Capítulo treinta y cuatro

Lobo

– ¡Al ataque!

– ¡Fakhir, conmigo!

– ¡Martians a la izquierda!

– ¡Déjenmelos a mí!

– ¡Ha ha! ¡Buena esa, Vulpha!

"Al oír cómo mis camaradas clamaban mi nombre con gestos de felicidad, me sentía reconfortado, jamás me vi rodeado por pares que reconocieran mi solitario esfuerzo, recuerdo que Yoshitomi jamás me permitió acercarme al clan, y nunca tuve oportunidad de hallar a mis compañeros.

Sin embargo, ahora, estos hombres, envueltos en capas blancas, montados en caballos jorobados, llamaban a mí con rostros de aprobación que apenas he tenido la satisfacción de ver entre mis iguales Santos."

Su campo de visión estaba reducido por la capa blanca gris montada sobre sus hombros, que también cubría su cabeza con una improvisada capucha cosida a la espalda. Pero esto no le impedía moverse con gran destreza sobre la arena, al ondear del viento del desierto, las hojas cruzaban las gargantas y pechos de todos sus enemigos, que caían, desmoronados, en el suave suelo ardiente.

"Makoto. El nombre de este hombre jamás podría olvidarlo, gracias a él sigo vivo. Según dijo, me hallaron casi muerto de sed, inconsciente, y ataviado de ropas calurosas en medio del desierto, ordenó a sus hombres a que me rescataran y llevaran a su campamento. Una vez despierto, tuve oportunidad de entablar una charla con él, y al principio, no pude dar crédito de con quien estaba tratando.

Makoto me dijo que no sólo me conocía a mí, Haruto del Lobo, sino que también conocía a todos mis compañeros, de los cuales me separé en circunstancias desconocidas. E incluso, conocía a Seiya y Shiryu de manera personal. Desde luego, no creí en sus palabras a la primera, fue así si no hasta que me demostró el poder de su Cosmos, el cual era en absoluto diferente al de los Martian, no era poderoso, sin embargo, se veía sincero y verdadero, abierto a mí. Sabía tan bien como yo que un Cosmos amable, no lo hace al hombre amable.

Para demostrar cuánto de cierto había en lo que hablaba, me hizo salir de la tienda en donde me tenía alojado, sin siquiera algún tipo de soga ni escolta que me retuviese de escapar. Y cuando le habló a sus hombres de mí, me hizo llamar Vulpha, que significa Lobo en hindi, según me dijo. Luego, me enseñó una foto de él en la que estaba jugando con un joven Seiya, que en ese momento aparentaba casi mi misma edad, es cierto que al crecer cambian los rasgos, pero tanto Seiya como Makoto mantenían los propios, Makoto poseía una piel morena, la nariz era redondeada, exacta a como se le veía ahora, los ojos también eran del mismo color, presté atención a más detalles como las cejas curvadas, el cabello del mismo tono castaño. La única diferencia notable entre su rostro de niño y de adulto era en que este último parecía mucho más curtido y rígido, pero claramente era el niño de la foto, una vez notó que podía creer en que era quien decía ser, me quitó la foto de los dedos, y la guardó en su capa.

Si hubiese escapado, definitivamente habría sido el final para mí, no porque Makoto fuese a matarme en el lugar, sino que, ¿con qué clase de comida sobreviviría? Me ofreció quedarme con él, ser parte de, lo que llamaba, Legión Asiática de Athena, tendría comida, refugio, y podría luchar por Athena, además de entrenar.

Eso sí, me impidió colocarme la Cloth, dijo que aunque confiaba mucho en sus hombres, no dudaba de que alguno podría ser un súbdito de Mars, pretendiendo que algún Santo de verdad se apareciese para buscar ayuda de la Legión, no dudarían en asesinarme mientras estuviese dormido, fue por eso además que decidió cambiar mi nombre, e incluso cortó mi cabello por la altura de los hombros, y me dejó conservar la ClothStone para atarlo, en caso de que tuviese que utilizarla en algún momento."

¡Cuidado atrás, Vulpha!

De detrás de las dunas, el Martian saltó por los aires y se preparó a pasar la nuca de Haruto por las armas, gracias a la precaución de uno de sus camaradas, se volteó a tiempo, y bloqueó el ataque con sus dagas dobles, Makoto le había hecho entregas de estas, tras preguntarle con qué clase de arma se ajustaría mejor en la lucha, las necesitaría pues sus armas de ninja habían desaparecido, y no podría portar la Cloth durante la pelea.

Apenas bloqueado el ataque, Haruto contraatacó con una patada en el vientre, atravesó, raudo y veloz, la pechera negruzca, el metal de las navajas estalló al chocar con la armadura, y debió de rematarlo con un puñetazo en la zona descubierta. Estas dagas no eran las únicas que poseía, por supuesto, llevaba ocultas bajo la capa unas cuantas más, las desenfundó al instante, listo para el próximo combate.

