Capítulo cuarenta y dos
Cadenas que arden
Cuando por fin pudo entrar a su habitación, después de que todo el mundo estuviese revisando y revisando, en busca de quién sabe qué diablos, estaba estresada y cansada, ni siquiera quería sentarse a leer por un rato, simplemente se quitó la máscara, la tiró sobre sus sábanas. La tarde había descendido ya hace un tiempo, y se recostó en su cama. Miró por unos segundos la cortina roja que tendieron sobre la grieta, para que el viento gélido no entrara por la abertura que alguien habría abierto en su cuarto para poder secuestrar a Eden.
"Y una mierda, Eden se fue de aquí por sí mismo, se dio cuenta que le mentí" – meditaba – "Y también…"
Se dio cuenta que se olvidaba de un punto crítico en que Eden haya podido escapar por sus propios medios. Eden estaba herido, podía caminar, pero no podía más que pelear con su brazo izquierdo, ¿cómo hizo para romper una pared y escapar tan rápido que nadie pudo notarlo?
"Encontró su ClothStone" – se levantó, sobresaltada, y se dirigió a los estantes, fue directo a un libro en específico, con portada desgastada y amarillenta – "¡Es un…!"
Las primeras páginas del libro habían sido arrancadas por la fuerza, Sonia escapó un gritillo, asustada. ¿Cómo Eden se había enterado? No, era imposible que Eden supiese algo, seguramente fue una coincidencia, su hermano había actuado por impulso, como casi siempre lo hacía. Desesperada, adelantó las hojas, y se dio cuenta de que, en efecto, la ClothStone de Eden había desaparecido; no obstante, eso no era lo que más le preocupaba. Pasando un par de hojas, cayó lo que buscaba.
"Ah, está aquí, está aquí" se decía, se reconfortaba al ver los reflejos rosados en la piedra con forma de cruz, se sentó en su cama y respiró aliviada, el olor volvía a ella, se mordía los labios, recordando el sabor, y temblaba, todo volvía a pasar de nuevo.
Suspiró una vez más, hundirse más en aquellas memorias rojas sería estúpido. Comenzó a pensar en qué había ocurrido realmente con s u hermano.
"No, Eden no soportó que mi padre lo rechazara, y tampoco creyó en lo de Aria. Lo primero que haría ese estúpido sería buscar por su querida Aria"– se dijo – "Entonces… ¿pero cómo supo que su ClothStone estaba aquí?" – Dudó en ese momento, las posibilidades no eran muy verosímiles – "Si no sé cómo la consiguió, solo queda la posibilidad de que alguien realmente lo haya secuestrado."
Entonces recordó que Ariel era quien, por alguna razón, estaba haciendo guardia cuando Eden desapareció. Sonia estaba totalmente segura que nunca había pedido a Ariel que montase guardia por la mañana, solo por la noche, cuando era mucho más propicio a que alguien…
"¡Ariel! ¡Ariel le dijo a Eden!" – Sonia se convenció con este pensamiento firmemente – "Sí, Eden hizo que Ariel le dijese que yo tenía su ClothStone, entonces, lo obligó a…" – seguir con la lógica era inútil, ya todo tenía sentido ahora.
Ariel, aquel día, cumplía como supervisor de entrenamiento, no obstante, su real ocupación era de servir como guardia de la Torre Avispa, donde Sonia residía, por ello mismo sabía sobre que Sonia poseía la ClothStone de Eden. Aun así, aunque Sonia haya sido la que le dio la orden, rehuir a una petición del Príncipe Eden era casi como gritarle un insulto a Mars. Eso no ayudaba a Sonia que se sintiese menos enfadada. Otro más que traicionaba su confianza, ¿por qué había creído en él, en primer lugar?
"Juro que lo primero que vea ese imbécil cuando despierte será un hacha cortándole la cabeza. Mira hasta donde me ha llevado confiar en idiotas" – se puso de nuevo su máscara rápido, se sacó los vestidos que la cubrían, hasta quedarse solo con un colgante de hilo blanco, con adorno negro, pequeño, redondo – "Padre cree que Eden es una princesita y la han secuestrado. Eden ha cambiado de ese niño tímido y pusilánime, no puedes protegerlo de su propia locura, como tampoco pudiste proteger a…" – Se mordió el labio inferior de nuevo, no sabía si recordaba a ella, a sí misma, o a alguien más. Prefirió no saberlo.
Acarició el colgante con sus lánguidos dedos. Contempló las marcas que ya se habían hecho blancas sobre su piel morena, siempre quería olvidarse que aun estaban allí, que aun perseguían sus pesadillas. Su cuerpo la humillaba cada vez que se bañaba, cada día le recordaba todo lo que había ocurrido. En cierto modo, podía comprender por qué Eden era… Eden.
