Capítulo treinta y cinco

Lobo callado

El acero cruzó la manta, rápidamente esta se levantó en llamas, sobre el fuego cayó ese ser envestido en la armadura negra y roja, la cual fue perforada repetidas veces, hasta que el Martian dejó de agitarse y revolcarse. Haruto estaba cubierto por arena en el rostro, lo habían arrastrado con gran fuerza hacia atrás, y escupía los fríos granos que le llenaron la lengua. La misma brusquedad que lo había sacudido por el suelo, lo levantó de él, y lo puso de pie.

Miró a los ojos del brillante desierto, oculto tras extensas capas blancas, bajo las cuales se extendía una larga mata de cabello castaño oscuro.

– J–Ja'har… – Largó en un suspiro el Lobo, y casi se cayó si no fuese de que se apoyó sobre los hombros de su salvador entre jadeos.

– En primer lugar, nunca vuelvas a tocarme – le espetó, con tono muy frío –, y en segundo lugar, nunca vuelvas a tocarme. – Agregó antes de sacarse a Haruto de encima, este cayó sentado sobre la arena.

– ¡Ja'har! – Gritaron por lo lejos, Haruto giró la vista, y creyó distinguir a Makoto, con su particular espada en la mano.

– Me disculpará, jefe, pero usted nos trajo una nena, no un soldado – dijo Ja'har cuando el interpelado se detuvo junto a ellos.

– Oye, Vulpha, ¿estás bien? – Hizo caso omiso al reclamo, y se agachó para ayudar al Santo a levantarse.

– S–Sí, gracias, señor – respondió cuando se pudo erguir, hasta entonces, no había notado lo alto que era Ja'har, sus túnicas negras y grises parecían quedarle cortas, por eso llevaba una capa más larga de lo común.

– ¿Puedes pelear? – Le preguntó. Ja'har soltó un bufido de burla – Cierra la boca, Ja'har, no estás en posición de acusar a nadie de nada, menos, de cobarde. – Le recriminó, mientras enganchaba su espada entre la tela, Ja'har se le quedó mirando un segundo, para luego bajar la vista.

– S–Sí, no hay problema – contestó, titubeante.

– Bien, igual, calma, no pelearás por ahora. – Echó un silbido, e hizo seña a uno de los pocos camellos sobrevivientes – Te tendremos a resguardo por ahora, tú sabrás cuando puedas salir a pelear, ¿bien?

– No, Mako–Eh, quiero decir, señor, estoy bien

– Vas a estar bien cuando te vea patearle el culo a un Martian – Le dijo, parecía reírse cuando hablaba así –. Cálmate, tranquilo, sé que estás un poco nervioso, yo también, por eso tenemos que salir de acá, pero ayer, así que vamos, súbete de una vez, los Martian ya nos están palpando el culo, Fakhir nos espera más allá. – Se volteó, miró a lo lejos, preocupado, notó que algo faltaba – ¡Oye, oye Fakhir!

El grito se perdió en la noche, sin encontrar una respuesta. Makoto frunció el ceño, y analizaba a todos lados, rápidamente ya había sacado su sable negro y lo blandía cerca de su hombro, en posición defensiva.

– ¡Ja'har! ¡Aquí! – A la orden, el comandante de infantería saltó a espaldas de su jefe, Haruto, algo desconcertado, hizo lo mismo, colocándose a un costado de ambos, esperando algún ataque sorpresivo, no obstante, su posición parecía poco firme. – Llámalos a todos. – Ordenó Makoto.

– ¡P–Pero delataremos la posición…!

– ¡¿Crees que no la saben ya?! ¡Llámalos! – Le ladró con furia, y Ja'har no pudo hacer más que emitir un ligero silbido, que atravesó por sobre las arenas, y convocó una docena de guerreros, se veían exactamente iguales la mayoría, encapuchados en blanco, largas cabelleras oscuras, algunas incluso hasta la cintura, todos rodearon a los tres guerreros centrales, que esperaban la llegada del enemigo.

– Eh… Así que nos mentiste, imbécil – Oyeron, una voz desconocida les hizo saltar sobre sí, y voltearon a donde oían que hablaban –. No está esa mierda de Santo aquí, no son más que estos salvajes –De entre las sombras, vieron surgir una figura de un hombre, cuya armadura reflejaba los tenues rayos lunares, Makoto reconoció al instante la situación.

– ¡Un Martian! – Señaló, todos levantaron sus armas, preparándose para salir a atacar – ¡Esperen, alto todos! – Les ordenó de repente.

El recién aparecido había dejado caer a Fakhir sobre la arena, este se desplomó sin más, aunque aún daba algunos signos de poder moverse y respirar, Makoto temió que aun así, si se lanzaba directo sobre el Martian, probablemente Fakhir sería asesinado en el momento. Lanzó la espada al suelo y se arrodilló, ordenó a todos hacer lo mismo en dos gritos, de mala gana, por supuesto, debieron de obedecer.

