Capítulo treinta y seis
Lobo que aúlla
– ¡Corre, Haruto, corre!
– ¡Pero, hermano!
– ¡TE VOY A ARRANCAR LA CABEZA, HARUTO, CORRE!
Le dijeron que corra, y él corrió, que se esconda, y se escondió, se había perdido entre la maleza, cuando quiso darse cuenta, tropezaba y caía en la tierra seca, que pronto se tornaba húmeda con sus lágrimas, su saliva.
"Corrí, y mi hermano murió… Luché, y yo…"
– ¡Haruto…! ¡HARUTO! – Un grito ahogado llenó sus oídos, y le devolvió el aliento.
– Así que, Haruto es tu nombre, Santo.
El frío caló entre su Cloth, no servía de nada un armadura si el portador no puede llevarla sobre sus hombros, si no que la cargaba, como peso muerto. Bajo la noche, todo se cubría entre sombras, y sus ojos no podían ver, había un zumbido en sus orejas, y apenas oía lo que estaba ocurriendo.
– Oye, si no vas a contestar nada, esto no va a ser divertido, Santo – le dijeron, no pudo responder, soltó una larga bocanada de aire –. Mira, me estás… – Se detuvo, quizás se dio cuenta de algo. – Perdiste… Oh. – Una risita histérica cruzó en el aire.
La risa se prolongó mucho más, hasta explotar como una espantosa carcajada.
– ¡No puedo creer que te hayas quedado mudo! – Le gritaba – ¡Entonces! ¿Qué tal si mato a esta bestia? – Dijo, la daga giró en sus dedos, y apuntó a Makoto, que había caído en el suelo, con el único brazo que quedaba aferrado a los pies de Haruto – ¡Quizás te quedes sordo…!
El acero perforó el aire, Haruto vio el revolotear de cabello negro por todos lados, y se dio cuenta de que había ocurrido.
"¡NO! ¡Ja'har…! ¡Ja'har…! " Quiso gritar, pero las palabras no salían de su boca. La mujer había fallado en el golpe traicionero, el Martian no podía verse por ningún lado. No sino hasta que la larga melena oscura caía al suelo.
– Y… ¡Ahí va otra! – Se burló, el brazo muerto que llevaba en su mano derecha ya estaba duro, lo lanzó luego al suelo, le había dejado las palmas llenas de sangre. – ¡Oye, oye! ¿Te quedaste sordo también?
Las piernas se le tensaron, cada uno de sus huesos se heló con el frío, creyó que se había caído, sin embargo, seguía de pie, pero de alguna forma, creía haber encontrado el suelo, creía que ya nada más había para él.
"Haruto, Haruto…
¿Qué haces? ¿Por qué no te mueves?
¿Por qué no luchas?"
"No sirvo para luchar. No sirvo para ganar."
"Aún puedes ganar."
"No puedo, no he nacido para ello…"
"Haruto, todos hemos nacido para morir.
Entonces, vive lo más que puedas antes de morir.
Yo lo hice, y estoy más que orgulloso."
"No, tú moriste por un cobarde."
"No, yo morí por aquel valiente joven que juró defender la Tierra.
Yo morí por un héroe. Yo morí por ti, Haruto.
Morí por ti, porque quise que vivas por la Tierra."
"No tengo el poder…"
"¡Entonces, créalo! ¡Crea el poder que yo no pude!
¡Tu Cosmos sólo tiene el límite que tú le pones!
Mira, Haruto, mírame… ¡Como cuando eras niño!
¡Vuelve a ser valiente, vuelve a creer en tu Cosmos!"
"Hermano, el Cosmos… El Cosmos es infinito."
"Sí, hermano mío, es infinito… Vamos, tú tienes el poder, tú tienes que…"
"¡Tengo que vivir! ¡Si no es por ti, será por mí, y por la Tierra! ¡No importa cuántas veces caiga! ¡Athena me hará levantar una vez más! ¡Yo soy el brillo en la oscuridad! ¡Son mis colmillos los que desgarrarán las sombras!"
¡SOY HARUTO DEL LOBO!
Sus cuerdas vocales temblaron con el fuertísimo aullido que hizo temblar a todo el mundo, las arenas parecieron saltar de su lugar, y reacomodarse, temerosas. Incluso el León Negro volvió a moverse, las llamas verdes que recorrían el cuerpo de Haruto le hicieron abrir los ojos, y todo lo que vieron era cierto, era real, y magnífico.
– Haruto – dijo, con una sonrisa, antes de soltarle el tobillo.
– Maldita sea.
El Martian aún lo esperaba, con su larga daga en mano, gruñó de furia, y lanzó el arma al suelo, como sin importancia. El oír del aullido de Haruto le resultaba repugnante, y lo demostraba en su rostro.
– Si gritar es lo único que puedes hacer…
– Gritar será lo único que podrás hacer, Martian… – Le restalló Haruto al instante, rápido, veloz. Como debía ser él.
– Soy Sheh, Martian del Zorro Desértico – Le corrigió –. Así sabrás el nombre del hombre que te mató.
– Eso sería, si tú fueses un hombre, y si pudieses matarme – sonrió, sobrante.
