Capítulo cuarenta y tres

Día 1

La niña se había desmayado apenas aparecieron frente a aquella pequeña edificación, los vientos que habían engullido sus cuerpos hace unos segundos amainaron y se pusieron en línea con el ambiente calmo y tranquilo. Solo el aliento de la Santo era agitado, caliente, y pesado.

– ¿Qué es este lugar…?

Tenía en su mano la bolsa que el desconocido hombre le entregó, recordó que Aria había quitado el cordón que ataba la bolsa, y luego, estaban… Allí, sea donde sea que estuviesen. El paisaje no le sorprendió por su belleza, de la que había mucho por la que maravillarse. La hierba era corta, pero rebosante de vida, el verde oscuro predominaba, salpicado por el florecer rosado que cautivaba los ojos de cualquiera que no estuviese tan nervioso como Yuna.

Lo que la tenía tan inquieta era esa singular cabaña de madera, cerca de aquel único árbol que pudiese ver en los alrededores, de copa ancha y grande. ¿Por qué, en un lugar así? Las ventanas eran de un vidrio simple, podría ver a través de ellas, pero, algo no le dejaba moverse.

Estaba con la pequeña Aria entre sus brazos, que había perdido el conocimiento. Lo único en que podía pensar era por qué, y cómo. Las dudas se le sacudieron cuando el aire le revolvió el cabello, acompañado de una corriente helada, para Yuna, no era más que una brisa de primavera, pero para la niña, seguro era el primer frío que experimentaba.

"Por Athena, esta niña parece una recién nacida."

No podrían seguir allí demasiado tiempo. Lo último que le faltaba era que Aria se muriese congelada, ¿con qué cara vería a Kouga luego, con tanta confianza que él le había puesto encima?

"Mira qué diablos, terminé haciéndole caso a ese cara de idiota. No, espera, esto es lo que mi maestra me enseñó, ella me ayudó cuando la situación era casi la misma…"

Recordó aquella vez, en la que su vida parecía hundirse en la nieve. Los copos se posaban sobre sus pestañas y las hacían pesadas, quería quedarse a dormir en su cama blanca, el único lugar al que la vida la había enviado. Pero la despertaron, alguien le hizo levantar una vez más, alguien le dijo que siguiese caminando. Alguien murió un poco para que ella viviese un poco más.

"Si tengo que morir del todo… que sea para que ella viva siempre." – Recordó.

Tocó las puertas del misterio, las abrió con sumo cuidado. Oyó solo el retumbar de la madera contra la madera, y cómo el viento frío se colaba entre la oscuridad. Entró, y dejó la puerta entreabierta.

"Si alguien nos tendió una trampa, ya debería de haber salido. Eso, si fuese muy idiota" – razonó, tenía su Cosmos extendido en alerta, si alguien amenazaba atacarla lo sabría antes que este moviera un solo músculo – "Con Aria en brazos, solamente puedo iluminar este lugar con mi Cos…"

Antes que pudiese completar la idea, se vio rodeada por tenues esferas de luz, que crecían sobre la masa blanca que las sostenía.

"¿Velas…?" – Yuna sabía que ese no podía ser un buen signo, se encontraba en la sala de estar, por lo que podía ver gracias a las anfitrionas llameantes.

En la sala no se hallaban más que las velas, sirviendo los vasos oscuros con una luz suave y casi abstracta. Había una sobre cada mueble, excepto en la mesa, donde había dos, y las cuatro sillas que le rodeaban, las cuales estaban vacías. Rebuscó en los rincones, pero no halló más que un pequeño aparador a la izquierda que llevaba dos velas, en el lado contrario, había una puerta.

"Si solo esta niña estuviese despierta… Sería mucho más seguro" – el Cosmos de Yuna fluía con velocidad, lista para responder al primer movimiento que no fuesen sus pasos en dirección a la puerta. Para moverse bien, se puso a Aria a la espalda, con una sola mano, apretaba los pequeños dedos de Aria, para que no se caiga de sus hombros – "Mientras tenga las piernas pegadas al cuerpo…"

Se acercó al picaporte, levantó el pie derecho, el taco de su bota le resultó útil para bajarlo. Apenas oyó que se abría, saltó a un costado y se pegó a una pared. Nada ocurrió.

"Menos mal que Kouga no es el que está aquí… se habría comido una de las velas" – pensaba mientras se arremangaba la tela de la bolsa que llevaba, arrancó unos pedazos, y los reforzó con su Cosmos. Los tiró hacia la habitación que conducía la puerta. Nada, otra vez.

Ya se había hartado un poco de que nada ocurriese. Entró a la habitación a toda velocidad, apenas dio un paso dentro, levantó su pierna derecha, lista para entrar a pelear. Y antes de que la tomasen por estúpida, giró sobre la punta de sus pies, a su espalda llevaba una compañera tan útil como una roca. Bueno, una roca podría tirársela a alguien entre los ojos.

