Capítulo cuarenta
Bestia herida
"Aria, Aria…"
"¡No, Aria, no…! ¡No vayas con él, él…!"
"Padre, ¿por qué dejas que Aria se vaya?
¡Déjame ir a buscarla, yo puedo…!"
"No, no puedo, yo perdí…"
"¡NO!"
Se levantó agitado y confuso, los recuerdos se le hacían un torbellino en la cabeza, ¿qué había pasado primero? Tal vez su padre había llegado y… No, entonces, la pelea con Haruto no tendría sentido, entonces, Mykene apareció cuando Spear le había… No, Spear había muerto hace rato, cuando atacó la Palestra. Pero, Pegaso también estaba ahí, entonces… ¿Quién se llevó a…?
– ¡Aria! – Gritó, no supo bien por qué, pero quería decir su nombre.
Miró por fin a su alrededor, reconoció aquellas paredes de roca grisácea, decorada por irregulares erupciones, como meteoritos caídos en su superficie. Su cama, austera como siempre le había gustado, de sabanas blancas y simples, el mueble era lo menos pretencioso posible. Así era su habitación, con apenas espacio suficiente para una ventana circular al costado, así como una pequeña estantería donde tenía todos sus libros, Ionia le había apilado algunas recomendaciones, notablemente, hace dos años que no visitaba su hogar. Estaba en casa.
Cuando quiso girar un poco el cuello creyó que casi se le reventaría la piel, cayó asustado y desesperado sobre su cama, tratando de recobrar el aire.
"¿Qué me pasó?" - la pregunta se la respondió a sí mismo cuando quiso verse a sí mismo. Los brazos totalmente vendados. Desde su hombro hasta su cintura se extendí una gran faja de tela blanca, apretada con otra sobre su estómago, el cual sentía duro, vacío.
"Perdí…"
Tal vez se durmió, tal vez no, pero cuando volvió a abrir los ojos, la luz de la ventana caía de más arriba.
"No me han vencido… No, es que yo soy débil, aún soy muy débil" pensó.
– Aria – murmuró – ¿Qué pasó con…?
– ¿Es eso en lo primero que te pones a pensar?
– ¿Eh?
– Tal vez te hirieron de muerte, tal vez tu Maestro haya sido castigado por nuestro padre, ¿y aun así preguntas por Aria?
– S–Sonia… – reconoció la apagada voz de su hermana, detrás de su máscara grisácea, crecían los flecos rosa.
– No tienes remedio, Eden… Déjame acomodarte.
Con sumo cuidado, las tersas manos de su hermana le ayudaron a sentarse en la cama, intentaba no forzar el movimiento de su hombro derecho, ni del mismo brazo, así como tampoco podría mover adecuadamente la cintura sin que le doliese a horrores. La pudo ver con claridad una vez recostado sobre su almohada. Estaba envuelta en telas grises y rojas, ceñidas a su cintura, pero sueltas en el busto y piernas, además de unas holgadas y abiertas mangas, con un pequeño corte en los codos, que dejaban entreverse. La cadera la tenía rodeada por placas negras condecoradas con rojo escarlata, el cuello también estaba protegido, desde allí, una larga pieza oscura cubría hasta su pecho izquierdo, luego se extendía a los dos hombros.
– Entonces… ¿Qué ha pasado, hermana?
– Bueno, supongo que recuerdas hasta que Mykene te trajo aquí, cuando luego Lady Medea…
– Es nuestra madre, Sonia – le corrigió Eden al instante –. No tienes por qué dirigirte así a ella – Sonia bufó, y Eden juraría que percibió un gesto de irritación tras su máscara.
– En fin, obviamente quedaste bajo su cuidado, has estado recibiendo su magia sanadora hasta hoy, noche tras noche, te visita para cambiar tus vendajes y comenzar con el tratamiento.
– Y… ¿Y mi Maestro?
– Mykene se encuentra perfectamente bien, padre ha sido sabio y en vez de administrarle castigo, lo ha puesto al frente de las tropas, ahí servirá mucho mejor vivo que como cadáver… Eso me recuerda algo.
– E–Espera un segundo, dijiste "noche tras noche", ¿cuánto tiempo…?
– Creo que cinco días, según sé, tendrías que haber muerto hace seis, deberías estar agradecido que ahora siquiera puedes preguntarte qué pasó.
– Cinco días… – se llevó la mano sana al rostro, no podía creer que cinco días hubiese estado durmiendo constantemente.
– En todo caso, padre quería verte apenas despertases, creo que si tiene algo que hablar contigo, ¿eh?
"Si padre quiere verme… Tengo que ir ya, tengo que preguntarle algunas cosas"
– Oh, cierto, Aria – antes de que Eden lo notase, su hermana se había acercado a la puerta abierta a un costado –. No te preocupes por esa chiquilla, la fui a buscar hace cuatro días.
