Lamentablemente, la semana pasada me encontré con unos... Contratiempos que me impidieron escribir a tiempo un capítulo, así que preferí no arriesgar las publicaciones futuras y no publiqué este capítulo treinta y ocho. Casualmente, el capítulo coincidió con que su protagonista cumplía años por estas fechas.
Volvamos a Ryuuhou y Souma, que se han encontrado con un peligroso enemigo.
Capítulo treinta y ocho
El dragón y la serpiente
– ¡¿Dónde estás?! ¡Ven a pelearme de frente, marica! –Gritó el enfurecido León – ¡Oye, Ryuuhou, levántate de una vez! ¡Vamos, no tengo tiempo para tus…!
Las palabras pronto se volvieron inútiles, o Souma se las había tragado. La escena se sentía mucho más apagada de lo que realmente era, como si el sol hubiese bajado de intensidad, cuando el León quiso darse cuenta, aquel extraño líquido que no paraba de manar de los cadáveres se había detenido, congelado por unos segundos, y ahora empezaba a redirigirse hacia el oscuro de la jungla. De los propios Martian salía la horripilante y viscosa sustancia, abriéndose paso entre las cuantiosas heridas de su cuerpo.
– ¡Ahí estás!
A Souma le resultó más que obvio, a donde el líquido fluía, su enemigo estaba, se lanzó dentro de las hojas con ademanes agresivos, ni bien se perdió entre el verde oscuro, Ryuuhou apenas se había podido intentar levantar, tenía el cabello envuelto entre la tiara y el rostro, tardó unos segundos en quitárselo de encima. Cuando estaba sentado en el suelo, escuchó el moverse de las hierbas, se volvió a echar al suelo cuando vio acercarse a toda velocidad a un cuerpo. Sintió cuando pasó por encima de él, y entonces, chocó contra el espeso verde oscuro. Ryuuhou volteó la cabeza, vio a su desmoronado camarada, abatido en el suelo, parecía inconsciente.
Una segunda figura emergió de la oscuridad, escuchó sólo una voz, el impacto contra algo, pero nada le ocurría a él.
– ¡Vamos, vamos! ¿No que querías que luchásemos frente a frente? ¡Aquí estoy, en frente tuyo, y mira cómo me tratas!
El Martian tenía a Souma acorralado debajo de su cuerpo que se encorvaba sobre el del Santo. Ryuuhou vio sólo su larga y desmechada cabellera de oro viejo, plagado de mechones negros. Escuchó repetidos golpes, seguramente era Souma, siendo asediado por los puñetazos de su enemigo.
– ¡Me estás aburriendo, niñito! ¡También estás aburriendo a mis niñas, creímos que tu carne valdría la pena!
– No…
– ¿Eh? ¡No te oigo, creo que te saqué la garganta sin querer! – contestó, y carcajeó unos segundos.
– No… ¡No perdí todavía!
El León aún tenía muchísimo orgullo por perder. Confiando en su superior fuerza bruta, cargó contra su enemigo con la mayor potencia que los músculos pudiesen soportar, el guerrero negro salió disparado hacia atrás, hasta clavar los pies y frenar. Allí fue cuando Ryuuhou pudo verlo con claridad.
Su Caetus era de de lo más peculiar, una pechera que consistía de sólo metales enroscados sobre sí, unidos por otras placas, acoplados a los metales enroscados, se hallaban dos prominentes hombreras diagonales. Comparados, sus guanteletes y rodilleras parecían inútiles, sobrias. Apenas cubrían mitad de los miembros, con una apariencia que recordaba a las escamas de una serpiente, algunas eran rojas, otras negras, en un patrón irregular. Para completar su armadura, una pequeña tiara con forma de cabeza de serpiente negra con ojos carmesí, a esta se adhería una larga tira negra que se ondeaba cada vez que el Martian movía su cabeza.
– ¡Ah, así que respondes, pero yo también, vamos, mis niñas! – El rostro que el Martian tenía era enfermizo, lleno de cabello y barba desigual, con unos penetrantes ojos celestes que resaltaban en su pálida piel.
Al mover un poco los brazos, desprendió de ellos un flujo de Cosmos que se enredaba en sus brazos, parecían una especie de cadena roja que se balanceaban de un lado a otro. A Souma mucho no le interesó que clase de técnica su enemigo pudiese tener, se lanzó raudo contra su oponente, aunque en ningún momento intensificó las llamas de sus puños. Apenas a unos metros de alcanzarlo, pareció resbalarse y caerse de espaldas.
– ¿Qué demonios…?
– Mis niñas son muy rápidas, parece – dijo el Martian –. Tuviste suerte que no te comieran los pies, a veces no las controlo muy bien.
– ¡Souma…! – Ryuuhou entendió el significado de aquellas palabras – ¡Esas cadenas de Cosmos están vivas, debes atacarla de lejos!