De nuevo, las llamas le dieron una incómoda bienvenida. Cuatro camas, cuatro mesitas con una vela encima al lado. El aliento de Aria se hizo más fuerte sobre su nuca, había despertado.

– ¿Yuna…? – dijo mientras intentaba despabilarse.

– Silencio, Aria, no hables – le respondió en voz baja.

– ¿Pero por…?

– Cállate, dije.

No quería ser ruda con la niña, no era lo que ella pretendía. Tampoco pretendía ser realmente paciente, era difícil no tratarla como a una desconocida, cuando nadie excepto su maestra la trataba como si fuese un horrible monstruo con ojos congelados, rostro pálido, y cuerpito flácido. Cuando la veía, para ella, Aria no era diferente, estaba… tan acostumbrada. Solo el frío pero reconfortante recuerdo de su maestra le devolvía fuerzas para seguir con ella a sus hombros.

De hecho, hacerla callar ya era inútil, la cabeza de Yuna habría rodado por una de las camas si realmente hubiese tal peligro.

"No, realmente hay nadie… Ya he sido un blanco fácil por un segundo, eso sería más que suficiente para mí para matarme" – solo quiso hacer una cosa más para asegurarse de que realmente estuviese sola.

Buscó la única ventana en aquel cuarto, había dos camas a cada lado, y la pequeña ventana corrediza estaba en el medio de la pared contraria a la puerta, Yuna dejó a Aria en el suelo, a quien se le erizaron los cabellos del frío de la madera, y le hizo una seña de que no se le alejara. Abrió de a poco la ventana y emitió un fino silbido. Y puso la oreja para oír.

– ¿Qué haces, Yuna? – preguntó Aria.

– El viento arrastra la esencia de todos nosotros – le explico, aunque no creyó que ella entendería, le gustaba hablar de su conocimiento –, y a veces, hace favores a quienes lo necesitan.

– ¿Favores? – volvió a preguntar mientras la chica cerraba la ventana.

– Nos ayuda. Por ejemplo, recién silbé para que, si hubiese alguien… – se quedó pensando la palabra un momento, le sonaba tonta, pero era la única – Alguien malo, nos avisaría.

Vio que Aria hizo un gesto de incomodidad, y oyó el frío surcar por los pliegues del vestido blanco.

"Ah, claro la puerta" – recordó que había dejado la puerta entreabierta de la cabaña, rápidamente fue y la cerró con cuidado, para no hacer que las velas se apagasen de golpe. Volvió a la habitación de las cuatro camas. Aria tenía en las manos un papel que curioseaba.

– ¿Aria? ¿De dónde sacaste eso?

– Ahí – señaló una de las mesitas.

– Déjame ver – la niña le dio la hoja, y Yuna se sorprendió al leer las primeras palabras escritas.

"Está en… Ruso, ¿pero, cómo…?" Solo alguien cercano a ella sabría que procedía de la tierra helada. Helada se puso ella, cuando leyó las palabras que le seguían.

¿Yuna, verdad? Lástima no poder conocerte en persona, las circunstancias me lo impiden. Pero, en todo caso, me alegro que hayas podido llegar hasta aquí, significa que todo está saliendo como planeábamos.

"¿Planearon? ¿Acaso aquel tipo de la capa, y alguien más?"

No podemos decirte quienes somos. Solo que queremos ayudarte, a ti, y a todos tus compañeros.

"¿Santos?"

Ahora, lee con sumo cuidado. Es vital que comprendas estas palabras, eres parte de nuestra esperanza para derrotar a Mars y salvar a la diosa Athena.

"Por un lado, Kouga no está loco por lo menos. Athena realmente ha sido secuestrada por ese tal Mars."

Estás en el primer día de los cuatro que están por venir. No es necesario saber dónde estás, aún. Sólo prepárate.

En el segundo día, ella tendrá hambre, aliméntala, no dejes de buscarla, y nunca, nunca la dejes sola.

Luego, llegarán. Recíbelos, trátalos como corresponden.

Y antes del cuarto día, partirán.

"¿Eso es todo? A ver detrás…" – volteó el escrito y se encontró con más palabras.

Espéranos en la noche. Pero a ellos, espéralos por la tarde.

"No entiendo… Esto es demasiado extraño."

Cuando alejó la vista de los papeles, Aria se había acostado sobre la cama, y se estiraba sobre ella, cómoda y apacible, con una amplia sonrisa en el rostro.

– ¿Aria?

– ¡Yuna! – le dijo con alegría – ¿Llama…? ¿Cómo?

– ¿Cómo se llama…? Es una cama, Aria. ¿No sabes lo que es una?

– ¡Cama suave! ¡Suave! – Exclamó mientras abrazó la almohada – Oh… ¿y esto?

– Eso es una almohada – Yuna suspiró, frustrada, ¿le tendría que explicar qué era cada cosa?