– ¡Mira eso! – dijo el Martian, con cierto sarcasmo – Cuánto te deben querer, basura, después de que los traicionaste. – Makoto levantó la vista cuando oyó "traición" – Sí, idiota, este pedazo de imbécil te tracionó – Le respondió, tomó a Fakhir por su cuello y lo levantó con una fuerza notable, contrastante con su porte no muy grande ni imponente. – Se unió a ti porque su hijita está con nosotros, y nos prometió que los lideraría a nuestra fortaleza, e incluso nos ofrecería un Santo como pago, sin embargo… – Haruto reaccionó al instante cuando vio que el hombre estaba blandiendo una larga daga serpenteante.

– ¡Espera! ¡Yo soy un Santo! – Las palabras le salieron sin pensarlas siquiera, nada natural en él, no obstante, no pudo evitar – Yo soy al que buscas.

– ¡No! – Le gritó Makoto – ¡No puedes…!

– ¡Silencio! O tu amiguito el traidor probará si mi hoja está afilada – interrumpió el Martian, con el puñal, apuntó a Haruto –. A ver, Santo, ponte tu Cloth, ¡YA!

Así hizo caso Haruto, y en unos momentos, estaba cubierto por su Cloth gris plomo, dio un paso hacia delante, como desafiando al Martian, ahora que podía verlo de cerca, notó que tenía un aspecto horroroso, desde el ceño, hasta la comisura de los labios, le cruzaba una cicatriz que partía lo que quedaba de su nariz en dos. Sonreía de un solo lado, mientras el otro lado de sus labios parecía paralizado. Los ojos, pequeños, estaban casi cubiertos por una larga mata de cabello blanco, hasta la nuca lo tenía corto, pero sobre el rostro lo tenía hecho un entero desastre. Miró al joven del Lobo con unos terroríficos ojos de hielo por un momento.

– Bien, veo que sí eres un Santo, después de todo, nos has sido útil… – Dirigiéndose a Fakhir, este lo miró con una expresión de gratitud tras sus capas. – Has sido.

– ¡N–NO! – Exclamó, aterrado, Fakhir, cuando sintió el frío filo sobre su garganta – ¡M–Me prometiste!

– Prometí que esos negros horrendos no morirían. Nunca dije algo sobre ti.

– ¡Alto, detente! – Intervino Haruto – ¡Al que quieres matar es a mí, no a Fakhir…! – Se hizo un silencio, segundos, minutos eternos, los ojos verde claro del Santo estaban determinados a que nadie deba de sacrificarse para salvarse, estaba asustado, sí, pero no podía volver a atrás. – Por favor, suéltalo – pidió.

– De acuerdo, de todas formas no lo necesito, se lo pueden quedar – concedió el Martian, soltó a su rehén sobre la arena, cayó casi desvanecido, probablemente el miedo le anuló el pensamiento.

Antes que pudieran darse cuenta, la capa blanca del jinete ondeaba con el color de la muerte, las arenas oscuras se tiñeron de rojo oscuro, del mismo con el cual la hoja del cuchillo se había empañado. Haruto miró a la horrenda cicatriz del Martian, atónito, deslumbrado por el charco de sangre que se formaba por debajo de Fakhir, quien se había sacudido unos segundos, y luego, tieso, frío, muerto. Bajo ese largo corte, una espantosa sonrisa se formaba, enseñó unos blancos dientes afilados, y vio el regodeo entre los ojos congelados, brillantes, como pilares de hielo creciendo sobre un mar de aguas negras.

– No… ¿Por qué?

– Yo nunca dije que se lo iban a quedar vivo.

– No tenías… No tenías…

– No, no tenía qué, pero, como si eso me importase un carajo… Ahora, Santo, ven conmigo.

Haruto se quedó de pie, frenado sobre la arena, sentía el cuerpo caliente, urgido por un arrasador sentimiento, que le hacía casi temblar, trató de articular palabras, pero nada más que un leve rugido le salía de entre los dientes.

– Oh, ya veo… Supongo que todos los Santos son así de estúpidos, pues… Eh… – Parecía divagar en sus pensamientos unos segundos, hasta que levantó el brazo, y dijo: – Mátenlos a todos.

Tras sus espaldas, surgieron, por lo menos, veinte sombras, envestidas en las Caetus de fulgor oscuro y rojo. Ja'har habló al instante, todos sus soldados levantaron sus armas y se prepararon para recibir a los Martian de frente, estaban en desventaja numérica, pero otra alternativa no existía.

Haruto miró fijo a su enemigo por unos segundos. Reconoció unas arqueadas hombreras hacia abajo, guanteletes cortos, que apenas sobrepasaban al altura de la muñeca. La cintura y las piernas se veían bastante robustas, a comparación de sus ligeros brazos, el peto oscuro se unía a las hombreras y al cinturón. Sobre todo, poseía una tiara alargada, parecía simbolizar a un animal de grandes orejas, con ojos verdes incrustados dentro de la diadema.