La zona donde estaba era un desierto muy ventoso, las tormentas parecían elevarse continuamente, y a nada de de estallar, y hacerlos volar a todos de un puñetazo de viento. No se podían dar el lujo, sin embargo, de regresar, ya que habían localizado una fortaleza de Mars, donde, según le dijo Makoto, se hallaba un objeto muy preciado, necesitaban la ayuda de Haruto para poder recuperarlo, según parecía, el que apareciese en aquel lugar, y en aquel momento, era todo parte de una planificación, el jefe de la Legión no estaba dispuesto a revelárselo, eso también se notaba.

Fue justo cuando recordaba que debían acercarse al asentamiento de Martians lo más posible, que vio atravesar la tormenta un veloz dromedario, sobre sus lomos, iba el mismísimo Makoto, a quien llamaban Asad Adhem, el León Negro. Haciendo honor a dicho mote, Makoto estaba encubierto por capas negras, si bien estas eran poco favorables contra el sol, le daban un aspecto regio y de mando por sobre los demás, debajo, portaba las túnicas blancas tradicionales, igual que todos, para demostrar que no era un humano superior a nadie. No obstante, sus hombres solían hablar de que Makoto poseía un poder que le había concedido tal cargo de parte de Athena. Haruto sabía que esto era fruto de un arduo entrenamiento y cultivo del Cosmos.

El León Negro avanzaba con gran ímpetu sobre el caballo jorobado, blandía por el aire una particular y bella espada corva de metal negro, se decía entre sus hombres que era un arma cuyo forjado le tomó alrededor de diez años, y lo había hecho en condiciones de las que daba cierto miedo hablar, aludían a pactos a deidades oscuras, que le habían concedido metales nefastos.

Había muy pocos de los soldados en los que Haruto se interesó, uno de ellos, era Fakhir, el mejor jinete y estratega, con su jefe solía reunirse y planear tácticas a futuro, de hecho, este plan de ataque era casi enteramente de Fakhir, quien iba encabezando a toda la caballería, la cual comandaba. Otro de los soldados que captó su interés, era el comandante de infantería, Ja'har, un hombre al cual nadie le conocía el rostro, pues siempre lo mantenía oculto entre su capa blanca, con pintas azules en los bordes, por su voz, determinaba que era un hombre muy maduro y formado en la batalla.

Haruto andaba en el equipo de Ja'har, ciertamente, la montura requería demasiado entrenamiento, y no era realmente del gusto del Santo, por lo que le pidió a Makoto que lo prepara para luchar en las líneas a pie. Aunque, siendo que el Lobo detestaba siempre andar en grupo, usualmente se escabullía en el momento de la batalla, para poder atrapar a todos los enemigos por sorpresa. Un dato extraño que notó Haruto era que casi nadie hablaba aparte de Ja'har, que usaba un tono muy raro, generalmente se comunicaba con los jinetes y Fakhir, con quien hasta pudo entablar una cierta amistad.

Los Martian no demostraban especial capacidad táctica, sino, más bien, numérica, esencialmente, su principal fuerza era la presión de masa, que de hecho, a veces los hacía retroceder un poco, no obstante, Haruto era la clave especial en este punto, el Santo, cuyas capacidades eran mayores a las de cualquier guerrero, acababa con la mayoría de los enemigos, y abría paso a sus camaradas para que acabasen con el resto.

Poco a poco, mientras avanzaban sobre las dunas, y la tarde se acercaba, las oleadas de Martian descendían tanto en número como en frecuencia e intensidad, fue en el punto en que las oleadas se habían detenido por casi quince minutos, demasiado tiempo, una vez cruzaron una larga elevación de arena, se dieron cuenta que, en bajada, ya podían ver los asentamientos de los Martian. Fakhir, el más veloz de infantería, se había adelantado para ir y volver con los informes del terreno.

Al volver del comandante de caballería, Makoto hizo reunir al grupo, para que todos se enteraran de su informe, fue necesario un silbido para que todos se reunieran, de modo de que los heridos no debiesen de moverse, la Legión se ubicó cerca de ellos, así como el jefe.

– Leones – dijo Makoto, le gustaba llamar a sus hombres de esta manera, creía que esto les infundía cierta confianza –, según lo que ha podido investigar Fakhir, necesitamos tomar medidas apresuradas. – Comenzó a explicarles de manera elocuente y tranquila – Para empezar, los fenómenos naturales que ha causado la fortaleza Martian son superiores a los que creíamos.