"Yo también he enloquecido un poco, querido hermano. Yo tampoco puedo vivir conmigo misma… por eso vivo para nuestro padre, él me necesita. Y tú, vives para Aria, pero… ¿ella te necesita?"
No quiso que la duda le siguiera persiguiendo demasiado.
Ardet me. Ardeat bellum.
La armadura negra y roja le cubrió de pies a cabeza, ya no veía esa desagradable piel llena de marcas blancas, hechas con espadas que se forjaron con el calor de su sangre, y que se enterraban en su piel, más y más, hasta que no tuviera lágrimas que derramar, ni dolor que mostrar.
Salió en busca de la salamandra, un idiota, pero con mucho de qué hablar.
…
– Extraño. Creí que saldrías con el Escuadrón de Reconocimiento.
– Padre decidió que me quedase. No me explicó por qué.
– Ya veo, entonces, ¿a qué viniste aquí?
– Necesito hablar con el guardia de mi habitación, quiero saber qué ocurrió en mi cuarto.
– Sonia, mi querida…
– No me diga querida – nadie se había ganado el derecho de llamar así, ni siquiera ella. Pero el tono le salió algo reacio, y ella se dio cuenta.
– Sonia, por favor, ya llevamos como trece años de conocernos. A tu padre no le gusta que nos llevemos así.
"A mí que me importa, yo conozco al tío Mykene desde que tengo cinco y no creo hablarle más de lo que te hablo a ti"
– Lady Medea, solo me limito a respetarla, por favor, quiero ver a mi guardia.
– Espera, Sonia – le dijo cuando quiso seguir su camino.
"Esta mujer tiene una habilidad especial para empeorar cada minuto que paso con ella. No entiendo cómo mi padre siquiera la aguanta"
– ¿Sí? – Por más odio que pudiese tenerle a aquella singular mujer, de piel tan fría y blanca como la nieve, no era capaz de faltarle al respeto, después de todo, su padre la había elegido como la madre de su princesita, Eden.
– No me creo que Eden haya sido secuestrado tan fácilmente y sin ayuda – las prendas oscuras y violáceas danzaban entre su alta y esbelta figura cuando se movía –, no puedes ocultarme ninguna verdad, Sonia, menos cuando mi hijo está involucrado.
– Será algo imposible, me temo. No subestime tanto a su hijo.
– ¿Acaso estás implicando que mi hijo huyó? ¿En serio, Sonia? – las perlas lilas de sus ojos se endurecieron, parecían incluso más oscuras. Las joyas enganchadas en su cuerpo y su cabello tintinearon.
– Usted acaba de decirlo, no yo.
– Sonia, vuelve aquí – los labios azules se pusieron rígidos y firmes, la chica ni caso hizo – ¡Sonia!
– Lady Medea, no volveré a repetirlo. No subestime a su hijo – le remarcó cada palabra con fuerza, siguió caminando –, ni tampoco a mí. – Se volteó por última vez antes de llegar al final del pasillo, y abrir la puerta. Escuchó los pliegues y el bufido de Medea al irse, enfurecida.
La habitación no era mucho más grande que la media de todos los Martian, no era más que Ariel, High Martian de la Salamandra, descansando sobre su cama. Estaba de espaldas, con su Caetus en forma de Gegnis, colgada en la muñeca. Era una pequeña figura de Salamandra tallada en negro y rojo.
Las sábanas que cubrían su espalda estaban levantadas, unas cuantas vendas cubrían lo que seguro eran sus heridas. La habitación estaba iluminada con dos velas en una pequeña mesita al costado de la cama. Cerca, había un banquito que Sonia se acercó para acomodarse bien.
– Ariel – llamó, respondió un gruñido –. Ariel. – Otro gruñido más. – ¡Ariel! – Levantó un poco la voz esta vez.
"Bueno, si así es la cosa…"
Había un vaso servido con agua en la mesita, Sonia se fijo bien en que no estuviese muy sucio.
"Bah, lo mismo sirve, limpio o sucio" resolvió.
Con extremo cuidado levantó las vendas que dejaron paso a una horrenda quemadura que le había levantado la piel. Vertió unas gotas del agua hasta que escuchó un grito. Desesperado, Ariel abrió los ojos y empezó a respirar como si no lo hubiese hecho en años, se asustó más cuando se encontró con los ojos metálicos de la máscara de Sonia, impasibles, sin calor ni piedad.
– Muy bien, Ariel. Me dirás todo lo que pasó con mi hermano.