El Santo fue quien se lanzó al ataque primero, removió los pies de la arena, los apoyó delante del otro, pero antes de poder salir en carrera, una sombra negra se le atravesó y oyó el chocar de aceros delante de sí. Makoto, con una expresión que nunca había visto de ese hombre sereno, divertido, carismático, ahora estaba con una ardiente hambre de venganza y rabia, su espada se movía con tal velocidad que Haruto casi sentía el impacto como si fuese a su lado. De aquí a allá, volaba la espada corva negra del jefe de la Legión del Desierto. Más rápido de lo que pensaba, la batalla se empezó a tornar frenética.

Makoto avanzaba furiosamente, con movimientos a una sola mano, estocadas veloces, cortes precisos y perfectos, no obstante, el Martian estaba tranquilo de pensamiento, y podía seguir la batalla como si nada, esquivando y desviando los sablazos de Makoto.

– ¡Eh, entre todos estos salvajes, se ve que tienes potencial, León! – Le comentó el Martian, mientras chocaron las espadas por un segundo.

– Fakhir… – Contestó en voz baja. – ¡Fakhir…! ¡FAKHIR!

A nombre de su viejo amigo muerto, el Martian se echó una notable risa burlona, poco interesado en aquel hombre que acababa de asesinar, ni siquiera en el combate estaba adentrado, le parecía apenas un juego de niños.

– ¡Oye, idiota! ¿Te quedarás parado ahí? – Le gritaron a Haruto, se volteó a ver, y no dio crédito a lo que veía, era una alta mujer, de esbelta pose, envuelta en túnicas blancas y negras, al vislumbrar la larga cabellera castaña, Haruto se dio cuenta de que ella era Ja'har, cuando cruzó con la vista con sus ojos dorados, se quedó un instante mirándola, atónito – ¡RÁPIDO! – El grito luego se ahogó por el choque metálico, Ja'har se quitaba de encima con fiereza un Martian que intentaba atraparla desprevenida, y le partió el cráneo contra el suelo con una sola mano.

– ¡H–Haruto! – Oyó del otro lado – ¡Deja a Ja'har sola, ella puede…! ¡Ayúdame aquí!

Haruto debía tomar la decisión de salir a buscar a sus enemigos, pero, ¿cuál? Por ambos lados, el peligro se le acercaba, y sus camaradas necesitaban su ayuda, Ja'har y sus guerreros probablemente no aguantarían a demasiados Martian juntos, pero Makoto estaba arriesgando su vida solo, también. Miraba de un lado a otro, dubitativo, tenía que acabar con el Martian, pero…

Makoto comenzaba a avanzar sobre el Martian, si bien sus habilidades del Cosmos eran muy limitadas, Makoto se desenvolvía con la espada de una manera asombrosa, hendía el aire de un lado hacia otro, nunca descuidaba su defensa por un milímetro, además de que se movía mejor, su espada era mucho más pesada y consistente, hacía temblar a la otra.

Haruto lo miró con los ojos abiertos, sorprendido, ¿de verdad necesitaba ayuda? Haruto no era más que un niñato comparado con Makoto, que había sacrificado toda su vida para estos momentos de todo o nada, probablemente, Ja'har también, ¿y el qué? ¿No más de 12 años de entrenamiento? Su hermano era un verdadero hombre y Santo, Makoto, Ja'har, también, él no era más que un cachorro que daba sus primeros pasos, y apenas se le afilaban los colmillos. Se sintió pequeño, inútil, como aquella vez…

"No… ¡No de nuevo! ¡Mi hermano no morirá otra vez!"–le gritó una voz que salía de su alma –"¡Nadie dará su vida por la mía! ¡NADIE!"

El choque de las espadas fue el sonido que le hizo saltar con una absurda agilidad, cruzó más de cinco metros en pocos segundos, antes que los dioses pudieran siquiera imaginarlo, estaba tras las espaldas del implacable Martian, ni siquiera soltó un respiro, levantó su brazo en el aire, y concentró su Cosmos en sus dedos. Era un solo golpe, atravesaría toda su armadura, hasta su corazón, y caería sobre su sombra, el desierto se lo tragaría, sólo un tajo.

El aire silbó en sus uñas, sintió como atravesaba la carne con furia, los destellos verdes claros habían explotado, ya todo estaba terminado. Tenía los dedos cubiertos en sangre, miró satisfecho hacia delante, pero su sonrisa pronto se desvaneció como de un puñetazo. Makoto, frente a él, tragándose las lágrimas del dolor. Toda su capa negra estaba manchada de sangre, a Haruto le tembló la mano, y se dio cuenta de lo que había hecho, el Martian estaba detrás de ambos, con esa sonrisa gélida, asquerosa en su rostro, sosteniendo la sangrante extremidad, que se ponía fría y dura a cada segundo que pasaba… El brazo de Makoto parecía haber arrancado la voz de Haruto, de él no salía una sola palabra, sangre, nada más que sangre le rodeaba…