– ¿D–De verdad…? – los ojos del Cazador resplandecieron.
– No es que esa niña me caiga bien, pero padre insistía en que era necesaria. Además, también pude encargarme de aquella Santo, casi puedo recordar cómo pedía clemencia – dio unos pasos, dispuesta a salir –. También… Pensé que te alegraría saber que está bien.
– Sonia… – Eden se desconcertó un poco al oír esas palabras, Sonia realmente… – Gracias – sonrió –, hermana – "Gracias, por hacerme sentir bien, pero sé que estás mintiendo, Aria aún…"
Un largo silencio se apoderó de la habitación, no era incómodo, ni ocultaba palabras que no se querían decir, era un silencio que los mantenía hablando.
– Iré a buscar a Ionia, puedes dormir hasta entonces.
No cerró la puerta, los pasos se alejaban lentamente, Eden suspiraba mientras quería cerrar los ojos por fin, y pensar en sus sueños.
…
– ¿Q–quién es? – dijo tras escuchar el repiqueteo en la puerta que le hizo despertar.
– Ionia de Capricornio, mi Amo Eden.
– Creí que la puerta estaba abierta, no necesitabas golpear.
– De hecho, sí estaba abierta, pero eso no tiene que ver con los modales.
– Vaya – suspiró Eden –, casi olvidaba lo obsesionado que eres con ese tema.
– No es tal obsesión, es simplemente mí… Manera.
– Sí, extrañaba ya esa manera, Ionia.
– Es un verdadero alivio haberme encontrado con usted, por dos años, en Palestra…
– La ilusión era sorprendente, pero simplemente no eras tú.
– Ah, desearía poder haberlo acompañado en su entrenamiento, pero creo que no me necesitó, ¿verdad, Amo?
Ionia era un hombre sorprendentemente corpulento para su edad, Eden jamás se atrevió a preguntarle, pero seguro rondaba los sesenta años, y casi llegaba a los dos metros de altura, de todas las personas que había conocido en su vida, solo Mykene podía equipararse a Ionia en su estructura corporal. Vestido con un atuendo similar a un sacerdote, Ionia llevaba una túnica negra, decorada con hilos de oro que describían curvas, sobre el cuello colgaba su ClothStone, un medallón circular de oro, con una esmeralda con forma romboidal engastada. Eden vio que había dejado otro libro, era pequeño, sobre los demás en la estantería.
– ¿En serio? – dijo Eden con una pequeña risa –. El maestro Mykene insultará a mi padre antes de que termine de leerlos. Son dos años, Ionia.
– Muchacho, tienes apenas diecisiete años – suspiró e hizo silencio un segundo –. Si tuviera tanto tiempo para leer como tú…
– Ionia, yo nací para luchar con los puños, no con la cabeza.
– Un hombre nace para lo que nace, pero no vive para lo que nace – Eden le echó una mirada confundida, tenía el hábito de levantar una única ceja –. Cundo nacemos, hay cosas que ya están determinadas, pero muchas otras, las tenemos que determinar nosotros… Amo Eden, usted ha nacido con un poder inimaginable, pero no debe vivir cegado por ese poder. Un hombre necesita conocimiento.
– El Maestro Mykene solo vive para pelear, y yo seré igual que él, un guerrero.
– Mykene sabe de un conocimiento que no viene con los libros, él conoce el alma del hombre, conoce sus fortalezas, sus debilidades, conoce las murallas de las personas, y ha aprendido a escalar esas murallas.
– Entonces…
– Entonces es muy joven, mi Amo. Mykene es Mykene. Usted debe forjarse a sí mismo, como una espada nueva, no una parecida a otra, sino una más filosa. Aprenda de las otras espadas, no sea igual a ellas.
El silencio reinaba en la pequeña habitación de Eden, entre los espacios sin sonido se filtraba la luz del atardecer, bañando los libros, Ionia levantó la mirada, llevaba todo el tiempo arrodillado, aunque Eden casi no lo notaba, se la pasaba entrecerrando los ojos, se había dormido sentado, pues de seguro no podría levantarse del dolor luego. Ionia posó su gélida mirada dentro de los ojos turquesa de Eden, este los abrió de repente, y se sentía extraño al ser observado así.
– Sepa que yo también soy su maestro, Amo Eden. Mykene le enseña lo que se necesita en el campo de batalla, mientras, le enseño lo que se necesita… Cuando las armas callan.
– Mis armas nunca se callarán, Ionia. Necesito hablar con mi padre, necesita saber que yo…
– Lo lamento muchísimo, pero no escucharé más – la expresión de incomodidad le arqueaba las arrugas –, si desea hablar con su padre, lo llevaré con él ahora mismo, pero no me atrevo a saber más de lo que necesito.