Las palabras no mediaron más, Haruto estaba atento a los pies de Sheh, se movió al mismo instante que él, y pronto se encontraron en un choque fortísimo de metales. Makoto intentaba seguir la batalla con la vista, pero era imposible, solo veía rastros de Cosmos verde y rojo que iban de aquí para allá, entraban en combustión cuando chocaban, hasta que por fin pudo ver al Santo y al Martian cuando se detuvieron.
Haruto lo tomaba por el brazo izquierdo, e intentaba llevárselo para atrás para quebrárselo, pero a su vez, tenía la otra extremidad atrapada en la férrea mano de Sheh, forcejeaban entre ambos con firmeza, pero ninguno cedía terreno ni avanzaba sobre el otro, estaban claramente empatados e igualados.
– ¡Tienes fuerza, flaquito! – Bromeó Sheh.
El Lobo de repente liberó toda la energía que estaba ejerciendo, tenía la cara enrojecida de exigir a sus manos. El Zorro empujó con potencia para delante, sin embargo, el Santo se había lanzado al suelo, haciéndose impulso con la fuerza desmedida de Sheh, le hizo besar la arena con tal potencia que a Haruto le quedó doliendo el codo. Sabía que esto no sería suficiente, y se preparaba a caer sobre su oponente con un movimiento definitivo, hizo levantar su Cosmos con gran potencia y velocidad.
Sand's Veil!
(¡Velo de Arena!)
Haruto no creyó a sus ojos cuando lo vio desaparecer entre las correntadas de arena que envolvieron el cuerpo del Martian. Pero tuvo que creer, cuando sintió su aliento y sus pasos, y cuando casi sintió que le cortó toda la espalda de no ser por que saltó a un costado, pensó: "De acuerdo, el tipo se envolvió en arena, ya." Se volteó, dio unos pasos a atrás, y vio que el Zorro enterraba su mano dentro de la arena, de ella, sacó un objeto extrañamente sólido, pues estaba compuesto por granos, que poco a poco, empezaron a caer, y develaron una esfera de reflejos metálicos, parecía bastante rígida, no obstante, pudo ingresar su mano dentro, deformando el espacio que la rodease, cuando la retiró, una larguísima cadena plateada, de destellos rojizos, con eslabones circulares se desprendió. En su otra mano, cayó una cadena exactamente igual.
El Lobo estaba luchando a la perfección, pero se había olvidado de los acantilados que tenía detrás y delante, cuando se quiso dar cuenta, la cadena se había aferrado con gran firmeza en los extremos de las elevaciones. Sheh estaba con una sonrisa de oreja a oreja, parecía que todo había llegado al punto culminante, y él era quien tenía todas las de ganar.
– Mira esto, Santo – le dijo, y movió un poco las manos, Haruto escuchó el movimiento colosal de las rocas –. Si me place, los puedo sepultar en la arena ahora mismo, pero no sería divertido…
– ¿Qué quieres? – Le espetó Haruto cuando miró a ambos costados, los Martian ya habían sido derrotados, los… Las guerreras de Ja'har ya se habían encargado de ellos, Haruto reconoció en todas ellas la misma cara de Ja'har, los cabellos arremolinados, los ojos de arena – "Diablos… ¿Son todas sus hermanas?"
En tanto, del otro lado, Makoto yacía en el suelo, mientras Ja'har le trataba rápidamente la herida con las túnicas, para detener la hemorragia. Sonrió para sus adentros, todavía se podía ganar.
– Atácame con todo lo que tengas, Santo. Si te mato como la basura que eres, no tendrá gracia, quiero que mueras con todo el miedo de haber fallado, como el inútil que eres. – Le contestó, sonriente.
– No voy a fallar… No vamos a fallar – le respondió el Lobo, serio, casi inexpresivo.
– ¿Vamos…?
– Los Santos no peleamos solos.
– Los Martian sí, y por eso ganamos. – Haruto suspiró.
Los Cosmos se levantaron en el silencio, las ráfagas verdes y rojas danzaban en la noche, y hacían brillar los ojos de los guerreros. Un verde celestial, y el hielo sangriento se miraron con firmeza.
El Cosmos de Haruto se expandió tanto que creó dos figuras a su alrededor, ambas poseían una apariencia lobuna, pero uno era mucho más grande que el otro, ambos tenían ardientes ojos grisáceos. En tanto, Sheh esparció sus Cosmos a través de las cadenas, y las rocas parecían empezar a ceder y a desprenderse, a través de las piedras, una larga grieta se abría y alcanzaba hasta el borde.
Haruto colocó sus brazos en cruz, con dos dedos levantados, juntó las piernas, y dio un impulso final a su energía. El Martian empezó a tirar hacia abajo, dos grietas nuevas se abrieron ,perpendiculares a la primera, el polvillo que salía entre las quebraduras era notable, los músculos de Sheh eran realmente fuertes para su pequeña estructura, se tensaron con una increíble potencia, se enrojecían, así como su horrible semblante.
Los riscos cedieron sobre la cabeza de Haruto, y nublaron su vista por completo con la oscuridad. Pero, pronto, en la noche, iluminó con un ensordecedor aullido, desgarró las estrellas el lobo verde, devoró la luna, y se desvaneció en el aire. Sheh vio los colmillos abrirse frente a él, una presión en el pecho le hizo estallar el metal negro. Las fauces se cerraron sobre él y desgarraron su alma, tragándose la tierra, todo; el firmamento admiraba el nacer de una estrella en la Tierra.
