hacían desvanecer, la última imagen que vio detrás de las ráfagas ventosas fue un destello dorado, lo último que oyó fue un salvaje grito de furia, y lo último que sintió fue la liviandad de sus pies, perdiéndose en la altura, sumiéndose en la oscuridad de los aires, y cayendo en un repentino sueño que le atacó sobre sí como un tifón.
[…]
– Mira lo que nos vinimos a encontrar, eh, este niño con cabello de mujerzuela.
– ¡Pero, mira las ropas que tiene, son todas negras, y abrigadas!
– Cierto, ¿quién anda por acá tan abrigado? Mejor llevémoslo, a ver qué nos dice este tipo.
– Yo de ti lo haría pasar por las armas.
– ¿Y qué hacemos, Fakhir?
– Vamos a llevarlo, revísenlo bien, aseguren que no tenga ningún objeto extraño, y luego lo llevaremos a la caravana. A prisa, muchachos.
[…]
– Ay, ay, con un demonio… ¿Cómo vine a caer en este árbol?
– A ver, déjame ayudarte, pareces estancado encima, hay que cortar la rama.
– Déjamelo a mí, mira, uno, dos…
– ¡No, así no!
– ¡TRES! ¡AH, LA PU…! ¿Por qué no me dijiste?
– ¿Es en serio?
– Vamos, hay que salir de aquí lo más pronto posible, no es momento de tus dilemas.
– ¡Pero si…! Camina ya, que me estás poniendo de los nervios.
[…]
"Señorita, Saori…
No se vaya, estoy aquí… ¡No se vaya!
¡No, Señorita Saori, no se vaya!"