A Haruto le explicaron luego que había fortalezas Martian cuyo poder era mucho más grande al de las comunes. La forma más simple de ubicar este tipo de fortalezas era determinar cómo estas afectaban al terreno, por ejemplo, en el caso que había investigado Fakhir, detrás de las dunas hay una abrupta bajada, tuvo mucho cuidado con bajar, pasando esta irregularidad, y acercándose más hacia el norte, halló que la zona desértica se detenía, y comenzaba una zona similar a la de un cráter, donde el calor incrementaba, el suelo era de piedra gris, agrietada en muchas zonas, y lo que hasta un punto eran dunas, pronto se volvían duros riscos. Según pudo apreciar, la fortaleza se hallaba más adentrado dentro de la zona de rocas, pero no estaba muy seguro, pues cercano a aquella área, había ríos de lava circundando entre las grietas, de ellas, emanaba un humo que solía confundirle; volvió lo más pronto posible, de manera que los riscos no se precipitaran sobre la arena, y no pudiese regresar.

– Estamos seguros de que en esta fortaleza hallaremos lo que buscamos, así que requerimos de un plan que nos asegure el éxito completo – continuó el León Negro –. Así que, escuchen bien.

"Lo primero que haremos, será dejar las tiendas aquí, junto con unos diez camellos, y encenderemos fogatas cuando el ocaso termine. Apenas encendamos las fogatas, debemos de huir camino abajo, hasta llegar a los riscos que Fakhir divisó, y de allí, esperaremos hasta divisar a los Martians acercarse, creyendo que nos tienen atrapados. Si nos colocamos bajos los riscos, bajo el abrigo de la noche, es imposible que nos vean, lo único que debemos de cubrir son los camellos, creo que con los diez que dejamos allí tendríamos unos… Treinta, Fakhir tiene preparadas las mantas negras, los colocaremos contra las paredes rocosas, y se mezclaran en la oscuridad. Haremos guardia, les recuerdo, diez por turno se mantendrán despiertos, primero irán los ubicados al principio del camino, y así hasta llegar a los últimos diez del final.

En fin, una vez los Martians hayan cruzado nuestro asentamiento, partiremos rápidamente hacia su fortaleza y atacaremos, hemos de dividirnos, los comandados por Fakhir, rodearán el lugar, y constatarán que nadie salga, ni entre. En tanto, la infantería irrumpirá directamente dentro de la fortaleza, debilitada por la falta de Martians, se encargarán con facilidad de ellos.

Por supuesto, existe la posibilidad de que los Martians no ataquen, lo cual podría indicar tanto como que están muy bajos de fuerzas, o que, por el contrario, esperan que ataquemos, cuando en realidad están atiborrados de guerreros para defenderse, en ese caso, lo que haremos será dispersarnos en grupos de diez, y asediaremos el castillo de distintos ángulos, seremos sigilosos, no atacaremos juntos, si no, de a poco, uno por grupo, atacaremos a los Martians guardias; una vez noten la ausencia de estos, saldrán todos a buscar al enemigo, en medio de la confusión, caeremos sobre ellos, y los derrotaremos sin duda."

Todos oyeron con gran alegría el plan, Haruto no detectaba un signo de duda entre los Leones de Makoto, ni siquiera en Fakhir, ni en Ja'har, aun así, no paraba de preguntarse, "¿Por qué tengo tanto miedo?". No supo responderse en toda la noche, lo pensó mientras ayudaba a tender las tiendas de seda negra, y a guardar algunas para los camellos. Cuando hizo arder una de las fogatas, creía verse a sí mismo dentro de las llamas, reflejaban contra sus ojos el incandescente brillo ardiente, pero se sentía vacío, mientras las flamas danzaban dentro de sus ojos verdes, algo en su garganta quería salir y gritar "¡No!", pero, pronto pensaba, "El plan que ha trazado Makoto es perfecto, no hay manera de que nos venzan… ¿Por qué tengo tanto miedo?" Era lo que más se repetía, que tenía miedo, que tenía miedo…

[…]

Una pezuña había descendido sobre su mano y le hizo saltar del dolor, aunque casi le rompió los dedos, estaba más que agradecido a ese animal que le había hecho despertar en medio de la noche. Cuando se dio vuelta, se encontró con el rostro sin boca ni ojos de ese guerrero envestido en armadura negra y rojiza. Otra vez, vio las llamas que tanto miedo le hacían recordar, y se espantó como nunca cuando oyó los desgarradores gritos, junto al crepitar de llamas, el correr de dromedarios por todos lados, asustados, todos revolcándose sobre el suelo, envueltos en un espantoso remolino de llamas.

Los ojos del Lobo brillaron contra el metal que desprendía chispas de su filo, la miró con fijeza, y no sabía si rezar porque se le espere una buena vida eterna, o que su muerte simplemente no fuese tan cruenta.