Capítulo cuarenta y uno

Bestia despierta

– Santo de la Tempestad…

– Sí, Señor Mars, deseo convertirme en un Santo de la Tempestad por completo, quiero volverme un guerrero digno de ser su hijo.

– ¿Tienes idea de qué ocurrirá si renuncias? ¡¿Tienes alguna idea, Eden?!

– Sí.

– ¡Dímelas, si las sabes!

– Si soy Santo de la Tempestad, jamás podré tener hijos, ni tampoco podré tomar ningún título, más que el militar.

– Exactamente, lo que harás no será más que seguir un estúpido capricho, Eden, ¿te das cuenta de que estás arriesgando nuestro linaje?

– Sonia…

– Sonia no es suficientemente fuerte, aquellos que la superen en poder, tomarán el trono sin dudarlo… El poder es miedo, Eden, y tú tienes ese poder.

– Pero no tengo poder para gobernar, los más sabios me vencerán como a Sonia los más fuertes. Ninguno de tus hijos sirve para ocupar el trono.

La mesa estalló como si fuese cristal, el hierro quedó aplastado, quebrado. Desde las capas rojas se abrieron centenares de llamas que cubrieron toda la sala, los ojos carmesí centelleaban dentro del negro casco, tanto que podía casi distinguirse una fina línea púrpura que describía una pupila. Las estrellas dentro de su torso se apagaron y renacieron como manchas púrpuras dentro de un firmamento oscuro.

– ¡EDEN!

– ¡Padre! – se levantó de repente, aunque el brazo le hizo temblequear del dolor, sus ojos se permanecían tranquilos, como nubes posándose y acomodándose en el cielo.

– ¡No tienes ni la mitad de años que te hacen falta para…!

– ¡Tengo la mitad suficiente para saber qué quiero en mi vida!

– ¡¿QUÉ?! – las llamas casi lamían las sillas de hierro negro – ¿Acaso…? ¡¿Osarás traicionar a tu propio padre?!

– ¡No traiciono a nadie, padre! – La voz de Eden era un martillo, constante, firme, frío – ¡Quiero hacer las cosas a mi manera!
– No.

– ¿Qué?

– Tú no eres el hijo que yo vi crecer.

– Tú no me viste crecer…

– Desaparece de mi vista, Eden, empieza a asquearme que un rebelde haya nacido de mí.

– ¡No me estoy rebelando, padre! ¡Yo quiero luchar, no gobernar! ¡Ve, hazte otro hijo, y asegúrate de mirarlo todos estos años bien de cerca, a ver si hace lo que le pides!

Acallaron ambas voces, y solo el crepitar del fuego era el que hablaba.

– No lo desprecio, padre… – "¡Maldición, entiende de una vez!" – No quiero. Y usted tampoco – recuperó el tono más respetuoso –, por favor, entienda, quiero ser un guerrero como el Maestro Mykene.

– Mykene… – el nombre resonó en la boca invisible de Mars.

– El Maestro Mykene es su amigo, ¡entienda! ¡Sólo quiero…!

– Solo quieres ser como Mykene.

– No, el Maestro Ionia me enseñó que…

– ¿Te he enseñado yo algo, Eden?

"Padre ha llamado al Maestro Mykene y a Ionia…" – pensaba el joven mientras bajaba por las escaleras, iluminados por tenues antorchas– "Eso último que me dijo, sonó tan extraño, es como si… no creyera que soy realmente su hijo"

Una vez salió de la Torre Laureada, se halló en camino al patio de armas, donde algunos Martian practicaban sus habilidades con espadas, lanzas y otras armas, además de los puños, los supervisaba atentamente un High Martian, Ariel de la Salamandra.

"Llevo tanto tiempo dormido como Aria con Pegasus, padre tendrá sus métodos, pero más tardemos, menos Aria deseará volver. Es demasiado inocente, seguro caerá en sus mentiras, y tal vez se rehúse a venir conmigo. Después de todo, mi misión era acabar con todos los Santos en Palestra, tengo que cumplirla, y con más razón, si así podré recuperar a Athena."