…
– Mi Lord Mars, su hijo, el Amo Eden desea verlo.
– Ionia, espera fuera, necesito hablar contigo luego.
– Sí, mi Lord.
Los Martian lo traían con el brazo derecho pegado al cuerpo, mientras el joven se apoyaba con el brazo libre en uno de los dos soldados negros y rojos. Ionia les indicó por donde debían moverse, la penumbra en los aposentos de Mars casi podía palparse de tan espesa que era. Ningún mortal conocía que había alrededor del rojo escarlata que vestía a la larga mesa y las sillas de acero negro, y preferían no saberlo, las leyendas decían que, si caminabas sin precaución, caerías por un abismo que nunca tendría fin aparente, la presión de la caída te destruía la cabeza poco a poco, nunca se llegaba a tocar el fondo, también se decía que una llama divina descendería sobre uno y arrancaría la piel, los ojos, los dientes, todos, uno por uno.
Eden conocía la verdadera historia, cuando tenía diez años, una vez, Mars se enfureció con algunos soldados rasos por haber intentado acercarse a su hija, Sonia, no era verdad, pero los rumores en el Templo Rojo corrían como la sangre, y Lord Mars era de los que gustaban estar seguros y nunca dejaba que el rumor sacara muchas patas, porque lo asesinaba en el acto. Solo uno de los soldados rasos sobrevivió. Mars les puso como desafío para vivir un acertijo especial sobre la oscuridad de la habitación, este sobreviviente fue capaz de adivinarlo, mientras, el resto, fueron aplastados por la fuerza de Mars, abrió el suelo con su Cosmos y por allí lanzó a los estúpidos que no supieron responder a sus órdenes. Como dicho, a Mars no le gustaban los rumores, pero este de que su habitación era un camino sinuoso y mortal, le agradó especialmente. Por eso seguían el juego, Eden podía caminar sin tantos problemas, lo que le dolía era el brazo y el estómago, no las piernas.
Eden fue sentado con muchísimo cuidado en los asientos de hierro, describían formas extrañas y poco identificables, en el respaldo, se abría una figura como de laureles. El hierro gris oscuro lanzaba destellos rojizos con aquella luz informe y extraña, que parecía venir de ningún lado, y se mezclaba, además, con colores del atardecer, anaranjados y amarillos. La mesa que tenía en frente era redondeada y de gran diámetro, de color plomo, decorada en el centro con rubís incrustados, entrelazados por hilos de metal plateado, que se coronaban sobre sí mismo con dos laureles abiertos. Dibujos y garabatos poco claros se expandían sobre la superficie. Dejó de mirar a la mesa, y posó la vista en su padre, Mars, con un rostro inescrutable, nadie podía saber qué pensaba el sangriento dios de la guerra, envuelto en su capa escarlata, con ojos de un tono aún más brillante, examinaba a Eden con paciencia y cuidado divino.
– Eden, hijo mío – comenzó, una vez los Martian e Ionia se hubiesen marchado –, cuánto has crecido estos dos años.
– Sí, padre – simuló una sonrisa, a Eden se le daba muy bien actuar cuando era necesario.
– Y dígame – se acomodó bajo su capa roja, los pliegues se movieron un poco –, ¿a qué debo su presencia, Príncipe Eden?
– Creo que no sirve fingir con usted, ¿eh? – sonrió, desairado.
– Bueno, la verdad no esperaba que vinieses corriendo a abrazarme porque me extrañases… Al menos, una de esas dos cosas no puedes hacerlas – reparó al echar una mirada al brazo vendado, oculto bajo las tela grises y lilas con las que lo habían vestido. Eden se tapó la boca al soltar una risita corta y suspiró.
– Padre – puso la mirada seria, frunció el ceño, sabía, por lo menos, que debía mostrarse firme –, no, Señor Mars, vengo a presentarle personalmente mis… Ideas sobre mi futuro y el del mundo.
– Suena muy interesante – se inclinó, expectante –, continúe, Príncipe.
– Precisamente, he decidido que… – lo miró a los ojos, a esos ojos que quemaban dentro de la piel de uno, esos ojos lo veían todo – he decidido renunciar a ser el Príncipe del Nuevo Mundo. – Los ojos de su padre lo miraban, impasible, tomó valor para continuar – Yo quiero seguir el camino de un guerrero, de un Santo de la Tempestad.
El silencio fue mortal, Eden creyó que ya no estaba respirando cuando las capas de su padre se elevaron en el aire, su mirada llameante se clavó en la suya, no menos firme, Eden sabía que ahora venía el verdadero combate, y, dijese lo que dijese, sabía que el Maestro Ionia habría hecho un mejor trabajo, pero si existía alguna posibilidad de seguir el camino del guerrero, como un guerrero debía empezar a caminarlo.
