Nota: Como todos saben los personajes, lugares y nombres pertenecen a la creación del profesor Tolkien, a quien le agradecemos todo este mundo fantástico. Muchas gracias a los que leen esta historia y las cosas absurdas que pasan en ella, es que simplemente creo que a donde iban los hijos de Feanor causaban revuelo a su modo.
Capítulo 5
Sí, Maedhros tenía razón en parte, porque Curufin no habría corrido a cantar con el bardo de Doriath, aunque probablemente las cosas no habrían resultado tan pacíficas, y es que cuando el Hábil Finwe no estaba de buen humor, solía resultar insoportable, como hoy, que tenía que estar esperando al resto de sus hermanos sin nada que hacer, y un elfo inquieto como él, que necesita tener las manos ocupadas siempre, no había nada peor que estar sentado esperando para ponerle de mal humor.
—Por qué a Maedhros se le ocurriría venir aquí sin escolta ni nada —No era que Curufin cuestionara la autoridad de Nelyafinwe, simplemente le costaba trabajo descifrar las decisiones de su hermano mayor, como lo de abdicar a la corona, algo con lo que no estaba totalmente de acuerdo.
Sumido en sus pensamientos caminaba sin fijarse mucho en la dirección, y sin darse cuenta llegó cerca del grupo de enanos que acampaban por el área. Les hubiera evitado, de no haber sido por los orcos que intentaban saquear a los naugrim.
—Estos orcos comienzan a ser un problema —dijo con hastío mientras cercenaba cabezas tan rápido que ni los naugrim tuvieron tiempo de sacar sus afiladas hachas.
—Ese orco era mío —le dijo un enano con cierto aire de molestia.
—Disculpa si lo he estropeado para ti —le dijo del mismo modo Atarinke —no puedo repararlo, pero te puedo llevar donde hay muchos más.
—No necesitábamos tu ayuda la dijo otro enano.
—No lo hice por ustedes, simplemente me desagradan los orcos.
—En ese caso —bufó el que parecía el líder del grupo —está bien, gracias por tu ayuda.
—Quién entiende a los enanos —suspiró Curufin —Bien, ahora que ya tuve mis cinco segundos de diversión me marcho.
—No puedes irte, según nuestras costumbres debes recibir nuestra hospitalidad. Mi nombre es Telchar y vengo de Belegost.
—Mi nombre es Curufinwë Atarinke y no gracias, tengo cosas que hacer como aburrirme solo mientras pateo piedritas y caigo en la desesperación.
—No puedes desairarnos, es una obligación que tenemos que cumplir.
Curufin lo pensó un poco, no tenía nada que hacer y aunque los enanos siempre le parecieron poco agraciados y de muy mal genio, por lo menos podrían contarle un poco más acerca de las tierras más allá de Lindon.
—En ese caso, y puesto que suena más divertido que lo que tenía planeado, acepto.
¡Quién lo hubiera esperado de Curufin! Al parecer sus hermanos no, porque cada uno tenía su propio temperamento, si no nos creen volvamos con Caranthir y Celegorm, que seguían discutiendo. Huan, el sabueso de Valinor, simplemente se limitaba a taparse la cabeza con sus patas delanteras, hasta que tomó la decisión de deshacerse él mismo de loas cuerpos.
El sabueso comenzó a cavar, algo útil e inteligente, pero con tan mala suerte que la tierra fue a dar directamente a Caranthir.
—Oye, tu perro hace eso apropósito —se quejó el Oscuro Finwe
—Puede que sí, o puede que no —dijo el Fuerte Finwe sonriendo. Luego se acercó al sabueso para acariciar su cabeza. El perro pareció ponerse en alerta cuando olfateo algo en el aire y dirigió su mirada hacia uno de los árboles.
Celegorm entendía perfectamente los gestos de su can y sin levantar la mirada se aproximó al árbol, preparó su soga y la lanzó certeramente. Un segundo después de halarla hacia sí cayó del árbol un elfo verde con un lazo en el pie. Huan corrió hacia el elfo a lamerle la cara.
—Quítamelo, quítamelo.
—Huan, ven aquí —ordenó Turkafinwe a su perro, luego como si no hubiera pasado nada se acercó al elfo verde —Hola —dijo Celegorm contento por su nueva presa —¿Has visto a mis hermanos, son gemelos, les estamos buscando?
—Si los habré visto —Dijo Doron, que había visto cierta resemblanza entre los elfos de esta mañana y los de ahora —es la segunda vez que me atrapan con un lazo. Tenían que ser parientes.
—Entonces les has visto —se acercó Caranthir sin molestarse por las palabras del elfo —Dinos a donde fueron para que vayamos a buscarles.
—Lo que escuché fue que querían ir a Nan Elmoth donde vive un elfo oscuro.
—¿Para qué hicieron eso? Ya tenemos uno en casa —rió Celegorm, lo que no le agradaba mucho a su hermano —Llévanos a ese lugar y prometemos no hacerte daño.
—No seas tonto, Celegorm, recuerda lo que nos dijo Maedhros, tenemos que ser amables y diplomáticos.
—En ese caso —Celegorm cambió el tono de su voz —¿Podrías llevarnos a ese sitio? Te lo agradeceríamos mucho, recompensaremos tu ayuda con tu libertad si cooperas.
—Así está mucho mejor —asentía con la cabeza Caranthir.
No teniendo más remedio, Doron accedió y se decidió irse a vivir muy lejos detrás de Ered Luin, con tal de volver a tropezarse con los noldor.
Todas estas cosas ocurrieron porque los feanorianos perdieron a sus hermanos pequeños, aunque lo de pequeños es un decir, porque ambos estaban perfectamente capacitados para valerse por sí mismos, pero los mayores tenían la costumbre de vigilar sus pasos. Ahora Amras, que finalmente pudo llegar al lindero norte del bosque gracias a la ayuda de la gente de Eöl, se encontró con el río Celon.
—Entonces Fingon se comió a la araña y ganó la apuesta que hizo con Finrod, lástima que Turgon fue con el chisme y tío Fingolfin se molestó con Maedhros, porque creía que fue él el que retó a Fingon y a Finrod a que no se comían una araña. Claro que Maedhros no sabía nada de esto, pero ambos lo creyeron y por eso Fingon ganó, porque Finrod se retiró en el último momento —Relataba amenamente Amras, mientras los elfos que le acompañaban, al principio sonreían tímidamente, ahora reían a carcajadas.
—El río Celon —dijo uno de ellos —Pasando está Himlad.
—Sí, ahí viven mis hermanos —dijo Amras —¿no quieren visitarnos, estoy seguro que a Celegorn y a Curufin no les importará.
—Nos encantaría, pero no tenemos un bote para cruzar el río.
—A veces la Gente de Doriath tiene botes, podemos decirle a Beleg —dijo otro.
—Es buena idea, vamos a buscarle —habló Amras.