Notó la presencia de Eden cuando cruzó bajo los arcos de piedra, lo miró dos veces al darse cuenta que Eden caminaba sin ayuda.

– Amo Eden – dijo al acercarse, haciendo una seña a los Martian para que hagan práctica libre –, ¿no debería estar acompañado por…?

– No, puedo caminar bien – le respondió con frialdad, aunque nadie podía enojarse con Ariel, era un guerrero devoto y jamás era irrespetuoso –. En serio, despreocúpate, sigue con el entrenamiento – le reafirmó cuando vio duda en los pequeños ojos grises.

– Lo escoltaré hasta su habitación, no puedo dejar que…

– Te dije que caminaré solo, Ariel, estoy bien.

– Caminará solo, pero yo… – "¡Ah, ya sé!" pensó Eden.

– Está bien... vamos.

Las pisadas de Eden eran lentas, pero Ariel se acomodaba, ambos eran altos, y podían hablarse a los ojos.

– Escucha, Ariel – dijo Eden cuando doblaban y se dirigían a una de las altas torres negras del castillo.

– ¿Sí, Amo? – Ariel era muy atento a los deseos de sus superiores, cumplía sin hacer preguntas, siempre.

– Necesito que me traigas mi ClothStone a mi habitación, cuanto antes puedas traerla, mucho mejor.

– ¿Cómo dice? – Se sintió algo nervioso – No, digo, no puedo…

– ¿Sabes dónde está, no? – que dijera que no podía, significaba que sabía por qué.

– Sí – reconoció, los hilos resecos y negros se le movieron por la amplia frente.

– Entonces, ve a buscarla.

– Pero su hermana, quiero decir, la Señorita Sonia es quien la tiene – "Así que tú… Y pensabas que eso me iba a detener, ¿no, hermana?"

– Ya veo. Espera, vamos a buscarla juntos.

– ¿Q–Qué…? ¡N–No puede hablar en serio! – alzó la voz muy fuerte.

– Silencio, Ariel, y te lo estoy ordenado yo, ¿de acuerdo?

Una vez llegaron a la alta torre, cuyos ventanales tenían una peculiar forma de cruz, Eden se encontró con dos soldados rasos haciendo guardia frente a la puerta de acero negro, moldeado de manera que representaba una avispa.

"Sonia, no entiendo qué ganas tú con ocultarme la ClothStone. Aunque quizás tú tampoco lo sepas, de seguro mi padre temió que saliera al campo de batalla sin necesidad, y Sonia simplemente siguió sus órdenes, es lógico. Mi padre casi no ha visto a Aria, no comprende lo frágil que es, si esos pueden convencerla… O peor, si se descuidan y la pierden en la guerra… No, no debo pensar tanto en eso, simplemente debo hacer lo que debo."

– Necesito pasar, a un lado – les ordenó Eden.

– La Señorita Sonia no se encuentra, y nos ordenó no dejar pasar a nadie – replicó uno.

– ¿Yo soy nadie? – intentó mostrarse ofendido.

– No, Amo Eden, claro que no – se corrigió el otro –, pero la Señorita nos ordenó…

– Mi hermana se los ordenó, yo soy el príncipe aquí, no ella, así que mejor hazte a un lado – "Detesto usar mi título así, pero bueno, hay otras prioridades."

Una vez entraron, Eden necesitó un poco de apoyo para subir las escaleras, hasta que llegaron a una puerta idéntica a la que había en la entrada, y vieron a un Martian haciendo guardia.

– Vienen a relevarte, así que puedes irte ahora.

– Como diga mi Amo – "Éste sí entiende cuando le hablan" pensó Eden.

– Amo Eden, insisto, su…

– Ariel – le calló, y esperó a oír que el Martian anterior se fuese–, mientras estoy dentro, quiero que mantengas guardia, debes dar dos golpes a la puerta si escuchas que alguien se acerca, ¿de acuerdo?