– ¿Ah? ¿Estabas ahí? No me había dado cuenta… – Se sorprendió. – ¡Bah, qué más da, con una sola bastará! – Levantó su brazo para ordenar el movimiento de su Cosmos, sin embargo, algo le refrenó en ese instante.
– ¡Ya la vi una vez, no caeré dos veces! – Souma tenía atrapado a la larga cuerda antes que esta se extendiese hasta la posición de Ryuuhou. – ¡Ni sueñes con que voy a soltarla!
– Jamás te pediría tal cosa.
La franja de Cosmos carmesí se enroscó sobre el brazo derecho de Souma. Intentó zafarse con la mano izquierda, pero tan pronto como se le ocurrió la idea, la tenía también atrapada por la otra cadena.
– No me sueltes – dijo el Martian, sonriente–, no vayas a soltarme, eh.
– ¿Qué…? ¡No, no…! - No podía elevar su energía, algo lo oprimía.
La presión sobre su mano era horrorosa, podrían estársela comiendo y no notaría la diferencia, uno a uno, dejó de sentir los dedos, por último, la palma. La sangre dejaba de fluir hasta todo su cuerpo, parecía acumularse entre su muñeca, que creía le iba a reventar como una bomba rojiza. La serpiente roja se enroscó un poco más sobre sí, y Souma se negó a tirarse al suelo, no podía dejarse caer así, quiso mover los brazos hacia atrás, pero los huesos ya no le respondían.
– ¡Que no me sueltes, te digo!
– ¡NO, NO!
Ya no la sentía cuando explotó, ya no era parte de él, aunque pegada a su brazo, su mano no volvería a formar nunca un puño.
– ¡Ahora, vamos a emparejarla!
El dolor lo hizo desvanecerse, cayó a los pies negros del Martian, que parecía que le iba a dar un ataque al corzón de la carcajada que se estaba dando, su boca escupía saliva sin parar. Cuando se cansó de reírse, tomó control de la otra extensión de Cosmos, y ordenó lanzar al Santo contra la maleza, donde cayó sin más, sin verse capaz de volver a poder levantarse.
– S–Souma… Su mano. – Se aterrorizó Ryuuhou, cuando vio la mano de Souma zarandearse de aquí a allá, los ojos se le habían cubierto de lágrimas congeladas, y al oír cómo los huesos se partían con el apretar de las serpientes de fuego oscuro, creyó que estaba por vomitar.
"¿Por qué? ¿Por qué decidieron esta vida para mí? ¿Quién fue? ¡Quiero verlo, quiero que me responda…! ¡Quiero que me diga qué fue lo que vio en mí! ¡Quiero que me diga por qué soy yo el que está aún con las manos sanas!"
– Tch, éste pendejo… Ni gracia tiene matarlo, si ni va a resistirse, no tendrá la misma expresión de miedo que aquel otro.
"Ryuuhou, ¿crees que he elegido mal?"
La voz severa, pero cálida, le rellenó las pálidas orejas y se pusieron rojas. También sintió el calor alrededor de sus mejillas.
"¿P–Papá…?"
"Te lo volveré a preguntar, ¿he elegido mal?"
"Y–Yo… No sé, ¡no!"
"No hay una respuesta correcta, ni una respuesta que quiera oír, sólo quiero que me digas la verdad, ¿he elegido mal?"
"No…"
"¿No debí de haberte elegido a ti?"
"No es eso…"
"Entonces, ¿debí de seguir peleando yo?"
"No…"
"Entonces, Ryuuhou, elige tú, muéstrame tu decisión, la única correcta. Decide si vas a luchar por la Tierra, y por tus amigos, sacrificando tu vida, o huirás y vivirás."
Se volvió a mirar así mismo, las piezas verdes que recubrían su cuerpo como escamas se habían desvanecido, sólo quedaban sus clásicas ropas orientales, se palpó el pecho, para percibir que lo que sentía era cierto. El anillo perdió su brillo. El azul se apagó. El dragón quedó expuesto, pero no desarmado, bastó echar una mirada más a donde su camarada había caído.
– Oye, chico, está bien que andabas deprimido, pero… – El Martian lo miró de arriba abajo, extrañado.
– Tu nombre – le respondió, frío.
– ¡Mira, tú sí eres educado, el otro me vino a golpear de una! – respondió entre risas.
– Tu nombre – repitió, monótono.
– Discúlpeme, señor, soy Ryuuhou, Santo de Bronce del Dragón.
– Qué chico tan amable, mi nombre es Pythos, High Martian de la Serpiente, estas son mis niñitas, Saar y Fentia, ahora, ven conmigo, y hagamos esto fa… – Se detuvo cuando vio al dragón elevando los brazos en su clásica pose de batalla