– ¿Y para qué?

– Para dormir, te acuestas sobre la cama, así – se sintió como una tonta haciéndolo, pero al menos llevaba todo para donde ella quería, dejó los papeles en una mesita, se acostó sobre la cama enfrentada, y puso la cabeza en la almohada.

– ¿Para dormir…? – Aria se quedó pensando un rato, e hizo lo mismo que Yuna, solo que abrazando a su blanca almohada, riéndose.

– ¿Tienes ganas de dormir, ya? – internamente, Yuna casi rezaba: "Sí, sí, por favor di que sí". Aria asintió con la cabeza, pero se quedó quieta, sin hacer nada.

– ¿Quieres que te ayude? – con vergüenza, la niña dijo que sí, no sabía exactamente qué era dormir.

Yuna le tuvo que ayudar a quitarse la joyería que tenía alrededor del cuello y en las orejas, no había notado que Aria llevaba un arete con forma de cruz, hecho de cristal. Cuando se lo desprendió, la niña lo miró unos segundos, desconcertada.

– Eden… – balbuceó.

– ¿Eden te regaló esto? – Movió la cabeza – Ya veo… "Eden debe tener algo con esta niña… Sea lo que sea, Eden vendrá a buscarla. Creo que la que no va a dormir soy yo."

Ni siquiera se molestó en desvestirse, solo se sacó las botas para estar ligeramente más cómoda. Ayudó a Aria a quitarse el vestido, para dejarlo sobre otra de las camas. Yuna se sorprendió al ver que algo se había caído de entre los pliegues.

– ¿Eso es…? ¿Eso es lo que encontramos, Aria?

– S–sí, Aria guardó – antes de que empezase a tener frío, Yuna la ayudó a meterse entre las frazadas y apoyarse en la almohada. Acto seguido, fue a tomar el pequeño objeto verdoso. Cuando lo alzó, lo examinó con sumo cuidado. Parecía como una pequeña hoja petrificada, de color verdoso. Había un símbolo en el medio, que Yuna no conocía de nada, del otro lado, había unas letras inscritas.

"¿Paroufytra…? ¿Qué idioma es este?" – en su mente recordaba todos los lenguajes que más o menos entendía, pero ninguno le recordaba algo concreto. El que era bueno para los idiomas era Haruto.

Antes de poder seguir pensando de qué se trataba, Aria le llamó, y Yuna recordó que tenía que ayudarla a conciliar el sueño que nunca antes había sentido. Fue apagar tres velas, excepto la de Aria, por suerte para ella, las velas parecían normales, no se volvían a prender ni parecían hacer algo extraño. Con esa piedra en mano, junto con los papeles que recién había alzado, se sentó a un costado de Aria.

– Aria, para dormir tienes que cerrar los ojos, ciérralos mucho tiempo, y te relajas, no te darás cuenta cuando ya estés dormida – Aria hizo caso, y cerró los ojos, Yuna subió los pies a la cama, y a la luz de la vela, examinaba el objeto. Pronto sintió que algo le rodeaba el vientre, eran las manecitas de Aria que le abrazaban, poniendo el rostro contra su cadera. Yuna no dijo nada, le ponía algo incómoda que la tocasen mucho, pero al ver la inocente sonrisa que tenía dibujada en los pequeños labios rosados, no podía decirle que la soltase.

"Ahora sí que no voy a poder dormir… Según esa carta, mañana tendré un día difícil. Decía algo especial del tercer día, que alguien iba a venir, no, era más de uno. Creo que podré tomar una siesta mañana" – pensaba mientras se acomodaba contra el respaldo de la cama – "Me pregunto cómo le irá a Ryuuhou, y a Haruto. Bah, esos dos se saben cuidar bien solos. Me preocupan más los otros dos idiotas… Podría saber qué les pasaría con las estrellas, pero... No tengo tiempo para eso"

Acarició el irreal cabello de Aria, cuando pasó sus dedos entre los ríos verdeazulados, recordó las noches en las que su maestra se desvelaba para vigilarla mientras dormía, porque tenía miedo de que los hombres de hielo negro regresasen. Aria era una niña igual que ella lo fue. No podía evitar ser tan débil, necesitaba que alguien le enseñase.

– ¡Pero solo sé contar hasta el cincuenta y nueve!

– Entonces contaré yo, y ya tardaste demasiado tiempo hablando, empieza todo de nuevo.

– ¡¿Qué?! ¿Es un chiste?

– Sí, es un chiste, y te bajarás a contárselo a todos los animales salvajes, quizás se rían tanto que no te coman.

– ¡No, no, por favor Raki! ¡Las haré, las haré!

– ¡No me lo digas, Kouga, hazlo ya! ¡Y soy señorita Raki para ti!

– Uno… dos…

– ¡Rápido!

– Uno, dos… tres, cuatro…