– A la orden, mi Amo.

Así cumplió, quedó esperando a que Eden saliese de la habitación de Sonia. Era muy distinta a la suya, que parecía austera, esta era mucho más grande y cargada, la cama se veía en todo sentido más cómoda que la de su hermano. La pequeña biblioteca de Eden estaba triplicada alrededor de la sala circular. Había uno que otro mueble que Eden no se molestaba en notar, y actuó un poco más rápido.

"Si estoy lo suficientemente cerca, podré sentir mi ClothStone con mi Cosmos" – pensó. Así, elevando un poco de su energía, dio cuenta de las ondas de misma intensidad que intentaban hacer conexión con él, la fuente de Cosmos venía desde los estantes, y hacia ellos se dirigió. "Creo que nunca se dieron cuenta de que puedo sentir Cosmos incluso aunque se hayan desvanecido hace tiempo. A mí no me pueden engañar, mucho menos con Aria, el rastro de su Cosmos es inconfundible."

Su Cosmos lo guió entre incontables libros, por fortuna, el indicado no estaba debajo, y con solo estar erguido pudo tomarlo. Tenía una cobertura bastante floja, no parecía muy largo, apenas debía de tener unas setenta páginas. Cuando Eden lo extrajo, se extrañó con el título de la portada, con fondo blanco, algo sucio y amarillento.

DAS SELIG KIND

CLAMORE

El segundo título lo entendía, significaba "Llanto", pero el primer idioma le resultaba extraño, además de que la letra parecía algo infantil comparado con la rígida y segura letra del segundo. Sin esperar mucho, abrió las páginas, la primera mitad era amarillenta, la otra, blanca y nueva. Del lado de la más antigua, Eden se daba cuenta que se usaba el mismo idioma que del primer título, no comprendía más que las fechas de los años, debía de ser un diario, aunque no todos los días eran marcados con una fecha, y la letra era tan infantil como la del título.

"Empieza en 1992, y termina en…" – pasó todas las hojas amarillentas y casi se había olvidado de su ClothStone hasta que la vio, la gema violácea con forma de lágrima, por instinto la tomó, pero también leyó la página donde se encontraba – "1996, en éste año nací yo… Después de este año… Aquí empiezan las páginas blancas, como si las hubiesen añadido hace poco. Qué extraño, salta del 1996 al 2006, y esto, ¿qué es?"

Sin prestar atención a las palabras que no entendía, sintió una extraña irregularidad sobre las hojas, las dio vuelta, y se halló sorprendido con una ClothStone. Era de un rosa ardiente, con una forma de cruz, apuntando hacia abajo, enganchada a un cordel negro. Dos golpes en la puerta irrumpieron sus pensamientos, veloz, volvió a las primeras hojas, las más viejas, y las arrancó, al menos unas veinte se las quedó en los dedos. Puso el libro de vuelta donde estaba.

"Mi hermana tiene algo importante en ese libro, pero mi padre no debe tener en mente de que siga en el Templo Rojo demasiado tiempo" – pensó – "Debe de ser un diario, según me enseñó Ionia, la historia tiene más valor cuando más vieja es."

Se acercó a la puerta lo más rápido que sus heridas lo dejaban, tres golpes resonaron, desesperados. Eden puso los dedos sobre el metal.

"Perdóname, Ariel, eres demasiado buen soldado" lanzó la descarga eléctrica a través de sus yemas, la corriente viajó por el metal, un grito ahogado se perdió en la oscuridad, seguido de otra algarabía, una caída, tal vez, y unas cuantas maldiciones.

Orion Cloth

El manto sagrado blanco le cubrió de nuevo, sus heridas parecían ya inexistentes con la Cloth encima, su vida estaba en el campo de batalla, no en una cama. Un trueno atravesó la pared, y la bestia de la tempestad se abrió paso con un rugido silencioso, lejos, lejos de las cadenas negras. Fuera de los ojos enrojecidos y brutales de ese que llamaba padre.

Se puso en camino hacia la luz.